miércoles, 7 de julio de 2010

SILVA CRIOLLA / FRANCISCO LAZO MARTÍ (1864-1909)

EFEMERIDES VENEZOLANAS*
Recopilación e introdución: Argemiro Torres**

Introducción

Es su poema de mayor extensión, y el más cuidadosamente elaborado. Alcanzó a darle una forma en la que ya nada es susceptible de cambio. En esta silva, Lazo conjuga algunos rasgos de su vida sentimental y del mundo interior de sus dudas y valores ético-políticos. Están, así mismo, los testimonios de su exacto conocimiento del paisaje y las costumbres llaneras; la evocación de la primera esposa, fallecida prematuramente. Y sirviéndose de imágenes de la tierra, aparecen algunas de sus inquietudes espirituales relacionadas con el misterio de la vida y de la muerte.
Esta variedad en los temas recuerda la técnica de los murales, la estructura de la suite. Cada uno de los once cantos que forman la silva, sin excepción, es autónomo puede leerse con independencia de los restantes. Sin embargo, se trata de un poema único, de armoniosa y unificada estructura formal y temática.
A mi juicio, la Silva criolla contiene cinco grandes conjuntos temáticos:
1. Ideario social, ético y político.
2. El paisaje llanero.
3. El hombre del llano y sus faenas.
4. La melancolía.
5. La duda metafísica.

COMENTARIO SOBRE LA SILVA CRIOLLA

Ideario social, ético y político
La Silva criolla fue dedicada por Lazo Martí A un bardo amigo. A este poeta que vive en la ciudad, Lazo lo insta para que regrese a los llanos, esgrimiendo varios argumentos a favor de su petición: la nostalgia a que está quien se ausenta de su tierra natal, el peligro de verse humillado ante los poderosos, la ciudad corruptora, el decoro personal vendido al mejor postor. Es decir, una concepción ética de la vida.
En la "Invitación" salta a la vista la paráfrasis de un tema clásico, como es el contraste entre la ciudad corruptora y el campo bienhechor, elaborado ya por Bello en La agricultura de la zona tórrida. Dentro del tema tradicional que se remonta a Horacio, hay elementos nuevos que emanan de la época y de las circunstancias de Lazo Martí, como es la simbolización en las cumbres, en los picos abruptos, en la nieve que baja a entumecer las almas, del régimen de Cipriano Castro, combatido por Lazo Martí. En efecto, la Caracas que ahí aparece sin nombrarse, corresponde a la de los tiempos de Castro, tenido como uno de los gobernantes más corrompidos. Es una urbe carcomida por la adulancia, por el oportunismo en política y por una inversión de valores, tal como la retrató por la misma época, Manuel Díaz Rodríguez en su novela Idolos rotos (1901).
A semejanza de Bello, Lazo Martí no predica el regreso al campo para que su amigo venga a solazarse en la paz y en la belleza del paisaje. Antes, por el contrario, le señala aquellas motivaciones que lo obligan no sólo a volver, sino a desempeñar tareas sociales encaminadas a redimir a los humildes, arruinados y aun asesinados por la guerra, los caudillos políticos y las enfermedades.
La Invitación y el canto, contienen el mensaje doctrinario de la silva. Se trata, en su valor didáctico, de una de las características del poema neoclásico, heredada por el Romanticismo social, y, salvo en casos excepcionales, dejada de lado por los modernistas. El Criollismo literario, en cambio, como lo hemos apreciado en Urbaneja Achelpohl, no descartó la crítica social resultante de una toma de conciencia del escritor con la problemática del hombre en su medio y en su tiempo.

