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lunes, 25 de enero de 2016

LA IMAGEN DEL LIBERTADOR


Carlos Alarico Gómez*

La imagen de Simón Bolívar vuelve a ser noticia de primera plana. La razón se debe a la orden del presidente de la Asamblea Nacional de remover del viejo Palacio Legislativo una iconografía que reposaba allí al lado de otra de Hugo Chávez Frías. En verdad, la retirada de la gigantografía de Chávez era conveniente, ya que su imagen se asocia con la de un partido y en la Asamblea debe privar una atmósfera de pluralidad ideológica. En cuanto a la de Bolívar debe aclararse con absoluto apego a la verdad histórica que ese retrato no es de Bolívar ni refleja su fisonomía. Como todos sabemos, el Libertador posó en varias ocasiones para artistas de gran fama, consciente como estaba de su compromiso con la historia. Sobre el particular el diputado Henry Ramos Allup expresó que “todos los venezolanos tenemos que respetar la imagen de Bolívar, pero eso sí, la imagen real”. Y agregó que esa no puede ser otra que la aprobada por el mismo Libertador, ya que ningún venezolano puede arrogarse el poder de cambiar lo ordenado por él.
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Ramos Allup se refería de manera específica al retrato pintado por el artista peruano José Gil de Castro en 1825, el cual le agradó tanto al Libertador que le envió una copia a su prima Fanny de Villards.
La distorsión de la imagen   
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 El problema no es nuevo, aun cuando Bolívar es ciertamente el venezolano de mayor trascendencia universal. Sin embargo, sus ideas y su figura han sido intencionalmente manipuladas por políticos interesados en crear una especie de mito, una suerte de culto religioso en  su entorno, convirtiendo en Judas a cualquier persona que haya diferido de sus puntos de vista o de alguno de sus proyectos, lo que es contrario al espíritu y razón de cualquier régimen que se considere democrático. Como si eso fuera poco, a la creación de una nueva imagen física de Bolívar siguió la proclamación de una tesis absurda que sostiene que fue asesinado. La aseveración, si bien peregrina, fue expuesta con pasión por el expresidente Hugo Chávez, a pesar de que existe una extensa evidencia documental suscrita por médicos que establecen la tuberculosis como causa de su muerte.
Esa tendencia a deformar la realidad ha deshumanizado a Bolívar, convirtiéndolo en una especie de héroe mitológico. Es difícil, por tanto, que un venezolano del común pueda analizar objetivamente la personalidad del líder de la gesta independentista. En consecuencia, es necesario que se comience a difundir de manera objetiva y profesional la realidad de su pensamiento, así como los sucesos en los que se vio envuelto durante su compleja e intensa existencia, especialmente en el lapso 1828-1830, tal como propone el historiador Germán Carrera Damas en su obra (El Culto a Bolívar (1973), con el fin de que se pueda lograr la captación de los valores que hicieron posible la independencia, así como la interpretación cabal de los errores en que incurrió.
La apoteosis de Bolívar
Los que han investigado este problema coinciden en señalar que el iniciador de esa mitomanía idolátrica fue Antonio Guzmán Blanco, de acuerdo a lo aseverado por historiadores de gran seriedad, como María Elena González Deluca (2007: 114) y Ramón Díaz Sánchez (1968, 5ta edic.: 115), en la que demuestran que el estadista venezolano, posiblemente motivado por el vínculo de parentesco que tenía con Bolívar, adelantó una intensa actividad destinada a enaltecer la figura del héroe, aprovechando el evento que organizó para celebrar el primer centenario de su nacimiento, al que le dio el nombre de “Glorias de Bolívar”. Como se sabe, Guzmán Blanco era pariente consanguíneo de Simón Bolívar, ya que su madre Carlota era prima de Dionisio Palacios y Blanco (hermano de María Concepción) y de su esposa Juana Bolívar y Palacios (hermana del Libertador).
La celebración del centenario fue aprovechada con gran habilidad por “El Ilustre Americano”, creando por decreto una Junta que hizo presidir por Antonio Leocadio Guzmán, su padre, de la cual formaron parte Fernando Bolívar -sobrino del Libertador-, Arístides Rojas, Agustín Aveledo, Pablo Clemente, Andrés Level de Goda y Manuel Vicente Díaz. La conmemoración, si bien ampliamente merecida  por el Padre de la Patria, fue llevada al extremo de crear una moneda con la efigie de Guzmán al lado de Bolívar, a lo que hay que sumar la obra Venezuela Heroica (1881), del escritor Eduardo Blanco, en cuyas páginas despliega una literatura épica en capítulos llenos de exagerado fervor, al estilo de La Ilíada de Homero, con el propósito de hacer ver que los generales de la Independencia eran titanes y que Bolívar era el propio Zeus, llegando incluso a inventar algunos episodios, como el de la dramática despedida de Pedro Camejo cuando herido de gravedad en el Campo de Carabobo, galopa moribundo para despedirse del general José Antonio Páez y, al estar frente a él, descubriéndose el pecho, le expresa balbuciente: “Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto”. El hecho nunca ocurrió, como se puede verificar en la Autobiografía escrita por Páez en Nueva York, donde narra con detalles lo acontecido durante la batalla de Carabobo (1869/1971: 338).
