Letra: Argimiro Torres*
Musica:Pedro J. Castellano
Pedro J. Castellano, músico invidente, recibió la ayuda de una joven merideña en la Plaza Bolivar de esa ciudad. Agradecido por servirse de los ojos de esa niña para atravesar la plaza, le compuso una canción : "PRECIOSA MERIDEÑA". La canción original consta de dos estrofas incluyendo el coro. La siguiente, es esa canción con otro título y letra.
Y LAS VIOLETAS NO DEJAN DE BROTAR
Autor: Pedro J Castellano
Letra: ArgimiroTorres*
Mira esa flor de límpidos colores
En el rosal de fúlgido floral
Sólo el placer de tan inmenso aroma
Puede mujer tu frescura tener
Coro:
Cuando nacen
Fragancias fulgurantes
En sinfín incesante
De ese verde jardín
Me parece que todas las violetas
En su brillar no dejan de brotar
¡Oh bella flor!
Perla azul cultivada
En el profundo aturquesado mar
Y en la quietud de algas nacaradas
Yace en pleamar hermoso cantizal
¡Oh mi pasión!
Ahora lejos deseo
Tener de ti esa linda ilusión
Mira, mi flor y todos mis anhelos
Los guardaré en mi corazón
Coro:
Cuando nacen
Fragancias fulgurantes
En sinfín incesante
De ese verde jardín
Me parece que todas las estrellas
Al tiritar no dejan de brillar
¡Oh bella flor!
Para ti este poema
Será mi amor una bella canción
Sabes mujer esas noches serena
Recordaré con mucha ilusión
¡Sublime sol!
En plácidas arenas
Debes amor mi desvelo emoción
Oye mi amor tu serás mi condena
Que viviré con entera adicción
Coro:
Cuando nacen
Fragancias fulgurantes
En sinfín incesante
De ese verde jardín
Me parece que todas las violetas
Al despertar no dejan de brotar.
*Médico poeta.
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lunes, 14 de marzo de 2011
viernes, 11 de febrero de 2011
Languidez
Argimiro Torres*
Se escondía
Y nunca llegaba
Me prometía
No lo esperaba
En el lugar
Garabateba
En un papel
Lo que pensaba
Pasaba el tiempo
Desesperado
En un reloj
Muy angustiado
Las manecillas
Del marcador
En ese avance
Que no alcanzaba
Andaban juntas
las agujitas
Luego de un tiempo
Se apareaban
En el momento
De ese tic tac
Un gran silencio
Quedaba atras
Después de aquello
Mis pensamientos
Nunca volvían
A ser igual
Pero yo siento
de tanto en tanto
Como se mueven
Tantos espantos
Solo en el trance
De esas locuras
Desvanecían
Mis amarguras
Parece y llega
Desde muy lejos
Pero no es cierto
Eran sus huellas
Al final creo
Era espejismo.
En lejanía
Es así mismo.
Let´s go to meet a lost illusion
In the bottom of our dreams
It would be a great emotion
If we hear a gong...
With indefinite... tamtams.
* Médico poeta venezolano
Se escondía
Y nunca llegaba
Me prometía
No lo esperaba
En el lugar
Garabateba
En un papel
Lo que pensaba
Pasaba el tiempo
Desesperado
En un reloj
Muy angustiado
Las manecillas
Del marcador
En ese avance
Que no alcanzaba
Andaban juntas
las agujitas
Luego de un tiempo
Se apareaban
En el momento
De ese tic tac
Un gran silencio
Quedaba atras
Después de aquello
Mis pensamientos
Nunca volvían
A ser igual
Pero yo siento
de tanto en tanto
Como se mueven
Tantos espantos
Solo en el trance
De esas locuras
Desvanecían
Mis amarguras
Parece y llega
Desde muy lejos
Pero no es cierto
Eran sus huellas
Al final creo
Era espejismo.
En lejanía
Es así mismo.
Let´s go to meet a lost illusion
In the bottom of our dreams
It would be a great emotion
If we hear a gong...
With indefinite... tamtams.
* Médico poeta venezolano
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Poesía del siglo XXI
domingo, 26 de diciembre de 2010
Yo soy ese poeta
Argimiro Torres*
Yo soy ese poeta
Que le escribe versos de amor
inmaculados a la llena luna
Pero ella muy coqueta
Tiene devaneos con el sol,
Y de cuatro lunas, me resta una
Se muestra plena en su esplendor
Toda una semana
Y desnuda, otorga su espalda al sol
La muy pagana
Siete dias de cada mes le da calor
Me descubre sus rodillas y el pecho
Y yo henchido de placer me siento Apolo
En sus dias dionisíacos con él... ¡Qué despecho!
De amoríos con el astro rey, me deja solo
¡Y así la llamada Luna Nueva!
Se oscurece a mis ojos sin razon
Me consuelan en el cielo las estrellas
Y sin la buena nueva me dan su amor
En sus fases creciente y menguante
Me llena inexplicamente de estupor
Me quita sus encantos anhelantes
Y luego ante mi, se desnuda sin rubor.
*Argimiro Torres el médico poeta.
Yo soy ese poeta
Que le escribe versos de amor
inmaculados a la llena luna
Pero ella muy coqueta
Tiene devaneos con el sol,
Y de cuatro lunas, me resta una
Se muestra plena en su esplendor
Toda una semana
Y desnuda, otorga su espalda al sol
La muy pagana
Siete dias de cada mes le da calor
Me descubre sus rodillas y el pecho
Y yo henchido de placer me siento Apolo
En sus dias dionisíacos con él... ¡Qué despecho!
De amoríos con el astro rey, me deja solo
¡Y así la llamada Luna Nueva!
Se oscurece a mis ojos sin razon
Me consuelan en el cielo las estrellas
Y sin la buena nueva me dan su amor
En sus fases creciente y menguante
Me llena inexplicamente de estupor
Me quita sus encantos anhelantes
Y luego ante mi, se desnuda sin rubor.
*Argimiro Torres el médico poeta.
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domingo, 28 de noviembre de 2010
Figuras Retoricas
Argimiro Torres*
Figuras retóricas son palabras o giros idiomáticos utilizadas para dar énfasis a una idea o sentimiento. El énfasis deriva de la desviación consciente del hablante o creador con respecto al sentido literal de una palabra o al orden habitual de esa palabra o de palabras en él. Muy utilizadas en la literatura más que todo en la poesía y las hay de variados tipos. En los siguientes versos, los vocablos "y pubis" es una figura retórica -Hipérbaton, Silimicadencia, Asonancia o quizás Pleonasmo- en el que verdaderamente no hay relación literal entre "Tal la leche, hambre, boca", y, "Y PUBIS", a no ser sólo el logro de la rima y así de la belleza del verso.
Este comentario lo hago porque más de uno de los lectores de mis versos -A los que estoy agradecido- me han señalado, qué tiene que ver el pubis con lo que trata la poesía, la mayoría de ellos, son hombres, en sentido picaresco y otros, mujeres, expresando sorpresa porque, es cierta la falta de correspondencia literal entre los vocablos.
¡Para ellos, esta explicación!
"Esperando van las nubes
Que te asomes grande, sol radiante
La tierra y el agua errante
Tal la leche, hambre, boca y pubis"
Antitesis
"Fuego el céfiro pesado,/
sierpes las flores, arenal el prado"
Lope de Vega
Antonomasia
Simón Bolívar es el Libertador; Jesucristo es llamado el Salvador; Aristóteles, el Estagirita;
Alfred Hitchcock, el maestro del suspenso.
La antonomasia también incluye el procedimiento contrario: muchos nombres propios se han convertido en representación de los atributos del personaje originario y se utilizan como sustantivos comunes. En este caso, lo genérico es sustituido por lo individual. Así ocurre con ‘donjuán’, ‘quijote’, ‘celestina’, ‘hércules’, ‘tarzán’.
Símil
"Negro el cabello, imitador undoso/
de las obscuras aguas del Leteo"
Luís de Góngora
"áridos camellos" y "lámparas estudiosas",
Jorge Luis Borges
Hipérbole y Lítotes
Iban oscuros bajo la noche
sola entre las sombras
Virgilio
Metonimia y sinécdoque
"vivo en conversación con los difuntos/
y escucho con mis ojos a los muertos"
(Quevedo);
"murió mi eternidad/
y estoy velándola"
César Vallejo.
Y así, en el mismo estilo muchas figuras retórica.
"Saludos y muy agradecido
de mis estimados amigos.
De... su amigo"
Esta última también es una figura retórica. ¡Investiguen cual es!
* Médico poeta
Figuras retóricas son palabras o giros idiomáticos utilizadas para dar énfasis a una idea o sentimiento. El énfasis deriva de la desviación consciente del hablante o creador con respecto al sentido literal de una palabra o al orden habitual de esa palabra o de palabras en él. Muy utilizadas en la literatura más que todo en la poesía y las hay de variados tipos. En los siguientes versos, los vocablos "y pubis" es una figura retórica -Hipérbaton, Silimicadencia, Asonancia o quizás Pleonasmo- en el que verdaderamente no hay relación literal entre "Tal la leche, hambre, boca", y, "Y PUBIS", a no ser sólo el logro de la rima y así de la belleza del verso.
Este comentario lo hago porque más de uno de los lectores de mis versos -A los que estoy agradecido- me han señalado, qué tiene que ver el pubis con lo que trata la poesía, la mayoría de ellos, son hombres, en sentido picaresco y otros, mujeres, expresando sorpresa porque, es cierta la falta de correspondencia literal entre los vocablos.
¡Para ellos, esta explicación!
"Esperando van las nubes
Que te asomes grande, sol radiante
La tierra y el agua errante
Tal la leche, hambre, boca y pubis"
Antitesis
"Fuego el céfiro pesado,/
sierpes las flores, arenal el prado"
Lope de Vega
Antonomasia
Simón Bolívar es el Libertador; Jesucristo es llamado el Salvador; Aristóteles, el Estagirita;
Alfred Hitchcock, el maestro del suspenso.
La antonomasia también incluye el procedimiento contrario: muchos nombres propios se han convertido en representación de los atributos del personaje originario y se utilizan como sustantivos comunes. En este caso, lo genérico es sustituido por lo individual. Así ocurre con ‘donjuán’, ‘quijote’, ‘celestina’, ‘hércules’, ‘tarzán’.
Símil
"Negro el cabello, imitador undoso/
de las obscuras aguas del Leteo"
Luís de Góngora
"áridos camellos" y "lámparas estudiosas",
Jorge Luis Borges
Hipérbole y Lítotes
Iban oscuros bajo la noche
sola entre las sombras
Virgilio
Metonimia y sinécdoque
"vivo en conversación con los difuntos/
y escucho con mis ojos a los muertos"
(Quevedo);
"murió mi eternidad/
y estoy velándola"
César Vallejo.
Y así, en el mismo estilo muchas figuras retórica.
"Saludos y muy agradecido
de mis estimados amigos.
De... su amigo"
Esta última también es una figura retórica. ¡Investiguen cual es!
* Médico poeta
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miércoles, 25 de agosto de 2010
A MANERA DE PREÁMBULO:JUAN ANTONIO PÉREZ BONALDE, DOMINGO DEL MONTE, JOSÉ MARTÍ
MARIANA PÉREZ PÉREZ*
Prestigiosas voces de la intelectualidad venezolana han afirmado que la literatura de ese país se sustenta más de la narrativa que de la poesía. Gustavo Pereira[1] –en su libro El peor de los oficios– indica que la gran poesía se inicia con Pérez Bonalde, a la vez que hace referencia a Jesús Semprum, quien en 1911 decía a sus discípulos en la universidad que solo se podían citar con orgullo tres o cuatro nombres que honraban las bellas letras de Venezuela.
Sin discrepar de tan autorizados criterios, y con la certeza de que no es posible –ni tal vez sea necesario– hallar juntas, en cada época de la evolución poética, varias figuras sobresalientes o movimientos de altos valores, nos hemos atrevido a realizar, a grandes saltos, este recorrido donde se muestran los poetas venezolanos, desde la colonia hasta la actualidad. No solamente nos motiva la razón circunstancial de ser Venezuela el país invitado de honor a la XV Feria Internacional del Libro en Cuba, sino también –y más que todo– el reconocimiento de las arterias que transfunden sus sangres en la cultura de ambos países.
Muchos escritores venezolanos han vivido en Cuba por períodos más o menos extensos, así como tantísimos cubanos han puesto sus plantas y su amor en aquella tierra. Un nombre, sin embargo, se eleva por sobre todos y es el del “viajero [que] llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar”[2]. José Martí viajó en 1881 a Venezuela, donde realizó una “corta e intensa vida americana”[3]; allí fundó la Revista Venezolana, que ha sido calificada en ese país como un orgullo nacional, y en la que publicara hermosísimas páginas, entre las que resaltan las dedicadas al intelectual Cecilio Acosta con motivo de su muerte. La presencia martiana ejerció una poderosa influencia en los creadores jóvenes y en la renovación modernista que –en realidad– llegó con cierto atraso a Venezuela.
Más tarde, en 1882 –desde Nueva York– publicó Martí el brillante prólogo al Poema del Niágara, de Juan Antonio Pérez Bonalde. Y he aquí hermosa coincidencia, que dos grandes de las letras cubanas y venezolanas, Heredia y Pérez Bonalde, hayan cantado, cada uno en su tiempo, las emociones que les inspirara la magnificencia de la naturaleza desbordada; o tal vez no sea solo coincidencia temática, porque José María Heredia vivió durante su infancia en la patria del otro, y en ella “Oyó decir de Bolívar, que se echó a llorar cuando entraba triunfante en Caracas”[4]. Acerca del texto de Pérez Bonalde dijo el Apóstol: “El torrente prestó su voz al poeta; el poeta su gemido de dolor a la maravilla rugidora”, y del herediano: “el Niágara portentoso le reveló, sumiso, su misterio, y el poeta adolescente de un pueblo desdeñado halló, de un vuelo, el sentido de la naturaleza que en siglos de contemplación no habían sabido entender con tanta majestad sus propios habitantes.”
A Cuba vino Domingo del Monte (1804-1853)[5], figura que, a través de sus concurridas tertulias, impulsó el movimiento literario habanero y aportó los fondos necesarios para comprar la libertad del poeta esclavo Juan Francisco Manzano. También vendrán a la Isla: José Antonio Maitín (1812-1824), Miguel Sánchez Pesquera, y muchos otros.
Las razones antes expresadas resultan más que suficientes para el intento de reunir en esta compilación –bajo el signo de tecnologías que aquellos no podían siguiera soñar– un conjunto de textos y de referencias bibliográficas que allanarán el camino de todos cuantos quieran conocer a Venezuela desde la voz y la metáfora de sus poetas. Sabemos que no se trata de un trabajo totalizador, es apenas una muestra de cuánto han aportado esos hombres y mujeres a la cultura de la América bolivariana y martiana; mucho material pudiera ser incluido, pero creemos que esta selección debe, en principio, despertar avidez en los lectores cubanos por conocer más acerca de una literatura que, hasta ahora, nos resulta casi desconocida. Esperamos que cada verso –así sea de los llamados “poetas menores”, a quienes también se les debe justicia– despierte en cada cual sentimientos de amor por esa tierra –a la que tanta poesía, y belleza le debemos– integrante ejemplar de esta región cantada por Andrés Bello:
Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
* Mariana Pérez Pérez (Compiladora)
** Artículo enviado por Argimiro Torres. " El médico Poeta"
BIBLIOGRAFÍA
[1] Pereira, Gustavo. “Las libreas de la razón”. – p. 191. – En su: El peor de los oficios. – La Habana : Ed. Arte y Literatura, 2004.
[2] Martí, José. “Tres héroes”. – p. 230-234. – En: Morales, Salvador. Martí en Venezuela, Bolívar en Martí. – La Habana : Editora Política, 1985.
[3] Morales, Salvador. Martí en Venezuela, Bolívar en Martí. – La Habana : Editora Política, 1985.
[4] Martí, José. “Heredia”. Discurso pronunciado en Hardman Hall, Nueva York, 30 de noviembre de 1889.
[5] Escritor. Nace en Venezuela el 4 de agosto de 1904. Llega a Cuba en 1810. Amigo de Heredia. Funda junto a Jesús Villariño La Moda o Recreo semanal del bello sexo. Publica junto a Saco la Revista Bimestre de la Isla de Cuba. Su casa se convierte en el centro de la vida intelectual del país. Por ella pasan personalidades como Ramón de Palma, José María Cárdenas y Rodríguez, José Jacinto Milanés, Cirilo Villaverde, Felipe Poey, Plácido, Ramón Zambrana y otros. Colabora en El Eco de Madrid, el Aguinaldo Habanero, El Album, El Plantel. Es acusado en la conspiración de la Escalera. Abandona Cuba y muere en Madrid el 4 de noviembre de 1853. Su correspondencia es recogida por la Academia de Historia de Cuba en 7 tomos bajo el nombre de Centón epistolario de Domingo del Monte.
Prestigiosas voces de la intelectualidad venezolana han afirmado que la literatura de ese país se sustenta más de la narrativa que de la poesía. Gustavo Pereira[1] –en su libro El peor de los oficios– indica que la gran poesía se inicia con Pérez Bonalde, a la vez que hace referencia a Jesús Semprum, quien en 1911 decía a sus discípulos en la universidad que solo se podían citar con orgullo tres o cuatro nombres que honraban las bellas letras de Venezuela.
Sin discrepar de tan autorizados criterios, y con la certeza de que no es posible –ni tal vez sea necesario– hallar juntas, en cada época de la evolución poética, varias figuras sobresalientes o movimientos de altos valores, nos hemos atrevido a realizar, a grandes saltos, este recorrido donde se muestran los poetas venezolanos, desde la colonia hasta la actualidad. No solamente nos motiva la razón circunstancial de ser Venezuela el país invitado de honor a la XV Feria Internacional del Libro en Cuba, sino también –y más que todo– el reconocimiento de las arterias que transfunden sus sangres en la cultura de ambos países.
Muchos escritores venezolanos han vivido en Cuba por períodos más o menos extensos, así como tantísimos cubanos han puesto sus plantas y su amor en aquella tierra. Un nombre, sin embargo, se eleva por sobre todos y es el del “viajero [que] llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar”[2]. José Martí viajó en 1881 a Venezuela, donde realizó una “corta e intensa vida americana”[3]; allí fundó la Revista Venezolana, que ha sido calificada en ese país como un orgullo nacional, y en la que publicara hermosísimas páginas, entre las que resaltan las dedicadas al intelectual Cecilio Acosta con motivo de su muerte. La presencia martiana ejerció una poderosa influencia en los creadores jóvenes y en la renovación modernista que –en realidad– llegó con cierto atraso a Venezuela.
Más tarde, en 1882 –desde Nueva York– publicó Martí el brillante prólogo al Poema del Niágara, de Juan Antonio Pérez Bonalde. Y he aquí hermosa coincidencia, que dos grandes de las letras cubanas y venezolanas, Heredia y Pérez Bonalde, hayan cantado, cada uno en su tiempo, las emociones que les inspirara la magnificencia de la naturaleza desbordada; o tal vez no sea solo coincidencia temática, porque José María Heredia vivió durante su infancia en la patria del otro, y en ella “Oyó decir de Bolívar, que se echó a llorar cuando entraba triunfante en Caracas”[4]. Acerca del texto de Pérez Bonalde dijo el Apóstol: “El torrente prestó su voz al poeta; el poeta su gemido de dolor a la maravilla rugidora”, y del herediano: “el Niágara portentoso le reveló, sumiso, su misterio, y el poeta adolescente de un pueblo desdeñado halló, de un vuelo, el sentido de la naturaleza que en siglos de contemplación no habían sabido entender con tanta majestad sus propios habitantes.”
A Cuba vino Domingo del Monte (1804-1853)[5], figura que, a través de sus concurridas tertulias, impulsó el movimiento literario habanero y aportó los fondos necesarios para comprar la libertad del poeta esclavo Juan Francisco Manzano. También vendrán a la Isla: José Antonio Maitín (1812-1824), Miguel Sánchez Pesquera, y muchos otros.
Las razones antes expresadas resultan más que suficientes para el intento de reunir en esta compilación –bajo el signo de tecnologías que aquellos no podían siguiera soñar– un conjunto de textos y de referencias bibliográficas que allanarán el camino de todos cuantos quieran conocer a Venezuela desde la voz y la metáfora de sus poetas. Sabemos que no se trata de un trabajo totalizador, es apenas una muestra de cuánto han aportado esos hombres y mujeres a la cultura de la América bolivariana y martiana; mucho material pudiera ser incluido, pero creemos que esta selección debe, en principio, despertar avidez en los lectores cubanos por conocer más acerca de una literatura que, hasta ahora, nos resulta casi desconocida. Esperamos que cada verso –así sea de los llamados “poetas menores”, a quienes también se les debe justicia– despierte en cada cual sentimientos de amor por esa tierra –a la que tanta poesía, y belleza le debemos– integrante ejemplar de esta región cantada por Andrés Bello:
Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
* Mariana Pérez Pérez (Compiladora)
** Artículo enviado por Argimiro Torres. " El médico Poeta"
BIBLIOGRAFÍA
[1] Pereira, Gustavo. “Las libreas de la razón”. – p. 191. – En su: El peor de los oficios. – La Habana : Ed. Arte y Literatura, 2004.
[2] Martí, José. “Tres héroes”. – p. 230-234. – En: Morales, Salvador. Martí en Venezuela, Bolívar en Martí. – La Habana : Editora Política, 1985.
[3] Morales, Salvador. Martí en Venezuela, Bolívar en Martí. – La Habana : Editora Política, 1985.
[4] Martí, José. “Heredia”. Discurso pronunciado en Hardman Hall, Nueva York, 30 de noviembre de 1889.