El paisaje llanero
Pocos poetas venezolanos han captado y expresado el paisaje con la hondura y complejidad de Lazo Martí. Sabemos que nació en las llanuras venezolanas, y que las recorrió a pie y a caballo en incontables ocasiones, y en todas las circunstancias estacionales. En los meses de plena floración. Bajo los soles del verano que todo, lo propician para el trágico incendio. En los tiempos lluviosos, cuando los ríos se desbordan y la muerte emana del agua. Las contempló a la luz del amanecer, al mediodía, en el ocaso, en la inmensa noche sabanera. Estuvo entre sus matorrales, entre sus arbustos, bajo sus árboles. Miró sus garzas, sus gavilanes, sus tenues mariposas, sus venados. Escuch6 el canto veraniego de las chicharras, el oscuro rumor de las colmenas, el bramido del padrote, y el mugir de las vacadas. Con tan ricas y variadas imágenes polisensoriales, Lazo Martí hizo cuanto un poeta podía hacer con aquella materia prima, en lo que se refiere a su tratamiento jerárquico en tres planos o niveles estéticos: el nivel de las imágenes, el nivel de las metáforas y el nivel de los símbolos.

El nivel de las Imágenes

Es el más sencillo y elemental, ya que se limita a una descripción objetiva del paisaje, circunscrita a reproducir del modo más fiel la realidad que el poeta ha captado a través de sus sentidos. Es pintar fidedignamente con palabras, y nada más. En Lazo encontramos pocos ejemplos de este nivel. Uno que podría servirnos, no sin salvedades, es cuando enumera y describe algunas de las flores y frutos del llano:
Tras la menuda flor cuaja el uvero
su gajo tempranero;
sus nacarados frutos en el limo
el punzador curujujul engendra;
la maya erige colosal racimo
y desprende el merey sabrosa almendra....
En esta enumeración, el uvero es el uvero y el merey es el merey. Las palabras se corresponden directamente con la imagen que expresan. Estamos a nivel de un lenguaje predominantemente denotativo. Pero las palabras -ya lo sabemos- pueden metaforizarse y adquirir un doble o múltiple sentido artístico, por la confluencia, dentro de un mismo vocablo, de dos o más imágenes o conceptos asociados por el poeta. Esto nos conduce a un segundo plano, de elaboración metafórica.

El plano metafórico

Se trata de un procedimiento estético en el que las imágenes dejan de ser representaciones del mundo objetivo, para connotar la visión que el poeta tiene de ese mundo. Cuando la descripción no es puramente objetiva, debemos aceptar que se ha iniciado un proceso de interiorización del paisaje, puesto que el poeta ya no intenta expresarle tal como es, sino tal como lo ve y lo siente.
Agobiado por el recuerdo de su esposa muerta, y paseando a solas por los mismos lugares que visitara junto con ella, Lazo Martí ve la llanura ya no simplemente como la llanura es en las horas crepusculares, sino que nos brinda una descripción interiorizada donde las imágenes, siguiendo las técnicas del símil y la metáfora, producen la doble visión del llano crepuscular (imágenes sugerentes) y de una inmensa cámara mortuoria y un cementerio (imágenes sugeridas):
Como en aquellos días
del venturoso tiempo ya lejano,
en pos de mis pasadas alegrías,
vuelvo a tender la vista sobre el llano.
Caído en la remota lontananza,
sin su manto de gloria,
el moribundo sol parece un cirio
que alumbrase honda cámara mortuorio.
El viento, sin rumor, apenas riza
la silente laguna en cuyo espejo
invisible dolor vertió ceniza;
y con vuelo despacio,
de la tarde a los pálidos reflejos,
las garzas que se irán, que se irán lejos, pueblan de cruces blancas el espacio.
Ya se habrá captado las diferencias entre este fragmento y el anterior. Por una parte, hay cinco imágenes básicas tomadas del atardecer llanero: el sol en el ocaso, el ámbito celeste, el viento silencioso, una laguna de aguas grisáceas y un bando de garzas en vuelo. Pero hay, además, una serie de imágenes que no están en el llano, que proceden del mundo interior del poeta, y que se conjugan, armonizan o corresponden con la naturaleza crepuscular: sol-cirio moribundo, ámbito-cámara mortuoria, viento-silencio, laguna gris-ceniza, garzas-cruces blancas. No se trata de una descripción puramente objetiva, sino de una elaboración metafórica, catalizada por el recuerdo de alguien que se ausentó para siempre. Este dolor sugerido está dentro del poeta, le es propio e instransferible. ¿No existirán otros elementos que también alberga el poeta, pero que no le pertenecen en exclusividad y pueden ser transferibles?