La opinión pública a favor del mito
    Guzmán Blanco fue apenas el comienzo. Gobiernos posteriores contribuyeron a aumentar la apoteosis, tal como ocurrió con los dictadores andinos Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, lo que culminó con un partido político bolivariano que fue creado por Eleazar López Contreras con el propósito de garantizar la permanencia de los hombres de la Causa Andina en el poder y su propio regreso a la Presidencia. Para lograr su cometido, utilizó los servicios de un asesor colombiano de nombre Franco Quijano, quien demostró sus amplias habilidades en el manejo de las actas electorales, permitiéndole a la Agrupación Cívica Bolivariana (ACB) el control del Consejo Supremo Electoral. Más adelante, con motivo de la celebración del segundo centenario del natalicio de Bolívar surgió un movimiento político llamado MBR-200 liderado por el comandante Hugo Chávez Frías. Tanto López Contreras como Chávez olvidaron lo expresado por el propio Bolívar en la Proclama que dictó el 9 de diciembre de 1830 para despedirse de sus compatriotas: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Esta situación de adoración perpetua, como diría la prensa guzmancista, contraviene lo establecido en la Ley sobre el uso del nombre, la efigie y los títulos de Simón Bolívar (1968), ya que utiliza la figura del Libertador con propósitos partidistas.
 Reverend en tela de juicio
La conclusión es que la imagen de Bolívar ha sido distorsionada, de buena o mala fe, hasta el punto de haberse puesto en duda la autopsia que practicó Alejandro Próspero Reverend, el médico francés que atendió a Bolívar en los momentos finales de su existencia. Tanto es así que el 17 de diciembre de 2007 el presidente de la República de Venezuela -ahora Bolivariana por su impuesta voluntad- utilizó la tribuna de oradores en el Panteón Nacional para aseverar que Bolívar había sido asesinado en Santa Marta sembrando dudas sobre la autenticidad de los restos que el 17 de diciembre de 1930 fueron colocados en la urna de bronce diseñada por el escultor Chicharro Gamo por disposición del dictador Juan Vicente Gómez, quien hizo modificar la cripta del Libertador y colocar el ataúd en forma perpendicular a la estatua del escultor italiano Tenerani, ceremonia en la que se abrió el sarcófago y se cambió el pabellón nacional.
¿Cuál es la verdad?
Para conocer la verdad, es necesario remontarse a lo acontecido el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta. Ese día ninguno de sus moradores notó la belleza que irradiaban los intensos rayos solares sobre los jardines de la Quinta San Pedro Alejandrino. La razón no era atribuible a la indiferencia de la gente que allí se encontraba, sino más bien a los estertores de la muerte que se escuchaban inclementes en la residencia del coronel Joaquín de Mier. El enfermo era el hombre que creó a Colombia en 1819 y que había dirigido sus destinos hasta marzo de 1830. En aquel día memorable y triste, el médico francés Alejandro Próspero Reverend entraba y salía presuroso del cuarto donde se encontraba el paciente, a cuyo cuidado había estado desde el 1 de diciembre, fecha en la que Bolívar desembarcó del navío Manuel, que lo condujo desde Barranquilla hasta Santa Marta. Su experiencia médica le hacía ver que era inminente un desenlace fatal. Reverend había actuado muy profesionalmente desde que Bolívar fue confiado a su cuidado, a pesar de los pocos recursos de que disponía. Cuando supo que en el puerto de Santa Marta se encontraba la goleta de guerra Grampus, de bandera norteamericana, donde estaba el médico Michael Night, decidió hablar con él para consultarle sobre el caso de su paciente. El médico norteño lo escuchó con interés, lo ayudó en su diagnóstico y, como consecuencia de esta conversación, decidió no postergar más tiempo el traslado de Bolívar a la Quinta San Pedro Alejandrino y el 6 de diciembre fue llevado a ese lugar. La información aparece en el Boletín N° 2 de Reverend, emitido el 2 de diciembre de 1830 e insertado en el folleto La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, que hizo editar en París en 1866, y aparece publicado en la compilación de Ildefonso Leal (1980:68). Pocos días después también ancló en el puerto de Santa Marta el navío británico Blanche que portaba al Dr. Michel Claire, enviado por el Gobernador de Jamaica para atender al Libertador, pero lamentablemente llegó cuando ya era demasiado tarde.
Consciente de lo delicada en que se hallaba su salud, Bolívar se confesó con el Obispo de Santa Marta, monseñor José María Estévez, y recibió la extrema unción de manos del padre Hermenegildo Barranco, párroco de la población de Mamatoco, la más cercana a San Pedro. Su testamento lo firmó el día 10, en el cual hizo un dramático llamado a la unión para preservar la paz. Siete días después, Pedro Briceño Méndez, Fernando Bolívar y José Laurencio Silva se encontraban conversando junto a un frondoso tamarindo ubicado al frente de la residencia. El tema no podía ser otro que la gravedad de su ilustre pariente. Era mediodía cuando observaron a Reverend que caminaba cabizbajo y ceñudo hacia donde ellos se encontraban y cuando estuvo cerca de ellos les expresó en alta voz, para que escucharan los que estaban más alejados: "Señores, si queréis presenciar los últimos momentos y el postrer aliento del Libertador, ya es tiempo" (Mijares, 1983: 382).   