[5] Escritor. Nace en Venezuela el 4 de agosto de 1904. Llega a Cuba en 1810. Amigo de Heredia. Funda junto a Jesús Villariño La Moda o Recreo semanal del bello sexo. Publica junto a Saco la Revista Bimestre de la Isla de Cuba. Su casa se convierte en el centro de la vida intelectual del país. Por ella pasan personalidades como Ramón de Palma, José María Cárdenas y Rodríguez, José Jacinto Milanés, Cirilo Villaverde, Felipe Poey, Plácido, Ramón Zambrana y otros. Colabora en El Eco de Madrid, el Aguinaldo Habanero, El Album, El Plantel. Es acusado en la conspiración de la Escalera. Abandona Cuba y muere en Madrid el 4 de noviembre de 1853. Su correspondencia es recogida por la Academia de Historia de Cuba en 7 tomos bajo el nombre de Centón epistolario de Domingo del Monte.
jueves, 12 de agosto de 2010
Jose Antonio Ramos Sucre (1890-1930) Sobrino bisnieto del Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre.
Recopilador: Argimiro Torres*
Es el indiscutido maestro vanguardista del poema en prosa -en Venezuela-
Tres son sus libros poéticos: La Torres de Timón (1925), El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929)
PRELUDIO
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.
EL FUGITIVO
Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incursados por la borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos a palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios. Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.
"La torre de Timón"
El poema comienza desde su título a señalar su sentido trascendental, pues se trata de un hombre que se pone en condición de fugitivo, lo que da a entender un escape desesperado de un ambiente opresor que no es otro que el mundo materialista y desenfrenado.
El fugitivo va con los pies adoloridos y por un terreno descampado, es decir, cansado de recorrer por las diferentes vías y medios que suponen la trascendencia y a merced de los errores que puedan tener, que es lo que viene a significar el terreno descampado y la “nevisca que mojaba el suelo negro”. Luego prosigue con una decepción producida, obviamente, por la escasez de respuestas espirituales que (en nuestro caso) se encuentran en la religión tradicional simbolizada por el “bosque de abedules” que se ven “incursados por la borrasca”, o sea, las discrepancias, oprobios y calamidades que recaen sobre ésta. Finalmente el fugitivo resuelve ocultarse en “un antro causado por el desarraigo de un árbol” que no es otro que el antro de su propia interioridad donde el árbol representa “la vida del cosmos”17 o su “naturaleza humana”18 donde, haciendo uso de la templanza manifiesta por la conciencia, se defiende de los impulsos instintivos que son el “aspecto peligroso del inconsciente” representados por el simbolismo del oso, “atributo de hombre cruel y primitivo”19 y espanta las dubitaciones que es lo que corresponde al murciélago.
El siguiente párrafo manifiesta la confusión y aturdimiento que produce acercarse a la “verdad reveladora”, es decir, a la convicción interna de la supremacía de la “voz de la conciencia” que deslumbra las verdades del Ser, las cuales, debido a su profundidad, pueden ocasionar “alucinaciones y pesadillas” que no tienen otra connotación que las luchas internas entre el Ser superior e inferior y la forma de superar tales tiranteces, no es otra que ser firmes en el camino de la superación y “escaparse más lejos”.
“Atravesar el lodazal” representa la superación del ego y todas las cosas que a él van vinculadas como las bajas pasiones, la gula, la envidia, la pedantería, la vanidad, la cólera, la soberbia, la avaricia; en fin, todos los vicios humanos. Después de la superación del ego, el iniciado se enfrenta “a un segundo desierto”,20 el cual representa el terreno de la espiritualidad y todo lo que implica mantenerse en ese estado de beatitud, que se confirma con las líneas siguientes: “Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado” y “Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío”; el primero se refiere a la actitud modesta que debe adoptar quien ha arribado a ese punto cuidándose de no “ser alcanzado” por los hostigamientos del ego; en cuanto al segundo párrafo el sentido es claro: las diversas pruebas y trabajos que debe soportar el iniciado para mantener la templanza y su condición de santidad. “Los verdugos metódicos” vienen a simbolizar todas aquellas personas de malas influencias que, con diferentes ardides, arrastran al camino del vicio y la corrupción, los cuales están alentados por un espíritu maligno simbolizado por los “perros negros” y “sus ojos de fuego y ladrido feroz” representan, por un lado, la destrucción de la espiritualidad cognado con el simbolismo del ojo y el fuego y, por otro lado, el peligro y la asechanza, los instintos y los placeres mundanos.21
“Los jinetes” aluden a los “mandaderos de los verdugos metódicos” que ya mencionamos; pero se menciona un particular bastante interesante: la contraposición de dos símbolos encontrados, “el penacho”, que en correspondencia con el símbolo de la corona, la cual según Cirlot toma su sentido esencial de la cabeza vista como emblema y conlleva la idea de la superación puesto que ésta está más arriba de la cabeza, en el “plano celeste”, y en un sentido más amplio el logro de una empresa;22 y “el hopo de una ardita” que Ramos Sucre le imprime un toque de ironía al coronarlos con un gorro hecho de un material tan burdo y que alude, como símbolo, “a conceptos infantiles subconscientes relacionados con el cumplimiento del deber desde una perspectiva de inseguridad”23 lo que equivale a la insensatez, a la negligencia y por ende el fracaso en la senda espiritual, quedando así por completo eliminada la marca positiva que entraña el símbolo anterior.
Luego, finalmente, se sigue el campo semántico de la coronación, es decir, el triunfo pero esta vez del penitente que ya superando todos los obstáculos puede percibir su puerto seguro hacia el refugio de la interioridad desarrollada por el espíritu; es decir, surge ese dios interior de la iluminación de la conciencia, el esplendor del Yo: “Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo”, “corrí a agazaparme a los pies de mi dios”; hasta llegar al estado supremo o trascendencia total hacia lo superior, que te coloca en un plano análogo a la divinidad, lo que en las culturas orientales representa el nirvana o evanescencia de los sentidos en el corazón del mundo: “Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura”. Que se traduce en la subordinación del ego, el “Yo inferior” a la conciencia superior y la correspondencia o complacencia con la divinidad.
Así, pues, de esta interpretación se desprenden factores que dan a entender una susceptibilidad de parte del protagonista, que no es otro que el eco de la psiquis profunda del autor, una búsqueda hacia la elevación y por tanto hacia un refugio del Ser de las amenazas y peligros que lo circundan, así viene a confirmar la segunda tesis que proponíamos, es decir, Ramos Sucre como hombre que trata de hallar su propio Yo, un hombre que huye de las tinieblas del espíritu hacia la elevación de la conciencia; siendo de este modo, vemos al personaje alcanzar su objetivo y complacerse en ello; vemos, pues, el triunfo de la luz sobre las tinieblas.
Sin embargo, con miras a conseguir las trazas de la primera tesis, es decir, determinar en qué medida Ramos Sucre se acerca al “desesperado que no quiere ser él mismo” observemos otro poema donde el desenlace es inverso al anterior.
LA CUITA
La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz jovial, timbrada para el canto de una fiesta de primavera.
Yo escucho las violas y flautas de los juglares en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en la noche encantada, sobre el golfo argentado.
El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de proscrito.
La niña asiente a una señal maligna del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés. Los juglares celebran, con una música vehemente, la fuga de los enamorados.
"La torre de Timón"
Comencemos por destacar que los títulos de la poesía de Ramos Sucre funcionan efectivamente como texto macro de los poemas que contienen; es decir, funcionan como primeros comentarios del discurso que comienza con la voz de la persona poética. En este caso el título alude dentro de su campo semántico al dolor del poeta que yace entre líneas, transparentado en el poema y que canta su congoja por medio de su narración, y esta vez se vale del simbolismo de la virgen o la doncella, que viene a significar la “representación del alma y del ideal”24 encarnada en “la adolescente” que “viste de seda blanca”, la indumentaria no en vano se trata de un material tan terso y suave como la seda que alude a la sensualidad, a la vanidad característica de esa etapa de la vida, asimismo el color, que representa la pureza y la luz y en este contexto termina significando el estado de la inocencia; así, pues, la adolescente entraña esa condición de fragilidad, de la posibilidad de ser corrompida por el vicio.
Más adelante se sigue describiendo el avance de la senda de la espiritualidad transitado por el alma en estado inmaculado, la cual se proyecta como imagen prístina de aquella edad de oro que comentábamos más arriba sobre la ruptura del tiempo y el mundo transhistórico de Eliade, esto se presenta en el párrafo: “Observa, al caminar, la reminiscencia de una armonía intuitiva”; luego señala que tal reminiscencia es ciertamente la clave para el desarrollo del alma; es, pues, la guía, la voz de la conciencia que indica el camino recto hacia la felicidad espiritual; “se expresa con voz jovial, timbrada para el canto de una fiesta de primavera”.
A este punto se salta del personaje lírico al personaje que entraña la psiquis del autor, es decir, el Yo que aquí se infiltra como un personaje-narrador: “Yo escucho las violas y las flautas de los juglares en la sala antigua”, donde los instrumentos musicales equivalen a un sesgo a la conciencia, una interrupción a su serenidad, es decir, comprenden simplemente una distracción que luego se reafirma con “los sones de la música vuelan a zozobrar en la noche encantada, sobre el golfo argentado”. Ahora bien, el simbolismo de los juglares adquiere una importancia crucial, pues, como representación de la actividad originaria en el hombre a su poder creativo, y por ende alude a su capacidad de procreación, viene dado como el elemento que promueve la exaltación de la psiquis, y como a los cambios internos se corresponden los externos, también simboliza el llamado de la sensualidad y el despertar de los instintos que son en realidad nuestros primeros indicios biológicos de la vida o actividad primaria; “la sala antigua” es así otro símbolo de la estancia espiritual y de la pureza en su estado original e incorrupto.
El siguiente párrafo inserta otro personaje, “el aventurero de la cota roja y de las trusas pardas”; en primera instancia se refiere a la personificación de los juglares, aparece ceñido de una cota roja, es decir de una armadura embadurnada del rojo de los impulsos pasionales, símbolo similar entraña la otra prenda; luego se puntualiza: “arma asechanzas contra la doncella”, lo que confirma el sentido que le hemos venido connotando de elemento desestabilizador, luego se asoma de nuevo el Yo psíquico del poeta reafirmándolo: “acerbando mis dolores de proscrito”, y el cual se define como condenado por la debilidad de ceder ante la tentación que se le presenta, o sea, los bajos instintos; por esto mismo dirá luego: “la niña asiente a una señal maligna del seductor”. Entonces comienzan los elementos perturbadores de la pureza, el Yo se ve invadido por las asechanzas de la vida mundana que lo apartan del objetivo que se ha trazado, la meta de la superación: “personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés”.
El párrafo que culmina el poema señala el triunfo de los sentidos sobre la templanza. “Los juglares celebran, con una música vehemente, la fuga de los enamorados”.
Así vemos que, a juzgar por estos dos análisis, la balanza entre los dos tipos de angustia descrita por Kierkegaard se mantiene en equilibrio, ya que se comprende una angustia precipitada hacia el existir, ya sea que triunfe la templanza o el vicio; lo que se marca incisivamente es la búsqueda de la liberación plena de la conciencia humana, pues su angustia se refiere a la condición esencialmente humana, es decir, al pleno existir, y es por esto que el Yo psíquico o poético, así como lo llama Ilis M. Alfonzo, tiene una condición universal que toca la fibra del hombre como Ser ontológico:
“(...) el Yo poético de Ramos Sucre es un signo móvil que sólo puede ser aprehendido en la instancia del discurso creativo que lo contiene, visto éste como parte integrante de un universo más amplio. Es decir, ese Yo constituye una categoría psíquica que trasciende la individualidad del poeta y se convierte en espejo de una conciencia humana de carácter colectivo, asumida por el emisor a través de su discurso y desde la perspectiva de su espacio interior”.25
Así, pues, el acto poético pasa a ser una vía de liberación transitoria o un subterfugio para huir de la aparatosa “ciudad enemiga” del alma, también es el trampolín hacia el mundo del ensueño, de la fantasía; en fin, es el refugio espiritual de un alma compungida por las embestiduras de la vida en cuanto a su faceta externa, pero además también en cuanto a la carga de las cadenas del mero existir, a la prisión del Ser y su consecuente angustia de estar aprisionado en una cárcel de carne y hueso, que por la debilidad de la condición humana en relación con los diversos factores contaminantes a los que está expuesto el Yo, no le permite escalar hacia la cumbre, hacia la elevación de sí mismo; por esto es frecuente en la obra de nuestro autor la llamada incesante al valor de la voluntad ante la impericia, el vicio y los instintos pasionales; de allí que en sus poemas aparezca siempre ese ascetismo pronunciado en sus personajes que encarna el Yo de la humanidad del poeta, el cual se ramifica en una multiplicidad de caracteres y símbolos, pues la característica de estos últimos es precisamente su pluralidad, la apertura del universo sincretizado en el mundo literario de la poética de Ramos Sucre.
Pasemos ahora a revisar de manera sucinta otros rasgos presentes que no dejan de ser importantes a la hora de considerar su contenido.
La melancolía viene a ser una constante en la obra de este insigne poeta, y es que la melancolía encierra en sí misma un estado de frustración y a la vez de nostalgia; la nostalgia, en este caso, de la reminiscencia de aquella época dorada en alianza con la divinidad; claro está, este fenómeno se produce siempre en el marco de la interioridad y de los sentidos de manera inconsciente, o aflora por lo menos de manera fortuita a la conciencia, o en palabras del mismo poeta como “reminiscencia de una armonía intuitiva”, o quizá la melancolía está más bien asociada a la subordinación del ánimo del hombre, único animal consciente de su extinción, quizá sea más bien ese fervor humano por sobrepasar los límites de su propia humanidad, de conseguir la liberación de la tumba de los sentidos como ya lo anunciaba el pensamiento platónico: “σωμα σεμα εστι”,26 y del que también se nutrieron los estoicos. Es en este sentido que Eloy Valero concibe la estética de Ramos Sucre dentro de lo saturneano:
“Saturno ha descendido hasta nosotros como una idea a la manera platónica: una entidad que posee cierta plasticidad y función (...). Tan antigua como la civilización misma, es esta idea de la melancolía. Idea que nos identifica un temperamento y revela una paradoja: reflexionamos sobre nuestra existencia precisamente porque la sabemos finita, sólo podemos apreciarla contra el horizonte de la muerte. Nos inclinamos meditativos sobre un misterio que por una parte nos supera y por la otra nos niega: de la presencia plena del ser a la ausencia muda de la muerte. Quizás sea por esta razón, entre otras, que se le atribuya a Saturno el ser mensajero de una edad arcádica y feliz previa a la hecatombe primigenia de la que surgió el mundo”.27
Pero antes de la muerte se encuentra la agonía, el dolor que se traduce como la lucha interna entre el mundo espiritual y el mundo de los sentidos; es, pues, la agonía de un hombre que se debate entre las dos lanzas en ristre de los lados opuestos de su Yo, así como la dualidad del mundo que no deja de sumir el espíritu al duro juicio del libre albedrío, a la cuerda floja del existir que no es otra que la duda, la hesitación del camino a seguir; es, pues, la agonía de batirse en cierto tipo de infierno maniqueísta de donde sólo se logra escapar por medio del afianzamiento de la voluntad hacia la templanza del ánimo en ese trabajo de anacoreta que se resigna a su padecer con tal de arribar a su objetivo. Buena parte de este sentido lo encontramos en poemas como: “Entonces”, “Cansancio”, “La tribulación del novicio”, “La cuita”, “El solterón” y, entre otros tantos, “Elogio a la soledad”, que a propósito trae a colación el sentido de ésta en el acervo poético de Ramos Sucre que no es otro que el del asilo, la guarnición del espíritu, el desierto propicio para la revelación divina, donde los “santos que renegaron del mundo (...) tuvieron escala de perfección y puerto de ventura”.
Así, pues, si la soledad es el asilo mágico para aquellos espíritus sensibles al suburbio, “al signo molesto de la realidad” y al desenfrenado materialismo, alegando que “siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso”. Entonces la muerte pasa a ser el alivio de todos los sufrimientos padecidos en el ejercicio ascético y en la soledad, pues la muerte en la poética de Ramos Sucre va asimilada a la liberación del espíritu más que a la fatalidad que pueda comportar el hecho de la muerte; así lo corrobora Ilis Alfonzo con lo siguiente:
“Sólo enfocada desde una perspectiva simbólica se podrá comprender la vivencia de la muerte confrontada por el sujeto lírico del poema, pues únicamente entendida la muerte como rito de tránsito de un estado del ser puede el Yo contar dicha experiencia; es decir, rememorar una metamorfosis de orden espiritual. Toda transformación implica el fin de algo existente y para alcanzar un nuevo estado de vida es preciso morir (...)”.28
Tal es pues el sentido de la muerte, y en general todos los rasgos que hemos señalado acaban convergiendo en un solo punto: la trascendencia. Y ésta se ve abordada desde la perspectiva de los símbolos que subraya el carácter psicológico del poeta en su comprensión de la vida como un tramo existencial donde se deben afrontar las penas y dolores que provoca dicha existencia para así resurgir a una nueva conciencia; asimila, por tanto, las viejas concepciones religiosas de la antigüedad en cuanto a la trascendencia de un nuevo mundo, una vez conquistadas las pruebas que impone éste; así, pues, se entiende el camino misterioso que se vislumbra en ese Yo poético de su obra, que no es más que el Yo herido y sublimado por la balanza del bien y del mal, camino que sólo se comprende como la guía que lleva hacia ese estado de la sublimación y la muerte es precisamente la liberadora, “la blanca Beatriz” que lo llevará de la mano hacia ese mundo del esplendor espiritual, es la muerte el constante símbolo que subyace en su poesía bajo diferentes aspectos y personalidades que lo ayudará a encontrarse con su Ser verdadero, al igual que todos los personajes forman parte de ese universo trascendental que, magistralmente, Ramos Sucre ha sabido inmortalizar en su obra.
Hasta este punto hemos tratado el contenido de la obra, pero todos estos elementos que acabamos de perfilar se ven enmarcados en una forma, que como ya lo habíamos comentado, el poeta se esforzaba de tal manera en bruñir su obra que muy difícilmente se le pueda encontrar un punto de fisura en su escritura. Sin embargo, queda siempre un tipo de duda y más que duda se podría decir que se trata de una verdadera perplejidad entre sus críticos, y es el hecho ¡innovador!, por lo menos en las letras hispanoamericanas, de la composición de la obra de nuestro poeta, es decir, el hecho de que se presente un texto aparentemente prosado con todas las características del más cincelado de los sonetos y con la sensibilidad de la más apasionada lira. Es un hecho innegable, no obstante, que se trata de legítima poesía, pues tiene características y cuenta con recursos poéticos precisos que así lo confirman, pero también es una prosa, en todo caso exquisita, que lleva un lineamiento sintáctico y prosódico que lo acerca a las estructuras de los clásicos grecolatinos, cuestión que en el caso de este insigne cumanés es totalmente comprensible gracias a su abnegación al cultivo de las letras clásicas y a su vasta erudición; se presenta, pues, si se quiere, como un híbrido a los ojos de sus contemporáneos, que lo colocan como un caso excepcional en la poesía latinoamericana y que lo coloca como figura vanguardista de punta de lanza.
Sin embargo, este tipo de escritura ya venía aflorando en el seno del romanticismo y modernismo francés en figuras como Baudelaire que tenía como ejercicio literario el apunte prosado de sus “cohetes” o “destellos”, como él les denominaba, de sus poemas; una especie, pues, de esbozo literario que fundamentaron muchas de sus poesías, las cuales Baudelaire luego publicó bajo el nombre de Pequeños poemas en prosa, pero la diferencia entre éstos y La torre de Timón, El cielo de esmalte o Las formas del fuego es que fueron escritos deliberadamente en ese estilo tan particular que lo caracteriza, quizás se pueda creer, haciendo una ingenua inferencia, que Ramos Sucre condensó aquellos estilos remozados por el romanticismo y las estructuras poéticas y estructuras del simbolismo de Baudelaire o de Nerval, y las fusionó con su particularísima voz poética que le imprime ese tono tan único que es, sin duda alguna, el Yo existencial de nuestro poeta. Observemos otra opinión al respecto para que sirva de colofón a esta idea.
“En todo caso es evidente que Ramos Sucre no eligió la forma aparencialmente prosística porque careciera ‘del dominio de la rima’, como se ha pretendido, sino porque optó a conciencia por una forma que ya tenía historia (desde Baudelaire al menos) y que ni puede definirse como ‘poema en prosa’ ni como ‘cuento’, pues maneja recursos de ambos. Cuando los instrumentos lingüísticos y estilísticos que pone en funcionamiento Ramos Sucre se adecúan mejor al narrar, nos encontramos claramente en la órbita de un ‘cuento’, pero cuando voluntariamente los dificulta, rompe o escamotea, nos aproximamos al ‘poema en prosa’, sin abandonar por eso una cierta ilación narrativa que no es específica del cuento, sino, diríamos, del relato (del récit) en lo que a éste tiene de expresión indistinta de múltiples géneros, pues está en la poesía, aun en aquella más lírica y concentrada, en la novela, en el teatro, en las series de imágenes que componen un filme, en cualquier manifestación secuencial donde los distintos elementos componentes funcionan como eslabones que se articulan lógicamente entre sí para formar una cadena, ya sea de causa a efecto, ya sea meramente de antecedente a consecuente”.29
Toda esa concatenación de elementos se sucede y desarrolla en ese movimiento casi fílmico que Ángel Rama tan puntualmente ha señalado, a través de recursos literarios que lo hacen posible.
Para entrañar estas consideraciones literarias y la estructura poética de Ramos Sucre hay que discurrir en la prosodia que comprenden sus escritos, la cual no se ve como una mera acentuación rítmica lograda por estribillos, hemistiquios o cualquier otro recurso poético tradicional de trabamiento de rimas asonantes o consonantes, pues su prosodia no se encuentra en estos elementos sino en el ritmo que marca su escritura apodíctica, llena de aposiciones y calificativos exactos, todos estos recursos enmarcados en una secuencia de oraciones y párrafos cuasisimétricos delimitados con una puntuación determinante, estos elementos intensifican el ritmo de la prosa de manera que se acerca por su forma cuantitativa del tratamiento de las sílabas a la poesía rimada, y por otro lado, el uso de las aposiciones le confiere al texto ese tono reflexivo constante que tan acorde se presenta con el contenido. Además existe una relación sintáctica entre las oraciones dadas por repeticiones de formas verbales personales, igualmente guiadas por una secuencia, si no matemática, sí numérica; con escasas formas perifrásticas, recursos que le confieren al escrito ese sincretismo y condensación.
