viernes, 4 de mayo de 2012

Viajando por el recuerdo de El Calvario. Magali Rodríguez López.

En estos momentos de angustia muchos venezolanos hemos encontrado cierto consuelo en la escritura. En una narración escrita por mí, se me apareció como un relámpago el paseo El Calvario. En mi relato mencionaba el fenómeno psicológico del dejà vu o lo “ya vivido”, estado que se refiere al hecho de experimentar un suceso en un momento determinado y tener la sensación de que éste es una vivencia ya acontecida de manera idéntica en la vida de esa persona. Cerré así: “Recuerdo mis paseos de niña a El Calvario, donde éramos libres y corríamos por las veredas con total seguridad. Hoy pienso que ese nombre también se corresponde con una premonición, con lo ya visto en la historia del cristianismo…el símbolo de un espacio físico que anticiparía la inmolación de personas que solo querían rescatar esa sensación de libertad, que marchaban unidas como pandillas de niños solidarios en una aventura por la búsqueda de la determinación de sus propias vidas”. Realmente solo tengo en mi memoria dos imágenes en blanco y negro de ese espacio. En una estoy subiendo las escalinatas que se inician en El Silencio y siento que mis piernas hacen un gran esfuerzo para trepar la altura de los tramos. En otra, corro con los brazos abiertos con una sensación de inmensa independencia. A pesar de estos recuerdos, asocio este parque con una aparición; lo veo como un fantasma maléfico que siempre regresa a asustarnos y que permanece vigilante, oteando hacia las desmesuras del poder que se ejerce desde el Palacio de Miraflores. En mayo leí una reseña del diario El Nacional con el titulo de Desentierran la memoria urbana de Caracas, así que decidí conjurarlo. Contacté al Instituto de Patrimonio Cultural y llegué hasta su sede en la Villa Santa Inés en Caño Amarillo, indagando sobre las personas encargadas del proyecto de remodelación. La Villa, situada en una calle que conserva el silencio y las dimensiones estrechas de su construcción original, es una casa colonial de una planta. Fue edificada en 1883 para la residencia de Joaquín Crespo y su esposa Doña Jacinta. Atravesando un pequeño jardín fui recibida en el atrio por un portero quien me preguntó sobre las intenciones de mi visita. Le contesté que estaba interesada en la historia de la zona y me remitió a la biblioteca. Traspasando el umbral y caminando sobre los hermosos diseños romboidales de mosaico, llegué al área que ha debido ser el vestíbulo y las salas de la casa. Pasé al patio que tiene a ambos lados las habitaciones y una fuente de piedra en su centro. Recordé que el nombre de batalla de Santa Inés fue utilizado por Chávez como icono para incentivar a sus seguidores a movilizarse para obtener la victoria en alguno de los tantos procesos electorales que se han convertido en nuestro único entretenimiento seguro. Él se refería a Ezequiel Zamora pero la casa perteneció a Crespo y me di cuenta de que empezaba a perderme en los vericuetos de la historia. La biblioteca ocupa una de las habitaciones situada al lado izquierdo del patio. Me presenté a la jefa del Centro de Documentación y me proporcionó libros alusivos al período que me interesaba. Se negó a concederme una entrevista porque, para hablar del proyecto de recuperación, debía hacerlo directamente con los responsables, a quienes les avisaría sobre mi presencia. Al sentarme y empezar a hojear la bibliografía, un hombre que leía en uno de los mesones, se paró frente a mí y me dijo que podía proporcionarme los datos pues era de la zona y había vivido allí toda su vida. Alto, delgado, de 58 años, vestido con pantalón de caqui y camisa a cuadros empezó a hablarme sobre su niñez en Monte Piedad y la ruta que sube al paseo. Me explicó que es un camino estrecho y zigzagueante denominado calle de La Amargura, que va por detrás de los bloques de El Silencio y que, al llegar a El Calvario, puedo ver el primer estanque construido para llevar agua a Caracas desde Macarao. Quería darme su versión sobre los inconvenientes que se oponen al actual proceso revolucionario mientras señalaba, con su dedo en la sien que, el principal obstáculo, se encuentra en la cabeza de la gente. Se ofreció a enseñarme detalladamente cómo debía enmendarse dicho obstáculo pero yo, ya obstinada de su verborrea, le dije que quizás en otra oportunidad porque en ese momento no tenía tiempo. La segunda persona que se me acercó fue una arquitecto que trabaja en el proyecto. Me informó que no podía concederme entrevistas dado que anteriormente había sido reprendida por su jefe superior por haberlo hecho. El argumento fue que no aceptaban relacionarse con personas ajenas al Instituto pues estas podían estar vinculadas con el periodismo venezolano y pasaban información para la campaña permanente