           Todos los presentes fueron penetrando en la alcoba donde se encontraba el Padre de la Patria y, una vez allí, presenciaron su agonía y muerte en un silencio sepulcral solamente interrumpido por los constantes sollozos de José Palacios. En el momento del trance estuvieron presentes los generales Mariano Montilla, José Laurencio Silva, Pedro Briceño Méndez, Julián Infante, José Trinidad Portocarrero y José María Carreño; los coroneles Belford Hinton Wilson, José de la Cruz Paredes y Joaquín de Mier; el comandante Juan Glen; los capitanes Andrés Ibarra y Lucas Meléndez; los tenientes José María Molina y Fernando Bolívar Tinoco; los doctores Manuel Pérez Recuero y Alejandro Próspero Reverend; y su mayordomo José Palacios. Todos ellos fueron fieles al Libertador durante su vida y después de su muerte. El deceso de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se produjo a la una de la tarde. Reverend lo informó al mundo a través de su reporte médico número 33 y, de inmediato, expresó que era necesario hacer una autopsia. Una vez que estuvieron todos de acuerdo, le correspondió al general Montilla transmitir la conformidad de los deudos.
La posibilidad de un crimen
        Las personas que acompañaron a Bolívar durante su enfermedad fueron todas de su más absoluta confianza, cercanía y probada lealtad. La vida de todos ellos se conoce al detalle y no hay la más mínima posibilidad de que alguno haya incurrido en un crimen contra la figura de aquel hombre por el que sentían devoción y aceptaban como su máximo líder. Varios de ellos tenían un lazo sanguíneo o colateral con el Libertador, tal como era el caso de Fernando Bolívar, hijo de Juan Vicente, su hermano mayor, al que consideraba su hijo; el general José Laurencio Silva, casado con Felicia Bolívar Tinoco, hija de Juan Vicente y hermana de Fernando; el general Pedro Briceño Méndez, casado con Benigna Palacios Bolívar, hija de su hermana Juana. La cocinera que preparaba la comida era Fernanda, enviada por Manuela Sáenz para atender la dieta y cuidar la vida de su amante. El que le servía la comida y le daba masajes era José Palacios, su mayordomo, quien era tratado como si fuera miembro de la familia Bolívar. 
Sólo hay un aspecto extraño que debe ser incorporado a la investigación: Ocurrió que el día 12 llegó a San Pedro el coronel francés Luis Perú de Lacroix con una carta de Manuelita para el Libertador, pero no se la pudo entregar dada la situación en que éste se encontraba. Su llegada coincidió con un mensaje que recibió Mariano Montilla, en la que le denunciaban que en la casa del Obispo Estévez se encontraba hospedado el Dr. Ezequiel Rojas, uno de los hombres que participó en el intento de magnicidio contra Bolívar el 25 de septiembre de 1828. Tan pronto lo supo, Montilla se presentó en la casa del prelado, procedió a detener a Rojas y lo envió preso a Bogotá bajo la custodia de Perú de Lacroix. No obstante, la posibilidad de que Rojas haya podido tener acceso a San Pedro Alejandrino para envenenar al Libertador es altamente improbable. Cualquier intento suyo para entrar en la residencia le habría costado la vida, dado que allí se encontraba el general de división Mariano Montilla, comandante general del Magdalena, región en donde estaba ubicada Santa Marta, quien disponía de una guardia que custodiaba el área. Además, el presidente de la República de Colombia era el general en jefe Rafael Urdaneta, amigo incondicional del Libertador, quien había asumido la primera magistratura después del golpe de Estado que perpetró el 3 de septiembre de 1830, deponiendo a Joaquín Mosquera, electo por el Congreso Admirable, argumentando la necesidad de restituir el poder a Bolívar, quien se negó a reasumir el mando. Los pasos de Ezequiel Rojas en Santa Marta fueron cuidadosamente investigados y el propio obispo de Santa Marta admitió que estuvo hospedado en su casa en condición de amigo.
La salud de Bolívar
        La documentación sobre la salud de Bolívar es abundante y no deja duda alguna sobre el pésimo estado físico en que se hallaba, pudiéndose notar que su enfermedad se comenzó a agravar desde su último viaje a Guayaquil en 1829, cuando tuvo que permanecer inactivo debido a debilidad extrema, según lo comprobado y expuesto por el médico Oscar Beaujon en su ponencia titulada El Libertador enfermo, la cual fue presentada en la mesa redonda La enfermedad causal de la muerte del Libertador organizada por la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina, celebrada en Caracas el 27 de junio de 1963. Beaujon dice textualmente (Leal, 1980: 471) que “A principios de agosto de 1829 el Libertador se encontraba en Guayaquil, donde sufrió… de un fuerte ataque de nervios y fiebre, cuya sintomatología puede concretarse en: ataque de nervios, cólera morbo y fuerte calentura”.

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Poco antes de iniciarse el viaje final de Bolívar a Cartagena, José María Espinosa le hizo un dibujo al carboncillo en Bogotá (1830)
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                Así lo pintó José María Espinoza en marzo de 1830: ¡Enfermo y agonizante!
La evidencia más exacta de su estado de postración la revela el artista José María Espinosa en el retrato que le hizo al Libertador en Bogotá entre enero y marzo de 1830, donde se ve claramente a un anciano enfermo y no a un hombre de cuarenta y seis años de edad. Además, en las cartas que dejó antes y después de su renuncia a la Presidencia hay claros indicios de lo mal que se encontraba, hasta el punto de que al llegar a Santa Marta tuvo que ser bajado del barco en los brazos de sus amigos, porque no era capaz de caminar. Esto lo obligó a permanecer en esa ciudad hasta el día seis, fecha en la que fue trasladado en una berlina hasta su destino final.
