domingo, 24 de mayo de 2015

Monseñor Jesús María Pellín, digno servidor de Dios


Eumenes Fuguet Borregales (*)
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El 22 de octubre de 1892 nace en la ciudad de Caracas Monseñor Jesús María Pellín Chiquín, hijo de Don Juan Bautista Pellín y Doña Luisa Chiquín. Desde niño sentía el llamado para servirle al Supremo Creador,  concluida su formación sacerdotal en el seminario Mayor de Caracas, recibe la ordenación el 25 de mayo de 1918. Las autoridades eclesiásticas lo envían a estudiar Derecho Canónico y Teología en la Universidad Pontificias de San Apolinar en Roma en 1929. A los veintiséis años fue designado párroco de la parroquia de san José de Chacao. Cumpliendo su apostolado rinde una labor en beneficio de los enfermos, ancianos y los de escasos recursos económicos; empieza a destacarse por su elocuente verbo en los sermones dominicales y especialmente en las Siete Palabras en la Semana Santa ya que en esta fecha se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo; Él era el orador más brillante de la Semana Mayor; las mujeres y hombres de todas las clases sociales del interior del país iban a Caracas a escuchar las Siete Palabras de monseñor Pellín, pronunciadas desde 1969 hasta sus últimos días terrenales en la  Iglesia de Santa Teresa y en diferentes templos. Su verbo  que llegaba al corazón de los feligreses explicaba los aspectos sociales, económicos y morales de la sociedad; era un verdadero libro abierto, vertical en su vida sacerdotal, con su pluma que halagaba como criticaba lo que consideraba incorrecto. El padre Pellín se hizo famoso, sobre todo cuando hablaba de política en la iglesia de El Valle". No se podía hablar de la Semana Santa sin dejar de citar a un hombre. Para cumplir con tantas solicitudes de las iglesias caraqueñas para dar su famosas e ilustrativas palabras, tuvo que contratar un chofer y un automóvil, que estacionaba a la puerta de la iglesia, para salir velozmente para cumplir con la feligresía que ávidamente lo esperaba en  otra iglesia.  Monseñor Pellín llegó a tener un récord de pronunciar en un Viernes Santo, cuatro, cinco y hasta siete veces los discursos de las Siete Palabras, cada uno con  una característica distinta.  En 1923 es enviado a  la Diócesis de Coro,  funciones que cumple hasta 1929, al ser designado Director del Diario La Religión, fundado el 17 de julio de 1890, considerado “El Decano de la Prensa Nacional” desde 1930 hasta 1968. Por su destacada actividad periodística, recibió los Premios Internacionales de Prensa: "María Moors Cabot" instituido por la Universidad de Columbia desde 1938 y el premio  "Mergenthalor". Por cierto Monseñor Pellín mantuvo una fraterna  y amistad con Don Germán Borregales de tal manera que lo designó corresponsal en Coro y le bautizó  y apadrinó a su hija Beatriz. Monseñor Pellín Es designado Canónigo de Merced de la Catedral de Caracas de 1933 a 1951, Arcediano de la misma de 1951 a 1961. Deán del Capítulo Metropolitano a partir del año 1961. Funda en 1935 la emisora La Voz de la Patria 710 A.M, donde retrasmitía actividades religiosas dirigidas especialmente a los enfermos e impedidos para asistir a la Santa Misa. Todos los días a las cinco de tarde transmitía el Rosario. Fue nombrado Obispo Auxiliar del Eminentísimo Cardenal Arzobispo de Caracas José Humberto Quintero y uno de sus Vicarios Generales. Su Santidad Pablo VI lo elevó a  Obispo. Monseñor Pellín fue galardonado con los doctorados Honoris Causa de la Universidades Santa María y de la Católica Andrés Bello, igualmente recibió un importante reconocimiento por parte de la Escuela de periodismo de la U.C.V. Se desempeñó como Director de la Sociedad Interamericana de Prensa. Dejó a la posteridad varias obras y publicaciones;  el ilustre y apreciado servidor de Dios, falleció el  20 de noviembre de 1969  en la ciudad de San Juan de Puerto Rico. El Doctor Rafael Caldera expresó: " es uno de los más grandes valores del periodismo y de la Iglesia". En su honor, todos los años la Conferencia Episcopal de Venezuela, otorga el premio “Monseñor Pellín”, a objeto de reconocer la  noble como arriesgada labor de los comunicadores sociales. A monseñor Pellín se le catalogaba como “el más acucioso historiador eclesiástico de América”. El Dr. José Antonio Giacopini Zárraga lo calificaba “un coloso”. AGRADECIMIENTO.  Al presentar el artículo Nro. 400,  deseo agradecer a la Directiva y personal del prestigioso Diario El Carabobeño, así como a los apreciados lectores, por su confianza y estímulo en la afanosa actividad  divulgadora. 
(*) Gral. de Bgda.                                                                                             churuguarero77@gmail.com
                                                                                                                                              @eumenesfuguet
Historia y Tradición

sábado, 23 de mayo de 2015

APUNTES PARA LA GENEALOGÍA DEL GRAL. CIPRIANO CASTRO

  Por Oldman Botello
                                                     
                           
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        En 1856 se efectuó el matrimonio de don José del Carmen Castro, hijo de Melecio Contreras y Bernarda Castro y fallecido en 1915 y doña Pelagia Ruíz Becerra, ambos campesinos de Capacho Viejo, estado Táchira, residentes en Las Lomas o Lomas Altas, frente a Capacho, valle estrecho por medio. Las dos únicas fotos que se conocen de don Carmelito y que datan de principios del siglo XX presentan a un hombre corpulento, de enmarañada y larga barba  bíblica. 
                                         

                                                                    


        