El plano de los símbolos
Es el más profundo de los tres niveles. Se produce cuando Lazo Martí emplea imágenes de la naturaleza llanera para simbolizar inquietudes metafísicas que en modo alguno le pertenecen exclusivamente. No se trata, por ejemplo de su particular dolor, sino de sus preocupaciones en torno a problemas que han llamado la atención del hombre de todos los tiempos y lugares. Tal ocurre con la incógnita de la vida y de la muerte. Tal, con la esperanza subyacente en toda conciencia de que una luz, por pequeña que sea, alumbre racionalmente el reino de lo desconocido. Por tanto, si la metáfora conlleva algo personal, el símbolo apunta hacia algo extra-personal. Si la metáfora es una visión estética de un tema particular, el símbolo es la visión estética de un tema general y en gran medida, eterno y abstracto. Veamos un ejemplo. En la noche llanera, después de oír el canto inquietante de unos alcaravanes, Lazo Martí sale a la intemperie, y contempla un paisaje nocturno, desdibujado, que fue siempre para él tema de meditación. Pero, ¿qué ven los ojos del poeta?
Del camino a la vera
fingen los alineados matorrales
muda legión de sombras espectrales
en momentos de espera.
Alada flor de broche diamantino,
errante flor de fulgida hermosura,
flor de luz, el cocuyo peregrino,
irradia la espesura.
Y náufrago en la noche sin ribera,
mi espíritu se abstrae
pensando que de un mar desconocido
el llano es una ola que ha caído,
el cielo es una ola que no cae.
Observemos bien, a propósito del cocuyo, los tres planos. El de la imagen objetiva del cocuyo que irradia en la espesura. El de la metáfora que lo convierte en una alada flor de broche diamantino y fulgida hermosura. El del símbolo de una pequeña luz errátil, luz-misterio que se mueve entre las sombras espectrales del matorral, bella en sí misma, pero incapaz de iluminar el camino. Por algo el poeta se abstrae en la noche sin ribera de sus dudas, y sólo alcanza a pensar, simbólicamente, que el llano -la Naturaleza física al alcance del conocimiento- es una ola que ha caído, y que el cielo -emblema de lo incógnito, de lo que está más allá, de lo inaprehensible por los sentidos- es una ola que no cae. Se trata, pues, de imágenes simbólicas con las cuales Lazo Martí, sin salirse de su mundo llanero, representa algunos interrogantes del hombre en su eterno preguntarse acerca de quién es, de dónde viene, por qué está aquí, y hacia adónde va.