Otro de sus tratamientos es el uso de la primera y tercera persona, casi siempre del singular, que otorgan ese sentido de la introspección y de la expectación que son, esencialmente, las posturas del contemplativo y del hombre reflexivo de talante filosófico. Por otro lado, está el uso preferente de los tiempos en pretérito y con mayor frecuencia el pretérito imperfecto, el cual por su propio aspecto de prolongación del pasado, le da esa facultad al escrito de traer a la memoria un pasado eternizado en el presente, consiguiendo de esta forma la concepción que sustenta el pasado translingüístico o la reminiscencia, estos mismos efectos los consigue con el uso del presente histórico pero a diferencia de traer a colación el tiempo pretérito al presente, con éste el Yo poético se traslada hacia aquel pretérito u otrora, que equivale a la búsqueda de “paraíso perdido” del mismo, es decir, a la era mítica de la edad de la inocencia; asimismo, estos recursos encajan con el mundo onírico y fantástico expresado en su obra.
Así, pues, vemos a un escritor que escribe con la premura, con el aplomo, con la fuerza, con el desconcierto, con la serenidad de estar convencido de que él es el único testigo de una realidad que le es profundamente extraña y que él comprende atroz. La comprende atroz como sólo puede hacerlo quien se ve prisionero en las ergástulas del cuerpo; “σωμα σεμα εστι”, había dicho Platón, y Ramos Sucre quería abandonar esa tumba, morir y renacer a una nueva conciencia, y todo dictado por la Voz de esa alma misteriosa y profunda del Yo que alcanza a ver intuitivamente, borrosamente, como un sueño, o lúcida e incandescentemente, aquel pretérito que se asoma al presente como por un presagio y con el cual practica un rito que ignora, que nadie le transmitió pero que pertenece a épocas ancestrales. Su invención literaria es radical. Se empecina en subvertir las claves puestas en sus textos; sin embargo, todo posee significado, cada frase parece conducir a la realización de la fábula, a un maravilloso universo que surge desde las más abismales profundidades de su Ser, al mundo de un ensueño lírico proveniente de un único anhelo: la trascendencia; pero que tiene siempre su referente en el mundo real, en el mundo de la injusta acrimonia en contra de los débiles, un mundo aborrecible para el poeta abismado en su Yo, que se presenta sañudo y con mirada adusta, alejado de la muchedumbre, que se declara amante del “dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir al mundo abandonado al mal”. Sin embargo, como un hombre que interiormente abriga la esperanza de la superación del Ser a través del esplendor de la conciencia y por ende da un voto de confianza a la humanidad, pues reconoce la hermandad que conviene con el prójimo, comprende la humildad como penitente que es; se ve, pues, como un hombre sencillo que tiene la capacidad de decir: “tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad”; un hombre, pues, que escuchó el llamado de su corazón y sintió la amalgama del universo en su Ser, y que como deber de sagrado profeta debía comunicar a su familia el arcano de ese tesoro olvidado, compartido con todos pero imperceptible para los insensatos, así que se valía de su magia poética para comunicar, con pericia de alquimista, la enseñanza de los ancestros que viven en la conciencia del mundo.
Bibliografía
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Notas
1. Estos datos biográficos y sus diferentes ediciones fueron tomados a modo de suplemento informativo de la Fundación José Antonio Ramos Sucre.
2. I. M. Alfonzo en La búsqueda secreta de José Antonio Ramos Sucre, Venezuela, 1988, p. 17.
3. Le Rêve est une seconde vie. Je n’ai pu percer sans frémir ces portes d’ivoire ou de corne qui nous séparent du monde invisible. Les premiers instants du sommeil sont l’image de la mort;un engourdissement nébuleux saisit notre pensé, et nous ne pouvons déterminer l’instant précis où le moi, sous une autre forme, continue l’œuvre de l’existence. G. Nerval. Aurélia, París, 1963, Cap. I. p. 3 (traducción propia).
4. Pero no hay que dejar de tomar en consideración el título que R.S. le coloca al citado poema.
5. “El sueño es hermano de la muerte”.
6. O. Beigdeber. La simbología. Barcelona, 1971, p. 5.
7. R. Guillón. “Simbolismo y Modernismo”, en I. M. Alfonzo, 1988. p. 56.
8. Ídem.
9. M. Eliade. Imágenes y símbolos, Madrid, 1979, p. 12.
10. Á. Rama. El universo simbólico de José Antonio Ramos Sucre, Cumaná, 1967, p. 35.
11. Op. Cit., p. 8.
12. P. Ricoeur. Le conflit des interprétations. Essais d’herméneutique. París, 1969, pp. 283-284.
13. E. Cassirer. Antropología filosófica, México, D.F., pp. 47-49.
14. M. Gibson. El simbolismo. Alemania, 1997, p. 19.
15. “No hay otra verdad más cierta, más independiente ni que necesite menos pruebas que la de que todo lo que puede ser conocido, es decir, el universo entero, no es objeto más que para un sujeto, percepción del que percibe; en una palabra: representación”. A. SHOPENHAUER: El mundo como voluntad y representación, México, D.F., 1998 p. 19.
16. S. Kierkegaard. Tratado de la desesperación, Madrid, 1994, pp. 23-24.
17. Juan Eduardo Cirlot. Diccionario de símbolos. Ed. Siruela. 1997.
18. Para mayor comprensión del símbolo me voy a permitir citar a Cirlot al respecto: “El árbol representa, en el sentido más amplio, la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Como vida inagotable equivale a la inmortalidad”. Según Eliade, como ese concepto de ‘vida sin muerte’ se traduce antológicamente por ‘realidad absoluta’, el árbol deviene dicha realidad (centro del mundo). El simbolismo derivado de su forma vertical transforma ese centro en eje. Tratándose de una imagen verticalizante (...), se comprende su asimilación a la escalera y a la montaña, como símbolos de la relación más generalizada entre los ‘tres mundos’ (inferior, ctónico o infernal; central, terrestre o de la manifestación; superior, celeste). (...) Según Rabano Mauro, en Allegoriae in Sacram Scripturam, también simboliza la naturaleza humana (lo que, de otra parte, es obvio por la ecuación: macrocosmos-microcosmos)”. Idem cita 8, pág. 89.
19. Idem cita 8, pág. 351.
20. “Dice Berthelot que los profetas bíblicos (...) no cesaban de presentar su religión como la más pura de Israel. Esto confirma el valor específico del desierto como lugar propicio a la revelación divina (...). Ello es causa que, en cuanto paisaje en cierto modo negativo, el desierto es el ‘dominio de la abstracción’, que se halla fuera del campo vital y existencial, abierto sólo a la trascendencia”. Bis cita 8, pág. 170.
21. Según Armando Carranza los ladridos simbolizan tres formas de inquietudes; sin embargo, a efectos de este contexto sólo citaré las dos primeras: “La primera es alarma sobre peligros que acechan en lo personal a quien sueña o al terreno en que se desenvuelve. La segunda es manifestación de la parte animal (...), la sexualidad, el interés por las cosas de la vida material más placentera, ámbito de influencia del nahual. A. Carranza. “Comprender y usar los sueños”. Barcelona, 2002, p. 361.
22. Op. cit. 9, p. 150.
23. Op. cit. 13, p. 193.
24. Op. cit. 20, p. 285.
25. Op. cit. 2, p. 75.
26. “El cuerpo es una tumba”.
*Argimiro Torres.El Médico Poeta. Recopilador y analista
Es el indiscutido maestro vanguardista del poema en prosa -en Venezuela-
Tres son sus libros poéticos: La Torres de Timón (1925), El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929)
PRELUDIO
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.
EL FUGITIVO
Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incursados por la borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos a palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios. Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.
"La torre de Timón"
El poema comienza desde su título a señalar su sentido trascendental, pues se trata de un hombre que se pone en condición de fugitivo, lo que da a entender un escape desesperado de un ambiente opresor que no es otro que el mundo materialista y desenfrenado.
El fugitivo va con los pies adoloridos y por un terreno descampado, es decir, cansado de recorrer por las diferentes vías y medios que suponen la trascendencia y a merced de los errores que puedan tener, que es lo que viene a significar el terreno descampado y la “nevisca que mojaba el suelo negro”. Luego prosigue con una decepción producida, obviamente, por la escasez de respuestas espirituales que (en nuestro caso) se encuentran en la religión tradicional simbolizada por el “bosque de abedules” que se ven “incursados por la borrasca”, o sea, las discrepancias, oprobios y calamidades que recaen sobre ésta. Finalmente el fugitivo resuelve ocultarse en “un antro causado por el desarraigo de un árbol” que no es otro que el antro de su propia interioridad donde el árbol representa “la vida del cosmos”17 o su “naturaleza humana”18 donde, haciendo uso de la templanza manifiesta por la conciencia, se defiende de los impulsos instintivos que son el “aspecto peligroso del inconsciente” representados por el simbolismo del oso, “atributo de hombre cruel y primitivo”19 y espanta las dubitaciones que es lo que corresponde al murciélago.
El siguiente párrafo manifiesta la confusión y aturdimiento que produce acercarse a la “verdad reveladora”, es decir, a la convicción interna de la supremacía de la “voz de la conciencia” que deslumbra las verdades del Ser, las cuales, debido a su profundidad, pueden ocasionar “alucinaciones y pesadillas” que no tienen otra connotación que las luchas internas entre el Ser superior e inferior y la forma de superar tales tiranteces, no es otra que ser firmes en el camino de la superación y “escaparse más lejos”.
“Atravesar el lodazal” representa la superación del ego y todas las cosas que a él van vinculadas como las bajas pasiones, la gula, la envidia, la pedantería, la vanidad, la cólera, la soberbia, la avaricia; en fin, todos los vicios humanos. Después de la superación del ego, el iniciado se enfrenta “a un segundo desierto”,20 el cual representa el terreno de la espiritualidad y todo lo que implica mantenerse en ese estado de beatitud, que se confirma con las líneas siguientes: “Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado” y “Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío”; el primero se refiere a la actitud modesta que debe adoptar quien ha arribado a ese punto cuidándose de no “ser alcanzado” por los hostigamientos del ego; en cuanto al segundo párrafo el sentido es claro: las diversas pruebas y trabajos que debe soportar el iniciado para mantener la templanza y su condición de santidad. “Los verdugos metódicos” vienen a simbolizar todas aquellas personas de malas influencias que, con diferentes ardides, arrastran al camino del vicio y la corrupción, los cuales están alentados por un espíritu maligno simbolizado por los “perros negros” y “sus ojos de fuego y ladrido feroz” representan, por un lado, la destrucción de la espiritualidad cognado con el simbolismo del ojo y el fuego y, por otro lado, el peligro y la asechanza, los instintos y los placeres mundanos.21
“Los jinetes” aluden a los “mandaderos de los verdugos metódicos” que ya mencionamos; pero se menciona un particular bastante interesante: la contraposición de dos símbolos encontrados, “el penacho”, que en correspondencia con el símbolo de la corona, la cual según Cirlot toma su sentido esencial de la cabeza vista como emblema y conlleva la idea de la superación puesto que ésta está más arriba de la cabeza, en el “plano celeste”, y en un sentido más amplio el logro de una empresa;22 y “el hopo de una ardita” que Ramos Sucre le imprime un toque de ironía al coronarlos con un gorro hecho de un material tan burdo y que alude, como símbolo, “a conceptos infantiles subconscientes relacionados con el cumplimiento del deber desde una perspectiva de inseguridad”23 lo que equivale a la insensatez, a la negligencia y por ende el fracaso en la senda espiritual, quedando así por completo eliminada la marca positiva que entraña el símbolo anterior.
Luego, finalmente, se sigue el campo semántico de la coronación, es decir, el triunfo pero esta vez del penitente que ya superando todos los obstáculos puede percibir su puerto seguro hacia el refugio de la interioridad desarrollada por el espíritu; es decir, surge ese dios interior de la iluminación de la conciencia, el esplendor del Yo: “Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo”, “corrí a agazaparme a los pies de mi dios”; hasta llegar al estado supremo o trascendencia total hacia lo superior, que te coloca en un plano análogo a la divinidad, lo que en las culturas orientales representa el nirvana o evanescencia de los sentidos en el corazón del mundo: “Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura”. Que se traduce en la subordinación del ego, el “Yo inferior” a la conciencia superior y la correspondencia o complacencia con la divinidad.
Así, pues, de esta interpretación se desprenden factores que dan a entender una susceptibilidad de parte del protagonista, que no es otro que el eco de la psiquis profunda del autor, una búsqueda hacia la elevación y por tanto hacia un refugio del Ser de las amenazas y peligros que lo circundan, así viene a confirmar la segunda tesis que proponíamos, es decir, Ramos Sucre como hombre que trata de hallar su propio Yo, un hombre que huye de las tinieblas del espíritu hacia la elevación de la conciencia; siendo de este modo, vemos al personaje alcanzar su objetivo y complacerse en ello; vemos, pues, el triunfo de la luz sobre las tinieblas.
Sin embargo, con miras a conseguir las trazas de la primera tesis, es decir, determinar en qué medida Ramos Sucre se acerca al “desesperado que no quiere ser él mismo” observemos otro poema donde el desenlace es inverso al anterior.
LA CUITA
La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz jovial, timbrada para el canto de una fiesta de primavera.
Yo escucho las violas y flautas de los juglares en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en la noche encantada, sobre el golfo argentado.
El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de proscrito.
La niña asiente a una señal maligna del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés. Los juglares celebran, con una música vehemente, la fuga de los enamorados.
"La torre de Timón"
Comencemos por destacar que los títulos de la poesía de Ramos Sucre funcionan efectivamente como texto macro de los poemas que contienen; es decir, funcionan como primeros comentarios del discurso que comienza con la voz de la persona poética. En este caso el título alude dentro de su campo semántico al dolor del poeta que yace entre líneas, transparentado en el poema y que canta su congoja por medio de su narración, y esta vez se vale del simbolismo de la virgen o la doncella, que viene a significar la “representación del alma y del ideal”24 encarnada en “la adolescente” que “viste de seda blanca”, la indumentaria no en vano se trata de un material tan terso y suave como la seda que alude a la sensualidad, a la vanidad característica de esa etapa de la vida, asimismo el color, que representa la pureza y la luz y en este contexto termina significando el estado de la inocencia; así, pues, la adolescente entraña esa condición de fragilidad, de la posibilidad de ser corrompida por el vicio.
Más adelante se sigue describiendo el avance de la senda de la espiritualidad transitado por el alma en estado inmaculado, la cual se proyecta como imagen prístina de aquella edad de oro que comentábamos más arriba sobre la ruptura del tiempo y el mundo transhistórico de Eliade, esto se presenta en el párrafo: “Observa, al caminar, la reminiscencia de una armonía intuitiva”; luego señala que tal reminiscencia es ciertamente la clave para el desarrollo del alma; es, pues, la guía, la voz de la conciencia que indica el camino recto hacia la felicidad espiritual; “se expresa con voz jovial, timbrada para el canto de una fiesta de primavera”.
A este punto se salta del personaje lírico al personaje que entraña la psiquis del autor, es decir, el Yo que aquí se infiltra como un personaje-narrador: “Yo escucho las violas y las flautas de los juglares en la sala antigua”, donde los instrumentos musicales equivalen a un sesgo a la conciencia, una interrupción a su serenidad, es decir, comprenden simplemente una distracción que luego se reafirma con “los sones de la música vuelan a zozobrar en la noche encantada, sobre el golfo argentado”. Ahora bien, el simbolismo de los juglares adquiere una importancia crucial, pues, como representación de la actividad originaria en el hombre a su poder creativo, y por ende alude a su capacidad de procreación, viene dado como el elemento que promueve la exaltación de la psiquis, y como a los cambios internos se corresponden los externos, también simboliza el llamado de la sensualidad y el despertar de los instintos que son en realidad nuestros primeros indicios biológicos de la vida o actividad primaria; “la sala antigua” es así otro símbolo de la estancia espiritual y de la pureza en su estado original e incorrupto.
El siguiente párrafo inserta otro personaje, “el aventurero de la cota roja y de las trusas pardas”; en primera instancia se refiere a la personificación de los juglares, aparece ceñido de una cota roja, es decir de una armadura embadurnada del rojo de los impulsos pasionales, símbolo similar entraña la otra prenda; luego se puntualiza: “arma asechanzas contra la doncella”, lo que confirma el sentido que le hemos venido connotando de elemento desestabilizador, luego se asoma de nuevo el Yo psíquico del poeta reafirmándolo: “acerbando mis dolores de proscrito”, y el cual se define como condenado por la debilidad de ceder ante la tentación que se le presenta, o sea, los bajos instintos; por esto mismo dirá luego: “la niña asiente a una señal maligna del seductor”. Entonces comienzan los elementos perturbadores de la pureza, el Yo se ve invadido por las asechanzas de la vida mundana que lo apartan del objetivo que se ha trazado, la meta de la superación: “personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés”.
El párrafo que culmina el poema señala el triunfo de los sentidos sobre la templanza. “Los juglares celebran, con una música vehemente, la fuga de los enamorados”.
Así vemos que, a juzgar por estos dos análisis, la balanza entre los dos tipos de angustia descrita por Kierkegaard se mantiene en equilibrio, ya que se comprende una angustia precipitada hacia el existir, ya sea que triunfe la templanza o el vicio; lo que se marca incisivamente es la búsqueda de la liberación plena de la conciencia humana, pues su angustia se refiere a la condición esencialmente humana, es decir, al pleno existir, y es por esto que el Yo psíquico o poético, así como lo llama Ilis M. Alfonzo, tiene una condición universal que toca la fibra del hombre como Ser ontológico:
“(...) el Yo poético de Ramos Sucre es un signo móvil que sólo puede ser aprehendido en la instancia del discurso creativo que lo contiene, visto éste como parte integrante de un universo más amplio. Es decir, ese Yo constituye una categoría psíquica que trasciende la individualidad del poeta y se convierte en espejo de una conciencia humana de carácter colectivo, asumida por el emisor a través de su discurso y desde la perspectiva de su espacio interior”.25
Así, pues, el acto poético pasa a ser una vía de liberación transitoria o un subterfugio para huir de la aparatosa “ciudad enemiga” del alma, también es el trampolín hacia el mundo del ensueño, de la fantasía; en fin, es el refugio espiritual de un alma compungida por las embestiduras de la vida en cuanto a su faceta externa, pero además también en cuanto a la carga de las cadenas del mero existir, a la prisión del Ser y su consecuente angustia de estar aprisionado en una cárcel de carne y hueso, que por la debilidad de la condición humana en relación con los diversos factores contaminantes a los que está expuesto el Yo, no le permite escalar hacia la cumbre, hacia la elevación de sí mismo; por esto es frecuente en la obra de nuestro autor la llamada incesante al valor de la voluntad ante la impericia, el vicio y los instintos pasionales; de allí que en sus poemas aparezca siempre ese ascetismo pronunciado en sus personajes que encarna el Yo de la humanidad del poeta, el cual se ramifica en una multiplicidad de caracteres y símbolos, pues la característica de estos últimos es precisamente su pluralidad, la apertura del universo sincretizado en el mundo literario de la poética de Ramos Sucre.
Pasemos ahora a revisar de manera sucinta otros rasgos presentes que no dejan de ser importantes a la hora de considerar su contenido.
La melancolía viene a ser una constante en la obra de este insigne poeta, y es que la melancolía encierra en sí misma un estado de frustración y a la vez de nostalgia; la nostalgia, en este caso, de la reminiscencia de aquella época dorada en alianza con la divinidad; claro está, este fenómeno se produce siempre en el marco de la interioridad y de los sentidos de manera inconsciente, o aflora por lo menos de manera fortuita a la conciencia, o en palabras del mismo poeta como “reminiscencia de una armonía intuitiva”, o quizá la melancolía está más bien asociada a la subordinación del ánimo del hombre, único animal consciente de su extinción, quizá sea más bien ese fervor humano por sobrepasar los límites de su propia humanidad, de conseguir la liberación de la tumba de los sentidos como ya lo anunciaba el pensamiento platónico: “σωμα σεμα εστι”,26 y del que también se nutrieron los estoicos. Es en este sentido que Eloy Valero concibe la estética de Ramos Sucre dentro de lo saturneano:
“Saturno ha descendido hasta nosotros como una idea a la manera platónica: una entidad que posee cierta plasticidad y función (...). Tan antigua como la civilización misma, es esta idea de la melancolía. Idea que nos identifica un temperamento y revela una paradoja: reflexionamos sobre nuestra existencia precisamente porque la sabemos finita, sólo podemos apreciarla contra el horizonte de la muerte. Nos inclinamos meditativos sobre un misterio que por una parte nos supera y por la otra nos niega: de la presencia plena del ser a la ausencia muda de la muerte. Quizás sea por esta razón, entre otras, que se le atribuya a Saturno el ser mensajero de una edad arcádica y feliz previa a la hecatombe primigenia de la que surgió el mundo”.27
Pero antes de la muerte se encuentra la agonía, el dolor que se traduce como la lucha interna entre el mundo espiritual y el mundo de los sentidos; es, pues, la agonía de un hombre que se debate entre las dos lanzas en ristre de los lados opuestos de su Yo, así como la dualidad del mundo que no deja de sumir el espíritu al duro juicio del libre albedrío, a la cuerda floja del existir que no es otra que la duda, la hesitación del camino a seguir; es, pues, la agonía de batirse en cierto tipo de infierno maniqueísta de donde sólo se logra escapar por medio del afianzamiento de la voluntad hacia la templanza del ánimo en ese trabajo de anacoreta que se resigna a su padecer con tal de arribar a su objetivo. Buena parte de este sentido lo encontramos en poemas como: “Entonces”, “Cansancio”, “La tribulación del novicio”, “La cuita”, “El solterón” y, entre otros tantos, “Elogio a la soledad”, que a propósito trae a colación el sentido de ésta en el acervo poético de Ramos Sucre que no es otro que el del asilo, la guarnición del espíritu, el desierto propicio para la revelación divina, donde los “santos que renegaron del mundo (...) tuvieron escala de perfección y puerto de ventura”.