          
De la unión Castro-Ruíz nacieron:
I)                  Celestino Castro Ruíz, nació en Capacho el 9 de abril de 1856 y murió exiliado en Cúcuta el 30 de agosto de 1924, meses antes de su hermano Cipriano; casó con doña Teresa Cárdenas Zambrano. Fue su hija doña Ana María Castro Cárdenas. En enero de 1922 doña Ana María estaba residenciada en Santurce, Puerto Rico mientras los padres se hallaban en Cúcuta exiliados. Don Celestino era enemigo personal irreconciliable del general Gómez desde que debió entregarle bajo protesta ante su hermano don Cipriano, la presidencia del estado Táchira en 1900.
II)               Nieves Castro Ruíz, que tomó estado con el general Evaristo Parra. Doña Nieves tenía cierta instrucción a juzgar por la letra y la buena ortografía en su correspondencia. Aprendió inglés mientras vivió en Puerto Rico. Con descendencia: Numa Pompilio Parra Castro, nacido en 1886; Caracciolo, Enriqueta, Vicente, Nicolás y otro varón Parra Castro.
III)            Laurencia (llamada Laura), casada con don Hilario Lázaro, con sucesión varias hijas
IV)           José Cipriano (Cipriano) Castro Ruíz, nació en Las Lomas el 12 de octubre de 1858, fue su padrino de bautizo don Antonio Depablos. Murió en Santurce, Puerto Rico, donde se hallaba residenciado, el 5 de diciembre de 1924. Sus restos fueron trasladados  en la década del setenta del siglo XX a un panteón que le fue construido en Capacho  y el 14 de febrero de 2003 al Panteón Nacional. El periodista español Eduardo Zamacois tuvo la oportunidad de entrevistarlo en Puerto Rico en 1920, y de lo que vio fijó la figura del defenestrado presidente venezolano: “… de color cobrizo  (…) las piernas descarnadas, menudos los pies, el tórax angosto, las manos nerviosas, amarillas y extraordinariamente locuaces. El cuello demasiado ancho, quizás, de su camisa, exagera la delgadez avellanada  del pescuezo. Lo más interesante de su figura es la cabeza macrocéfala y calva, en la que el rostro, de mejillas flacas y alargado por una barbilla rucia, parece aplastado, devorado por el frontal alto, imperioso y enorme. Lleva los escasos cabellos, casi blancos, cortados al rape. Las orejas son grandes, los ojos, negros y terriblemente vivaces; la boca, de labios gruesos , dura, amarga, despreciativa y sensual”. (cit.p.Amado, Anselmo. Gente del Táchira (II): 44-45) El general Castro tomó estado con doña Zoila Rosa Martínez, nacida en San José de Cúcuta el 24 de mayo de 1868, y fueron sus padrinos Narciso del Prado y Rosa Navarro (Libro 15 de bautismos. Cúcuta, folio 74) Falleció en Caracas en octubre de 1952. Supuestamente hija del general Juan MacPherson en doña Dolores Martínez. Casaron en Capacho Nuevo (hoy Independencia), el 11 de octubre de 1886; ofició la ceremonia el presbítero Fernando Contreras (tío del Gral. Eleazar López Contreras) y fueron testigos Francisco Pérez y doña Nieves Castro Ruíz, hermana del novio. Sin sucesión en el matrimonio. Fueron hijos naturales de don Cipriano Castro, que se conozca, el ingeniero Cipriano Domínguez, de Caracas, autor del Centro Simón Bolívar y el ingeniero Cipriano Jiménez Macías, de Valencia. (1)
V)              Clotilde, casada con el Dr. Antonio Quintero Rojas. Con descendencia
VI)           Josefa (llamada Josefita y Chepita). Casada con el general Simón Bello, tachirense.  Vivía en Puerto Rico mientras el esposo estuvo preso durante ocho años y cinco meses. (2) A él lo liberaron y ella continuó en Borinquen. El general Bello debió pedir autorización al general Gómez el 2 de febrero de 1925 (ya él tenía cinco años libre, desde diciembre de 1921)  para que regresara doña Josefita: “Después de saludarlo mui atentamente, vengo de nuevo a exigirle me conceda el permiso de traer a Josefita al país; como Ud. comprenderá , ya ella i yo estamos viejos i enfermos, i es nuestro deseo mui natural de reunirnos en nuestros últimos años; espero de su bondad este favor i me conteste favorablemente por lo que le quedaré eternamente agradecido”. (Archivo O. Botello) Doña Josefita solo pudo venir al país mucho después. En junio de 1922 parecía que todo estaba listo para el regreso y Bello pedía permiso al general para traer sus muebles y su ropa, pero no se concretó nada a juzgar por esta carta de 1925.
VII)        Florinda Castro Ruiz (nombrada Flora y Flor), nació en Capacho en 1854; tomó estado con Alberto Cárdenas y fueron padres de Elenita Cárdenas Castro, que residía en Cúcuta en 1921.
VIII)     Consuelo Castro Ruíz, fue casada con el general Jesús Velasco Bustamante, emparentado con el general Juan Vicente Gómez y hermano del general Rafael María Velasco Bustamante, que fue gobernador de Caracas y ministro; hijo de don Ángel Ignacio Velasco Casique y María de la Cruz Bustamante. Ambos eran originalmente educadores en el Táchira antes de ingresar a la Revolución Liberal Restauradora en 1899. Hijas: Delia, Amanda y Elba Velasco Castro. Las hijas vivían en 1921 en San Cristóbal. En 1922 permanecían solteras. Delia era pianista y muy díscola; su hermana Amanda sufría la ausencia de Puerto Rico, donde se acostumbró a vivir; padecía de episodios de depresión y llanto. Creemos que de una de estas damas desciende el destacado diplomático y ex-Canciller, ya fallecido, José Alberto Zambrano Velasco, de tendencia socialcristiana.
  Don Carmelito Castro, al enviudar de doña Pelagia Ruíz en 1873 casó con doña Gumersinda Moros, de Capacho, hija adoptiva de don Jesús Moros, quien la registró con su apellido. Su padre biológico fue Nicolás González, capachero también, quien no le quiso dar su apellido. Los Moros eran posiblemente colombianos de ancestros  barineses, que huyeron al vecino país durante la guerra federal. El matrimonio Castro-Moros se efectuó el 11 de febrero de 1874  y dejaron a Capacho para residenciarse en el vecindario La Victoria, al pie de la montaña de Los Indios. Fueron testigos del segundo matrimonio don Segundo Ramón Sayago y doña Julia Pacheco. (Libro de Matr. 1874, folio ilegible; Moros Manzo, 2009: 37). La novia era hermana del general Eulogio Moros, que fue uno de los sesenta hombres que cruzó el río Táchira el 23 de mayo de 1899 al comienzo de la Revolución Liberal Restauradora. Tuvo cargos militares en el castrismo y en el gomecismo. Después pasó a encargado del hato La Candelaria, que perteneció al general Castro, su cuñado y luego, desde 1914 al general Gómez por una transacción entre este y la Nación, representada por el Procurador General. (Botello, 2013) Fue su larga sucesión:
IX)           Trino Castro Moros
X)              Román Castro Moros
XI)           Carmelo Castro Moros (1875-1957). Con rango de general. Casó con doña María Cristina Pellicer y fueron sus hijos: Cipriano y Carmelo Castro Pellicer, casado este último con doña Lourdes Acosta, con sucesión Carmelo Castro Acosta, que nació en 1954
XII)        Hortensia Castro Moros, casada y con sucesión
XIII)     Benjamín Castro Moros
XIV)    José Antonio Castro Moros
XV)       María Mercedes (nombrada Mercedes) Castro Moros
XVI)    Miguel Ángel Castro Moros. Tenía jerarquía de general
XVII) Ramón Castro Moros
XVIII)         Rafael Castro Moros
XIX)    José Manuel Castro Moros
XX)       Víctor Manuel Castro Moros
XXI)    Judith Castro Moros
Veintiún hijos en los dos matrimonios engendró don Carmelito Castro. Fueron hermanos  de don Carmelito, don José Antonio Castro y don Florentino Pernía.