MELANCOLIA Y DUDA METAFISICA
Los tres últimos cantos de la silva, tienen como características relevantes un tono elegíaco, profundamente melancólico; la expresión simbólica de la angustia metafísica del poeta; sus crisis sentimentales y religiosas. Por su complejidad temática, elaboración metafórico y sus símbolos, el canto VIII está considerado unánimemente como el mejor de la Silva criolla.
El canto VIII es el más complejo y polémico de la Silva criolla. Está integrado en realidad por tres poemas. Cada uno de ellos posee su propia unidad de significado y su propia temporalidad. El día es para la lucha por la existencia. El crepúsculo está consagrado a la melancolía. La noche, a la meditación filosófica y religiosa. La variedad de temas y de tonos que se dan no sólo en este canto sino en toda la silva, exige un elemento formal unificador de tan vasto universo poético. Este elemento es el verso reiterativo con el que se inicia la primera estrofa:
Tus pasos vuelve hacia el hogar, oh Bardo!
Comienza entonces un hermoso cuadro naturalista relacionado con el cambio de estación y la conducta instintiva de los pájaros, que obran en salvaguarda de la especie.
1. La lucha por la existencia. Lazo Martí señala que ha concluido la estación que él llama, poéticamente, "primavera":
Yace por tierra el matizado velo
con el cual primavera engalanaba
los montes de tu suelo.
Como buen llanero, el poeta no ignoraba que el canto de la guacaba anuncia la proximidad del invierno:
Cantando sin reposo, la guacaba
pide lluvias al ciclo.
Desde tiempos inmemoriales y por simple observación empírica de la realidad, el hombre de campo sabe que ciertos animales se preparan para afrontar el rigor de los cambios estacionales. Cuando las lluvias se acercan, buscan refugio seguro y se proveen de alimentos para no perecer. Entre las aves, los turpiales se caracterizan por apoderarse de los nidos de otros pájaros, particularmente de los cucaracheros. Esto los convierte en conquistadores, en despojadores de bienes ajenos. Más que otros pájaros, ellos dan una imagen dramática de la lucha por la existencia:
conquistan por la fuerza y la osadía
nidos para el invierno, los turpiales
Esta lucha comprende también el apareamiento, pues la especie se renueva merced a la unión sexual de sus individuos. Durante el período reproductivo, los pájaros machos emiten cantos nupciales para atraer a su pareja:
en los ralos matales
mueve el amor trinada algarabía
Y para concluir este bello apunte naturalista, Lazo se detiene en el pájaro carpintero, semejante a un artista retirado del bullicio, tesonero en el esfuerzo, absorto en cincelar su obra:
y con tesón rayano en el enojo
en la verde oquedad de la montaña,
el carpintero de bonete rojo,
cincela el tronco hasta la dura entraña.
Es un cuadro perfecto, propio de un observador minucioso y atento de los fenómenos de la Naturaleza; de un profesional de la medicina que con seguridad conoció bien las teorías zoogeográficas de Juan Bautista Lamark (1744-1829), y las evolucionistas de Carlos Darwin (1809-1882). Y sobre todo, de un poeta que sabía cincelar una unidad estética en la que se juntan la vivencia empírica, el conocimiento científico y el don creador para darnos una visión poética de la vida como lucha.
En la primera estrofa del canto VIII la llanura aparecía despojada de su matizado velo primaveral. En la segunda, tiene otra vez reverdecido manto. Se ha producido el cambio de estación presentido por la guacaba. Vida y muerte se suceden eternamente.
Habíamos dicho que el día es para la lucha por la existencia, y que el crepúsculo está consagrado en este poema a la melancolía.