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Después del final
      La autopsia determinó que la causa de la muerte fue una tuberculosis diseminada de tipo fibro-ulcera-cavernosa. Al terminar su trabajo como patólogo, Reverend procedió a vestirlo con ayuda de Palacios, quien utilizó una camisa de José Laurencio Silva, pues la que sacaron de uno de los baúles del Bolívar estaba rota. Una vez cumplidos los honores que le fueron rendidos como Libertador, ex-jefe del Estado y general en jefe, fue colocado en una cripta ubicada en la nave derecha de la Catedral de Santa Marta, al pie del altar de San José, que era propiedad de la familia Díaz Granados. Los gastos del sepelio fueron pagados por colecta pública de los amigos presentes, la cual alcanzó la cantidad de doscientos cincuenta y tres pesos.
     El regreso a la patria
         Tres años después, el presidente José Antonio Páez solicitó al Congreso de Venezuela que ordenara la repatriación de sus restos y, en virtud de que su solicitud no fue oportunamente atendida, el presidente Carlos Soublette la renovó en enero de 1838, a pedimento de María Antonia, hermana del Libertador, pero de nuevo ese requerimiento fue pospuesto. No obstante, Páez fue más enfático durante su segundo gobierno y en esa ocasión se dirigió al Congreso el 9 de enero de 1842 exigiendo a los parlamentarios que aprobaran su solicitud debido a "...los grandes servicios hechos por el Libertador Simón Bolívar a su patria y a la América del Sur...". Esta vez el Congreso decretó el traslado de los restos el 29 de abril de ese año y Páez le colocó el ejecútese al recibir el documento del Poder Legislativo, procediendo de inmediato a designar una Comisión presidida por José María Vargas e integrada por José María Carreño y Mariano Ustáriz, quienes viajaron acompañados con el presbítero Manuel Cipriano Sánchez en el buque Constitución, propiedad de la Armada venezolana, bajo el mando del comandante Sebastián Boguier. 
Al llegar a Santa Marta fueron atendidos por una Comisión designada al efecto por el gobierno de la Nueva Granada, presidido entonces por el general Pedro Alcántara Herrán, quien ordenó la entrega de los restos el 4 de agosto. La Comisión estuvo integrada por el general Joaquín Posada Gutiérrez, gobernador de Santa Marta; monseñor Luis José Serrano, obispo de la Diócesis; el general Joaquín Barriga, Juan Francisco de Martín y Joaquín de Mier. El doctor Alejandro Próspero Reverend fue el encargado de abrir la cripta y preparar el informe de la entrega de los restos, excepto el corazón de Bolívar que permanece en un cofre guardado en la citada Catedral, con el visto bueno de la representación de Venezuela.
La exhumación tuvo lugar el 20 de noviembre de 1842 a las 5 de la tarde. El informe del doctor Reverend no deja lugar a dudas de que los restos que se estaban entregando eran en efecto los del Libertador y así se dejó constancia en acta. Se debe hacer notar que en 1838, debido al mal estado que se encontraba la cripta después del terremoto de 1834, los restos fueron trasladados temporalmente a la casa de don Manuel de Ujueta y restituidos cuando se efectuaron las refacciones correspondientes. Luego, en 1839, el general Joaquín Anastasio Márquez financió la construcción de un sepulcro más apropiado para la dignidad del fallecido y se le reubicó en la nave central, frente al presbiterio.
        Una vez comprobada la autenticidad de los restos por Pablo Clemente y Simón Camacho, quienes asistieron al acto en representación de la familia Bolívar, la Comisión salió rumbo a La Guaira el 22 de noviembre y llegó a su destino el 12 de diciembre de 1842, según el recuento que a tal efecto hace Camacho, reproducida en la obra Ha Muerto el Libertador, editado por la UCV (Leal, 1980: 127). Los gobiernos de Francia, Inglaterra, Holanda, Dinamarca y los Estados Unidos enviaron naves de guerra para escoltar los restos del héroe en La Guaira, que fueron desembarcados y llevados en caravana a Caracas el 16, de acuerdo a la descripción que redactó el artista Ferdinand Bellerman quien se encontraba en La Guaira durante la llegada de los restos del Libertador, documento que aparece insertado en la obra A los 150 años del traslado de los restos del Libertador (De Sola, 1992: 75). Desde que el ataúd entró en la ciudad natal de Bolívar, las demostraciones de afecto expresadas por sus compatriotas fueron inmensas. Sin distingos de clase, todos acompañaron la caravana funeraria hasta la Iglesia de la Santísima Trinidad, hoy Panteón Nacional.
El ataúd fue trasladado a la Iglesia de San Francisco el 17 de diciembre a primera hora. Era el mismo lugar donde recibió el título de Libertador en 1813 y la fecha era cabalística, pues fue la misma en la que el Congreso reunido en Angostura puso el ejecútese  a la creación de Colombia en 1819, a la vez que se cumplía el duodécimo aniversario de su muerte. Allí permaneció hasta el 23 en la mañana, cuando se le trasladó a la Catedral de Caracas,  donde recibió cristiana sepultura en la capilla de la familia Bolívar. Juana y Fernando, hermana y sobrino de Bolívar, asistieron a los actos fúnebres. Los restos fueron examinados cuidadosamente por el Dr. José María Vargas y luego colocados en una urna al lado de sus padres, de su esposa y de su hermana María Antonia, según consta en la documentación que existe al respecto. Allí permanecieron hasta el 28 de octubre de 1876, día de San Simón, ocasión en que fueron conducidos al Panteón Nacional, por disposición del presidente Antonio Guzmán Blanco.  