NOTAS:
(1)  A don Cipriano lo perdió su vida disoluta. Un ejemplo de ello es una carta que envía el 29 de noviembre de 1905 desde un lugar denominado La Montaña, seguramente en el Táchira, una persona que dice llamarse Natalio Hernández, amigo de juventud, quien se duele de una fallida visita del general Castro a su tierra natal y que habría dejado a su amigo y a todos “con los ojos claros y sin vista”  cuando esperaba […] la presencia de mi querido Cabito en Pedernales” y le pregunta a don Cipriano con toda confianza: “¿Qué haremos ahora? Sobre todo con las diez hermosas damas, conquistadas para el parrandeo en El Roble y Los Guayos, entre ellas una……de chupe y déjeme el cabo.
¿Ya no danzaremos con ellas?
El Gral. Castro era objeto de un seguimiento por los cónsules venezolanos en las ciudades por donde pasaba. Y no solo los cónsules, había espontáneos que metían baza para recibir después su paga. El 25 de noviembre de 1916 escribe desde San Juan de Puerto Rico el supuesto abogado y notario Cay Coll Cuchi al general Gómez, informándole: “Como usted sabe, desde hace algún tiempo llegó a San Juan Cipriano Castro. Hizo ostentación de que venía a pasar unos cuantos meses de descanso en nuestro excelente clima; pero la festinación que puso en llevar a su lado a casi todos los reporters de San Juan para que dijeran en los periódicos que por ahora no pensaba en la política de Venezuela, era lo suficiente para desconfiar de sus propósitos anunciados, aun cuando no supiéramos ninguno de sus antecedentes”. Le comunica que hasta ahora había invertido 1.200 dólares en su trabajo de investigación con la ayuda de un grupo de espías a su servicio. Si el general Gómez seguía interesado en la pesquisa le solicitaba 1.000 dólares mensuales que pedían los espías. El 9 de noviembre de 1916, el cónsul en Puerto España, Luis Felipe Calvani informa al general Gómez: “Alguien que es amigo de Carmelo Castro me dijo que éste le había informado confidencialmente  que se hacen gestiones en el sentido de que a don Cipriano le cedan un parque que hay en Haití oculto, el cual fue introducido clandestinamente por ciertos jefes haitianos cuando sus dificultades con los Estados Unidos y con el propósito de resistir a los americanos. No sé qué hay de cierto en esto. Trataré de indagar […] Dicho Carmelo continúa enemistado con don Cipriano y hablando horrores de él, y hace poco me mandó a decir que como su hermano no quiere pagarle el dinero que él gastó en Barbados para salvar el parque y pagar los dos primeros años de depósito, está dispuesto a vendérselo a Ud. barato. Él está en Cúcuta”. (AOB)  El 16 de octubre de 1917, el mismo cónsul Calvani escribe al general Gómez manifestándole que el gobierno trinitario notificó al general Castro que debía salir de esa isla y él estaba haciendo esfuerzos para conseguir que lo dejaran viviendo en Trinidad. Escribió al gobernador asegurando que su actitud  era pacífica y prometía no mezclarse en los asuntos políticos de Venezuela; antes había estado cerca de tres años residiendo en la isla sin haber dado el más leve motivo  para que se le juzgase como conspirador. El gobernador respondió que esperaba instrucciones del ministerio de Colonias inglés para proceder en consecuencia, pero que procediera a preparar su equipaje con calma. Castro aseguró se iría a Tenerife que era “la tierra donde mejor lo habían tratado”. En conversaciones con algunos amigos informó privadamente que era partidario de los aliados en la I Guerra Mundial y que al terminar ésta “vendrá la guerra civil en Venezuela, y que nuestro pueblo lo aclamará a él, porque ya se ha dado cuenta de lo que él vale y significa y lo que ha perdido con su separación del poder”.  (AOB)  El general Castro siempre tuvo esos arranques de megalomanía. Siendo Presidente, conversando con el general Gómez y don Antonio Pimentel en las escaleras de Miraflores, dijo “¡los ojos del mundo están fijados en mí!” y el indiscreto de don Antonio Pimentel lo atajó y replicó: “No, general. No esté creyendo eso. A usted le dan una patada por el culo y lo bajan de estas escaleras”, de lo cual se rieron todos y antes de que el general Castro dijera algo contra Pimentel, el general Gómez se lo llevó del brazo al interior del Palacio, recordando a un personaje del Táchira que mucho los hacía reír con sus salidas.  La anécdota fue relatada por el propio Pimentel a don Florencio Gómez quien la contó al autor de esta genealogía.
   Doña Zoila Martínez de Castro fue una honorable mujer que sufrió con estoicismo las faltas de su libidinoso esposo. A pesar de ello –al igual que doña Dominga Ortiz de Páez- lo defendió. Ella escribió a Antonio Reyes cuando este publicó su libro sobre “Presidentas” de Venezuela en 1949: “Tengo que decirle que ni yo fui tan buena  como Ud. asegura ni Cipriano tan nefasto como lo describe”. Se cuenta que siendo primera dama del país y el general Gómez vicepresidente, le escribió una nota a este último donde le decía lacónicamente: “Compadre, venga para que me cape un gato”, como en los viejos tiempos del campo tachirense o de Bella Vista en Cúcuta. Años más tarde cuando regresó doña Zoila al país surgió un comentario quejumbroso de ella y el general Gómez, Presidente de la República, sacó de su guerrera en un encuentro que tuvieron en Las Delicias, Maracay, el papelito que tenía guardado tanto tiempo y le replicó mostrándole la nota: “Comadre, yo era el vicepresidente de la República” y tenía razón. El general Gómez siempre estimó a su comadre Zoila, madrina de bautismo de José Vicente Gómez Bello. En el país cada vez que  visitaba al Presidente le entregaba un sobre con dinero y tenía una pensión suficiente, aparte de lo depositado en bancos por la venta de sus propiedades, la mayoría de las cuales fueron adquiridas por el general Gómez.  No estaba mal doña Zoila en el exilio. Una carta del 27 de enero de 1922, de Ana María Castro Cárdenas para don Celestino Castro le informa que doña Zoila estaba en Nueva York en compañía de Ana Feliza (¿?) y “que se divierten y gozan mucho”. Se habían ido desde agosto de 1921 y no tenían fecha de regreso. En la misma carta le comunica a don Celestino que su tío Cipriano “está bien de salud, pero un poco neurasténico, que ese mal es casi general” y le añade que su tío Simón Bello está en libertad. En una carta anterior, del 4 de enero le dice a su tío Celestino: “Tengo esperanzas de verlo pronto, pues parece que Dios va [a] hacernos un gran milagro y según últimas noticias bastante frescas, al cochinito ese gordo le llegó al fin su sábado”. Se refería indudablemente al general Gómez. Esa noticia corrió como pólvora porque a mediados de 1921 el general sufrió un grave ataque de uremia que lo puso a las puertas de la tumba pero se recuperó y de allí las esperanzas de la joven Ana María. Aún restaban al mandatario trece años de vida.
   Doña Zoila escribió una nota desde  Guaynabo, Puerto Rico, el 28 de julio de 1930 donde le recuerda el nombramiento de un cónsul, aparentemente aceptado de antemano por el general Gómez y que podría ser el de Trinidad, que necesitaba un cambio. También le recuerda un terreno cuya compra sugirió al general Gómez y propiedad de don Santiago Ibarra; con el dinero percibido, este último le cancelaría a doña Zoila unos dólares que le debía. (AOB)
(2) El general tachirense Simón  Bello estaba preso desde 1913 cuando fue capturado en una invasión antigomecista por tierras falconianas mediante una trampa que le montó el Gobierno del estado y en la cual participó el ejército. Entre ellos figuró el periodista y escritor villacurano Rafael Bolívar Coronado (1884-1924), al servicio del régimen. Escribió en sus Memorias de un semibárbaro que en el camarote del barco donde venía Simón Bello no encontraron armas sino unas botellas de buen brandy y unas cajas de condones. Así lo retrata Bolívar Coronado: “Hombrecito como de cincuenta años, obeso, de una vulgarísima obesidad; estatura bajita, afeitado el bigote, corto el pelo al rape, con blusa y pantalón amarillo…y tratando de asumir una actitud marcial”. (Botello, 1993: 51) Fue liberado en diciembre de 1921. Su cuñada Florinda Castro da cuenta el 5 de enero de 1922 a su hermana Consuelo  cómo fue la reacción de todos cuando se supo la libertad de don Simón en Puerto Rico: “…ustedes no tienen idea de cómo fue ese momento de locura, lloros y ahogazones, pues a Josefita le dio un mal que no respiraba” (AOB)  Ana María Castro Cárdenas le dice a su tío Celestino, que permanecía en Cúcuta que su tío Simón Bello “ha salido muy enfermo y gracias salió vivo”. (AOB)