Así, pues, si la soledad es el asilo mágico para aquellos espíritus sensibles al suburbio, “al signo molesto de la realidad” y al desenfrenado materialismo, alegando que “siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso”. Entonces la muerte pasa a ser el alivio de todos los sufrimientos padecidos en el ejercicio ascético y en la soledad, pues la muerte en la poética de Ramos Sucre va asimilada a la liberación del espíritu más que a la fatalidad que pueda comportar el hecho de la muerte; así lo corrobora Ilis Alfonzo con lo siguiente:
“Sólo enfocada desde una perspectiva simbólica se podrá comprender la vivencia de la muerte confrontada por el sujeto lírico del poema, pues únicamente entendida la muerte como rito de tránsito de un estado del ser puede el Yo contar dicha experiencia; es decir, rememorar una metamorfosis de orden espiritual. Toda transformación implica el fin de algo existente y para alcanzar un nuevo estado de vida es preciso morir (...)”.28
Tal es pues el sentido de la muerte, y en general todos los rasgos que hemos señalado acaban convergiendo en un solo punto: la trascendencia. Y ésta se ve abordada desde la perspectiva de los símbolos que subraya el carácter psicológico del poeta en su comprensión de la vida como un tramo existencial donde se deben afrontar las penas y dolores que provoca dicha existencia para así resurgir a una nueva conciencia; asimila, por tanto, las viejas concepciones religiosas de la antigüedad en cuanto a la trascendencia de un nuevo mundo, una vez conquistadas las pruebas que impone éste; así, pues, se entiende el camino misterioso que se vislumbra en ese Yo poético de su obra, que no es más que el Yo herido y sublimado por la balanza del bien y del mal, camino que sólo se comprende como la guía que lleva hacia ese estado de la sublimación y la muerte es precisamente la liberadora, “la blanca Beatriz” que lo llevará de la mano hacia ese mundo del esplendor espiritual, es la muerte el constante símbolo que subyace en su poesía bajo diferentes aspectos y personalidades que lo ayudará a encontrarse con su Ser verdadero, al igual que todos los personajes forman parte de ese universo trascendental que, magistralmente, Ramos Sucre ha sabido inmortalizar en su obra.
Hasta este punto hemos tratado el contenido de la obra, pero todos estos elementos que acabamos de perfilar se ven enmarcados en una forma, que como ya lo habíamos comentado, el poeta se esforzaba de tal manera en bruñir su obra que muy difícilmente se le pueda encontrar un punto de fisura en su escritura. Sin embargo, queda siempre un tipo de duda y más que duda se podría decir que se trata de una verdadera perplejidad entre sus críticos, y es el hecho ¡innovador!, por lo menos en las letras hispanoamericanas, de la composición de la obra de nuestro poeta, es decir, el hecho de que se presente un texto aparentemente prosado con todas las características del más cincelado de los sonetos y con la sensibilidad de la más apasionada lira. Es un hecho innegable, no obstante, que se trata de legítima poesía, pues tiene características y cuenta con recursos poéticos precisos que así lo confirman, pero también es una prosa, en todo caso exquisita, que lleva un lineamiento sintáctico y prosódico que lo acerca a las estructuras de los clásicos grecolatinos, cuestión que en el caso de este insigne cumanés es totalmente comprensible gracias a su abnegación al cultivo de las letras clásicas y a su vasta erudición; se presenta, pues, si se quiere, como un híbrido a los ojos de sus contemporáneos, que lo colocan como un caso excepcional en la poesía latinoamericana y que lo coloca como figura vanguardista de punta de lanza.
Sin embargo, este tipo de escritura ya venía aflorando en el seno del romanticismo y modernismo francés en figuras como Baudelaire que tenía como ejercicio literario el apunte prosado de sus “cohetes” o “destellos”, como él les denominaba, de sus poemas; una especie, pues, de esbozo literario que fundamentaron muchas de sus poesías, las cuales Baudelaire luego publicó bajo el nombre de Pequeños poemas en prosa, pero la diferencia entre éstos y La torre de Timón, El cielo de esmalte o Las formas del fuego es que fueron escritos deliberadamente en ese estilo tan particular que lo caracteriza, quizás se pueda creer, haciendo una ingenua inferencia, que Ramos Sucre condensó aquellos estilos remozados por el romanticismo y las estructuras poéticas y estructuras del simbolismo de Baudelaire o de Nerval, y las fusionó con su particularísima voz poética que le imprime ese tono tan único que es, sin duda alguna, el Yo existencial de nuestro poeta. Observemos otra opinión al respecto para que sirva de colofón a esta idea.
“En todo caso es evidente que Ramos Sucre no eligió la forma aparencialmente prosística porque careciera ‘del dominio de la rima’, como se ha pretendido, sino porque optó a conciencia por una forma que ya tenía historia (desde Baudelaire al menos) y que ni puede definirse como ‘poema en prosa’ ni como ‘cuento’, pues maneja recursos de ambos. Cuando los instrumentos lingüísticos y estilísticos que pone en funcionamiento Ramos Sucre se adecúan mejor al narrar, nos encontramos claramente en la órbita de un ‘cuento’, pero cuando voluntariamente los dificulta, rompe o escamotea, nos aproximamos al ‘poema en prosa’, sin abandonar por eso una cierta ilación narrativa que no es específica del cuento, sino, diríamos, del relato (del récit) en lo que a éste tiene de expresión indistinta de múltiples géneros, pues está en la poesía, aun en aquella más lírica y concentrada, en la novela, en el teatro, en las series de imágenes que componen un filme, en cualquier manifestación secuencial donde los distintos elementos componentes funcionan como eslabones que se articulan lógicamente entre sí para formar una cadena, ya sea de causa a efecto, ya sea meramente de antecedente a consecuente”.29
Toda esa concatenación de elementos se sucede y desarrolla en ese movimiento casi fílmico que Ángel Rama tan puntualmente ha señalado, a través de recursos literarios que lo hacen posible.
Para entrañar estas consideraciones literarias y la estructura poética de Ramos Sucre hay que discurrir en la prosodia que comprenden sus escritos, la cual no se ve como una mera acentuación rítmica lograda por estribillos, hemistiquios o cualquier otro recurso poético tradicional de trabamiento de rimas asonantes o consonantes, pues su prosodia no se encuentra en estos elementos sino en el ritmo que marca su escritura apodíctica, llena de aposiciones y calificativos exactos, todos estos recursos enmarcados en una secuencia de oraciones y párrafos cuasisimétricos delimitados con una puntuación determinante, estos elementos intensifican el ritmo de la prosa de manera que se acerca por su forma cuantitativa del tratamiento de las sílabas a la poesía rimada, y por otro lado, el uso de las aposiciones le confiere al texto ese tono reflexivo constante que tan acorde se presenta con el contenido. Además existe una relación sintáctica entre las oraciones dadas por repeticiones de formas verbales personales, igualmente guiadas por una secuencia, si no matemática, sí numérica; con escasas formas perifrásticas, recursos que le confieren al escrito ese sincretismo y condensación.
Otro de sus tratamientos es el uso de la primera y tercera persona, casi siempre del singular, que otorgan ese sentido de la introspección y de la expectación que son, esencialmente, las posturas del contemplativo y del hombre reflexivo de talante filosófico. Por otro lado, está el uso preferente de los tiempos en pretérito y con mayor frecuencia el pretérito imperfecto, el cual por su propio aspecto de prolongación del pasado, le da esa facultad al escrito de traer a la memoria un pasado eternizado en el presente, consiguiendo de esta forma la concepción que sustenta el pasado translingüístico o la reminiscencia, estos mismos efectos los consigue con el uso del presente histórico pero a diferencia de traer a colación el tiempo pretérito al presente, con éste el Yo poético se traslada hacia aquel pretérito u otrora, que equivale a la búsqueda de “paraíso perdido” del mismo, es decir, a la era mítica de la edad de la inocencia; asimismo, estos recursos encajan con el mundo onírico y fantástico expresado en su obra.
Así, pues, vemos a un escritor que escribe con la premura, con el aplomo, con la fuerza, con el desconcierto, con la serenidad de estar convencido de que él es el único testigo de una realidad que le es profundamente extraña y que él comprende atroz. La comprende atroz como sólo puede hacerlo quien se ve prisionero en las ergástulas del cuerpo; “σωμα σεμα εστι”, había dicho Platón, y Ramos Sucre quería abandonar esa tumba, morir y renacer a una nueva conciencia, y todo dictado por la Voz de esa alma misteriosa y profunda del Yo que alcanza a ver intuitivamente, borrosamente, como un sueño, o lúcida e incandescentemente, aquel pretérito que se asoma al presente como por un presagio y con el cual practica un rito que ignora, que nadie le transmitió pero que pertenece a épocas ancestrales. Su invención literaria es radical. Se empecina en subvertir las claves puestas en sus textos; sin embargo, todo posee significado, cada frase parece conducir a la realización de la fábula, a un maravilloso universo que surge desde las más abismales profundidades de su Ser, al mundo de un ensueño lírico proveniente de un único anhelo: la trascendencia; pero que tiene siempre su referente en el mundo real, en el mundo de la injusta acrimonia en contra de los débiles, un mundo aborrecible para el poeta abismado en su Yo, que se presenta sañudo y con mirada adusta, alejado de la muchedumbre, que se declara amante del “dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir al mundo abandonado al mal”. Sin embargo, como un hombre que interiormente abriga la esperanza de la superación del Ser a través del esplendor de la conciencia y por ende da un voto de confianza a la humanidad, pues reconoce la hermandad que conviene con el prójimo, comprende la humildad como penitente que es; se ve, pues, como un hombre sencillo que tiene la capacidad de decir: “tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad”; un hombre, pues, que escuchó el llamado de su corazón y sintió la amalgama del universo en su Ser, y que como deber de sagrado profeta debía comunicar a su familia el arcano de ese tesoro olvidado, compartido con todos pero imperceptible para los insensatos, así que se valía de su magia poética para comunicar, con pericia de alquimista, la enseñanza de los ancestros que viven en la conciencia del mundo.
Bibliografía
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Notas
1. Estos datos biográficos y sus diferentes ediciones fueron tomados a modo de suplemento informativo de la Fundación José Antonio Ramos Sucre.
2. I. M. Alfonzo en La búsqueda secreta de José Antonio Ramos Sucre, Venezuela, 1988, p. 17.
3. Le Rêve est une seconde vie. Je n’ai pu percer sans frémir ces portes d’ivoire ou de corne qui nous séparent du monde invisible. Les premiers instants du sommeil sont l’image de la mort;un engourdissement nébuleux saisit notre pensé, et nous ne pouvons déterminer l’instant précis où le moi, sous une autre forme, continue l’œuvre de l’existence. G. Nerval. Aurélia, París, 1963, Cap. I. p. 3 (traducción propia).
4. Pero no hay que dejar de tomar en consideración el título que R.S. le coloca al citado poema.
5. “El sueño es hermano de la muerte”.
6. O. Beigdeber. La simbología. Barcelona, 1971, p. 5.
7. R. Guillón. “Simbolismo y Modernismo”, en I. M. Alfonzo, 1988. p. 56.
8. Ídem.
9. M. Eliade. Imágenes y símbolos, Madrid, 1979, p. 12.
10. Á. Rama. El universo simbólico de José Antonio Ramos Sucre, Cumaná, 1967, p. 35.
11. Op. Cit., p. 8.
12. P. Ricoeur. Le conflit des interprétations. Essais d’herméneutique. París, 1969, pp. 283-284.
13. E. Cassirer. Antropología filosófica, México, D.F., pp. 47-49.
14. M. Gibson. El simbolismo. Alemania, 1997, p. 19.
15. “No hay otra verdad más cierta, más independiente ni que necesite menos pruebas que la de que todo lo que puede ser conocido, es decir, el universo entero, no es objeto más que para un sujeto, percepción del que percibe; en una palabra: representación”. A. SHOPENHAUER: El mundo como voluntad y representación, México, D.F., 1998 p. 19.
16. S. Kierkegaard. Tratado de la desesperación, Madrid, 1994, pp. 23-24.
17. Juan Eduardo Cirlot. Diccionario de símbolos. Ed. Siruela. 1997.
18. Para mayor comprensión del símbolo me voy a permitir citar a Cirlot al respecto: “El árbol representa, en el sentido más amplio, la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Como vida inagotable equivale a la inmortalidad”. Según Eliade, como ese concepto de ‘vida sin muerte’ se traduce antológicamente por ‘realidad absoluta’, el árbol deviene dicha realidad (centro del mundo). El simbolismo derivado de su forma vertical transforma ese centro en eje. Tratándose de una imagen verticalizante (...), se comprende su asimilación a la escalera y a la montaña, como símbolos de la relación más generalizada entre los ‘tres mundos’ (inferior, ctónico o infernal; central, terrestre o de la manifestación; superior, celeste). (...) Según Rabano Mauro, en Allegoriae in Sacram Scripturam, también simboliza la naturaleza humana (lo que, de otra parte, es obvio por la ecuación: macrocosmos-microcosmos)”. Idem cita 8, pág. 89.
19. Idem cita 8, pág. 351.
20. “Dice Berthelot que los profetas bíblicos (...) no cesaban de presentar su religión como la más pura de Israel. Esto confirma el valor específico del desierto como lugar propicio a la revelación divina (...). Ello es causa que, en cuanto paisaje en cierto modo negativo, el desierto es el ‘dominio de la abstracción’, que se halla fuera del campo vital y existencial, abierto sólo a la trascendencia”. Bis cita 8, pág. 170.
21. Según Armando Carranza los ladridos simbolizan tres formas de inquietudes; sin embargo, a efectos de este contexto sólo citaré las dos primeras: “La primera es alarma sobre peligros que acechan en lo personal a quien sueña o al terreno en que se desenvuelve. La segunda es manifestación de la parte animal (...), la sexualidad, el interés por las cosas de la vida material más placentera, ámbito de influencia del nahual. A. Carranza. “Comprender y usar los sueños”. Barcelona, 2002, p. 361.
22. Op. cit. 9, p. 150.
23. Op. cit. 13, p. 193.
24. Op. cit. 20, p. 285.
25. Op. cit. 2, p. 75.
26. “El cuerpo es una tumba”.
*Argimiro Torres.El Médico Poeta. Recopilador y analista
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miércoles, 7 de julio de 2010
SILVA CRIOLLA / FRANCISCO LAZO MARTÍ (1864-1909)
EFEMERIDES VENEZOLANAS*
Recopilación e introdución: Argemiro Torres**
Introducción
Es su poema de mayor extensión, y el más cuidadosamente elaborado. Alcanzó a darle una forma en la que ya nada es susceptible de cambio. En esta silva, Lazo conjuga algunos rasgos de su vida sentimental y del mundo interior de sus dudas y valores ético-políticos. Están, así mismo, los testimonios de su exacto conocimiento del paisaje y las costumbres llaneras; la evocación de la primera esposa, fallecida prematuramente. Y sirviéndose de imágenes de la tierra, aparecen algunas de sus inquietudes espirituales relacionadas con el misterio de la vida y de la muerte.
Esta variedad en los temas recuerda la técnica de los murales, la estructura de la suite. Cada uno de los once cantos que forman la silva, sin excepción, es autónomo puede leerse con independencia de los restantes. Sin embargo, se trata de un poema único, de armoniosa y unificada estructura formal y temática.
A mi juicio, la Silva criolla contiene cinco grandes conjuntos temáticos:
1. Ideario social, ético y político.
2. El paisaje llanero.
3. El hombre del llano y sus faenas.
4. La melancolía.
5. La duda metafísica.
COMENTARIO SOBRE LA SILVA CRIOLLA
Ideario social, ético y político
La Silva criolla fue dedicada por Lazo Martí A un bardo amigo. A este poeta que vive en la ciudad, Lazo lo insta para que regrese a los llanos, esgrimiendo varios argumentos a favor de su petición: la nostalgia a que está quien se ausenta de su tierra natal, el peligro de verse humillado ante los poderosos, la ciudad corruptora, el decoro personal vendido al mejor postor. Es decir, una concepción ética de la vida.
En la "Invitación" salta a la vista la paráfrasis de un tema clásico, como es el contraste entre la ciudad corruptora y el campo bienhechor, elaborado ya por Bello en La agricultura de la zona tórrida. Dentro del tema tradicional que se remonta a Horacio, hay elementos nuevos que emanan de la época y de las circunstancias de Lazo Martí, como es la simbolización en las cumbres, en los picos abruptos, en la nieve que baja a entumecer las almas, del régimen de Cipriano Castro, combatido por Lazo Martí. En efecto, la Caracas que ahí aparece sin nombrarse, corresponde a la de los tiempos de Castro, tenido como uno de los gobernantes más corrompidos. Es una urbe carcomida por la adulancia, por el oportunismo en política y por una inversión de valores, tal como la retrató por la misma época, Manuel Díaz Rodríguez en su novela Idolos rotos (1901).
A semejanza de Bello, Lazo Martí no predica el regreso al campo para que su amigo venga a solazarse en la paz y en la belleza del paisaje. Antes, por el contrario, le señala aquellas motivaciones que lo obligan no sólo a volver, sino a desempeñar tareas sociales encaminadas a redimir a los humildes, arruinados y aun asesinados por la guerra, los caudillos políticos y las enfermedades.
La Invitación y el canto, contienen el mensaje doctrinario de la silva. Se trata, en su valor didáctico, de una de las características del poema neoclásico, heredada por el Romanticismo social, y, salvo en casos excepcionales, dejada de lado por los modernistas. El Criollismo literario, en cambio, como lo hemos apreciado en Urbaneja Achelpohl, no descartó la crítica social resultante de una toma de conciencia del escritor con la problemática del hombre en su medio y en su tiempo.
El paisaje llanero
Pocos poetas venezolanos han captado y expresado el paisaje con la hondura y complejidad de Lazo Martí. Sabemos que nació en las llanuras venezolanas, y que las recorrió a pie y a caballo en incontables ocasiones, y en todas las circunstancias estacionales. En los meses de plena floración. Bajo los soles del verano que todo, lo propician para el trágico incendio. En los tiempos lluviosos, cuando los ríos se desbordan y la muerte emana del agua. Las contempló a la luz del amanecer, al mediodía, en el ocaso, en la inmensa noche sabanera. Estuvo entre sus matorrales, entre sus arbustos, bajo sus árboles. Miró sus garzas, sus gavilanes, sus tenues mariposas, sus venados. Escuch6 el canto veraniego de las chicharras, el oscuro rumor de las colmenas, el bramido del padrote, y el mugir de las vacadas. Con tan ricas y variadas imágenes polisensoriales, Lazo Martí hizo cuanto un poeta podía hacer con aquella materia prima, en lo que se refiere a su tratamiento jerárquico en tres planos o niveles estéticos: el nivel de las imágenes, el nivel de las metáforas y el nivel de los símbolos.
El nivel de las Imágenes
Es el más sencillo y elemental, ya que se limita a una descripción objetiva del paisaje, circunscrita a reproducir del modo más fiel la realidad que el poeta ha captado a través de sus sentidos. Es pintar fidedignamente con palabras, y nada más. En Lazo encontramos pocos ejemplos de este nivel. Uno que podría servirnos, no sin salvedades, es cuando enumera y describe algunas de las flores y frutos del llano:
Tras la menuda flor cuaja el uvero
su gajo tempranero;
sus nacarados frutos en el limo
el punzador curujujul engendra;
la maya erige colosal racimo
y desprende el merey sabrosa almendra....
En esta enumeración, el uvero es el uvero y el merey es el merey. Las palabras se corresponden directamente con la imagen que expresan. Estamos a nivel de un lenguaje predominantemente denotativo. Pero las palabras -ya lo sabemos- pueden metaforizarse y adquirir un doble o múltiple sentido artístico, por la confluencia, dentro de un mismo vocablo, de dos o más imágenes o conceptos asociados por el poeta. Esto nos conduce a un segundo plano, de elaboración metafórica.
El plano metafórico
Se trata de un procedimiento estético en el que las imágenes dejan de ser representaciones del mundo objetivo, para connotar la visión que el poeta tiene de ese mundo. Cuando la descripción no es puramente objetiva, debemos aceptar que se ha iniciado un proceso de interiorización del paisaje, puesto que el poeta ya no intenta expresarle tal como es, sino tal como lo ve y lo siente.
Agobiado por el recuerdo de su esposa muerta, y paseando a solas por los mismos lugares que visitara junto con ella, Lazo Martí ve la llanura ya no simplemente como la llanura es en las horas crepusculares, sino que nos brinda una descripción interiorizada donde las imágenes, siguiendo las técnicas del símil y la metáfora, producen la doble visión del llano crepuscular (imágenes sugerentes) y de una inmensa cámara mortuoria y un cementerio (imágenes sugeridas):
Como en aquellos días
del venturoso tiempo ya lejano,
en pos de mis pasadas alegrías,
vuelvo a tender la vista sobre el llano.
Caído en la remota lontananza,
sin su manto de gloria,
el moribundo sol parece un cirio
que alumbrase honda cámara mortuorio.
El viento, sin rumor, apenas riza
la silente laguna en cuyo espejo
invisible dolor vertió ceniza;
y con vuelo despacio,
de la tarde a los pálidos reflejos,
las garzas que se irán, que se irán lejos, pueblan de cruces blancas el espacio.