El doctor Pepe Izquierdo
        Por lo tanto, cuando en 1947 el Dr. José (Pepe) Izquierdo reveló que había encontrado una  calavera trepanada en la cripta de la familia Bolívar, que según dijo era la de El Libertador. Al trascender la noticia por los medios de comunicación social, la opinión pública reaccionó angustiada debido a que la gente se preguntaba de quién eran los restos que fueron trasladados al Panteón en 1876. Como era de esperarse, las autoridades actuaron con prudencia, especialmente el Congreso de la República, entonces presidido por el poeta Andrés Eloy Blanco, debido a que el doctor Pepe Izquierdo era muy conocido por su carácter impulsivo. El Congreso ordenó una investigación y designó una Comisión que procedió a abrir el sarcófago de Bolívar, el cual fue cuidadosamente inspeccionado, llegándose a la conclusión de que los restos que allí estaban eran los que colocó Vargas en la cripta de los Bolívar.
La prensa
La prensa le hizo un seguimiento al caso, ya que era muy difícil que alguien hubiera entrado a la Catedral de Caracas para profanar unos restos que no tenían ningún beneficio pecuniario que ofrecer. Además, en esa época la Catedral tenía el Seminario a su lado (luego Escuela Superior y más tarde la sede del diario La Religión) y a pocos metros la Casa Amarilla, que era el lugar donde funcionaba la Presidencia de la República, la cual fue trasladada a Miraflores en 1900. Por lo tanto, cualquiera que hubiese intentado entrar en la capilla con propósitos insanos habría corrido el gravísimo riesgo de ser inmediatamente detenido y sometido a prisión. 
Otro aspecto que fue publicado en los medios impresos fue el informe médico-social elaborado por los doctores Cristóbal Mendoza, Ambrosio Perera, Vicente Lecuna y M. Cruxent, en el que se deja constancia de que la calavera encontrada por Izquierdo correspondía a la de Josefa Tinoco, mujer de Juan Vicente, hermano del Libertador, cuyo cadáver fue autopsiado con trepanación de cráneo, de acuerdo a lo señalado en la investigación que efectuó al respecto el Dr César Planchart, publicada en el diario El Universal  (2008: 1-10). Sobre el mismo tema se pronunció la Academia de la Historia en un opúsculo titulado Integridad de los restos del Libertador (1947), en el que se establece que corresponden a los que se indican en el informe que redactó el Dr. José María Vargas cuando efectuó la preparación del cadáver del Libertador en 1843. 

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¿Qué ocurrió con la calavera de Josefa?
Una vez resuelto el problema de la identidad de los restos de Bolívar,  se hizo necesario precisar el destino de la famosa calavera. ¿Dónde fue a parar? La calavera que encontró Izquierdo y que creyó fuera la del Libertador permaneció en sus manos y, como suele ocurrir en Venezuela, al poco tiempo ocurrieron sucesos de tanta magnitud que ya nadie más se preocupó por saber su paradero. Es posible que el galeno la haya llevado a la Escuela de Medicina de la UCV y que allí se encuentre todavía; pudiera haber sido recolocada en la capilla de la familia Bolívar; también es factible que haya sido ubicada en la tumba del Dr. Izquierdo; o que permanezca en posesión de los descendientes del controversial médico. El autor estima que se le debe dar más peso a la primera hipótesis, debido a que el recientemente fallecido Dr. Francisco Plaza Izquierdo, sobrino de Pepe Izquierdo, dijo en muchas oportunidades que la había tenido en sus manos y que permanecía en la UCV. 
BIBLIOGRAFÍA:
BLANCO, E. (1971). Venezuela Heroica. Caracas: ME.
CARRERA DAMAS, G. (1973). El Culto a Bolívar. Caracas: UCV.
DE SOLA, R. (1992). A los 150 años del traslado de los restos del Libertador. Caracas: Banco del Caribe.
GÓMEZ, C. A. (2004). El origen del Estado democrático en Venezuela. Caracas: Batt.
HERRERA LUQUE, F. (1983). Bolívar de carne y hueso. Caracas: Gráficas Monfort.
LEAL, I. (1980). Ha muerto el Libertador (Compilación). Caracas: UCV.
LIÉVANO AGUIRRE, I (1974). Bolívar. Caracas: ME.
MIJARES, A. (1983). El Libertador. Caracas: PDVSA.
PÁEZ, J. A. (1987). Autobiografía. Caracas: PDVSA.
PUBLICACIONES OFICIALES:
Ley sobre el uso del nombre, la efigie y los títulos de Simón Bolívar (1968). Caracas: Sociedad Bolivariana.