Oldmanbotello@hotmail.com

domingo, 17 de mayo de 2015

Francisco Fajardo, el genocida de la mitohistoria

Francisco Suniaga
Francisco Fajardo, el genocida de la mitohistoria; por Francisco Suniaga 640
Busto de Francisco Fajardo, quien nació en la isla de Margarita en 1524.
Una de las víctimas favoritas de los gobernantes socialistas bolivarianos ha sido la historia de Venezuela. Así como desconocen la existencia de la ciencia económica, se han empeñado a lo largo de sus tres lustros en desconocer o distorsionar la narración del acontecer nacional, que los historiadores han ordenado según patrones técnicos universalmente aceptados. Tarea de larga data hecha con la idea de que el cuento de quiénes somos y qué hemos hecho sobre esta tierra quede registrado, y pueda contarse con algo de certidumbre a las generaciones futuras.
Los compatriotas que han tenido a su cargo la conducción del Estado desde hace más de quince años, sustituyen la historia de Venezuela por una mitología de su propia inspiración, negadora de hechos suficientemente documentados y analizados científicamente en distintos tiempos y en todo el continente. Han creado así un entuerto que podríamos llamar “mitohistoria”; una narración muy plana y elemental, donde los actores no son hombres (y “hombras”) que vivieron una época y se comportaron según los patrones de conducta imperantes en ella, sino unos dioses míticos que eran buenos o malos, en el sentido más primario o infantil del término.
Para los narradores de la mitohistoria bolivariana, los españoles nunca llegaron a las costas de este país ni fueron, junto con indígenas y africanos, uno de los tres ingredientes principales de la masa que nos conforma. El propio Chávez, el gran gurú de la feligresía socialista, hablaba de “nosotros los descendientes de indios y negros”.  Todo lo bueno, regular o malo que los españoles hicieron sobre esta tierra (y en el resto de América), lo reducen a una sola palabra: genocidio. Calificativo que le endilgan incluso a Cristobal Colón, quien no pasó de ser un italiano aventurero, en el peor de los casos. Ese es el pensamiento detrás de la decisión de designar el 12 de Octubre “Día de la Resistencia Indígena” y de promover que unos orates derribaran la estatua de Colón en Caracas y la arrastraran por la avenida que aún lleva su nombre.
En la narración nacional mitohistoria, Simón Bolívar no murió de tuberculosis como dijo su médico Manuel Próspero Reverend, sino que fue envenenado por Santander en una conspiración como las de Game of Thrones. Su rostro no era como el que retrataron sus coetáneos, quienes lo vieron en innumerables ocasiones en distintas edades, sino como se le ocurrió a unos rusos formados en investigación criminal, que con su sola osamenta (exhumada a tal fin) fueron incluso capaces de determinar que tenía el cabello chicharrón. Paéz no fue un personaje imprescindible en nuestra independencia y formación como nación sino un traidor a Bolívar. De la misma manera, a Caracas la fundaron cuando Juan Barreto dijo (ya se me olvidó cuál fue esa fecha y sigo creyendo que ocurrió el 25 de julio de 1567).
Gracias a la mitohistoria, el dictador corrupto Cipriano Castro devino en héroe de la patria y Betancourt, en cambio, fue un violador de los derechos humanos, que nada tuvo que ver con la gestación y establecimiento de la democracia. Asimismo, los guerrilleros comunistas apoyados por Fidel Castro –a quienes Betancourt combatió para salvar la institucionalidad que nos había tomado ciento cincuenta años construir– eran unos ángeles libertarios. El cuento también sustenta la tesis, no podía ser de otra manera, de que Chávez no dio un golpe militar el 4 de febrero de 1992, sino que encabezó una rebelión por la dignidad nacional. Capítulo que en estos últimos días continúa con la propuesta de que por aquella gesta, y por toda la grandiosa herencia que nos legó (incluyendo la presidencia de Nicolás Maduro y la deuda externa astronómica), “el Comandante Eterno” sea declarado el Libertador del Siglo XXI.
Casi en paralelo a esa moción, se ha añadido una nueva página a la mitohistoria bolivariana. Ese nuevo registro comenzó a establecerse hace unos años, en el Aló Presidente Nº 167, el 12 de octubre de 2003. En ese programa “el Eterno” afirmó que Francisco Fajardo, el mestizo guaiquerí margariteño no fue, como enseñaban en la escuela burguesa, un héroe de nuestros primeros tiempos.
Nicolás Maduro, nuevo jefe académico de la mitohistoria, fue más allá. El pasado 02 de febrero de 2014 declaró: “Hay por ahí quienes todavía rinden homenaje a los genocidas. Todavía hay autopistas por ahí con nombre de genocidas. Francisco Fajardo. ¿Y quién fue Francisco Fajardo? Un genocida.
No obstante que esa afirmación en boca de Maduro –como consta en su currículo y prueba su desempeño– carece de auctoritas, de inmediato, como es norma en esta reencarnación caribeña del socialismo real de Europa del Este, comenzó a ser repetida por la nomenklatura gobernante  (por cierto, para la consolidación de la mitohistoria es fundamental repetir como loros goebbelianos los asertos de los líderes). Hace unos días –la nota de Noticiero Digital es del 27 de abril–, Jorge Rodríguez, el alcalde de Caracas (la ciudad de cuyos cimientos Fajardo comenzó a construir), dijo esto otro: “… Francisco Fajardo, autor de uno de los genocidios más espantosos que haya conocido la historia de la humanidad”.