2. Espiritualización elegíaca del paisaje crepuscular. El atardecer es una hora romántica. A medida que la luz solar va haciéndose más tenue, el paisaje exterior se desdibuja hasta esfumarse en un ámbito de claro-oscuros. Pareciera entonces como si la pupila que ha mirado hacia afuera durante el día, escudriñara hacia adentro, donde está el mundo de los recuerdos.
El crepúsculo vespertino parece haber sido la hora favorita de Lazo Martí. Crepusculares llamó a sus breves poemas en tercetos encadenados.
Es obvio que en esta segunda parte del canto VIII se da un proceso romántico de espiritualización de la naturaleza, bajo los efectos de un sentimiento elegíaco. La motivación vivencial parece ser el recuerdo de la primera esposa y los paseos vespertinos que ambos emprendían por los alrededores campestres del hato donde ella temperaba:
Como en aquellos días
del venturoso tiempo ya lejano,
en pos de mis pasadas alegrías,
vuelvo a tender la vista sobre, el llano.
Después de muerta su esposa, el poeta regresa a los mismos lugares que frecuentaron juntos. Esta vez, camina en soledad. Su congoja se proyecta en el crepúsculo. El paisaje llanero se le aparece cargado de imágenes funerales:
Caído en la remota lontananza,
sin su manto de gloria,
el moribundo sol parece un cirio
que alumbrase honda cámara mortuoria.
El viento, sin rumor, apenas riza
la silente laguna en cuyo espejo
invisible dolor vertió ceniza;
y con vuelo despacio,
de la tarde a los pálidos reflejos,
las garzas que se irán, que se irán lejos, pueblan de cruces blancas el espacio.
En los versos anteriores todavía está presente el paisaje exterior, si bien ya impregnado por la melancolía del poeta. Este paisaje, sin embargo, comienza a desaparecer rápidamente a medida que el poeta se interioriza, se ensimisma al punto de que la mirada se le vuelve absorta, no por lo que ve afuera, sino por lo que siente en su espíritu. Y de improviso, cesa todo contacto con el exterior. El mundo de los sentimientos y de las meditaciones se desborda en los versos:
Hoy, como ayer, andando a la ventura, absorta la mirada, lento el paso,
trayendo margaritas del Ocaso,
miro bajar la noche a la llanura.
Mas de pronto, pensando que fue triste, pensando con dolor, pensando en ella,
me arrodillo en el polvo del camino
que en hora igual de gozo vespertino,
recibió las caricias de su huella.
Oh, destino de todos los que amaron!
Oh, destino cruel! Tú me condenas
a buscar en las móviles arenas
unas huellas que ha tiempo se borraron.
Hasta aquí la elaboración es romántica. La que sigue, ya no lo es, sino que parece propia de una inteligencia influida por el Positivismo. La Naturaleza es santa -habían creído los románticos-, su voz es la de Dios. La Naturaleza es materia, dicen ahora los positivistas. Si se la interrogara, el silencio sería la respuesta. Lazo Martí oscila entre una y otra posición. Para él, la Naturaleza es santa, pero es también de un mutismo total:
Llanura o cielo, cúspide o abismo;
santa Naturaleza!
para el dolor que vive en tu grandeza
¿cuál palabra mejor que tu mutismo?
Como quiera que se la conciba, la Madre Naturaleza con sus atardeceres -broches áureos del día- y sus campos que otrora amó la primavera, sigue siendo el marco físico evocador que retiene las alegrías perdidas:
Oh, Madre! El áureo broche de tus días,
y tus campos que amó la primavera,
retienen prisionera
el alma de mis muertas alegrías!
Así concluye el melancólico proceso vesperal del canto VIII. El crepúsculo de la tarde es tránsito de la luz hacía la sombra. La oscuridad de la sabana anula el sentido de la vista. Adviene el reino del oído. Los sonidos apagados. Los rumores inquietantes, los ruidos de la fauna resuenan en el mundo interior del poeta y lo estremecen. La noche se hace propicia para la reflexión filosófica y religiosa.