HEMEROGRAFÍA:
PLANCHART, C. (2008). Las reliquias del Libertador. Caracas: El Universal  (2008: 1-10)
*PERFIL DEL AUTOR:
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Carlos Alarico Gómez es profesor universitario categoría titular, periodista y doctor en historia.  Realizó sus estudios superiores en Venezuela, Italia y Estados Unidos. En su tesis de licenciatura analizó los orígenes del periodismo en Miranda Periodista, habiendo logrado en su promoción la primera posición en su especialidad (UCAB-1977). La de maestría versó sobre El papel de los medios de comunicación en el bloqueo de Venezuela en 1902, lo que le permitió obtener mención de honor (Universidad de Wisconsin, USA). En su tesis doctoral disertó acerca del Proceso de Formación del Estado Democrático en Venezuela y se graduó cum-laude (UCAB, 2004), habiéndosele conferido el honor de solicitar los títulos correspondientes a la promoción 2004. Su labor profesional lo ha hecho acreedor a numerosos reconocimientos, tales como: Premio Municipal de Periodismo, Municipio Sucre (Mención Docencia e Investigación), 1990; Premio Municipal de Periodismo, Municipio Baruta (Mención Radio), 1991; Premio Iberoamericano de Periodismo, 1996. También ha sido condecorado con las órdenes Andrés Bello, Andrés Eloy Blanco, José Antonio Páez, Cacique Yare y Francisco de Miranda, entre otras. Sus libros han sido publicados en España y Venezuela. ​En la actualidad es el Director de Cultura del Club Médico de Caracas
 

viernes, 18 de diciembre de 2015

Rafael Fernández Heres: UN MAESTRO A DEDICACIÓN EXCLUSIVA

Por Carlos Alarico Gómez*
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Rafael Fernández Heres fue un destacado maestro de escuela nacido el día 11 de julio de 1933 en Tinaquillo y desde pequeño sus padres le inculcaron una severa formación basada en la más estricta tradición cristiana. Don Rafael Ramón, su padre, tenía una actividad múltiple para mantener a su familia. Era abogado de profesión y prefecto del pueblo, pero además cultivaba la agricultura en una modesta propiedad familiar, así como la carpintería y la ebanistería. Era hijo de una aborigen jirajara residenciada en Nirgua, la cual poseía una personalidad muy recia. Doña Vicenta, su madre, también era bisnieta de Tomas de Heres, prócer de la independencia nacido en Angostura (hoy Ciudad Bolívar) en 1795, quien participó en la campaña del Perú en calidad de jefe del Estado Mayor del Ejército, sirviendo también como secretario particular de Bolívar mientras gobernó el Perú. Luego dirigió los ministerios de Gobierno, de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina (1824-1825). Retornó definitivamente a su patria donde fue electo parlamentario y en 1836 asumió la gobernación de Guayana, cargo que desempeñaba cuando fue víctima de un atentado criminal que lo privó de la vida en 1842.
Fernández Heres gustaba de hablar de su abuela jirajara y de su tatarabuelo prócer, aseverando que tenía curare y pólvora en la sangre, producto de la mezcla de ambas etnias. Desde muy joven se enfrentó a la cruda realidad de la vida, pues su padre murió a la edad de cuarenta y dos años, lo que perjudicó la situación económica de su familia, aunque eso no limitó su afán por aprender. Rafael era un joven delgado, de hablar rápido y mirada inteligente, agudo y perspicaz, quien nunca perdía el sentido del humor. Para subsistir tuvo que trabajar como ayudante del sacerdote Manuel Arocha en Tinaquillo y en ocasiones no vaciló en limpiar zapatos cuando se hizo necesario. Ese aspecto de su vida lo contaba con orgullo y sin duda es un ejemplo dignificante para todo aquel que desee surgir sobre la base del esfuerzo y la dedicación.   
Valencia
Al llegar a la edad de doce años terminó la educación primaria y su madre lo envió a Valencia a que continuara estudios de bachillerato en el Seminario Diocesano de  La Pastora. Su afición por la lectura era tal que aprovechaba la hora en que los seminaristas almorzaban para leer los clásicos. Era un mundo lleno de cambios. Fernández Heres vio el final de la Segunda Guerra Mundial y la llegada de la democracia con el ascenso al poder de Rómulo Gallegos el 15 de Febrero de 1948, un hecho sin precedentes en la historia nacional, caracterizado por la participación popular y la legitimidad, lo que permitió la instalación del Estado democrático en Venezuela. 
En su periplo valenciano mostró aplicación y disciplina en los estudios, lo que le permitió destacarse, sin menoscabo de sus actividades de apoyo a la Iglesia. Esa fue la razón por la cual el padre José Alí Lebrún y monseñor Gregorio Adams se dieron cuenta de su talento, por cuyo motivo decidieron ayudarlo a conseguir una beca para que se fuera a estudiar en Roma, ya que había demostrado una clara vocación por el sacerdocio.
En Roma
Empezaba el año 1950 cuando llegó a la Ciudad Eterna en 1950 para estudiar Baccalaureum in Philosophia en la Pontificia Universidad Gregoriana, en la cual permaneció durante tres años. Sin embargo, muy pronto se dio cuenta de que su devoción por la causa cristiana la ejercería desde otra perspectiva. El estudio de la Rerum Novarum de León XIII lo había hecho comprender que su verdadera vocación era otra. La famosa Encíclica -escrita en 1891- dio nacimiento a la ideología democristiana que dejó establecida la posibilidad de llevar a feliz término las ideas de Cristo a través de la política para hacer valer el bien común y la justicia social.
En la UCV
Esa decisión lo trajo de regreso a Venezuela en 1953 y al llegar revalidó sus estudios y se inscribió en la Universidad Central para optar al título de licenciado en Educación, mención Filosofía y Letras. Para sostener sus estudios daba clases de Griego y Latín en el Colegio San Ignacio. Además, obtuvo un modesto cargo de oficinista en la Cancillería, donde trabajó a las órdenes de Francisco Armando Guédez y de Jorge Olavarría. Este último lo apodó “Sócrates” porque se enteró de que enseñaba Griego.