Esta afirmación equipara a un modesto mestizo margariteño del siglo XVI con el camarada Mao Tse Dong (campeón mundial indiscutido de la disciplina), el camarada Josef Stalin (subcampeón) y los camaradas Kim Il Sun, sus herederos y el camarada Pol Pot (quienes acumulan méritos suficientes para disputarle a Hitler la medalla de bronce). Esa acusación de Francisco Fajardo, como es línea partidista, resuena ya en todas las instancias del aparato bolivariano.
No por historiador, que no lo soy, sino por margariteño –gentilicio que comparto con la honorable familia Fajardo, oriunda de El Poblado e integrantes de la Comunidad Indígena Francisco Fajardo, que ocupa media Porlamar – me siento obligado a salir en defensa de este paisano, a quien pretenden ahora, casi cinco siglos después, encerrar en el Ramo Verde de la historia (con el mismo tipo de pruebas con las que encierran a las víctimas del presente).
Francisco Fajardo –me enseñaron en mi escuela de La Asunción, que de burguesa nada tenía– fue un mestizo, hijo de un español con una mujer indígena llamada Isabel, miembro (o miembra) importante de la etnia guaiquerí que poblaba Margarita y parte de la costa de lo que ahora es el Estado Sucre. Fajardo era bilingüe y, habiendo sido Margarita la base desde donde partieron tantas expediciones al continente, fue jefe de algunas de ellas. Siendo la más importante aquella que concluyó con la fundación del Hato San Francisco, en el Valle de Caracas.
Los guaiqueríes no hicieron resistencia a los conquistadores españoles –las mujeres guaiqueríes menos– porque los margariteños, desde los tiempos en que Margarita no se llamaba Margarita sino Paraguachoa, el pendejo lo han tenido lejos. Desde el primer momento vieron a los conquistadores españoles como los aliados necesarios para repeler a unos terribles enemigos que por tiempos inmemoriales los habían asaltado, asesinado e, incluso, devorado: los caribes. Sí, los  invasores provenientes de lo que ahora es Brasil –fue aquella y no la de los conquistadores españoles la primera “planta insolente”–, cuyo grito de batalla no podía ser más revelador del espíritu que los animaba: ana karina rote aunicon paparoto mantoro itoto manto. Que traducido a nuestro idioma castellano (herencia por cierto de aquellos conquistadores genocidas) significa: “Sólo nosotros somos gente, aquí no hay cobardes ni nadie se rinde y esta tierra es nuestra”. Me atrevería a asegurar que fue precisamente esa última frase la que menos les gustó a los margariteños, que, como es fama, por un terreno son capaces de cualquier sacrificio (pregúntenle a Chanito Marín, si no).
Según lo resume el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar (de notas tomadas de historiadores como J. A. Cova, El capitán poblador margariteño Francisco Fajardo; Juan Ernesto Montenegro, Origen y perfil del primer fundador de Caracas; Manuel Pinto, Fajardo, “el precursor”; Graciela Schael Martínez, Vida de Don Francisco Fajardo; y Gloria Stolk, Francisco Fajardo, crisol de razas) en la vida de Francisco Fajardo no hubo nada parecido siquiera a una masacre, mucho menos a un genocidio (los invito a buscar la definición técnica de esa palabra en cualquiera de los instrumentos de la ONU). Según la nota de esa importante y confiable obra, Fajardo se vio envuelto en escaramuzas en las que dio muerte, por ahorcamiento, a un cacique del litoral central que llevaba por nombre Paisana.
Pero aún en el caso de que hubiera ajusticiado cobardemente a muchos de sus adversarios, hay que considerar que Francisco Fajardo fue un hombre de su tiempo y su conducta es del siglo XVI y no de este, y por tanto no se le puede juzgar con los parámetros del presente (Inés Quintero, que sí es historiadora, me dijo que ese error se conoce técnicamente como anacronismo).
Las preguntas que toca hacerles a los mitohistoriadores bolivarianos son obvias. Más allá de que Chávez negó su condición de héroe en uno de sus cientos de Aló Presidente; de que Maduro lo llamó genocida en unas de sus miles de declaraciones; y Jorge Rodríguez lo haya proclamado como tal criminal en un acto donde se honraba la memoria de Eliézer Otaiza, ¿cuál es la fuente histórica para sustentar tan gruesa acusación? ¿De qué obra, en que texto, quién fue el historiador, dónde está el documento de donde emanó el conocimiento que llevó a juzgar y condenar inaudita altera parte a Francisco Fajardo, un capitán mestizo margariteño que vivió entre 1524 y 1564? ¿Cómo pudo ser genocida un hombre que se hacía acompañar mayormente por sus paisanos guaiqueríes (tribu reconocidamente pacífica), en una época en que en Venezuela no había gente para cometer ese abominable crimen y faltaban todavía más de 400 años para que la palabra genocidio siquiera apareciera sobre la faz de la tierra?
Finalmente, para los pocos que puedan ignorarlo, hay un hecho que refleja quién pudo haber sido Francisco Fajardo para la gente de su tiempo. En una de esas expediciones, al pasar por Cumaná, Fajardo fue apresado por el jefe español de la ciudad, Alonso Cobos, quien lo juzgó sumariamente (como ahora) y lo condenó a la horca (como pretenden hacer ahora) sin respetar sus derechos más elementales. En razón de ello, los guaiqueríes de Margarita, quienes más lo conocían, atravesaron el mar en sus canoas, tomaron Cumaná y apresaron a Cobos. Lo llevaron a la isla y lo entregaron a las autoridades. Esa conducta no la provoca un malvado. A diferencia de Fajardo, Cobos fue juzgado de acuerdo a Derecho por la Real Audiencia de Santo Domingo y condenado a muerte por su abuso. Esa es la historia  que se conoce y registra sobre la vida de Fajardo. Si sus detractores del presente actuaran con responsabilidad, por lo menos se abstendrían de repetir la infamia hasta presentar las pruebas que la ética pública obliga.

