martes, 24 de diciembre de 2013

PATINATAS DE MISAS DE AGUINALDOS

JESUS ALFARO GARANTÓN 
A mi madre quien siempre disfrutaba de estos escritos


DICIEMBRE DE 1951- Los primeros días de Diciembre los grandes almacenes de Caracas colocaban en sus vitrinas las diferentes cajas de patines de ruedas, el regalo más preciado para todo muchacho caraqueño de la época. La oferta era tentadora, se apilaban altísimas columnas de cajas de cartón con su tesoro de ruedas de acero en su interior. Habían dos marcas de patines UNIÓN, que eran chimbos y sus ruedas se abrían por la banda de rodamiento en pocos días; la otra marca era los afamados WINCHESTER, que se ofrecían en tres categorías, Primera, el tope de la línea, los de Segunda y los menos agraciados de Tercera, desde luego que los más caros eran los de Primera. Cuando aparecía la primera vitrina ofreciendo patines, la noticia corría como pólvora entre los muchachos y corríamos anhelantes a ver esas maravillas. Nos agolpábamos ante las vidrieras de la juguetería y contemplábamos por largo tiempo tanta belleza, hasta que el dueño nos corría. Volvíamos a casa y comenzaba el tira y encoge entre nosotros y mamá hasta convencerla después de días de argumentaciones que debía comprarnos los ansiados patines. Siempre nos tocaban WINCHESTER Segunda porque éramos tres hermanos y el presupuesto familiar de la casa de un educador, siempre había que estarlo estirando. Solamente en una ocasión me tocó usar unos WINCHESTER Primera, cuando mi padrino en un raro gesto de magnanimidad me los regaló. Ese Diciembre mis hermanos mayores no me dirigieron la palabra.

Una vez con los patines en la mano comenzaba “la doma” de los artefactos, patinábamos por las aceras y calles vecinas, rompiendo así las hostilidades con los policías. La policía de esa Caracas no tenía mucho trabajo, acaso llevar preso a algún borrachito que escandalizaba y el resto del día se dedicaban a enamorar a las muchachas de servicio de nuestras casas. Mataban el  tiempo aterrorizando a los muchachos y nosotros respondíamos haciéndoles la vida imposible. El patinar por calles y aceras era una grave afrenta a la autoridad policial y esto despertaba el ansia de cacería de los uniformados. Esta era una guerra generacional, muchachos y policías eran enemigos irreconciliables. En una ocasión fuimos cercados por varios policías y fui pillado por el mismísimo Pablote, un negro grandísimo y el más temido policía del barrio, quien me llevó preso a la jefatura.

Los demás muchachos que escaparon a la persecución corrieron a mi casa a avisarle a mi abuela, quien tomó un paraguas y fue a rescatarme a la jefatura de policía. Al entrar fue directo contra Pablote y le asestó dos paraguazos por la cabeza, mientras preguntaba ¿Dónde está mi muchacho?  Inmediatamente me asió de la mano y nos marchamos, no sin antes detenerse en la puerta y soltar una última advertencia: “Si vuelves a tocarlo, te mato a palos”. Desde ese día Pablote comenzó a respetarme, evitaba encontrarse conmigo y si me veía a distancia, discretamente cruzaba a la acera de enfrente. La jerarquía que tenía yo entre mi grupo de amigos sufrió un cambio repentino, ya no era el más chiquito sino que era guapo y apoyado.

Las misas de aguinaldo se realizan desde el 15 de Diciembre hasta el 24, tiempo de adviento, la preparación para la Navidad y las patinatas eran su alegre acompañamiento. En verdad yo nunca fui a una misa de aguinaldo, pero no pelaba una patinata. Esos nueve días eran esperados como se espera hoy el mundial de futbol, nada los superaba. La cosa es que ese año de antes era larguísimo y ahora son corticos y se necesitan 4 años para emparejar la espera.