En esa época se encontró con Rafael Caldera, un líder político que había creado el partido social-cristiano Copei en 1946, con el cual se sintió vinculado desde el primer momento en que escuchó de nuevo los viejos planteamientos de justicia social y bien común que leyó en la Encíclica que más de medio siglo antes delineara el Papa León XIII.
El joven estudiante contemplaba el panorama político con profunda reflexión y fue entonces cuando se unió estrechamente al grupo que lideraba Luis Herrera Campins, agudo analista político de la época, quien seguía con espíritu crítico el proceso de cambios generados a partir de 1947, cuando se celebraron las primeras elecciones directas, secretas y universales, lo que todavía no habían alcanzado sociedades con mayor experiencia democrática como Suiza, donde las mujeres no disfrutaban del derecho al voto, los norteamericanos tenían (y aún tienen) un sistema de votación de segundo grado y los británicos no habían incorporado la representación de las minorías.
Lamentablemente Herrera Campins cayó en manos de la Seguridad Nacional y llevado a la Cárcel Modelo de Caracas,  de donde salió expulsado hacia Alemania. Era la época de la dictadura de Pérez Jiménez. Decidió entonces permanecer atento a los sucesos para incorporarse al movimiento de resistencia y mientras tanto seguía en su aula de clases, al tiempo que visitaba constantemente a su novia Elvira Villegas, con quien se casó tan pronto obtuvo su licenciatura. El matrimonio se efectuó el 4 de agosto de 1956.
El inicio de la democracia
Dos años más tarde cayó la dictadura, noticia que Fernández Heres recibió con gran alegría, ya que pronto regresaron del exilio Rafael Caldera y Herrera Campins. La ocasión permitió crear una Comisión Reorganizadora de la Federación Venezolana de Maestros y la instalación de la XV Convención Nacional del Magisterio. Copei formó parte de la Comisión y sus educadores decidieron fundar el Movimiento Magisterial Social-Cristiano, con el profesor Pedro Contreras Pulido al frente. Entre los fundadores estaban Rafael Fernández Heres, Felipe Montilla, Mary Acosta de López, Luis Delgado, Evelio Aponte, Betty Borregales, Domingo Piñate y Luis Felipe Medina.
La reforma educativa
La política fue la pasión del novel educador, convertido en líder de la causa social-cristiana por fuerza del destino. Sentía que a través del poder podía llevar adelante sus sueños de convertir a Venezuela en una sociedad de vanguardia. Estaba convencido de que la educación era la primera prioridad del país. La oportunidad de llevar a feliz término esas convicciones se le presentó en 1968 al producirse el triunfo electoral de Rafael Caldera y ser llamado por el ministro Héctor Hernández Carabaño para encargarse de la Dirección de Planeamiento del Ministerio de Educación, cargo en el cual procedió a crear “Eduplan”, un programa que le permitió hacer un brillante aporte a la educación venezolana, organizándola por áreas del conocimiento, implementando el Ciclo Diversificado y modernizando el Básico, que se extendió a nueve años. Fue un salto grande en el sistema educativo, que incorporó a Venezuela a los países más avanzados en materia de enseñanza. El Ciclo Diversificado fue dotado de un reglamento orgánico equilibrado, de carácter científico-humanístico, reforzado con un sistema de exploración vocacional y un área de talleres con programas representativos de las diferentes actividades de producción y de creación estética. El propósito era brindar al estudiante la oportunidad de familiarizarse con el mundo del trabajo, de modo que fuera capaz de comparar las potencialidades propias con los atractivos de las diferentes áreas de la producción
Propuso para la educación superior la creación de los colegios e institutos universitarios de tecnología, así como universidades de corte experimental, lo que permitió organizar un subsistema para la educación superior, dando origen a la Dirección General de Educación Superior, que surgió de la antigua Dirección de Educación Secundaria, Superior y Especial. Cuando terminó el período constitucional en 1974 había logrado instalar institutos de educación superior en todas las entidades federales, a excepción de los territorios Amazonas y Delta Amacuro. En ese esfuerzo lo acompañaron los profesores Aurisela Álvarez Medina, Víctor Guédez, Ruth Lerner, Ramón Piñango, Dulcinea de Ruiz y muchos otros que lo ayudaron a utilizar el poder político para profundizar en la transformación de la educación venezolana y llevarla hasta el más alto nivel de excelencia posible. Su sueño juvenil comenzaba a concretarse. Al terminar el período fue designado Director del Colegio Universitario Francisco de Miranda, al cual convirtió en un modelo de meritocracia.
Ministro de Educación
Allí se encontraba cuando comenzó la campaña electoral de 1978, que trillaba el camino de la quinta elección democrática en la cual resultó electo el social-cristiano Luis Herrera Campins para regir los destinos del país en el período 1979-1984, logrando vencer a Luis Piñerúa Ordaz (AD), José Vicente Rangel (MAS), Diego Arria (Causa Común), Luis Beltrán Prieto (MEP), Américo Martín (MIR), Héctor Mujica (PCV), Leonardo Montiel Ortega (Morena), Alejandro Gómez Silva (FUN) y Pablo Salas Castillo (CCN). Renny Ottolina, candidato del MIN, murió en un accidente de aviación ocurrido antes de las elecciones. Estaban representadas todas las corrientes del pensamiento político, desde la extrema izquierda del PCV-MIR hasta la extrema derecha de la CCN perezjimenista. Era una época de coexistencia, donde todas las corrientes tenían igualdad de oportunidades. 