sábado, 9 de mayo de 2015

Mas que saberlo, recuerda que has de morir: memento mori, vanitas, Ars longa, vita brevis

Gerónimo Alberto Yerena Cabrera

Introducción
La vanidad está representada en los símbolos y mitos por el pavo real y por el grajo (cuervo), la vanidad femenina por el gato. El pavo real es un símbolo tradicional de la vanidad, por el contoneo ostentoso de la belleza. Representó en una época muy antigua el simbolismo de la inmortalidad. En la iglesia los cien ojos de su cola, representa una evocación, que todo lo ve.
El cuervo en la India simboliza la sombra de un hombre muerto. En el cristianismo, por su plumaje negro y su supuesto hábito de devorar los ojos y el cerebro de los muertos, lo han asociado como símbolo del diablo.
El gato, además de variados caracteres simbólicos que se le han atribuido en diferentes épocas y culturas, para los psicoanalistas, es el típico animal femenino. Se halla ligado a la casa, no a una determinada persona. Ofrece en los sueños, todas las diversas manifestaciones afines a lo irracional de la mujer.
Pero lo en la antigüedad del mundo occidental civilizado, greco- romano, sobre todo este último, el término vanitas procede de la traducción latina del versículo del Eclesiastés (12,8) que advierte vanitas vanitatum, omnis vanitas (“vanidad de vanidades, y todo vanidad”). Todo lo que el hombre logra o hace en esta vida es vano.
La simbología y los mitos citados al inicio fueron reemplazados en la cultura occidental, tal como se demostró en las iconografías halladas posteriormente; esto fue más evidente en la representación y simbolismo de la vanitas  la cual  cuenta con una larga tradición. Se puede encontrar calaveras y esqueletos en las antiguas estela funerarias griegas, y en los sarcófagos romanos a menudo aparece la imagen apoyado en una antorcha apagada para simbolizar que “la luz se extinguió al morir el difunto”; expresando así el significado y el significante para constituir el signo de la muerte.
No es nada asombroso que el antiguo dicho de Hipócrates, 460 a.C / 370 a.C:
bioz bracuz h de tecnh makph   «La vida es breve; el arte extenso», haya dejado de estar en relación con el arte del médico en la concepción latina de Séneca como Vita brevis, ars longa (“el arte es largo, la vida breve”) y haya quedado firmemente enraizado en nuestras conciencias la durabilidad de las bellas artes humanas, que ayudan a equilibrar la brevedad de la vida humana y la moralidad del destino individual.