Ya se habrá captado las diferencias entre este fragmento y el anterior. Por una parte, hay cinco imágenes básicas tomadas del atardecer llanero: el sol en el ocaso, el ámbito celeste, el viento silencioso, una laguna de aguas grisáceas y un bando de garzas en vuelo. Pero hay, además, una serie de imágenes que no están en el llano, que proceden del mundo interior del poeta, y que se conjugan, armonizan o corresponden con la naturaleza crepuscular: sol-cirio moribundo, ámbito-cámara mortuoria, viento-silencio, laguna gris-ceniza, garzas-cruces blancas. No se trata de una descripción puramente objetiva, sino de una elaboración metafórica, catalizada por el recuerdo de alguien que se ausentó para siempre. Este dolor sugerido está dentro del poeta, le es propio e instransferible. ¿No existirán otros elementos que también alberga el poeta, pero que no le pertenecen en exclusividad y pueden ser transferibles?
El plano de los símbolos
Es el más profundo de los tres niveles. Se produce cuando Lazo Martí emplea imágenes de la naturaleza llanera para simbolizar inquietudes metafísicas que en modo alguno le pertenecen exclusivamente. No se trata, por ejemplo de su particular dolor, sino de sus preocupaciones en torno a problemas que han llamado la atención del hombre de todos los tiempos y lugares. Tal ocurre con la incógnita de la vida y de la muerte. Tal, con la esperanza subyacente en toda conciencia de que una luz, por pequeña que sea, alumbre racionalmente el reino de lo desconocido. Por tanto, si la metáfora conlleva algo personal, el símbolo apunta hacia algo extra-personal. Si la metáfora es una visión estética de un tema particular, el símbolo es la visión estética de un tema general y en gran medida, eterno y abstracto. Veamos un ejemplo. En la noche llanera, después de oír el canto inquietante de unos alcaravanes, Lazo Martí sale a la intemperie, y contempla un paisaje nocturno, desdibujado, que fue siempre para él tema de meditación. Pero, ¿qué ven los ojos del poeta?
Del camino a la vera
fingen los alineados matorrales
muda legión de sombras espectrales
en momentos de espera.
Alada flor de broche diamantino,
errante flor de fulgida hermosura,
flor de luz, el cocuyo peregrino,
irradia la espesura.
Y náufrago en la noche sin ribera,
mi espíritu se abstrae
pensando que de un mar desconocido
el llano es una ola que ha caído,
el cielo es una ola que no cae.
Observemos bien, a propósito del cocuyo, los tres planos. El de la imagen objetiva del cocuyo que irradia en la espesura. El de la metáfora que lo convierte en una alada flor de broche diamantino y fulgida hermosura. El del símbolo de una pequeña luz errátil, luz-misterio que se mueve entre las sombras espectrales del matorral, bella en sí misma, pero incapaz de iluminar el camino. Por algo el poeta se abstrae en la noche sin ribera de sus dudas, y sólo alcanza a pensar, simbólicamente, que el llano -la Naturaleza física al alcance del conocimiento- es una ola que ha caído, y que el cielo -emblema de lo incógnito, de lo que está más allá, de lo inaprehensible por los sentidos- es una ola que no cae. Se trata, pues, de imágenes simbólicas con las cuales Lazo Martí, sin salirse de su mundo llanero, representa algunos interrogantes del hombre en su eterno preguntarse acerca de quién es, de dónde viene, por qué está aquí, y hacia adónde va.
MELANCOLIA Y DUDA METAFISICA
Los tres últimos cantos de la silva, tienen como características relevantes un tono elegíaco, profundamente melancólico; la expresión simbólica de la angustia metafísica del poeta; sus crisis sentimentales y religiosas. Por su complejidad temática, elaboración metafórico y sus símbolos, el canto VIII está considerado unánimemente como el mejor de la Silva criolla.
El canto VIII es el más complejo y polémico de la Silva criolla. Está integrado en realidad por tres poemas. Cada uno de ellos posee su propia unidad de significado y su propia temporalidad. El día es para la lucha por la existencia. El crepúsculo está consagrado a la melancolía. La noche, a la meditación filosófica y religiosa. La variedad de temas y de tonos que se dan no sólo en este canto sino en toda la silva, exige un elemento formal unificador de tan vasto universo poético. Este elemento es el verso reiterativo con el que se inicia la primera estrofa:
Tus pasos vuelve hacia el hogar, oh Bardo!
Comienza entonces un hermoso cuadro naturalista relacionado con el cambio de estación y la conducta instintiva de los pájaros, que obran en salvaguarda de la especie.
1. La lucha por la existencia. Lazo Martí señala que ha concluido la estación que él llama, poéticamente, "primavera":
Yace por tierra el matizado velo
con el cual primavera engalanaba
los montes de tu suelo.
Como buen llanero, el poeta no ignoraba que el canto de la guacaba anuncia la proximidad del invierno:
Cantando sin reposo, la guacaba
pide lluvias al ciclo.
Desde tiempos inmemoriales y por simple observación empírica de la realidad, el hombre de campo sabe que ciertos animales se preparan para afrontar el rigor de los cambios estacionales. Cuando las lluvias se acercan, buscan refugio seguro y se proveen de alimentos para no perecer. Entre las aves, los turpiales se caracterizan por apoderarse de los nidos de otros pájaros, particularmente de los cucaracheros. Esto los convierte en conquistadores, en despojadores de bienes ajenos. Más que otros pájaros, ellos dan una imagen dramática de la lucha por la existencia:
conquistan por la fuerza y la osadía
nidos para el invierno, los turpiales
Esta lucha comprende también el apareamiento, pues la especie se renueva merced a la unión sexual de sus individuos. Durante el período reproductivo, los pájaros machos emiten cantos nupciales para atraer a su pareja:
en los ralos matales
mueve el amor trinada algarabía
Y para concluir este bello apunte naturalista, Lazo se detiene en el pájaro carpintero, semejante a un artista retirado del bullicio, tesonero en el esfuerzo, absorto en cincelar su obra:
y con tesón rayano en el enojo
en la verde oquedad de la montaña,
el carpintero de bonete rojo,
cincela el tronco hasta la dura entraña.
Es un cuadro perfecto, propio de un observador minucioso y atento de los fenómenos de la Naturaleza; de un profesional de la medicina que con seguridad conoció bien las teorías zoogeográficas de Juan Bautista Lamark (1744-1829), y las evolucionistas de Carlos Darwin (1809-1882). Y sobre todo, de un poeta que sabía cincelar una unidad estética en la que se juntan la vivencia empírica, el conocimiento científico y el don creador para darnos una visión poética de la vida como lucha.
En la primera estrofa del canto VIII la llanura aparecía despojada de su matizado velo primaveral. En la segunda, tiene otra vez reverdecido manto. Se ha producido el cambio de estación presentido por la guacaba. Vida y muerte se suceden eternamente.
Habíamos dicho que el día es para la lucha por la existencia, y que el crepúsculo está consagrado en este poema a la melancolía.
2. Espiritualización elegíaca del paisaje crepuscular. El atardecer es una hora romántica. A medida que la luz solar va haciéndose más tenue, el paisaje exterior se desdibuja hasta esfumarse en un ámbito de claro-oscuros. Pareciera entonces como si la pupila que ha mirado hacia afuera durante el día, escudriñara hacia adentro, donde está el mundo de los recuerdos.
El crepúsculo vespertino parece haber sido la hora favorita de Lazo Martí. Crepusculares llamó a sus breves poemas en tercetos encadenados.
Es obvio que en esta segunda parte del canto VIII se da un proceso romántico de espiritualización de la naturaleza, bajo los efectos de un sentimiento elegíaco. La motivación vivencial parece ser el recuerdo de la primera esposa y los paseos vespertinos que ambos emprendían por los alrededores campestres del hato donde ella temperaba:
Como en aquellos días
del venturoso tiempo ya lejano,
en pos de mis pasadas alegrías,
vuelvo a tender la vista sobre, el llano.
Después de muerta su esposa, el poeta regresa a los mismos lugares que frecuentaron juntos. Esta vez, camina en soledad. Su congoja se proyecta en el crepúsculo. El paisaje llanero se le aparece cargado de imágenes funerales:
Caído en la remota lontananza,
sin su manto de gloria,
el moribundo sol parece un cirio
que alumbrase honda cámara mortuoria.
El viento, sin rumor, apenas riza
la silente laguna en cuyo espejo
invisible dolor vertió ceniza;
y con vuelo despacio,
de la tarde a los pálidos reflejos,
las garzas que se irán, que se irán lejos, pueblan de cruces blancas el espacio.
En los versos anteriores todavía está presente el paisaje exterior, si bien ya impregnado por la melancolía del poeta. Este paisaje, sin embargo, comienza a desaparecer rápidamente a medida que el poeta se interioriza, se ensimisma al punto de que la mirada se le vuelve absorta, no por lo que ve afuera, sino por lo que siente en su espíritu. Y de improviso, cesa todo contacto con el exterior. El mundo de los sentimientos y de las meditaciones se desborda en los versos:
Hoy, como ayer, andando a la ventura, absorta la mirada, lento el paso,
trayendo margaritas del Ocaso,
miro bajar la noche a la llanura.
Mas de pronto, pensando que fue triste, pensando con dolor, pensando en ella,
me arrodillo en el polvo del camino
que en hora igual de gozo vespertino,
recibió las caricias de su huella.
Oh, destino de todos los que amaron!
Oh, destino cruel! Tú me condenas
a buscar en las móviles arenas
unas huellas que ha tiempo se borraron.
Hasta aquí la elaboración es romántica. La que sigue, ya no lo es, sino que parece propia de una inteligencia influida por el Positivismo. La Naturaleza es santa -habían creído los románticos-, su voz es la de Dios. La Naturaleza es materia, dicen ahora los positivistas. Si se la interrogara, el silencio sería la respuesta. Lazo Martí oscila entre una y otra posición. Para él, la Naturaleza es santa, pero es también de un mutismo total:
Llanura o cielo, cúspide o abismo;
santa Naturaleza!
para el dolor que vive en tu grandeza
¿cuál palabra mejor que tu mutismo?
Como quiera que se la conciba, la Madre Naturaleza con sus atardeceres -broches áureos del día- y sus campos que otrora amó la primavera, sigue siendo el marco físico evocador que retiene las alegrías perdidas:
Oh, Madre! El áureo broche de tus días,
y tus campos que amó la primavera,
retienen prisionera
el alma de mis muertas alegrías!
Así concluye el melancólico proceso vesperal del canto VIII. El crepúsculo de la tarde es tránsito de la luz hacía la sombra. La oscuridad de la sabana anula el sentido de la vista. Adviene el reino del oído. Los sonidos apagados. Los rumores inquietantes, los ruidos de la fauna resuenan en el mundo interior del poeta y lo estremecen. La noche se hace propicia para la reflexión filosófica y religiosa.
3. Espiritualización filosófico-religiosa del paisaje. Desde su aposento de insomne, el poeta escucha un doliente canto que brota en la llanura. No se trata de nada extraordinario. Son, sencillamente los mil ruidos de la fauna nocturna sonando al unísono. Pero si lo que oye no es excepcional, sí lo es su estado de ánimo venido de un melancólico atardecer cargado de imágenes funerales. Por tal motivo, Lazo Martí fija su atención en la imagen auditiva familiar y la encuentra parecida a lo que en esos momentos se agita en su mundo interior: en lo triste y quejumbroso el canto se armoniza con su melancolía, y en lo grave se corresponde con sus reflexiones. Quien se burle de esa especie de salmo o de canto sagrado, hiere los sentimientos del poeta, puesto que aquél y éstos se han identificado.
Hoy como ayer, y de la noche oscura
bajo la inmensa nave,
en tono triste, quejumbroso y grave
brota doliente canto en la llanura.
De improviso escucha el trino de unos alcaravanes. Como se sabe, estas aves levantan el vuelo cuando se aproxima un hombre o animal, al mismo tiempo que lanzan un grito estridente y reiterado, parecido a una carcajada. Esta ambivalencia -la risa y el anuncio- provocan un doble efecto en el poeta. Por una parte siente el trino de los alcaravanes como una burla de crueldad casi humana dirigida al otro canto y, por tanto, a él mismo. Esto le produce dolor. Por la otra, el grito centinela del alcaraván lo sobresalta hasta el punto de levantarse de prisa a mirar si está sola la sabana. Esto le produce pavura:
y tras breve silencio, cual sonoro
trueno de burlas al cantar vecino,
en son de fiesta, alcaravanes pardos,
abierta el ala de purpúreos dardos,
rompen a carcajadas en un trino.
De pavura o dolor, el grave canto
y la seguida estrepitosa burla,
de crueldad casi humana,
hieren mi corazón, lo hieren tanto
que anheloso y de prisa me levanto
a mirar si está sola la sabana.
¿Qué esperaba encontrar Lazo Martí? Al salir a la intemperie, su excitada fantasía proyecta sobre el paisaje imágenes funerales, como ya las había proyectado sobre el paisaje crepuscular. Sólo que ahora el elemento interior predominante no es la melancolía, sino las reflexiones acerca de, los misterios de la vida y de la muerte:
Del camino a la vera
fingen los alineados matorrales
muda legión de sombras espectrales
en momentos de espera.
¿Espera por quién? A todo ser vivo lo aguarda la muerte, pero ¿es ésta el final de todo, o tránsito a un más allá? La ciencia no tiene respuesta. Só1o la fe religiosa puede contestar. Pero la fe es como un diminuto fanal que se desplaza en las espesas sombras de la duda ante lo desconocido, incapaz de disiparlas totalmente. También el cocuyo es una luz pequeñita que irradia la Naturaleza nocturna, sin iluminarla por completo. De este modo, cocuyo y fe se identifican en un símbolo de luz y salvación, que el poeta expresa con metáforas de gran belleza:
Alada flor de broche diamantino,
errante flor de fulgida hermosura,
flor de luz, el cocuyo peregrino
irradia la espesura.
En este claro-oscuro de la mente, el espíritu del poeta se abstrae aún más. A la posibilidad de conocer el mundo material que lo rodea (el llano es una ola que ha caído) se contrapone la imposibilidad de penetrar en los secretos del más allá (el cielo es una ola que no cae):
Y náufrago en la noche sin ribera,
mi espíritu se abstrae
pensando que de un mar desconocido
el llano es una ola que ha caído,
el cielo es una ola que no cae.
El llanero y sus faenas
Las fugaces apariciones del elemento humano en la silva de Lazo Marti, se produce sólo en dos cantos.
Ello, sin embargo, es parte del armonioso plan que parece haber seguido Lazo Martí.
La Silva criolla es un canto simbólico a la Naturaleza, vista en sus fases extremas de vida y muerte. El hombre no juega ningún papel en la modificación de las leyes inexorables que rigen los ciclos de lo que nace y muere, eternamente. No sólo no influye, sino que él mismo es parte de esos ciclos. Cuando las faenas del campesino están relacionadas con la siembra o con el pastoreo, sus formas de trabajo dependen en gran medida de los cambios estacionales.
De todos los múltiples aspectos que Lazo Martí podía seleccionar en lo relativo a la vida, alimentación, vestidos, costumbres, folklore, creencias, ceremonias, y faenas de los llaneros, ¿por qué eligió sólo una de sus, ocupaciones: la transhumancia del ganado vacuno? La respuesta es obvia: las actividades para alejar los rebaños de los hatos, y para regresar más tarde con ellos, se armonizan perfectamente con el tema dominante en la silva, los ciclos de vida y muerte de la Naturaleza. Así, cuando hay sequía, los pastores y sus ganados emigran. La soledad y el silencio señorean en potreros y lugares de ordeño. Cuando renace la vida vegetal, y hay alimento y agua, pastores y ganados regresan. El aire se llena de cantos y la noche ampara las romerías amorosas de quienes en la ausencia, añoraron a sus compañeras.
Es, de nuevo, el influjo sobrehumano y condicionador de los polos ineluctables, sobre los cuales tanto hemos insistido por creer que constituyen la clave del fondo simbólico de la Silva criolla. De este modo, el elemento humano ingresa en el poema, no sólo sin romper su unidad temática e ideológica, sino, incluso, reforzándola.
Conclusiones. Creo inobjetable la presencia de tres planos en la Silva criolla: el nivel objetivo de las imágenes llaneras, el nivel de las metáforas y el plano de los símbolos. El primero revela la presencia de un conocedor a fondo de la Naturaleza llanera. El segundo permite analizar valores estilísticos, en cuanto a la elaboración de las metáforas. El tercero, y más profundo, nos sitúa ante un creador que proyecta en la Naturaleza de su tierra algunas de sus inquietudes de orden político, ético, sentimental y religioso, y que, más universalmente, nos da en un gran poema naturalista, la visión y el sentimiento de lo que eternamente nace, lucha por subsistir, y muere para renacer.
Dos corrientes críticas se han disputado la interpretación de este poema proteico. Una de ellas, de orientación objetiva, está representada principalmente por la obra Lazo Martí, vigencia en lejanía (1965) del poeta y crítico Alberto Arvelo Torrealba (1904-1971). Guiado por su llanería, Arvelo Torrealba ha hecho contribuciones valiosas para la mejor comprensión del nivel de las imágenes lazomartianas, de los cambios estacionases de aquella región, de la transhumancia de los ganados, de la flora y la fauna. La otra corriente crítica corresponde a la tesis de que en la Silva criolla se da un expresivo simbolismo, como ya lo señaló, desde 1906, el crítico y novelista Gonzalo Picón-Febres (1860-1918). Pero, en justicia, pertenece al crítico y poeta ítalo-venezolano Edoardo Crema (1892), y a su ensayo Los llanos al encuentro de una idea (1946), la demostración crítica del universo simbólico lazomartiano y el haber rescatado y hecho imprimir los poemas del creador llanero.
Un libro de puño y letra de Francisco Lazo Martí, que hemos tenido a la vista, y que contiene todos sus poemas, lleva el título de Claro-obscuros. Lo que significa que el propio Lazo sintió en su obra la presencia indiscutible de una poesía clara, fácil de captar, junto a otra menos transparente, por su oscuridad relativa.
*Médico poeta.
** EFEMERIDES VENEZOLANAS.
lINK:http://www.efemeridesvenezolanas.com/html/efe_mar.shtml
Un médico que es capaz de sentir y hacer una poésia de este nivel, ¿qué no puede comprender del alma de su enfermo? Es un ejemplo a seguir por todos los colegas.
Gerónimo Alberto Yerena Cabrera
Recopilación e introdución: Argemiro Torres**
Introducción
Es su poema de mayor extensión, y el más cuidadosamente elaborado. Alcanzó a darle una forma en la que ya nada es susceptible de cambio. En esta silva, Lazo conjuga algunos rasgos de su vida sentimental y del mundo interior de sus dudas y valores ético-políticos. Están, así mismo, los testimonios de su exacto conocimiento del paisaje y las costumbres llaneras; la evocación de la primera esposa, fallecida prematuramente. Y sirviéndose de imágenes de la tierra, aparecen algunas de sus inquietudes espirituales relacionadas con el misterio de la vida y de la muerte.
Esta variedad en los temas recuerda la técnica de los murales, la estructura de la suite. Cada uno de los once cantos que forman la silva, sin excepción, es autónomo puede leerse con independencia de los restantes. Sin embargo, se trata de un poema único, de armoniosa y unificada estructura formal y temática.
A mi juicio, la Silva criolla contiene cinco grandes conjuntos temáticos:
1. Ideario social, ético y político.
2. El paisaje llanero.
3. El hombre del llano y sus faenas.
4. La melancolía.
5. La duda metafísica.
COMENTARIO SOBRE LA SILVA CRIOLLA
Ideario social, ético y político
La Silva criolla fue dedicada por Lazo Martí A un bardo amigo. A este poeta que vive en la ciudad, Lazo lo insta para que regrese a los llanos, esgrimiendo varios argumentos a favor de su petición: la nostalgia a que está quien se ausenta de su tierra natal, el peligro de verse humillado ante los poderosos, la ciudad corruptora, el decoro personal vendido al mejor postor. Es decir, una concepción ética de la vida.
En la "Invitación" salta a la vista la paráfrasis de un tema clásico, como es el contraste entre la ciudad corruptora y el campo bienhechor, elaborado ya por Bello en La agricultura de la zona tórrida. Dentro del tema tradicional que se remonta a Horacio, hay elementos nuevos que emanan de la época y de las circunstancias de Lazo Martí, como es la simbolización en las cumbres, en los picos abruptos, en la nieve que baja a entumecer las almas, del régimen de Cipriano Castro, combatido por Lazo Martí. En efecto, la Caracas que ahí aparece sin nombrarse, corresponde a la de los tiempos de Castro, tenido como uno de los gobernantes más corrompidos. Es una urbe carcomida por la adulancia, por el oportunismo en política y por una inversión de valores, tal como la retrató por la misma época, Manuel Díaz Rodríguez en su novela Idolos rotos (1901).
A semejanza de Bello, Lazo Martí no predica el regreso al campo para que su amigo venga a solazarse en la paz y en la belleza del paisaje. Antes, por el contrario, le señala aquellas motivaciones que lo obligan no sólo a volver, sino a desempeñar tareas sociales encaminadas a redimir a los humildes, arruinados y aun asesinados por la guerra, los caudillos políticos y las enfermedades.
La Invitación y el canto, contienen el mensaje doctrinario de la silva. Se trata, en su valor didáctico, de una de las características del poema neoclásico, heredada por el Romanticismo social, y, salvo en casos excepcionales, dejada de lado por los modernistas. El Criollismo literario, en cambio, como lo hemos apreciado en Urbaneja Achelpohl, no descartó la crítica social resultante de una toma de conciencia del escritor con la problemática del hombre en su medio y en su tiempo.