Intentaré describirles cómo eran las llamadas patinatas. El asunto comenzaba la noche anterior cuando escogíamos la ropa de abrigo que nos ayudara a soportar “el pacheco” de la madrugada y nos acostábamos temprano para aguantar el madrugonazo. Como a las dos de la mañana comenzaban a oírse el ruido de los patines y las risas de los primeros muchachos empatinados que iban llenando las calles y en poco tiempo nosotros nos sumábamos al tropel, dirigiéndonos  hacia Los Caobos, que era el centro de la verdadera diversión. En ese rumbo pasábamos por la Plaza Mohedano, donde Planchart y compañía vendía los lujosos Cadillacs y en sus cercanías estaba el exclusivo MAXIMS, un restaurant dancing de la alta sociedad y en cuyas puertas estaba siempre estacionado un coche tirado por caballo y donde permanecía en su puesto de auriga un viejo impertérrito y barrigón que todo el mundo conocía como Isidoro. En ese sitio se levanta hoy el Teatro Teresa Carreño.

La zona de patinaje oficial era la avenida principal del parque Los Caobos, que se extendía desde la plaza de los museos hasta la subida que terminaba en un puente de reciente construcción que atravesaba el rio Guaire y en ese año se extendía a una sección de autopista recién pavimentada que corría por unos 500 metros entre la orilla derecha del rio y el bosque hoy llamado Jardín Botánico. Estos fueron los primeros 500 metros de la autopista Francisco Fajardo, actual arteria vial de Caracas.

En Los Caobos se patinaba con libertad. Había los caribes que patinaban tipo profesional y los maletas que nos las pasábamos en el suelo y con las rodillas peladas. Las muchachas usaban pantalones y siempre iban en grupo y habían otras más tontas (o vivas) que usaban falditas y permitían que les “cogieran picones”, así se le decía el poder mirar la entrepierna y hasta distinguir el color de los “blumers” cuando se agachaban o se caían. Coger Picón debe ser una frase derivada del juego de béisbol, donde coger picón es atrapar la pelota después que esta rebota en el terreno y que se considera una jugada de fácil realización. Hoy no se dice coger picones y estas palabras han sido reemplazadas por otras de la jerga beisbolera “me la pusieron bombita”.

Cuando comenzaba a clarear, radio patrullas de la policía con su color negro que iba desde el capó por todo el techo y que todos los muchachos llamábamos “mapurites”, recorrían el sector y nos decían por megáfonos que la patinata había terminado. Era la hora de desayunar unas deliciosas arepitas dulces que freían unas señoras en sus improvisados tenderetes alrededor de los museos. Comenzaba el regreso a casa, esta vez con los patines en el hombro, porque la ciudad había despertado y el tráfico automotor había recuperado su derecho a las calles. En ese transitar íbamos recolectando las botellas de leche y panes que los madrugadores repartidores de las panaderías, habían dejado a las puertas de las casas. Esos panes y leche completaban nuestro desayuno. Nadie consideraba que esta sustracción era algo malo, las familias afectadas lo asumían como una contribución a las misas de aguinaldo o al menos eso creía yo.

Hoy esa Caracas permisiva está acabada; así como la cabilla y el cemento cambió sus estructuras, también creció en población y se hizo esta inhóspita ciudad de la actualidad. Quien piense ir a patinar una de estas noches a Los Caobos, le recomendaría consultarlo previamente con mi amigo y obligado lector de estos artículos Ignacio Taboada, quien seguramente le encasquetará una camisa de fuerza bajo el diagnóstico de Psicosis con Graves Tendencias Suicidas y le prescribirá un cuarto de kilo de Valium tres veces al día.

No todo tiempo pasado fue mejor, ni hoy las maravillas tecnológicas nos llevan al éxtasis, solamente hay que saber aprovechar y disfrutar cada uno de los días que Dios nos ha regalado en esta tierra. ¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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