La frase de “recuerdas que has de morir”, no así la idea- la cual debe ser milenaria, desde que el Homo Sapiens tuvo conciencia de la muerte y la debió asociarla en su recuerdo- quizás tiene su verdadero origen en la Antigua Roma, en la época de los desfile victorioso y ostentoso de los hombres  poderosos y los generales, los cuales no disimulaban su engreimiento y petulancia  característico de la vanidad. Fue allí cuando fue necesario recordarle esa frase: memento mori.
Las imágenes más convincente de la muerte datan de fines del siglo XIV; bajo la influencia aparente de una nueva corriente de culpabilidad surgida durante los primeros años de este siglo y que, sin duda se acentúo a raíz de las espeluznantes experiencias que rodearon a la epidemia de la peste negra que arrasó Europa entre los años 1347 y 1551, imágenes de cadáveres putrefactos en descomposición se convirtió  en un lugar común para subrayar la fugacidad y la suprema inutilidad de todos los aspectos del mundo material.
Como observamos en las citas y en las iconografías que nos muestra Ivan Gaskell, trabajo que he seleccionado como modelo central para el desarrollo y conclusión del tema, por considerar que representa gráficamente en forma muy pedagógica, condensada y secuencial de todos los acontecimientos que permiten una mejor visualización de esta materia tan interesante, como difícil de asimilar, y que reproduzco a continuación. El personaje por excelencia para representar en las iconografía del autor es San Jerónimo (340-420), al cual cita en seis ocasiones. Esta conexión con San Jerónimo quizás no es debida a la casualidad: en el marco de su iconografía se dio forma a una gran parte de los elementos del simbolismo de la vanitas.  El San Jerónimo, la imagen del santo humanista ideal, ha sido rodeado de los símbolos de la sabiduría, los libros, pero también se le ha añadido el símbolo del fin de todas las cosas:la calavera.
Entre otros no citados en el ensayo figuran obras como San Jerónimo, del Greco, 1605; San Jerónimo escribiendo, Caravaggio, 1605; además de quince iconografías con la imagen de San Jerónimo y la vanitas.
San Jerónimo, sus epístolas  las inició en el estudio y meditación de la Sagrada Escritura y  en el camino de la perfección evangélica que incluía el abandono de las vanidades del mundo y el desarrollo de obras de caridad; y como cita Paul Johson  en su libro, La Historia del cristianismo: “Jerónimo es el precursor del doloroso intelectual cristiano, cuya carne mantiene un conflicto irreconciliable con el espíritu y cuya continencia forzada ha sido adquirida a costa de la caridad humana”.
Este tipo de pinturas fueron características de las escuelas holandesas y españolas del siglo XVII. Es significativo el uso de la imagen de San Jerónimo en el ejemplo de esos artistas para expresar la vanitas en sus obras.
A principio del siglo XVII  el poeta John Donne expreso explícitamente la frase memento mori en su obra Devotions Upon Emergent Occasions (1624) en su poesía:
“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.”
Frase que ejemplarmente usó el famoso escritor Ernest Hemingway como titulo de su libro publicado en octubre de 1940, dándole el mismo significante del tema que tratamos.
Seleccioné  para desarrollar y reproducir a continuación, tal como lo indiqué, el artículo de Ivan Gaskell (Fogg Art Museum, Universidad de Harvard, Cambridge (Massachusetts).  La representación de la vanitas. Florecimiento y caducidad.  Del libro de Kristen Lippincott: El tiempo a través del Tiempo. Editorial Grijalbo. Edición en castellano 2000.
 El texto en su mayor parte es una reproducción casi literal; algunas notas y  párrafos completos agregados que no aparecen en la obra se señalan con un asterico (*), e igualmente en el artículo original sólo aparecen dos iconografías, se han agregado, respetando estrictamente la secuencia del autor y el texto del mismo, ocho iconografías tomadas en  Google Chrome, las cuales se señalan con dos asterico (**).
La representación de la vanitas. Florecimiento y caducidad
Cráneos humanos, frágiles burbujas a punto de estallar, cirios apagados…estás son las imágenes de las vanitas una expresión visual de la conciencia del fin del tiempo. El fin del tiempo es algo personal- toda la vida debe tener un final, y también es apocalíptico. En el momento en que la creación divina entre una fase de intemporalidad, algunas almas serán juzgadas  y gozarán de la eterna presencia de Dios y otra serán arrojadas lejos de su presencia y condenadas por toda la eternidad. Lo personal y lo universal van ligados, pues sólo en esta vida finita pueden presentarse las almas para Juicio  Final, cuando se tome una decisión de infinita trascendencia: la salvación o la condenación  eterna.
El tema del juicio y la redención es crucial para la iglesia cristiana. El rechazo de todas las cosas que pertenecen a este mundo- el cuerpo, la riqueza, la fama, el poder…- constituyen un paso fundamental hacia la redención. Para designar todas las posesiones terrenales, ejemplos de la vana esperanza del hombre de hallar consuelo eterno en la fugacidad de este mundo, se emplean el término genérico de “vanidades”. Si consultáramos una obra de concordancias bíblicas del siglo XVII, por ejemplo, encontraríamos cerca de un centenar de entradas referente al término de “vanidad”. El mensaje de que todo lo de este mundo no era más que vanidad sirvió de inspiración a infinidad de homilías en el mundo católico y resonó también desde decenas de miles de púlpitos en las nuevas tierras protestantes de Europa y de América del Norte. La vanitas fue, asimismo, uno de los temas principales de paneles, lienzos y estatuas de piedra y bronce. Pero ¿de dónde procedían sus imágenes? ¿Acaso las formulaciones visuales de la vanitas experimentaron un ciclo de florecimiento, madurez y decadencia?
La primera representación de la vanitas se remonta al siglo XV. Como es lógico, durante el período clásico y la Edad Media ya habían surgido imágenes de la muerte y la decadencia como motivos ornamentales funerarios, pero la aparición de obras de arte aisladas que abordaron el tema de la fugacidad de la vida humana constituye un fenómeno típicamente renacentista. Son numerosas  las teorías que intentan explicar por qué razón quienes vivieron en el siglo XV parecen vincularse de forma explícita y creciente con el reconocimiento de su propia inmortalidad, pese a que este hecho, la muerte, no había experimentado cambio alguno con respecto a épocas anteriores. La súbita aparición del memento mori ( “recuerda que has de morir”) como un rasgo característico del retrato del siglo  XV se ha intentado justificar recurriendo a pautas variables de distribución demográfica, pandemias y cambios en las prácticas religiosas. Dado que ninguna de estas hipótesis parece totalmente convincente, cabría pensar que la causa de este fenómeno (suponiendo que se trata de tal fenómeno) se encuentra en cualquier otra parte.
Emplearon el “efecto realidad”  para dar vida a lo que carecía de ella. Por ejemplo, nunca  Cristo había parecido tan “muerto” como en el panel central del Altar de Pasaro, de Giovani Bellini (Pinacoteca Vaticana, 1471-74)
Como muchos otros ya han señalado, durante ese siglo, tanto en el norte como en el sur de Europa, los artistas parecen interesarse cada vez más crear representaciones “naturalistas” del mundo que los rodea.
*Con esta creación pictórica inicia Ivan Gaskel sus ejemplos en cuanto a la muerte y el arte.