El paisaje llanero
Pocos poetas venezolanos han captado y expresado el paisaje con la hondura y complejidad de Lazo Martí. Sabemos que nació en las llanuras venezolanas, y que las recorrió a pie y a caballo en incontables ocasiones, y en todas las circunstancias estacionales. En los meses de plena floración. Bajo los soles del verano que todo, lo propician para el trágico incendio. En los tiempos lluviosos, cuando los ríos se desbordan y la muerte emana del agua. Las contempló a la luz del amanecer, al mediodía, en el ocaso, en la inmensa noche sabanera. Estuvo entre sus matorrales, entre sus arbustos, bajo sus árboles. Miró sus garzas, sus gavilanes, sus tenues mariposas, sus venados. Escuch6 el canto veraniego de las chicharras, el oscuro rumor de las colmenas, el bramido del padrote, y el mugir de las vacadas. Con tan ricas y variadas imágenes polisensoriales, Lazo Martí hizo cuanto un poeta podía hacer con aquella materia prima, en lo que se refiere a su tratamiento jerárquico en tres planos o niveles estéticos: el nivel de las imágenes, el nivel de las metáforas y el nivel de los símbolos.
El nivel de las Imágenes
Es el más sencillo y elemental, ya que se limita a una descripción objetiva del paisaje, circunscrita a reproducir del modo más fiel la realidad que el poeta ha captado a través de sus sentidos. Es pintar fidedignamente con palabras, y nada más. En Lazo encontramos pocos ejemplos de este nivel. Uno que podría servirnos, no sin salvedades, es cuando enumera y describe algunas de las flores y frutos del llano:
Tras la menuda flor cuaja el uvero
su gajo tempranero;
sus nacarados frutos en el limo
el punzador curujujul engendra;
la maya erige colosal racimo
y desprende el merey sabrosa almendra....
En esta enumeración, el uvero es el uvero y el merey es el merey. Las palabras se corresponden directamente con la imagen que expresan. Estamos a nivel de un lenguaje predominantemente denotativo. Pero las palabras -ya lo sabemos- pueden metaforizarse y adquirir un doble o múltiple sentido artístico, por la confluencia, dentro de un mismo vocablo, de dos o más imágenes o conceptos asociados por el poeta. Esto nos conduce a un segundo plano, de elaboración metafórica.
El plano metafórico
Se trata de un procedimiento estético en el que las imágenes dejan de ser representaciones del mundo objetivo, para connotar la visión que el poeta tiene de ese mundo. Cuando la descripción no es puramente objetiva, debemos aceptar que se ha iniciado un proceso de interiorización del paisaje, puesto que el poeta ya no intenta expresarle tal como es, sino tal como lo ve y lo siente.
Agobiado por el recuerdo de su esposa muerta, y paseando a solas por los mismos lugares que visitara junto con ella, Lazo Martí ve la llanura ya no simplemente como la llanura es en las horas crepusculares, sino que nos brinda una descripción interiorizada donde las imágenes, siguiendo las técnicas del símil y la metáfora, producen la doble visión del llano crepuscular (imágenes sugerentes) y de una inmensa cámara mortuoria y un cementerio (imágenes sugeridas):
Como en aquellos días
del venturoso tiempo ya lejano,
en pos de mis pasadas alegrías,
vuelvo a tender la vista sobre el llano.
Caído en la remota lontananza,
sin su manto de gloria,
el moribundo sol parece un cirio
que alumbrase honda cámara mortuorio.
El viento, sin rumor, apenas riza
la silente laguna en cuyo espejo
invisible dolor vertió ceniza;
y con vuelo despacio,
de la tarde a los pálidos reflejos,
las garzas que se irán, que se irán lejos, pueblan de cruces blancas el espacio.
Ya se habrá captado las diferencias entre este fragmento y el anterior. Por una parte, hay cinco imágenes básicas tomadas del atardecer llanero: el sol en el ocaso, el ámbito celeste, el viento silencioso, una laguna de aguas grisáceas y un bando de garzas en vuelo. Pero hay, además, una serie de imágenes que no están en el llano, que proceden del mundo interior del poeta, y que se conjugan, armonizan o corresponden con la naturaleza crepuscular: sol-cirio moribundo, ámbito-cámara mortuoria, viento-silencio, laguna gris-ceniza, garzas-cruces blancas. No se trata de una descripción puramente objetiva, sino de una elaboración metafórica, catalizada por el recuerdo de alguien que se ausentó para siempre. Este dolor sugerido está dentro del poeta, le es propio e instransferible. ¿No existirán otros elementos que también alberga el poeta, pero que no le pertenecen en exclusividad y pueden ser transferibles?
El plano de los símbolos
Es el más profundo de los tres niveles. Se produce cuando Lazo Martí emplea imágenes de la naturaleza llanera para simbolizar inquietudes metafísicas que en modo alguno le pertenecen exclusivamente. No se trata, por ejemplo de su particular dolor, sino de sus preocupaciones en torno a problemas que han llamado la atención del hombre de todos los tiempos y lugares. Tal ocurre con la incógnita de la vida y de la muerte. Tal, con la esperanza subyacente en toda conciencia de que una luz, por pequeña que sea, alumbre racionalmente el reino de lo desconocido. Por tanto, si la metáfora conlleva algo personal, el símbolo apunta hacia algo extra-personal. Si la metáfora es una visión estética de un tema particular, el símbolo es la visión estética de un tema general y en gran medida, eterno y abstracto. Veamos un ejemplo. En la noche llanera, después de oír el canto inquietante de unos alcaravanes, Lazo Martí sale a la intemperie, y contempla un paisaje nocturno, desdibujado, que fue siempre para él tema de meditación. Pero, ¿qué ven los ojos del poeta?
Del camino a la vera
fingen los alineados matorrales
muda legión de sombras espectrales
en momentos de espera.
Alada flor de broche diamantino,
errante flor de fulgida hermosura,
flor de luz, el cocuyo peregrino,
irradia la espesura.
Y náufrago en la noche sin ribera,
mi espíritu se abstrae
pensando que de un mar desconocido
el llano es una ola que ha caído,
el cielo es una ola que no cae.
Observemos bien, a propósito del cocuyo, los tres planos. El de la imagen objetiva del cocuyo que irradia en la espesura. El de la metáfora que lo convierte en una alada flor de broche diamantino y fulgida hermosura. El del símbolo de una pequeña luz errátil, luz-misterio que se mueve entre las sombras espectrales del matorral, bella en sí misma, pero incapaz de iluminar el camino. Por algo el poeta se abstrae en la noche sin ribera de sus dudas, y sólo alcanza a pensar, simbólicamente, que el llano -la Naturaleza física al alcance del conocimiento- es una ola que ha caído, y que el cielo -emblema de lo incógnito, de lo que está más allá, de lo inaprehensible por los sentidos- es una ola que no cae. Se trata, pues, de imágenes simbólicas con las cuales Lazo Martí, sin salirse de su mundo llanero, representa algunos interrogantes del hombre en su eterno preguntarse acerca de quién es, de dónde viene, por qué está aquí, y hacia adónde va.
MELANCOLIA Y DUDA METAFISICA
Los tres últimos cantos de la silva, tienen como características relevantes un tono elegíaco, profundamente melancólico; la expresión simbólica de la angustia metafísica del poeta; sus crisis sentimentales y religiosas. Por su complejidad temática, elaboración metafórico y sus símbolos, el canto VIII está considerado unánimemente como el mejor de la Silva criolla.
El canto VIII es el más complejo y polémico de la Silva criolla. Está integrado en realidad por tres poemas. Cada uno de ellos posee su propia unidad de significado y su propia temporalidad. El día es para la lucha por la existencia. El crepúsculo está consagrado a la melancolía. La noche, a la meditación filosófica y religiosa. La variedad de temas y de tonos que se dan no sólo en este canto sino en toda la silva, exige un elemento formal unificador de tan vasto universo poético. Este elemento es el verso reiterativo con el que se inicia la primera estrofa:
Tus pasos vuelve hacia el hogar, oh Bardo!
Comienza entonces un hermoso cuadro naturalista relacionado con el cambio de estación y la conducta instintiva de los pájaros, que obran en salvaguarda de la especie.
1. La lucha por la existencia. Lazo Martí señala que ha concluido la estación que él llama, poéticamente, "primavera":
Yace por tierra el matizado velo
con el cual primavera engalanaba
los montes de tu suelo.
Como buen llanero, el poeta no ignoraba que el canto de la guacaba anuncia la proximidad del invierno:
Cantando sin reposo, la guacaba
pide lluvias al ciclo.
Desde tiempos inmemoriales y por simple observación empírica de la realidad, el hombre de campo sabe que ciertos animales se preparan para afrontar el rigor de los cambios estacionales. Cuando las lluvias se acercan, buscan refugio seguro y se proveen de alimentos para no perecer. Entre las aves, los turpiales se caracterizan por apoderarse de los nidos de otros pájaros, particularmente de los cucaracheros. Esto los convierte en conquistadores, en despojadores de bienes ajenos. Más que otros pájaros, ellos dan una imagen dramática de la lucha por la existencia:
conquistan por la fuerza y la osadía
nidos para el invierno, los turpiales
Esta lucha comprende también el apareamiento, pues la especie se renueva merced a la unión sexual de sus individuos. Durante el período reproductivo, los pájaros machos emiten cantos nupciales para atraer a su pareja:
en los ralos matales
mueve el amor trinada algarabía
Y para concluir este bello apunte naturalista, Lazo se detiene en el pájaro carpintero, semejante a un artista retirado del bullicio, tesonero en el esfuerzo, absorto en cincelar su obra:
y con tesón rayano en el enojo
en la verde oquedad de la montaña,
el carpintero de bonete rojo,
cincela el tronco hasta la dura entraña.
Es un cuadro perfecto, propio de un observador minucioso y atento de los fenómenos de la Naturaleza; de un profesional de la medicina que con seguridad conoció bien las teorías zoogeográficas de Juan Bautista Lamark (1744-1829), y las evolucionistas de Carlos Darwin (1809-1882). Y sobre todo, de un poeta que sabía cincelar una unidad estética en la que se juntan la vivencia empírica, el conocimiento científico y el don creador para darnos una visión poética de la vida como lucha.
En la primera estrofa del canto VIII la llanura aparecía despojada de su matizado velo primaveral. En la segunda, tiene otra vez reverdecido manto. Se ha producido el cambio de estación presentido por la guacaba. Vida y muerte se suceden eternamente.
Habíamos dicho que el día es para la lucha por la existencia, y que el crepúsculo está consagrado en este poema a la melancolía.
2. Espiritualización elegíaca del paisaje crepuscular. El atardecer es una hora romántica. A medida que la luz solar va haciéndose más tenue, el paisaje exterior se desdibuja hasta esfumarse en un ámbito de claro-oscuros. Pareciera entonces como si la pupila que ha mirado hacia afuera durante el día, escudriñara hacia adentro, donde está el mundo de los recuerdos.
El crepúsculo vespertino parece haber sido la hora favorita de Lazo Martí. Crepusculares llamó a sus breves poemas en tercetos encadenados.
Es obvio que en esta segunda parte del canto VIII se da un proceso romántico de espiritualización de la naturaleza, bajo los efectos de un sentimiento elegíaco. La motivación vivencial parece ser el recuerdo de la primera esposa y los paseos vespertinos que ambos emprendían por los alrededores campestres del hato donde ella temperaba:
Como en aquellos días
del venturoso tiempo ya lejano,
en pos de mis pasadas alegrías,
vuelvo a tender la vista sobre, el llano.
Después de muerta su esposa, el poeta regresa a los mismos lugares que frecuentaron juntos. Esta vez, camina en soledad. Su congoja se proyecta en el crepúsculo. El paisaje llanero se le aparece cargado de imágenes funerales:
Caído en la remota lontananza,
sin su manto de gloria,
el moribundo sol parece un cirio
que alumbrase honda cámara mortuoria.
El viento, sin rumor, apenas riza
la silente laguna en cuyo espejo
invisible dolor vertió ceniza;
y con vuelo despacio,
de la tarde a los pálidos reflejos,
las garzas que se irán, que se irán lejos, pueblan de cruces blancas el espacio.
En los versos anteriores todavía está presente el paisaje exterior, si bien ya impregnado por la melancolía del poeta. Este paisaje, sin embargo, comienza a desaparecer rápidamente a medida que el poeta se interioriza, se ensimisma al punto de que la mirada se le vuelve absorta, no por lo que ve afuera, sino por lo que siente en su espíritu. Y de improviso, cesa todo contacto con el exterior. El mundo de los sentimientos y de las meditaciones se desborda en los versos:
Hoy, como ayer, andando a la ventura, absorta la mirada, lento el paso,
trayendo margaritas del Ocaso,
miro bajar la noche a la llanura.
Mas de pronto, pensando que fue triste, pensando con dolor, pensando en ella,
me arrodillo en el polvo del camino
que en hora igual de gozo vespertino,
recibió las caricias de su huella.
Oh, destino de todos los que amaron!
Oh, destino cruel! Tú me condenas
a buscar en las móviles arenas
unas huellas que ha tiempo se borraron.
Hasta aquí la elaboración es romántica. La que sigue, ya no lo es, sino que parece propia de una inteligencia influida por el Positivismo. La Naturaleza es santa -habían creído los románticos-, su voz es la de Dios. La Naturaleza es materia, dicen ahora los positivistas. Si se la interrogara, el silencio sería la respuesta. Lazo Martí oscila entre una y otra posición. Para él, la Naturaleza es santa, pero es también de un mutismo total:
Llanura o cielo, cúspide o abismo;
santa Naturaleza!
para el dolor que vive en tu grandeza
¿cuál palabra mejor que tu mutismo?
Como quiera que se la conciba, la Madre Naturaleza con sus atardeceres -broches áureos del día- y sus campos que otrora amó la primavera, sigue siendo el marco físico evocador que retiene las alegrías perdidas:
Oh, Madre! El áureo broche de tus días,
y tus campos que amó la primavera,
retienen prisionera
el alma de mis muertas alegrías!
Así concluye el melancólico proceso vesperal del canto VIII. El crepúsculo de la tarde es tránsito de la luz hacía la sombra. La oscuridad de la sabana anula el sentido de la vista. Adviene el reino del oído. Los sonidos apagados. Los rumores inquietantes, los ruidos de la fauna resuenan en el mundo interior del poeta y lo estremecen. La noche se hace propicia para la reflexión filosófica y religiosa.
3. Espiritualización filosófico-religiosa del paisaje. Desde su aposento de insomne, el poeta escucha un doliente canto que brota en la llanura. No se trata de nada extraordinario. Son, sencillamente los mil ruidos de la fauna nocturna sonando al unísono. Pero si lo que oye no es excepcional, sí lo es su estado de ánimo venido de un melancólico atardecer cargado de imágenes funerales. Por tal motivo, Lazo Martí fija su atención en la imagen auditiva familiar y la encuentra parecida a lo que en esos momentos se agita en su mundo interior: en lo triste y quejumbroso el canto se armoniza con su melancolía, y en lo grave se corresponde con sus reflexiones. Quien se burle de esa especie de salmo o de canto sagrado, hiere los sentimientos del poeta, puesto que aquél y éstos se han identificado.
Hoy como ayer, y de la noche oscura
bajo la inmensa nave,
en tono triste, quejumbroso y grave
brota doliente canto en la llanura.
De improviso escucha el trino de unos alcaravanes. Como se sabe, estas aves levantan el vuelo cuando se aproxima un hombre o animal, al mismo tiempo que lanzan un grito estridente y reiterado, parecido a una carcajada. Esta ambivalencia -la risa y el anuncio- provocan un doble efecto en el poeta. Por una parte siente el trino de los alcaravanes como una burla de crueldad casi humana dirigida al otro canto y, por tanto, a él mismo. Esto le produce dolor. Por la otra, el grito centinela del alcaraván lo sobresalta hasta el punto de levantarse de prisa a mirar si está sola la sabana. Esto le produce pavura:
y tras breve silencio, cual sonoro
trueno de burlas al cantar vecino,
en son de fiesta, alcaravanes pardos,
abierta el ala de purpúreos dardos,
rompen a carcajadas en un trino.
De pavura o dolor, el grave canto
y la seguida estrepitosa burla,
de crueldad casi humana,
hieren mi corazón, lo hieren tanto
que anheloso y de prisa me levanto
a mirar si está sola la sabana.
¿Qué esperaba encontrar Lazo Martí? Al salir a la intemperie, su excitada fantasía proyecta sobre el paisaje imágenes funerales, como ya las había proyectado sobre el paisaje crepuscular. Sólo que ahora el elemento interior predominante no es la melancolía, sino las reflexiones acerca de, los misterios de la vida y de la muerte:
Del camino a la vera
fingen los alineados matorrales
muda legión de sombras espectrales
en momentos de espera.
¿Espera por quién? A todo ser vivo lo aguarda la muerte, pero ¿es ésta el final de todo, o tránsito a un más allá? La ciencia no tiene respuesta. Só1o la fe religiosa puede contestar. Pero la fe es como un diminuto fanal que se desplaza en las espesas sombras de la duda ante lo desconocido, incapaz de disiparlas totalmente. También el cocuyo es una luz pequeñita que irradia la Naturaleza nocturna, sin iluminarla por completo. De este modo, cocuyo y fe se identifican en un símbolo de luz y salvación, que el poeta expresa con metáforas de gran belleza:
Alada flor de broche diamantino,
errante flor de fulgida hermosura,
flor de luz, el cocuyo peregrino
irradia la espesura.
En este claro-oscuro de la mente, el espíritu del poeta se abstrae aún más. A la posibilidad de conocer el mundo material que lo rodea (el llano es una ola que ha caído) se contrapone la imposibilidad de penetrar en los secretos del más allá (el cielo es una ola que no cae):
Y náufrago en la noche sin ribera,
mi espíritu se abstrae
pensando que de un mar desconocido
el llano es una ola que ha caído,
el cielo es una ola que no cae.
El llanero y sus faenas
Las fugaces apariciones del elemento humano en la silva de Lazo Marti, se produce sólo en dos cantos.
Ello, sin embargo, es parte del armonioso plan que parece haber seguido Lazo Martí.
La Silva criolla es un canto simbólico a la Naturaleza, vista en sus fases extremas de vida y muerte. El hombre no juega ningún papel en la modificación de las leyes inexorables que rigen los ciclos de lo que nace y muere, eternamente. No sólo no influye, sino que él mismo es parte de esos ciclos. Cuando las faenas del campesino están relacionadas con la siembra o con el pastoreo, sus formas de trabajo dependen en gran medida de los cambios estacionales.
De todos los múltiples aspectos que Lazo Martí podía seleccionar en lo relativo a la vida, alimentación, vestidos, costumbres, folklore, creencias, ceremonias, y faenas de los llaneros, ¿por qué eligió sólo una de sus, ocupaciones: la transhumancia del ganado vacuno? La respuesta es obvia: las actividades para alejar los rebaños de los hatos, y para regresar más tarde con ellos, se armonizan perfectamente con el tema dominante en la silva, los ciclos de vida y muerte de la Naturaleza. Así, cuando hay sequía, los pastores y sus ganados emigran. La soledad y el silencio señorean en potreros y lugares de ordeño. Cuando renace la vida vegetal, y hay alimento y agua, pastores y ganados regresan. El aire se llena de cantos y la noche ampara las romerías amorosas de quienes en la ausencia, añoraron a sus compañeras.
Es, de nuevo, el influjo sobrehumano y condicionador de los polos ineluctables, sobre los cuales tanto hemos insistido por creer que constituyen la clave del fondo simbólico de la Silva criolla. De este modo, el elemento humano ingresa en el poema, no sólo sin romper su unidad temática e ideológica, sino, incluso, reforzándola.
Conclusiones. Creo inobjetable la presencia de tres planos en la Silva criolla: el nivel objetivo de las imágenes llaneras, el nivel de las metáforas y el plano de los símbolos. El primero revela la presencia de un conocedor a fondo de la Naturaleza llanera. El segundo permite analizar valores estilísticos, en cuanto a la elaboración de las metáforas. El tercero, y más profundo, nos sitúa ante un creador que proyecta en la Naturaleza de su tierra algunas de sus inquietudes de orden político, ético, sentimental y religioso, y que, más universalmente, nos da en un gran poema naturalista, la visión y el sentimiento de lo que eternamente nace, lucha por subsistir, y muere para renacer.
Dos corrientes críticas se han disputado la interpretación de este poema proteico. Una de ellas, de orientación objetiva, está representada principalmente por la obra Lazo Martí, vigencia en lejanía (1965) del poeta y crítico Alberto Arvelo Torrealba (1904-1971). Guiado por su llanería, Arvelo Torrealba ha hecho contribuciones valiosas para la mejor comprensión del nivel de las imágenes lazomartianas, de los cambios estacionases de aquella región, de la transhumancia de los ganados, de la flora y la fauna. La otra corriente crítica corresponde a la tesis de que en la Silva criolla se da un expresivo simbolismo, como ya lo señaló, desde 1906, el crítico y novelista Gonzalo Picón-Febres (1860-1918). Pero, en justicia, pertenece al crítico y poeta ítalo-venezolano Edoardo Crema (1892), y a su ensayo Los llanos al encuentro de una idea (1946), la demostración crítica del universo simbólico lazomartiano y el haber rescatado y hecho imprimir los poemas del creador llanero.
Un libro de puño y letra de Francisco Lazo Martí, que hemos tenido a la vista, y que contiene todos sus poemas, lleva el título de Claro-obscuros. Lo que significa que el propio Lazo sintió en su obra la presencia indiscutible de una poesía clara, fácil de captar, junto a otra menos transparente, por su oscuridad relativa.
*Médico poeta.
** EFEMERIDES VENEZOLANAS.
lINK:http://www.efemeridesvenezolanas.com/html/efe_mar.shtml
Un médico que es capaz de sentir y hacer una poésia de este nivel, ¿qué no puede comprender del alma de su enfermo? Es un ejemplo a seguir por todos los colegas.