3. Espiritualización filosófico-religiosa del paisaje. Desde su aposento de insomne, el poeta escucha un doliente canto que brota en la llanura. No se trata de nada extraordinario. Son, sencillamente los mil ruidos de la fauna nocturna sonando al unísono. Pero si lo que oye no es excepcional, sí lo es su estado de ánimo venido de un melancólico atardecer cargado de imágenes funerales. Por tal motivo, Lazo Martí fija su atención en la imagen auditiva familiar y la encuentra parecida a lo que en esos momentos se agita en su mundo interior: en lo triste y quejumbroso el canto se armoniza con su melancolía, y en lo grave se corresponde con sus reflexiones. Quien se burle de esa especie de salmo o de canto sagrado, hiere los sentimientos del poeta, puesto que aquél y éstos se han identificado.
Hoy como ayer, y de la noche oscura
bajo la inmensa nave,
en tono triste, quejumbroso y grave
brota doliente canto en la llanura.
De improviso escucha el trino de unos alcaravanes. Como se sabe, estas aves levantan el vuelo cuando se aproxima un hombre o animal, al mismo tiempo que lanzan un grito estridente y reiterado, parecido a una carcajada. Esta ambivalencia -la risa y el anuncio- provocan un doble efecto en el poeta. Por una parte siente el trino de los alcaravanes como una burla de crueldad casi humana dirigida al otro canto y, por tanto, a él mismo. Esto le produce dolor. Por la otra, el grito centinela del alcaraván lo sobresalta hasta el punto de levantarse de prisa a mirar si está sola la sabana. Esto le produce pavura:
y tras breve silencio, cual sonoro
trueno de burlas al cantar vecino,
en son de fiesta, alcaravanes pardos,
abierta el ala de purpúreos dardos,
rompen a carcajadas en un trino.
De pavura o dolor, el grave canto
y la seguida estrepitosa burla,
de crueldad casi humana,
hieren mi corazón, lo hieren tanto
que anheloso y de prisa me levanto
a mirar si está sola la sabana.
¿Qué esperaba encontrar Lazo Martí? Al salir a la intemperie, su excitada fantasía proyecta sobre el paisaje imágenes funerales, como ya las había proyectado sobre el paisaje crepuscular. Sólo que ahora el elemento interior predominante no es la melancolía, sino las reflexiones acerca de, los misterios de la vida y de la muerte:
Del camino a la vera
fingen los alineados matorrales
muda legión de sombras espectrales
en momentos de espera.
¿Espera por quién? A todo ser vivo lo aguarda la muerte, pero ¿es ésta el final de todo, o tránsito a un más allá? La ciencia no tiene respuesta. Só1o la fe religiosa puede contestar. Pero la fe es como un diminuto fanal que se desplaza en las espesas sombras de la duda ante lo desconocido, incapaz de disiparlas totalmente. También el cocuyo es una luz pequeñita que irradia la Naturaleza nocturna, sin iluminarla por completo. De este modo, cocuyo y fe se identifican en un símbolo de luz y salvación, que el poeta expresa con metáforas de gran belleza:
Alada flor de broche diamantino,
errante flor de fulgida hermosura,
flor de luz, el cocuyo peregrino
irradia la espesura.
En este claro-oscuro de la mente, el espíritu del poeta se abstrae aún más. A la posibilidad de conocer el mundo material que lo rodea (el llano es una ola que ha caído) se contrapone la imposibilidad de penetrar en los secretos del más allá (el cielo es una ola que no cae):
Y náufrago en la noche sin ribera,
mi espíritu se abstrae
pensando que de un mar desconocido
el llano es una ola que ha caído,
el cielo es una ola que no cae.

