sábado, 1 de mayo de 2010

El diente roto de Pedro Emilio Coll / Ensayo

Esperanza Del Valle*
Pedro Emilio Coll, pasó su infancia en una imprenta, pues nació en Caracas en la "Imprenta Bolívar" , sitio donde vivían sus padres : Pedro Coll Otero y Emilia Núñez de Coll, situada en el ángulo Sur-oeste de la esquina de Jesuitas , al respecto el propio Pedro Emilio escribió "Mi madre me enseñó que se puede habitar como en un palacio, bajo un humilde techo, como era el que nos cubría, por muchos años, en los cuartos encalados que nos albergaban en la misma imprenta y desde donde oíamos , en las horas de trabajo nocturno , el golpe rítmico de la máquina, cual si fuera el corazón de la casona " (1)
Nacer y vivir parte de su vida en una imprenta, fue determinante en la vida del joven Pedro Emilio, quién años más tarde escribiría: "Me parece que mi aficción a las letras despertó oyendo las conversaciones de los doctos varones que se reunían en el taller tipográfico de mi padre" (2)
En esta primera entrega sobre Pedro Emilio Coll, les traigo un cuento que siempre me impresionó en mi infancia: "El diente roto”, en esa época yo no entendía, como lo entiendo ahora, cómo algunas personas en la administración pública y en otras instituciones; llegan a ocupar cargos tan importantes sin la debida preparación. Este cuento de Don Pedro Emilio Coll, es universal, y caracteriza a algunos personajes que pertenecen a nuestro terruño y más allá de nuestras fronteras.
A Juan Peña, el personaje principal de "El diente roto", le acompañaba un profundo silencio, pero no el silencio que distingue a los eruditos en sus sabias reflexiones, sino el que acompaña a los que están alejados del ingenio y del saber.
Juan tuvo un golpe de suerte cuando en una riña callejera un granuja le propinó un puñetazo en plena humanidad, partiéndole el diente se lo dejó cual sierra de escualo y nada mejor para Juan que acariciar horas y horas su diente roto, de niño intranquilo tornóse entonces pensativo , callado y taciturno . Un galeno de entonces, como nos dice Pedro Emilio, realizó el "diagnóstico de filósofo precoz, un genio tal vez", y continúa más adelante "pasaron los años y Juan Peña llegó a ser diputado, académico, ministro" , a no ser por una apoplejía sin duda hubiera llegado a ocupar el alto cargo de Presidente.
El cuento de "El diente roto " fue escrito por Pedro Emilio Coll probablemente para evidenciar la incompetencia de algún Académico que presidía una Universidad sin llegar a ser docto , o de algún Ministro que no tenía idea del cargo o cartera del Ministerio que presidía, o de un diputadillo que ocupaba un escaño sin tener conocimientos ni credenciales… seguramente Juan Peña integró muchas comisiones de esas que abundan en los Congresos , pero eso no fue un problema para él , con levantar su mano y permanecer en el más absoluto silencio , su ignorancia nunca fue puesta en entredicho.
Probablemente a su paso algunas personas exclamaban ¡Allí va el diputado! ¡Allí va el Ministro! Allí va el Académico! Sin embargo Juan en su fuero interno sabía que no dominaba las leyes, que no dominaba la ciencia, ni tampoco la gerencia. Sin embargo eso no le quitaba el sueño, en vez de contar ovejitas, él se entregaba a Morfeo tocándose su diente roto.
Y al despuntar el alba, Juan, tal vez, decía: - Que se esperen los científicos con sus investigaciones, que se engaveten las leyes en los anaqueles, que no se tomen decisiones en los Ministerios, primero necesito pensar y pensar- , y decía para sus adentros, - en lo que voy a hacer con mi diente roto.
Lo que no se imaginaba Pedro Emilio Coll era que en tiempos modernos, en pleno siglo XXI su amada Venezuela estaría gobernada por ¡unos cuantos dientes rotos!
1) Nota publicada por Pedro Emilio Coll en Madrid en Enero de 1920, tomada de: Biografía de Don Pedro Emilio Coll " la huella de pedro emilio" de Tomás Polanco Alcántara, Caracas/1988, Colección centenario de la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.

2) El paso errante ,edición de 1948,pag 20, tomada de : : Biografía de Don Pedro Emilio Coll " la huella de pedro emilio" de Tomás Polanco Alcántara, Caracas/1988, Colección centenario de la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.

El diente roto
Por: Pedro Emilio Coll

A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.
Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.
Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.
Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
—El niño no está bien, Pablo —decía la madre al marido—, hay que llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
—Señora —terminó por decir el sabio después de un largo examen— la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted...
—¿Qué, señor doctor de mi alma? —interrumpió la angustiada madre.
—Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible —continuó con voz misteriosa— es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.
Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison... etcétera.
Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.
Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y "profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.
Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.
Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.

*Poetisa médica venezolana

Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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