Al producirse la victoria de su partido, Fernández Heres fue llamado a ocupar el despacho de Educación. Tenía ahora la oportunidad de dirigir los destinos de la educación nacional. Para cumplir las metas a cabalidad se rodeó de un equipo profesional de primera categoría que tenía como norte montar una estructura que garantizara rapidez en los procesos educativos y que fuera capaz de eliminar los mecanismos que entrababan la administración. Quería impulsar al máximo el prestigio del sistema educativo. Buscaba establecer un estilo político-administrativo propicio para forjar un clima armónico en el trabajo educativo. Durante su actuación como ministro de Educación (1979-1982) fortaleció el subsistema de educación superior y modernizó la educación media y primaria.
La Academia de la Historia
 Al salir del Gobierno regresó a las aulas universitarias y logró el grado de doctor en Educación. Su pasión por la investigación lo llevó a ser miembro del Programa de Promoción del Investigador donde llegó a alcanzar el Nivel III, además de convertirse en asesor del centro español de Historia Universitaria Alfonso X, ubicado en la Universidad de Salamanca. El 1 de noviembre de 1984 fue elegido Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia a la cual se incorporó el 14 de marzo de 1985 ocupando el “Sillón J” que había pertenecido al Cardenal José Humberto Quintero. Pronto fue electo director de esa corporación (1995-2003), a la cual dedicó todos sus esfuerzos para mantenerla en el pináculo de la eficiencia.
En la década final del siglo XX resultó electo presidente del Consejo Superior de la Universidad Nacional Abierta (UNA, 1996). A la UNA le dedicó lo mejor de sus esfuerzos. Era un educador de pensamiento modernista y por eso estaba convencido de que podía mejorar el nivel del conocimiento dando mayores oportunidades a los venezolanos que no pudieran estudiar en forma presencial. “La educación a distancia es la única oportunidad que tienen muchos venezolanos para capacitarse”, expresaba el docente.
Su intensa labor como profesor e investigador lo hicieron acreedor a ser designado miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Historia, de la Academia de la Historia de Puerto Rico, de la Academia Dominicana de la Historia, de la Academia de la Historia Argentina, de la Academia de la Historia de Bolivia, de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, de la Academia de la Historia de Perú, del Instituto de Geografía e Historia de Brasil, de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, de la Academia Bolivariana de las Américas, de la Academia Belgraniana de la República Argentina, de la Academia de la Historia de Portugal y del Instituto Sanmartiniano de Venezuela.
No conforme con esos logros, el incansable educador publicó una buena parte de las investigaciones que llevó a cabo. En esa labor tuvo la satisfacción de ver editadas numerosas obras, entre las cuales se destaca su extenso trabajo sobre “El centenario del Ministerio de Educación” (12 tomos), obra de corte monumental en la que analiza el proceso histórico-educativo a partir de la creación del Ministerio de Instrucción Pública en el Quinquenio Guzmancista (1979-1984). Otras obras que surgieron de su labor investigativa fueron “Los Fundadores”, en la que hace un análisis de la vida de los creadores de la Academia Nacional de La Historia. Publicó además “Catecismos Católicos de Venezuela hispana: Siglos XVI-XVIII”, así como también las obras: Conquista Espiritual de Tierra Firme, La Educación venezolana bajo el signo de La Ilustración (1770-1870), Escritos del Doctor Rafael Villavicencio, La Instrucción pública en el proyecto político de Guzmán Blanco: Ideas y hechos, Pensamiento Educativo en Venezuela (Siglos XVI Al XX), Referencias para el estudio de las ideas educativas en Venezuela. También fue  designado director de la escuela de educación de la Universidad Católica Andrés Bello y rector de la Universidad José María Vargas.

La familia y la Iglesia
            Su intensa actividad profesional la manejó sin desmedro de su dedicación a la familia. Hizo de su hogar su sancto-sanctorum y a él le dedicaba horas en las cuales se entretenía decorándolo, convirtiendo su casa en un museo de arte.  Fue rígido en valores, austero y de una profunda honestidad. A los amigos los consideraba una segunda familia y siempre se rodeó de ellos para trabajar.  Consideraba que era indispensable esa mezcla de amigo y equipo de trabajo para dirigir organizaciones complejas. Siempre estuvo muy influenciado por su vida en el seminario y por un profundo agradecimiento a la iglesia. Ello explica las labores que llevó a cabo, como la de darle rango universitario al Seminario Interdiocesano y la organización de los archivos de la iglesia. Cuando monseñor Lebrún recibió el capello cardenalicio, se convirtió en su consejero y principal asesor.  En su último libro, aún inédito, analizó los conflictos eclesiásticos. Su cercanía con la Iglesia Católica era tal que se sentía particularmente orgulloso de la “Orden Gregorio Magno” que le concedió el Vaticano. La consideraba su gran condecoración, a pesar de que recibió muchas a nivel nacional e internacional.
Sin duda su mayor satisfacción fue ver a crecer a sus hijos. Su esposa Elvira lo hizo muy feliz y lo convirtió en padre cuatro veces: Rafael Vicente, Rafael Gerardo, Elvira Margarita y Rafael Tomás.
RAFAEL FERNÁNDEZ HERES, UN MAESTRO A DEDICACIÓN EXCLUSIVA, falleció en Caracas el 16 de diciembre de 2010, a la edad de setenta y siete años.


Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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