 **Giovani Bellini

El tema  del Ecce Homo (he aquí el hombre)  halla nuevas resonancias  en el Cristo muerto de Hans Holbein (Kunstmuseum, Basilia, 1521), cuyo cuerpo, preso ya de la rigidez cadavérica, yace sobre la lápida de su propio sepulcro, con las manos gangrenadas y la herida de costado seca. Si uno de los elementos fundamentales de la devoción cristiana era la meditación sobre la muerte de Cristo, no cabe duda que estas imágenes proporcionaron un nuevo estímulo pictórico.
 **Hans Holbein, 1521.

*EL FLORECIMIENTO DE LA ICONOGRAFÍA DEL MEMENTO MORI
 San Jerónimo. Alberto Durero
*Alberto Durero realizó este San Jerónimo para su amigo Rodrigo de Almeida, que era el factor de Portugal. Este personaje era una especie de embajador en Bruselas, donde Durero coincidió con él durante su viaje a los Países Bajos. Rodrigo de Almeida le consiguió objetos maravillosos llegados de América que fascinaron al pintor, como objetos de arte plumario. San Jerónimo fue uno de los santos predilectos de Durero, por la faceta intelectual y teológica que representa. Presumiblemente, Durero envidiaba el retiro estudioso del santo y siempre nos lo presenta en su celda dedicado a la meditación y el estudio. En este caso, la incidencia en lo intelectual está especialmente resaltada: el santo sostiene una calavera, indicando el lugar físico del pensamiento, al mismo tiempo que con la otra mano se indica su propia frente con una mirada atormentad

San Jerónimo de Alberto Durero (Lisboa, Museo del Arte Antigua, 1521).Durero consiguió consiguió impulsar de forma especial la iconografía del memento mori. Luego de esto varios autores realizaron numerosas variaciones sobre el tema y pinturas muy similares,  sobre todo con el dedo señalando la calavera, incluso ese mismo año Lucas de Leyden.
 San Jerónimo. **Lucas de Leyden
 También destacaron la pintura de Marinus van Reymerswaele.
** Llama la atención que en Google Chrome, aparece quince pinturas  distintas con el mismo tema y el mismo personaje. Muy parecidas a las de los otros autores, pero se puede observar diferencias muy evidentes en detalles de posiciones, sobre todo en los mismos objetos y además del agregado  de nuevas figuras. Eso mismo lo observamos, sí ponemos atención, en los cuadros de los otros autores.
 ** San Jerónimo. Marinus van Reymerswaele.1541

Una de las pinturas más celebres fue la de Joos van Cleve, San Jerónimo en su estudio, óleo sobre tabla de madera, ca. 1524-1530, Cambridge MA, Fogg Art Museum, Harvard University Art Museums. La tradición biblica de las vanitas, encarnada por el traductor de la Biblia al latín, halla su equivalente clásico. En el arquitrabe del nicho de la pared aparece inscrito un antiguo proverbio atribuido al filósofo griego Tales: homo bulla (“el hombre es una pompa de jabón”).
*Vita quasi fumus bullula flosque perit ((la vida perece como una pompa de jabón y como una flor)
 ** San Jerónimo. Joos van Cleve

Una de las representaciones más sorprendente originales del tema de la vainitas en la primera mitad del siglo XVI se halla en un cuadro de Jan Sander van Hemessen (Lille, Palacio de las Bellas Artes, ca. 1535). Sólo se conserva la mitad de lo que probablemente fue un díptico. En ella se ve una figura con alas de mariposa (un símbolo del paso del tiempo), que en lugar de una calavera, sostiene un espejo en el que se refleja una calavera flotante. El espejo sostenido por el tiempo fugaz, refleja la inmortalidad del personaje. En este tipo de pintura, el arte ya no es meramente un medio para representar un conjunto de ideas sobre la fragilidad humana. El arte, el espejo de la vida, se implica plenamente en la consideración de la mortalidad del hombre.
 **Jan Sander van Hemessen

En el arte del siglo XVI, el tema de la muerte y la fugacidad  puede  adoptar formas épicas e intimas, como puede apreciarse en el aterrador cuadro El triunfo de la muerte, Peter Brueghel el viejo (Madrid, Museo del Prado, ca.1562). En él, los conocidos temas del triunfo de la muerte y la “danza macabra” se combinan para crear una imagen realmente dantesca.


**El triunfo de la muerte Peter Brueghel el viejo perteneció a la reina Isabel de Fernesio, teniéndola en el Palacio de la Granja de Asan Ildefonso (Segovia) en 1745. Este cuadro es una de las obras más conocidas y sin duda una de las obras maestras de la colección de pintura flamenca del Museo del Prado.

*Ars longa, vita brevis (“el arte es largo, la vida breve”)
Como es lógico, la confrontación con un objeto inerme era similar a realizar un retrato y, aunque la inclusión del memento mori en estos cuadros sugiere que los modelos eran plenamente concientes de su propia mortalidad, parte del atractivo del retrato radicaba en que podía plasmar el aspecto humano de manera permanente. En este sentido, el arte parece ser capaz de engañar a la muerte. Es interesante  observar que en los siglos XVI y XVII cada vez cobra más fuerza la máxima Ars longa, vita brevis (“el arte es largo, la vida breve”).
Vemos un ejemplo de ello en el cuadro Pintor en su estudio retratando a una pareja (Amsterdan, Rijksmuseum, 1612) del artista Utrecht Herman van Vollenhoven. El pintor capta nuestra atención con su mirada, al tiempo que señala un doble retrato que descansa sobre un caballete  situado ante él y los modelos que se hallan en segundo plano. El modelo masculino mira también hacia el espectador y coloca sus manos sobre un cráneo humano,


**Utrecht Herman van Vollenhoven. Pintor en su estudio retratando a una pareja.

Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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