El llanero y sus faenas

Las fugaces apariciones del elemento humano en la silva de Lazo Marti, se produce sólo en dos cantos.
Ello, sin embargo, es parte del armonioso plan que parece haber seguido Lazo Martí.
La Silva criolla es un canto simbólico a la Naturaleza, vista en sus fases extremas de vida y muerte. El hombre no juega ningún papel en la modificación de las leyes inexorables que rigen los ciclos de lo que nace y muere, eternamente. No sólo no influye, sino que él mismo es parte de esos ciclos. Cuando las faenas del campesino están relacionadas con la siembra o con el pastoreo, sus formas de trabajo dependen en gran medida de los cambios estacionales.
De todos los múltiples aspectos que Lazo Martí podía seleccionar en lo relativo a la vida, alimentación, vestidos, costumbres, folklore, creencias, ceremonias, y faenas de los llaneros, ¿por qué eligió sólo una de sus, ocupaciones: la transhumancia del ganado vacuno? La respuesta es obvia: las actividades para alejar los rebaños de los hatos, y para regresar más tarde con ellos, se armonizan perfectamente con el tema dominante en la silva, los ciclos de vida y muerte de la Naturaleza. Así, cuando hay sequía, los pastores y sus ganados emigran. La soledad y el silencio señorean en potreros y lugares de ordeño. Cuando renace la vida vegetal, y hay alimento y agua, pastores y ganados regresan. El aire se llena de cantos y la noche ampara las romerías amorosas de quienes en la ausencia, añoraron a sus compañeras.
Es, de nuevo, el influjo sobrehumano y condicionador de los polos ineluctables, sobre los cuales tanto hemos insistido por creer que constituyen la clave del fondo simbólico de la Silva criolla. De este modo, el elemento humano ingresa en el poema, no sólo sin romper su unidad temática e ideológica, sino, incluso, reforzándola.
Conclusiones. Creo inobjetable la presencia de tres planos en la Silva criolla: el nivel objetivo de las imágenes llaneras, el nivel de las metáforas y el plano de los símbolos. El primero revela la presencia de un conocedor a fondo de la Naturaleza llanera. El segundo permite analizar valores estilísticos, en cuanto a la elaboración de las metáforas. El tercero, y más profundo, nos sitúa ante un creador que proyecta en la Naturaleza de su tierra algunas de sus inquietudes de orden político, ético, sentimental y religioso, y que, más universalmente, nos da en un gran poema naturalista, la visión y el sentimiento de lo que eternamente nace, lucha por subsistir, y muere para renacer.
Dos corrientes críticas se han disputado la interpretación de este poema proteico. Una de ellas, de orientación objetiva, está representada principalmente por la obra Lazo Martí, vigencia en lejanía (1965) del poeta y crítico Alberto Arvelo Torrealba (1904-1971). Guiado por su llanería, Arvelo Torrealba ha hecho contribuciones valiosas para la mejor comprensión del nivel de las imágenes lazomartianas, de los cambios estacionases de aquella región, de la transhumancia de los ganados, de la flora y la fauna. La otra corriente crítica corresponde a la tesis de que en la Silva criolla se da un expresivo simbolismo, como ya lo señaló, desde 1906, el crítico y novelista Gonzalo Picón-Febres (1860-1918). Pero, en justicia, pertenece al crítico y poeta ítalo-venezolano Edoardo Crema (1892), y a su ensayo Los llanos al encuentro de una idea (1946), la demostración crítica del universo simbólico lazomartiano y el haber rescatado y hecho imprimir los poemas del creador llanero.
Un libro de puño y letra de Francisco Lazo Martí, que hemos tenido a la vista, y que contiene todos sus poemas, lleva el título de Claro-obscuros. Lo que significa que el propio Lazo sintió en su obra la presencia indiscutible de una poesía clara, fácil de captar, junto a otra menos transparente, por su oscuridad relativa.

*Médico poeta.

** EFEMERIDES VENEZOLANAS.
lINK:http://www.efemeridesvenezolanas.com/html/efe_mar.shtml


Un médico que es capaz de sentir y hacer una poésia de este nivel, ¿qué no puede comprender del alma de su enfermo? Es un ejemplo a seguir por todos los colegas.
Gerónimo Alberto Yerena Cabrera

2 comentarios:

Rubén dijo...

Por cortesía del paisano Silvio Orta recibí el blog. Muy interesante, bien documentado y nutrido. Por curiosidad de residente en estas tierras, abrí Guárico:Sucesos y personajes y encontré la grata sorpresa de la lectura acerca de Francisco Lazo Martí y su Silva Criolla. Sin embargo aprecio un error en el año de su natalicio, en la nota aparece 1864 cuando lo correcto es 1869. Efectivamente en ese error se incurrió siempre, inclusive en la obra de Edoardo Crema sobre Lazo y la Silva también, pero gracias a la investigación del calaboceño Rafel Loreto Loreto, quien encontro en el archivo de la iglesia de Las Mercedes en Calabozo la fe de bautismo de Lazo Martí y en ella aparece su fecha de nacimiento: 14 de marzo de 1869. Ojalá esta observación sirva para corregir el error en tan valiosa información recogida por ustedes. Amigo, Rubén Páez Díaz.rubenpaez@cantv.net rubenpaez02@gmail.com

Rubén dijo...

Aún espero respuesta a mi comentario anterior referido a la fecha de nacimiento de Francisco Lazo Martí. Rubén Páez.

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