Gerónimo Alberto Yerena Cabrera
martes, 6 de julio de 2010
El poema en prosa en Venezuela
Recopilación por Argimiro Torres*
RAFAEL RATTIA
2 de diciembre de 1999
El mismo año de su lamentable deceso, cual macabra coincidencia, salió de la imprenta, bajo el cuidado editorial de las Ediciones Mucuglifo, la Antología venezolana del poema en prosa, libro minuciosamente seleccionado por el poeta, ensayista y crítico literario cubano residenciado en Venezuela, Julio Miranda. La selección acometida por Miranda comprende un total de 26 poetas venezolanos forjadores de un corpus poético que cubre todo el siglo XX de nuestro país y fija sus antecedentes históricos-literarios —puede decirse sus orígenes— en el mítico poema en prosa de Simón Bolívar «Mi delirio sobre el Chimborazo» como el punto de partida de la prosa poética venezolana. No obstante la dificultad teórica metodológica para situar el génesis de nuestra poesía en prosa, nuestro crítico literario ubica el punto de arranque de esta modalidad de escribir poesía en los textos fundacionales del poeta cumanés José Antonio Ramos Sucre. De igual modo, el poeta Miranda señala que el creador de la escritura aforística en Venezuela es el autor de La Torre de Timón, Trizas de Papel, Granizada, Las formas del fuego, entre otros libros de verdadera resonancia universal; afirmación con la cual estoy totalmente de acuerdo. Para demostrar su aserto Julio Miranda extrae una apretada síntesis de los más fulminantes aforismos de Ramos Sucre contenidos de ese fulgurante compendio de sabiduría poética titulada Granizada publicado originalmente en la revista Élite en octubre de 1925. Prácticamente, según Julio Miranda, los poetas Ramos Sucre y Salustio González Rincones son los dos únicos venezolanos que brillan de manera autónoma en el firmamento literario nacional emitiendo una luz temática y formal de nítida raigambre clasicista en uno y neoclásica en otro.
Llama poderosamente la atención la forma cómo Julio Miranda presenta al poeta Luis Fernando Álvarez. De él dice que ...«no sería vano plantear que fundó la poesía urbana entre nosotros». Este poeta, Luis Fernando Álvarez, nació en 1901 y murió en 1952; es decir, con apenas cincuenta años creó una corriente estética con diáfanos rasgos de singular contemporaneidad. La temática urbana en un país donde predominaba el poema costumbrista y rural o bucólico. Así mismo, Miranda cita e incluye en esta Antología que reseño al inmenso poeta Miguel Ramón Utrera quien tuvo el valor de rechazar el Premio Nacional de Literatura en 1981. Desde que se instituyó el más importante galardón literario de las letras oficiales venezolanas nadie había tenido la osadía ni la valentía moral de rechazar el otorgamiento de tan codiciado premio. Celebro el atrevimiento irreverente del poeta Utrera al desdeñar dicha infamia. ¿Qué otra cosa podría haber hecho el poeta? Hay que agradecer el gesto de Julio Miranda al incluir, con sobrada justicia, a Miguel Ramón Utrera en esta Antología de poesía prosada: ninguna antología de la poesía venezolana del siglo XX que tenga pretensión de rigurosa exhaustividad puede prescindir de incluir al bardo de San Sebastián de los Reyes. Rasgo asaz curioso de este poeta venezolano; jamás salió de su pueblo natal y su universalidad está a la altura de nuestros más eximios poetas nacionales.
De los 26 poetas que incluye Miranda en su magnífica Antología tengo el orgullo de conocer personalmente al menos 5 de ellos, a saber: Ramón Palomares, Laura Cracco, Armando Rojas Guardia, María Luisa Lázzaro y al gran poeta, prematuramente desaparecido, Arnaldo Acosta Bello, con quien me emborraché, junto al poeta Angel Eduardo Acevedo, y canté «Oh bella chau» en vísperas de su primer viaje a Grecia. Curiosamente, a todos los poetas antes citados los conocí en tiempos de errancia y nomadismo intelectual, de intensa bohemia irresponsable. Era la época en que acariciaba con fervor la idea del suicidio como una bendición y como una terapia balsámica.
Me parece excelente la idea de Julio Miranda de establecer nexos de parentesco literario entre Ramos Sucre y el autor de Dictado por la jauría, Juan Calzadilla, al tiempo que incluye dentro de la gramínea aforística a esa Voz Mayor que es nuestro Rafael Cadenas. Tal vez si Julio Miranda no se hubiese muerto el año pasado, pues murió en Septiembre de 1998 en la ciudad de Mérida, estaría circulando el Tomo II de esta hermosa Antología con gratas sorpresas e inclusiones generosas y simultáneamente acuciosas, además de lúcidas dilucidaciones teóricas sobre el estado actual de la creación literaria venezolana.
Sabido es que, en Venezuela, desde Andrés Bello pasando por J.A. Pérez Bonalde, los parnasianos y los románticos, a lo largo de todo el siglo XIX y gran parte del XX predominó el poema en verso y el soneto como estructura formal arquitectónica del canto lírico; prueba de ello lo representan Luis Enrique Mármol, Julio César Dominicci, Maitín, Luis Barrios Cruz, Antonio Arráiz, Enriqueta Arvelo Larriva. Que el poema en prosa no sedujo a las sensibilidades literarias del siglo pasado en nuestro país es prueba fahaciente que nos proporciona esta sin par Antología que nos legó Julio Miranda antes de su lamentable desaparición. Altamente recomendable es la lectura de esta amplia y exhaustiva investigación que sin dudas viene a llenar un espacio significativo en los estudios literarios contemporáneos de Venezuela. Lo demás es lectura.
*Médico poeta
RAFAEL RATTIA
2 de diciembre de 1999
El mismo año de su lamentable deceso, cual macabra coincidencia, salió de la imprenta, bajo el cuidado editorial de las Ediciones Mucuglifo, la Antología venezolana del poema en prosa, libro minuciosamente seleccionado por el poeta, ensayista y crítico literario cubano residenciado en Venezuela, Julio Miranda. La selección acometida por Miranda comprende un total de 26 poetas venezolanos forjadores de un corpus poético que cubre todo el siglo XX de nuestro país y fija sus antecedentes históricos-literarios —puede decirse sus orígenes— en el mítico poema en prosa de Simón Bolívar «Mi delirio sobre el Chimborazo» como el punto de partida de la prosa poética venezolana. No obstante la dificultad teórica metodológica para situar el génesis de nuestra poesía en prosa, nuestro crítico literario ubica el punto de arranque de esta modalidad de escribir poesía en los textos fundacionales del poeta cumanés José Antonio Ramos Sucre. De igual modo, el poeta Miranda señala que el creador de la escritura aforística en Venezuela es el autor de La Torre de Timón, Trizas de Papel, Granizada, Las formas del fuego, entre otros libros de verdadera resonancia universal; afirmación con la cual estoy totalmente de acuerdo. Para demostrar su aserto Julio Miranda extrae una apretada síntesis de los más fulminantes aforismos de Ramos Sucre contenidos de ese fulgurante compendio de sabiduría poética titulada Granizada publicado originalmente en la revista Élite en octubre de 1925. Prácticamente, según Julio Miranda, los poetas Ramos Sucre y Salustio González Rincones son los dos únicos venezolanos que brillan de manera autónoma en el firmamento literario nacional emitiendo una luz temática y formal de nítida raigambre clasicista en uno y neoclásica en otro.
Llama poderosamente la atención la forma cómo Julio Miranda presenta al poeta Luis Fernando Álvarez. De él dice que ...«no sería vano plantear que fundó la poesía urbana entre nosotros». Este poeta, Luis Fernando Álvarez, nació en 1901 y murió en 1952; es decir, con apenas cincuenta años creó una corriente estética con diáfanos rasgos de singular contemporaneidad. La temática urbana en un país donde predominaba el poema costumbrista y rural o bucólico. Así mismo, Miranda cita e incluye en esta Antología que reseño al inmenso poeta Miguel Ramón Utrera quien tuvo el valor de rechazar el Premio Nacional de Literatura en 1981. Desde que se instituyó el más importante galardón literario de las letras oficiales venezolanas nadie había tenido la osadía ni la valentía moral de rechazar el otorgamiento de tan codiciado premio. Celebro el atrevimiento irreverente del poeta Utrera al desdeñar dicha infamia. ¿Qué otra cosa podría haber hecho el poeta? Hay que agradecer el gesto de Julio Miranda al incluir, con sobrada justicia, a Miguel Ramón Utrera en esta Antología de poesía prosada: ninguna antología de la poesía venezolana del siglo XX que tenga pretensión de rigurosa exhaustividad puede prescindir de incluir al bardo de San Sebastián de los Reyes. Rasgo asaz curioso de este poeta venezolano; jamás salió de su pueblo natal y su universalidad está a la altura de nuestros más eximios poetas nacionales.
De los 26 poetas que incluye Miranda en su magnífica Antología tengo el orgullo de conocer personalmente al menos 5 de ellos, a saber: Ramón Palomares, Laura Cracco, Armando Rojas Guardia, María Luisa Lázzaro y al gran poeta, prematuramente desaparecido, Arnaldo Acosta Bello, con quien me emborraché, junto al poeta Angel Eduardo Acevedo, y canté «Oh bella chau» en vísperas de su primer viaje a Grecia. Curiosamente, a todos los poetas antes citados los conocí en tiempos de errancia y nomadismo intelectual, de intensa bohemia irresponsable. Era la época en que acariciaba con fervor la idea del suicidio como una bendición y como una terapia balsámica.
Me parece excelente la idea de Julio Miranda de establecer nexos de parentesco literario entre Ramos Sucre y el autor de Dictado por la jauría, Juan Calzadilla, al tiempo que incluye dentro de la gramínea aforística a esa Voz Mayor que es nuestro Rafael Cadenas. Tal vez si Julio Miranda no se hubiese muerto el año pasado, pues murió en Septiembre de 1998 en la ciudad de Mérida, estaría circulando el Tomo II de esta hermosa Antología con gratas sorpresas e inclusiones generosas y simultáneamente acuciosas, además de lúcidas dilucidaciones teóricas sobre el estado actual de la creación literaria venezolana.
Sabido es que, en Venezuela, desde Andrés Bello pasando por J.A. Pérez Bonalde, los parnasianos y los románticos, a lo largo de todo el siglo XIX y gran parte del XX predominó el poema en verso y el soneto como estructura formal arquitectónica del canto lírico; prueba de ello lo representan Luis Enrique Mármol, Julio César Dominicci, Maitín, Luis Barrios Cruz, Antonio Arráiz, Enriqueta Arvelo Larriva. Que el poema en prosa no sedujo a las sensibilidades literarias del siglo pasado en nuestro país es prueba fahaciente que nos proporciona esta sin par Antología que nos legó Julio Miranda antes de su lamentable desaparición. Altamente recomendable es la lectura de esta amplia y exhaustiva investigación que sin dudas viene a llenar un espacio significativo en los estudios literarios contemporáneos de Venezuela. Lo demás es lectura.
*Médico poeta
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Argimiro Torres,
Poesía venezolana
miércoles, 28 de abril de 2010
Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida
Andrés Bello (1871-1865)
Recopilado por Argimiro Torres
¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
Tú tejes al verano su guirnalda
de granadas espigas; tú la uva
das a la hirviente cuba;
no de purpúrea fruta, o roja, o gualda,
a tus florestas bellas
falta matiz alguno; y bebe en ellas
aromas mil el viento;
y greyes van sin cuento
paciendo tu verdura, desde el llano
que tiene por lindero el horizonte,
hasta el erguido monte,
de inaccesible nieve siempre cano.
Tú das la caña hermosa,
de do la miel se acendra,
por quien desdeña el mundo los panales;
tú en urnas de coral cuajas la almendra
que en la espumante jícara rebosa;
bulle carmín viviente en tus nopales,
que afrenta fuera al múrice de Tiro;
y de tu añil la tinta generosa
émula es de la lumbre del zafiro.
El vino es tuyo, que la herida agave
para los hijos vierte
del Anahuac feliz; y la hoja es tuya,
que, cuando de süave
humo en espiras vagorosas huya,
solazará el fastidio al ocio inerte.
Tú vistes de jazmines
el arbusto sabeo ,
y el perfume le das, que en los festines
la fiebre insana templará a Lico.
Para tus hijos la procera palma
su vario feudo cría,
y el ananás sazona su ambrosía;
su blanco pan la yuca ;
sus rubias pomas la patata educa;
y el algodón despliega al aura leve
las rosas de oro y el vellón de nieve.
Tendida para ti la fresca parcha
en enramadas de verdor lozano,
cuelga de sus sarmientos trepadores
nectáreos globos y franjadas flores;
y para ti el maíz, jefe altanero
de la espigada tribu, hincha su grano;
y para ti el banano
desmaya al peso de su dulce carga;
el banano, primero
de cuantos concedió bellos presentes
Providencia a las gentes
del ecuador feliz con mano larga.
No ya de humanas artes obligado
el premio rinde opimo;
no es a la podadera, no al arado
deudor de su racimo;
escasa industria bástale, cual puede
hurtar a sus fatigas mano esclava;
crece veloz, y cuando exhausto acaba,
adulta prole en torno le sucede.
Mas ¡oh! ¡si cual no cede
el tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
y como de natura esmero ha sido,
de tu indolente habitador lo fuera!
¡Oh! ¡si al falaz rüido,
la dicha al fin supiese verdadera
anteponer, que del umbral le llama
del labrador sencillo,
lejos del necio y vano
fasto, el mentido brillo,
el ocio pestilente ciudadano!
¿Por qué ilusión funesta
aquellos que fortuna hizo señores
de tan dichosa tierra y pingüe y varia,
el cuidado abandonan
y a la fe mercenaria
las patrias heredades,
y en el ciego tumulto se aprisionan
de míseras ciudades,
do la ambición proterva
sopla la llama de civiles bandos,
o al patriotismo la desidia enerva;
do el lujo las costumbres atosiga,
y combaten los vicios
la incauta edad en poderosa liga?
No allí con varoniles ejercicios
se endurece el mancebo a la fatiga;
mas la salud estraga en el abrazo
de pérfida hermosura,
que pone en almoneda los favores;
mas pasatiempo estima
prender aleve en casto seno el fuego
de ilícitos amores;
o embebecido le hallará la aurora
en mesa infame de ruinoso juego.
En tanto a la lisonja seductora
del asiduo amador fácil oído
da la consorte; crece
en la materna escuela
de la disipación y el galanteo
la tierna virgen, y al delito espuela
es antes el ejemplo que el deseo.
¿Y será que se formen de ese modo
los ánimos heroicos denodados
que fundan y sustentan los estados?
¿De la algazara del festín beodo,
o de los coros de liviana danza,
la dura juventud saldrá, modesta,
orgullo de la patria, y esperanza?
¿Sabrá con firme pulso
de la severa ley regir el freno;
brillar en torno aceros homicidas
en la dudosa lid verá sereno;
o animoso hará frente al genio altivo
del engreído mando en la tribuna,
aquel que ya en la cuna
durmió al arrullo del cantar lascivo,
que riza el pelo, y se unge, y se atavía
con femenil esmero,
y en indolente ociosidad el día,
o en criminal lujuria pasa entero?
No así trató la triunfadora Roma
las artes de la paz y de la guerra;
antes fió las riendas del estado
a la mano robusta
que tostó el sol y encalleció el arado;
y bajo el techo humoso campesino
los hijos educó, que el conjurado
mundo allanaron al valor latino.
¡Oh! ¡los que afortunados poseedores
habéis nacido de la tierra hermosa,
en que reseña hacer de sus favores,
como para ganaros y atraeros,
quiso Naturaleza bondadosa!
romped el duro encanto
que os tiene entre murallas prisioneros.
El vulgo de las artes laborioso,
el mercader que necesario al lujo
al lujo necesita,
los que anhelando van tras el señuelo
del alto cargo y del honor ruidoso,
la grey de aduladores parasita,
gustosos pueblen ese infecto caos;
el campo es vuestra herencia; en él gozaos.
¿Amáis la libertad? El campo habita,
o allá donde el magnate
entre armados satélites se mueve,
y de la moda, universal señora,
va la razón al triunfal carro atada,
y a la fortuna la insensata plebe,
y el noble al aura popular adora.
¿O la virtud amáis? ¡Ah, que el retiro,
la solitaria calma
en que, juez de sí misma, pasa el alma
a las acciones muestra,
es de la vida la mejor maestra!
¿Buscáis durables goces,
felicidad, cuanta es al hombre dada
y a su terreno asiento, en que vecina
está la risa al llanto, y siempre, ¡ah! siempre
donde halaga la flor, punza la espina?
Id a gozar la suerte campesina;
la regalada paz, que ni rencores
al labrador, ni envidias acibaran;
la cama que mullida le preparan
el contento, el trabajo, el aire puro;
y el sabor de los fáciles manjares,
que dispendiosa gula no le aceda;
y el asilo seguro
de sus patrios hogares
que a la salud y al regocijo hospeda.
El aura respirad de la montaña,
que vuelve al cuerpo laso
el perdido vigor, que a la enojosa
vejez retarda el paso,
y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
¿Es allí menos blanda por ventura
de amor la llama, que templó el recato?
¿O menos aficiona la hermosura
que de extranjero ornato
y afeites impostores no se cura?
¿O el corazón escucha indiferente
el lenguaje inocente
que los afectos sin disfraz expresa,
y a la intención ajusta la promesa?
No del espejo al importuno ensayo
la risa se compone, el paso, el gesto;
ni falta allí carmín al rostro honesto
que la modestia y la salud colora,
ni la mirada que lanzó al soslayo
tímido amor, la senda al alma ignora.
¿Esperaréis que forme
más venturosos lazos himeneo,
do el interés barata,
tirano del deseo,
ajena mano y fe por nombre o plata,
que do conforme gusto, edad conforme,
y elección libre, y mutuo ardor los ata?
Allí también deberes
hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
heridas de la guerra; el fértil suelo,
áspero ahora y bravo,
al desacostumbrado yugo torne
del arte humana, y le tribute esclavo.
Del obstrüido estanque y del molino
recuerden ya las aguas el camino;
el intrincado bosque el hacha rompa,
consuma el fuego; abrid en luengas calles
la oscuridad de su infructuosa pompa.
Abrigo den los valles
a la sedienta caña;
la manzana y la pera
en la fresca montaña
el cielo olviden de su madre España;
adorne la ladera
el cafetal; ampare
a la tierna teobroma en la ribera
la sombra maternal de su bucare ;
aquí el vergel, allá la huerta ría...
¿Es ciego error de ilusa fantasía?
Ya dócil a tu voz, agricultura,
nodriza de las gentes, la caterva
servil armada va de corvas hoces.
Mírola ya que invade la espesura
de la floresta opaca; oigo las voces,
siento el rumor confuso; el hierro suena,
los golpes el lejano
eco redobla; gime el ceibo anciano,
que a numerosa tropa
largo tiempo fatiga;
batido de cien hachas, se estremece,
estalla al fin, y rinde el ancha copa.
Huyó la fiera; deja el caro nido,
deja la prole implume
el ave, y otro bosque no sabido
de los humanos va a buscar doliente...
¿Qué miro? Alto torrente
de sonorosa llama
corre, y sobre las áridas rüinas
de la postrada selva se derrama.
El raudo incendio a gran distancia brama,
y el humo en negro remolino sube,
aglomerando nube sobre nube.
Ya de lo que antes era
verdor hermoso y fresca lozanía,
sólo difuntos troncos,
sólo cenizas quedan; monumento
de la lucha mortal, burla del viento.
Mas al vulgo bravío
de las tupidas plantas montaraces,
sucede ya el fructífero plantío
en muestra ufana de ordenadas haces.
Ya ramo a ramo alcanza,
y a los rollizos tallos hurta el día;
ya la primera flor desvuelve el seno,
bello a la vista, alegre a la esperanza;
a la esperanza, que riendo enjuga.
del fatigado agricultor la frente,
y allá a lo lejos el opimo fruto,
y la cosecha apañadora pinta,
que lleva de los campos el tributo,
colmado el cesto, y con la falda en cinta,
y bajo el peso de los largos bienes
con que al colono acude,
hace crujir los vastos almacenes.
¡Buen Dios! no en vano sude,
mas a merced y a compasión te mueva
la gente agricultora
del ecuador, que del desmayo triste
con renovado aliento vuelve ahora,
y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
tantos años de fiera
devastación y militar insulto,
aún más que tu clemencia antigua implora.
Su rústica piedad, pero sincera,
halle a tus ojos gracia; no el risueño
porvenir que las penas le aligera,
cual de dorado sueño
visión falaz, desvanecido llore;
intempestiva lluvia no maltrate
el delicado embrión; el diente impío
de insecto roedor no lo devore;
sañudo vendaval no lo arrebate,
ni agote al árbol el materno jugo
la calorosa sed de largo estío.
Y pues al fin te plugo,
árbitro de la suerte soberano,
que, suelto el cuello de extranjero yugo,
erguiese al cielo el hombre americano,
bendecida de ti se arraigue y medre
su libertad; en el más hondo encierra
de los abismos la malvada guerra,
y el miedo de la espada asoladora
al suspicaz cultivador no arredre
del arte bienhechora,
que las familias nutre y los estados;
la azorada inquietud deje las almas,
deje la triste herrumbre los arados.
Asaz de nuestros padres malhadados
expiamos la bárbara conquista.
¿Cuántas doquier la vista
no asombran erizadas soledades,
do cultos campos fueron, do ciudades?
De muertes, proscripciones,
suplicios, orfandades,
¿quién contará la pavorosa suma?
Saciadas duermen ya de sangre ibera
las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
¡Ah! desde el alto asiento,
en que escabel te son alados coros
que velan en pasmado acatamiento
la faz ante la lumbre de tu frente,
(si merece por dicha una mirada
tuya la sin ventura humana gente),
el ángel nos envía,
el ángel de la paz, que al crudo ibero
haga olvidar la antigua tiranía,
y acatar reverente el que a los hombres
sagrado diste, imprescriptible fuero;
que alargar le haga al injuriado hermano,
(¡ensangrentó la asaz!) la diestra inerme;
y si la innata mansedumbre duerme,
la despierte en el pecho americano.
El corazón lozano
que una feliz oscuridad desdeña,
que en el azar sangriento del combate
alborozado late,
y codicioso de poder o fama,
nobles peligros ama;
baldón estime sólo y vituperio
el prez que de la patria no reciba,
la libertad más dulce que el imperio,
y más hermosa que el laurel la oliva.
