martes, 3 de noviembre de 2009

LA PRIMERA COLONIA DE AGUAS DE VENEZUELA.

1498 – 1550
Autor: Arístides Rojas.
Recopilador histórico: Julián Viso Rodríguez.


Refieren los cronistas castellanos que, cuando los parías, desde las costas occidentales del golfo de este nombre, saludaron, en 1498, las carabelas de Colón, las vírgenes indianas, de bello porte y agraciadas formas, aparecieron delante de los descubridores llevando en el cuello y en los brazos hermosas sartas de perlas. Interrogadas por Colón los primeros indios que subieron a bordo respecto al yacimiento de las perlas, indicaron que venían de una isla situada al norte de Paria, donde existían ricos ostiales.

Creyendo el Almirante que las perlas yacían más al oeste, siguió en sus carabelas este rumbo y se detuvo frente a la desembocadura del río Paria, uno de los afluentes del Golfo. En tan pintoresco sitio fueron regalados por el cacique de la comarca los oficiales de Colón que pisaron la costa, y también por el hijo del Soberano, lo cual no es extraño, porque siempre fue de tierras hospitalarias repartir los obsequios al extranjero que por la vez primera visita las playas de un país desconocido.

Después de haber degustado las frutas tropicales, y saboreado el vino de palma en una y otra estancia, cada uno de los oficiales de Colón recibió, en palto de barro indígena, ostras llenas de perlas, que llevaron al Almirante como gaje de aquella tierra hospitalaria, la cual había sido bautizada por el Descubridor con el nombre de Tierra de gracia.

Una apertura de dos leguas, situada en el interior de aquella costa y que conducen hacia un golfo que bañan aguas de cuatro ríos, hizo que el Almirante distinguiera aquella región pintoresca con el nombre de Golfo de la perlas, aunque no era allí donde existía la suspirada concha con que acababan de agasajarle los caciques de la comarca.

Convencido Colón de que por el Oeste no había salida al mar, dirigió sus proas hacia el Norte, y después de vencer mil dificultades en la temida boca del Golfo de Paria, que llamó del Dragón. Por los sustos que le inpirara, entró libre y sin zozobras en el mar antillano, por entre el grupo de islas que constituyen hoy la porción oriental del Territorio. Colón pensaba que los ostiales situados al Norte, de que le habían hablado los indios parias; y ya se aproximaba al sudeste de la isla que llamó Margarita, cuando vio en la costa oriental de la vecina tierra, buzos indígenas que se zambullían y tornaban a la superficie cargados de ostras.

Colón acababa de descubrir los ostiales de la isla de Cubagua, situada entre Margarita y Coche, cima desierta, sin agua, sin leña, visitada por los pescadores guaiqueríes, donde iba a levantarse la primera ciudad frente a las costas de Paria; aquella Nueva Cádiz que ostentó sus riquezas e hizo gala de sus edificios y de su comercio, y que al través de los tiempos debía de desaparecer en medio de los cataclismos de la naturaleza, al agotarse los indios y las perlas, y al alejarse de ella, como de suelo maldito, los seres que la habían explotado durante cincuenta años.

Con el objeto de establecer relaciones con los naturales que, agrupados en la costa, contemplaban las naves castellanas, Colón despachó en un bote, a un marinero provisto de un plato de Valencia. Desde el primer momento llámale la atención cierta india que en el grupo descollaba, por tener sobre su cuello sartas de perlas, y a ella se dirigió por tal motivo, haciéndole señas y ofreciéndole el palto que llevaba. Ambos se comprenden y se acercan; el marinero rompe el plato de dos pedazos, lanza los tiestos a la hermosa guaiquerie y ésta le corresponde con el collar de perlas que adornaba su Garganta.

Al momento torna el bote a las carabelas, y Colón lleno de regocijo, pondera aquella tierra que tantas maravillas le ofrecía. Nuevo bote cargado de oficiales, éstos provistos de platos de Valencia y baratijas, se dirigieron entonces a la costa; y en esta ocasión las indias se disputan la adquisición de los platos, dando los brazaletes y collares que poseían, por obtener lo que para ellas era superior en belleza: el objeto de barro exornado de figuras coloridas, realzadas por el esmalte, que por primera vez contemplaban.

El primer plato. Castellano en las costas situadas al norte de América del Sur acababa de ser admirado por las tribus guaiqueries, las cuales trocaron con delirio aquella obra de la cerámica europea, por las ricas perlas que hasta entonces les había proporcionado el antillano mar. De choza en choza y de tribu en tribu, los platos de Valencia, como don del cielo fueron admirados. Eran dos civilizaciones que se encontraban: la una con la belleza del arte, fuerte, inteligente, vestida; la otra con el arte de la naturaleza, hospitalaria, salvaje, desnuda. Indios y castellanos se felicitaron.

Texto: Orígenes venezolanos.

Libros de El Nacional.

Editorial CEC. S.A. 2003.

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