Ciudadano el soldado,
deponga de la guerra la librea;
el ramo de victoria
colgado al ara de la patria sea,
y sola adorne al mérito la gloria.
De su trïunfo entonces, Patria mía,
verá la paz el suspirado día;
la paz, a cuya vista el mundo llena
alma, serenidad y regocijo;
vuelve alentado el hombre a la faena,
alza el ancla la nave, a las amigas
auras encomendándose animosa,
enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
y no basta la hoz a las espigas.
¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
alzáis sobre el atónito occidente
de tempranos laureles la cabeza!
honrad el campo, honrad la simple vida
del labrador, y su frugal llaneza.
Así tendrán en vos perpetuamente
la libertad morada,
y freno la ambición, y la ley templo.
Las gentes a la senda
de la inmortalidad, ardua y fragosa,
se animarán, citando vuestro ejemplo.
Lo emulará celosa
vuestra posteridad; y nuevos nombres
añadiendo la fama
a los que ahora aclama,
«hijos son éstos, hijos,
(pregonará a los hombres)
de los que vencedores superaron
de los Andes la cima;
de los que en Boyacá, los que en la arena
de Maipo, y en Junín, y en la campaña
gloriosa de Apurima,
postrar supieron al león de España».
Andrés Bello nació en Caracas, Venezuela, el 29 de noviembre de 1781 y falleció en Santiago de Chile el 15 de octubre de 1865.
Andrés Bello fue uno de los más grandes humanistas de América Latina, dedicándose a la literatura, la educación, la filología, la filosofía, el derecho. Ejerció la docencia particular en Venezuela y tuvo el honor de ser profesor de Simón Bolívar. Acompañó en sus exploraciones, al barón Alejandro von Humboldt en sus exploraciones científicas en las Colonias.
Su trayectoria puede dividirse en tres etapas diferenciadas: 1781-1810: su vida en Venezuela; 1810-1829: su viaje a Inglaterra y su misión diplomática; 1829-1865: su estada en Chile.
Su vasta obra permite contarlo entre los exponentes importantes de la literatura americana, con poemas como la "Silva a la agricultura de la zona tórrida", escrita en Londres, y la "Alocución a la Poesía" en 1823; la "Oración por todos" en 1843, ya con caracteres románticos.
También en Derecho, Andrés Bello compuso en 1832 el tratado "Principios de Derecho Internacional" y el "Derecho Civil" para Chile, en 1955.
En Gramática descolló con su obra, la "Gramática de la Lengua Castellana" escrita en 1847, con una visión actual y renovadora de los conceptos lingüísticos (en lo referente a vocabulario, a los verboides, etc).
Fue Miembro de la Real Academia Española en 1851.
Fue Rector de la Universidad en Chile, de la cual se retiró ya anciano, y prosiguió sus investigaciones hasta su fallecimiento en 1865.
La Silva a la agricultura en la zona tórrida de este gran poeta figura entre "Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana", escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura de los países de habla hispana. Bello podría ocupar con idéntico derecho un puesto de excepción en los capítulos dedicados a la prosa o a la crítica. Porque en él concurren parejos méritos seis u ocho cualidades que le convierten en verdadero polígrafo: el poeta, el filólogo, el crítico, el educador, el filósofo y hasta el jurista. En todas estas actitudes destacó y en todas ellas dejó obra meritísimas.
Francisco Arias Solís
Recopilado por Argimiro Torres
¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
Tú tejes al verano su guirnalda
de granadas espigas; tú la uva
das a la hirviente cuba;
no de purpúrea fruta, o roja, o gualda,
a tus florestas bellas
falta matiz alguno; y bebe en ellas
aromas mil el viento;
y greyes van sin cuento
paciendo tu verdura, desde el llano
que tiene por lindero el horizonte,
hasta el erguido monte,
de inaccesible nieve siempre cano.
Tú das la caña hermosa,
de do la miel se acendra,
por quien desdeña el mundo los panales;
tú en urnas de coral cuajas la almendra
que en la espumante jícara rebosa;
bulle carmín viviente en tus nopales,
que afrenta fuera al múrice de Tiro;
y de tu añil la tinta generosa
émula es de la lumbre del zafiro.
El vino es tuyo, que la herida agave
para los hijos vierte
del Anahuac feliz; y la hoja es tuya,
que, cuando de süave
humo en espiras vagorosas huya,
solazará el fastidio al ocio inerte.
Tú vistes de jazmines
el arbusto sabeo ,
y el perfume le das, que en los festines
la fiebre insana templará a Lico.
Para tus hijos la procera palma
su vario feudo cría,
y el ananás sazona su ambrosía;
su blanco pan la yuca ;
sus rubias pomas la patata educa;
y el algodón despliega al aura leve
las rosas de oro y el vellón de nieve.
Tendida para ti la fresca parcha
en enramadas de verdor lozano,
cuelga de sus sarmientos trepadores
nectáreos globos y franjadas flores;
y para ti el maíz, jefe altanero
de la espigada tribu, hincha su grano;
y para ti el banano
desmaya al peso de su dulce carga;
el banano, primero
de cuantos concedió bellos presentes
Providencia a las gentes
del ecuador feliz con mano larga.
No ya de humanas artes obligado
el premio rinde opimo;
no es a la podadera, no al arado
deudor de su racimo;
escasa industria bástale, cual puede
hurtar a sus fatigas mano esclava;
crece veloz, y cuando exhausto acaba,
adulta prole en torno le sucede.
Mas ¡oh! ¡si cual no cede
el tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
y como de natura esmero ha sido,
de tu indolente habitador lo fuera!
¡Oh! ¡si al falaz rüido,
la dicha al fin supiese verdadera
anteponer, que del umbral le llama
del labrador sencillo,
lejos del necio y vano
fasto, el mentido brillo,
el ocio pestilente ciudadano!
¿Por qué ilusión funesta
aquellos que fortuna hizo señores
de tan dichosa tierra y pingüe y varia,
el cuidado abandonan
y a la fe mercenaria
las patrias heredades,
y en el ciego tumulto se aprisionan
de míseras ciudades,
do la ambición proterva
sopla la llama de civiles bandos,
o al patriotismo la desidia enerva;
do el lujo las costumbres atosiga,
y combaten los vicios
la incauta edad en poderosa liga?
No allí con varoniles ejercicios
se endurece el mancebo a la fatiga;
mas la salud estraga en el abrazo
de pérfida hermosura,
que pone en almoneda los favores;
mas pasatiempo estima
prender aleve en casto seno el fuego
de ilícitos amores;
o embebecido le hallará la aurora
en mesa infame de ruinoso juego.
En tanto a la lisonja seductora
del asiduo amador fácil oído
da la consorte; crece
en la materna escuela
de la disipación y el galanteo
la tierna virgen, y al delito espuela
es antes el ejemplo que el deseo.
¿Y será que se formen de ese modo
los ánimos heroicos denodados
que fundan y sustentan los estados?
¿De la algazara del festín beodo,
o de los coros de liviana danza,
la dura juventud saldrá, modesta,
orgullo de la patria, y esperanza?
¿Sabrá con firme pulso
de la severa ley regir el freno;
brillar en torno aceros homicidas
en la dudosa lid verá sereno;
o animoso hará frente al genio altivo
del engreído mando en la tribuna,
aquel que ya en la cuna
durmió al arrullo del cantar lascivo,
que riza el pelo, y se unge, y se atavía
con femenil esmero,
y en indolente ociosidad el día,
o en criminal lujuria pasa entero?
No así trató la triunfadora Roma
las artes de la paz y de la guerra;
antes fió las riendas del estado
a la mano robusta
que tostó el sol y encalleció el arado;
y bajo el techo humoso campesino
los hijos educó, que el conjurado
mundo allanaron al valor latino.
¡Oh! ¡los que afortunados poseedores
habéis nacido de la tierra hermosa,
en que reseña hacer de sus favores,
como para ganaros y atraeros,
quiso Naturaleza bondadosa!
romped el duro encanto
que os tiene entre murallas prisioneros.
El vulgo de las artes laborioso,
el mercader que necesario al lujo
al lujo necesita,
los que anhelando van tras el señuelo
del alto cargo y del honor ruidoso,
la grey de aduladores parasita,
gustosos pueblen ese infecto caos;
el campo es vuestra herencia; en él gozaos.
¿Amáis la libertad? El campo habita,
o allá donde el magnate
entre armados satélites se mueve,
y de la moda, universal señora,
va la razón al triunfal carro atada,
y a la fortuna la insensata plebe,
y el noble al aura popular adora.
¿O la virtud amáis? ¡Ah, que el retiro,
la solitaria calma
en que, juez de sí misma, pasa el alma
a las acciones muestra,
es de la vida la mejor maestra!
¿Buscáis durables goces,
felicidad, cuanta es al hombre dada
y a su terreno asiento, en que vecina
está la risa al llanto, y siempre, ¡ah! siempre
donde halaga la flor, punza la espina?
Id a gozar la suerte campesina;
la regalada paz, que ni rencores
al labrador, ni envidias acibaran;
la cama que mullida le preparan
el contento, el trabajo, el aire puro;
y el sabor de los fáciles manjares,
que dispendiosa gula no le aceda;
y el asilo seguro
de sus patrios hogares
que a la salud y al regocijo hospeda.
El aura respirad de la montaña,
que vuelve al cuerpo laso
el perdido vigor, que a la enojosa
vejez retarda el paso,
y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
¿Es allí menos blanda por ventura
de amor la llama, que templó el recato?
¿O menos aficiona la hermosura
que de extranjero ornato
y afeites impostores no se cura?
¿O el corazón escucha indiferente
el lenguaje inocente
que los afectos sin disfraz expresa,
y a la intención ajusta la promesa?
No del espejo al importuno ensayo
la risa se compone, el paso, el gesto;
ni falta allí carmín al rostro honesto
que la modestia y la salud colora,
ni la mirada que lanzó al soslayo
tímido amor, la senda al alma ignora.
¿Esperaréis que forme
más venturosos lazos himeneo,
do el interés barata,
tirano del deseo,
ajena mano y fe por nombre o plata,
que do conforme gusto, edad conforme,
y elección libre, y mutuo ardor los ata?
Allí también deberes
hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
heridas de la guerra; el fértil suelo,
áspero ahora y bravo,
al desacostumbrado yugo torne
del arte humana, y le tribute esclavo.
Del obstrüido estanque y del molino
recuerden ya las aguas el camino;
el intrincado bosque el hacha rompa,
consuma el fuego; abrid en luengas calles
la oscuridad de su infructuosa pompa.
Abrigo den los valles
a la sedienta caña;
la manzana y la pera
en la fresca montaña
el cielo olviden de su madre España;
adorne la ladera
el cafetal; ampare
a la tierna teobroma en la ribera
la sombra maternal de su bucare ;
aquí el vergel, allá la huerta ría...
¿Es ciego error de ilusa fantasía?
Ya dócil a tu voz, agricultura,
nodriza de las gentes, la caterva
servil armada va de corvas hoces.
Mírola ya que invade la espesura
de la floresta opaca; oigo las voces,
siento el rumor confuso; el hierro suena,
los golpes el lejano
eco redobla; gime el ceibo anciano,
que a numerosa tropa
largo tiempo fatiga;
batido de cien hachas, se estremece,
estalla al fin, y rinde el ancha copa.
Huyó la fiera; deja el caro nido,
deja la prole implume
el ave, y otro bosque no sabido
de los humanos va a buscar doliente...
¿Qué miro? Alto torrente
de sonorosa llama
corre, y sobre las áridas rüinas
de la postrada selva se derrama.
El raudo incendio a gran distancia brama,
y el humo en negro remolino sube,
aglomerando nube sobre nube.
Ya de lo que antes era
verdor hermoso y fresca lozanía,
sólo difuntos troncos,
sólo cenizas quedan; monumento
de la lucha mortal, burla del viento.
Mas al vulgo bravío
de las tupidas plantas montaraces,
sucede ya el fructífero plantío
en muestra ufana de ordenadas haces.
Ya ramo a ramo alcanza,
y a los rollizos tallos hurta el día;
ya la primera flor desvuelve el seno,
bello a la vista, alegre a la esperanza;
a la esperanza, que riendo enjuga.
del fatigado agricultor la frente,
y allá a lo lejos el opimo fruto,
y la cosecha apañadora pinta,
que lleva de los campos el tributo,
colmado el cesto, y con la falda en cinta,
y bajo el peso de los largos bienes
con que al colono acude,
hace crujir los vastos almacenes.
¡Buen Dios! no en vano sude,
mas a merced y a compasión te mueva
la gente agricultora
del ecuador, que del desmayo triste
con renovado aliento vuelve ahora,
y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
tantos años de fiera
devastación y militar insulto,
aún más que tu clemencia antigua implora.
Su rústica piedad, pero sincera,
halle a tus ojos gracia; no el risueño
porvenir que las penas le aligera,
cual de dorado sueño
visión falaz, desvanecido llore;
intempestiva lluvia no maltrate
el delicado embrión; el diente impío
de insecto roedor no lo devore;
sañudo vendaval no lo arrebate,
ni agote al árbol el materno jugo
la calorosa sed de largo estío.
Y pues al fin te plugo,
árbitro de la suerte soberano,
que, suelto el cuello de extranjero yugo,
erguiese al cielo el hombre americano,
bendecida de ti se arraigue y medre
su libertad; en el más hondo encierra
de los abismos la malvada guerra,
y el miedo de la espada asoladora
al suspicaz cultivador no arredre
del arte bienhechora,
que las familias nutre y los estados;
la azorada inquietud deje las almas,
deje la triste herrumbre los arados.
Asaz de nuestros padres malhadados
expiamos la bárbara conquista.
¿Cuántas doquier la vista
no asombran erizadas soledades,
do cultos campos fueron, do ciudades?
De muertes, proscripciones,
suplicios, orfandades,
¿quién contará la pavorosa suma?
Saciadas duermen ya de sangre ibera
las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
¡Ah! desde el alto asiento,
en que escabel te son alados coros
que velan en pasmado acatamiento
la faz ante la lumbre de tu frente,
(si merece por dicha una mirada
tuya la sin ventura humana gente),
el ángel nos envía,
el ángel de la paz, que al crudo ibero
haga olvidar la antigua tiranía,
y acatar reverente el que a los hombres
sagrado diste, imprescriptible fuero;
que alargar le haga al injuriado hermano,
(¡ensangrentó la asaz!) la diestra inerme;
y si la innata mansedumbre duerme,
la despierte en el pecho americano.
El corazón lozano
que una feliz oscuridad desdeña,
que en el azar sangriento del combate
alborozado late,
y codicioso de poder o fama,
nobles peligros ama;
baldón estime sólo y vituperio
el prez que de la patria no reciba,
la libertad más dulce que el imperio,
y más hermosa que el laurel la oliva.
Ciudadano el soldado,
deponga de la guerra la librea;
el ramo de victoria
colgado al ara de la patria sea,
y sola adorne al mérito la gloria.
De su trïunfo entonces, Patria mía,
verá la paz el suspirado día;
la paz, a cuya vista el mundo llena
alma, serenidad y regocijo;
vuelve alentado el hombre a la faena,
alza el ancla la nave, a las amigas
auras encomendándose animosa,
enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
y no basta la hoz a las espigas.
¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
alzáis sobre el atónito occidente
de tempranos laureles la cabeza!
honrad el campo, honrad la simple vida
del labrador, y su frugal llaneza.
Así tendrán en vos perpetuamente
la libertad morada,
y freno la ambición, y la ley templo.
Las gentes a la senda
de la inmortalidad, ardua y fragosa,
se animarán, citando vuestro ejemplo.
Lo emulará celosa
vuestra posteridad; y nuevos nombres
añadiendo la fama
a los que ahora aclama,
«hijos son éstos, hijos,
(pregonará a los hombres)
de los que vencedores superaron
de los Andes la cima;
de los que en Boyacá, los que en la arena
de Maipo, y en Junín, y en la campaña
gloriosa de Apurima,
postrar supieron al león de España».
Andrés Bello nació en Caracas, Venezuela, el 29 de noviembre de 1781 y falleció en Santiago de Chile el 15 de octubre de 1865.
Andrés Bello fue uno de los más grandes humanistas de América Latina, dedicándose a la literatura, la educación, la filología, la filosofía, el derecho. Ejerció la docencia particular en Venezuela y tuvo el honor de ser profesor de Simón Bolívar. Acompañó en sus exploraciones, al barón Alejandro von Humboldt en sus exploraciones científicas en las Colonias.
Su trayectoria puede dividirse en tres etapas diferenciadas: 1781-1810: su vida en Venezuela; 1810-1829: su viaje a Inglaterra y su misión diplomática; 1829-1865: su estada en Chile.
Su vasta obra permite contarlo entre los exponentes importantes de la literatura americana, con poemas como la "Silva a la agricultura de la zona tórrida", escrita en Londres, y la "Alocución a la Poesía" en 1823; la "Oración por todos" en 1843, ya con caracteres románticos.
También en Derecho, Andrés Bello compuso en 1832 el tratado "Principios de Derecho Internacional" y el "Derecho Civil" para Chile, en 1955.
En Gramática descolló con su obra, la "Gramática de la Lengua Castellana" escrita en 1847, con una visión actual y renovadora de los conceptos lingüísticos (en lo referente a vocabulario, a los verboides, etc).
Fue Miembro de la Real Academia Española en 1851.
Fue Rector de la Universidad en Chile, de la cual se retiró ya anciano, y prosiguió sus investigaciones hasta su fallecimiento en 1865.
La Silva a la agricultura en la zona tórrida de este gran poeta figura entre "Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana", escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura de los países de habla hispana. Bello podría ocupar con idéntico derecho un puesto de excepción en los capítulos dedicados a la prosa o a la crítica. Porque en él concurren parejos méritos seis u ocho cualidades que le convierten en verdadero polígrafo: el poeta, el filólogo, el crítico, el educador, el filósofo y hasta el jurista. En todas estas actitudes destacó y en todas ellas dejó obra meritísimas.
Francisco Arias Solís
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Argimiro Torres,
Poesía venezolana
sábado, 17 de abril de 2010
Al Mover Tu Cabellera
Argimiro Torres
Cual pasajeros ausentes del porvenir
pasan las horas y días del encuentro.
Ilusión, pasión y amor, habrá muerto
cuando se anuncie la hora de partir
Recordarás requiebro insistente
del tránsfuga enamorado sin puerto
cuyo velero en alta mar, e inerte
esperaba siempre al azar, el viento
Mantendrá la instancia el silencio
y hojas secas caerán para siempre
llorarán corazones por momentos
si no vieron caer... lágrimas silentes
En tus mejillas quedará perenne huella
promesas que hicimos sin hablar
adoptamos la costumbre de callar…
lo que deseabas al mover tu cabellera
http://www.youtube.com/watch?v=OKIaqGLHRE0
Argimiro Torres
Cual pasajeros ausentes del porvenir
pasan las horas y días del encuentro.
Ilusión, pasión y amor, habrá muerto
cuando se anuncie la hora de partir
Recordarás requiebro insistente
del tránsfuga enamorado sin puerto
cuyo velero en alta mar, e inerte
esperaba siempre al azar, el viento
Mantendrá la instancia el silencio
y hojas secas caerán para siempre
llorarán corazones por momentos
si no vieron caer... lágrimas silentes
En tus mejillas quedará perenne huella
promesas que hicimos sin hablar
adoptamos la costumbre de callar…
lo que deseabas al mover tu cabellera
http://www.youtube.com/watch?v=OKIaqGLHRE0
Argimiro Torres
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Argimiro Torres,
Poesía del siglo XXI
jueves, 12 de noviembre de 2009
Letra completa de antigua canción que se oyó en Caracas de antaño
MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA
Enviada por el médico poeta Argimiro
Mambrú se fue a la guerra,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá.
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
No sé cuándo vendrá.
¿Vendrá para la Pascua?
¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!
¿Vendrá para la Pascua
o por la Trinidad?
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
O por la Trinidad.
La Trinidad se pasa,
¡qué dolor, qué dolor qué pena!
La Trinidad se pasa,
Mambrú no vuelve más.
Por allí viene un paje,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Por allí viene un paje,
¿Qué noticias traerá?
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
¿Qué noticias traerá?
-Las noticias que traigo,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
-Las noticias que traigo,
¡dan ganas de llorar!
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Dan ganas de llorar!
Mambrú ha muerto en guerra.
¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!
Mambrú ha muerto en guerra,
y yo le fui a enterrar.
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Y yo le fui a enterrar!
Con cuatro oficiales
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Con cuatro oficiales
y un cura sacristán.
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Y un cura sacristán.
Encima de la tumba
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Encima de la tumba
los pajaritos van,
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Los pajaritos van,
cantando el pío, pío,
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Cantando el pío, pío
el pío, pío, pa.
Enviada por el médico poeta Argimiro
Mambrú se fue a la guerra,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá.
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
No sé cuándo vendrá.
¿Vendrá para la Pascua?
¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!
¿Vendrá para la Pascua
o por la Trinidad?
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
O por la Trinidad.
La Trinidad se pasa,
¡qué dolor, qué dolor qué pena!
La Trinidad se pasa,
Mambrú no vuelve más.
Por allí viene un paje,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Por allí viene un paje,
¿Qué noticias traerá?
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
¿Qué noticias traerá?
-Las noticias que traigo,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
-Las noticias que traigo,
¡dan ganas de llorar!
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Dan ganas de llorar!
Mambrú ha muerto en guerra.
¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!
Mambrú ha muerto en guerra,
y yo le fui a enterrar.
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Y yo le fui a enterrar!
Con cuatro oficiales
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Con cuatro oficiales
y un cura sacristán.
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Y un cura sacristán.
Encima de la tumba
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Encima de la tumba
los pajaritos van,
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Los pajaritos van,
cantando el pío, pío,
¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!
Cantando el pío, pío
el pío, pío, pa.
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