de tergiversación de datos que son utilizados en la prensa nacional en contra del proceso. Me ceñí a las referencias arquitectónicas y me explicó que El Calvario era inicialmente el sitio de vigilancia para el valle de Caracas ante el temor de ataques hacia la sede del gobierno colonial español. En 1874 el presidente Antonio Guzmán Blanco lo convirtió en un parque y antes fue un cementerio. Las excavaciones que se están haciendo actualmente tienen como finalidad despejar la duda sobre si el lugar estuvo habitado alguna vez. Luego llegó una antropóloga, quien me repitió la prohibición de suministrar información y me dijo que debía esperar por el jefe del proyecto, pues solo él podía hablar al respecto. Estuve a punto de levantarme y mandar El Calvario al cipote porque realmente me sentí, por primera vez en mi vida profesional, como una intrusa indeseada ante un muro inexpugnable, y me molestó el hecho de que graduados universitarios aceptaran la imposición de la censura en el desempeño de sus funciones. Por otro lado, me di cuenta de que el hombre que deseaba conversar conmigo se había marchado y que había perdido al único informante que tenía interés y experiencia acumulada que deseaba compartir. Cuando decidí despedirme llegó el antropólogo jefe, quien resultó haber sido mi alumno en la UCV. Rememoramos su etapa de estudiante, lo cual ocasionó un cambio rotundo en la interacción conmigo de las personas que estaban en la biblioteca. El Instituto de Patrimonio Cultural presentó ante las autoridades de Fundabarrios y Fundacomún, representantes locales y la comunidad, el Plan de Transformación Integral del Hábitat para El Calvario. Éste tiene como objetivo enlazar los esfuerzos de ocho organismos públicos y los habitantes del núcleo de desarrollo endógeno que abarca trece comunidades para conformar “El Eje Turístico El Calvario”, que incluirá la Ruta de las Carretas para que los visitantes se paseen por sus jardines. El área está ubicada entre el cerro El Calvario y la Quebrada de Caroata de las parroquias 23 de Enero y Catedral. Tiene un alto valor patrimonial, debido a la existencia de una estructura urbana del siglo XIX. Las edificaciones con declaratoria de Monumento Histórico Nacional son: La Villa Santa Inés y su Arco inconcluso, el Arco de la Federación, el Cuartel Cipriano Castro, Palacio de Miraflores y los bloques de El Silencio. El comité encargado de concebir las acciones está integrado por un representante de cada una de las instituciones, los Comités de Tierra Urbanos, Bloque de Infraestructura Los Lanceros R.L y la cooperativa Las Tres Raíces: Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez. Hurgando en los libros de historia averiguo que el primer caudillo social en Venezuela se encarna, a partir de 1846, en la figura de Ezequiel Zamora, quien convoca a hacer la guerra a los godos a favor de los pobres. Antonio Guzmán Blanco, hijo del fundador del partido Liberal y emparentado con Simón Bolívar, había viajado por Europa y Estados Unidos. Cuando se desata la Guerra Federal en 1859, encabezada por Juan Crisóstomo Falcón, Zamora se transforma en el organizador del ejército. Guzmán se alineó al lado de Falcón y Zamora. El 10 de diciembre del mismo año se desarrolló la batalla de Santa Inés y derrotaron al ejército centralista. El 10 de enero de 1860, Zamora recibe un disparo en la cabeza que le ocasiona la muerte a los 42 años de edad. En 1870, Guzmán encabeza una nueva revolución y es elegido presidente en 1873, lo que le garantiza su hegemonía en el poder durante 20 años. Joaquín Crespo ejerció como su Ministro de Guerra y Marina entre 1886 y 1888. Siempre bajo su ala, fue nombrado Presidente de la República en 1884 estando al mando durante dos años para entregarle nuevamente el gobierno a Guzmán. Es premiado con el título de “Héroe del Deber Cumplido”, en honor a su lealtad. Esta lealtad parece haberlo durado muy poco porque en 1888 participa en la revuelta antiguzmancista y en 1892 encabezó la Revolución Legalista y asumió el poder por un lapso de seis años. Posteriormente encontró la muerte a manos de un francotirador apostado en un árbol. Entonces, el asunto de los nombres parece ser explicado por esta relación: Guzmán utilizó la Guerra Federal para delinear su carrera política luego de traicionar a Falcón y Zamora; ésta se ve despejada con la oportuna “muerte accidental” de Zamora cuyo única gloria queda en el nombre de la Villa y en su resurrección heroica como una de las raíces de la revolución contemporánea. Crespo se inicia en su ruta hacia la presidencia por sus vínculos con Guzmán, para morir en idéntica forma, cuando se olvidó del “deber cumplido”. En Venezuela hubo doce revoluciones en el siglo XIX que se cierran a partir de la modernización urbanística de Caracas que hoy está en proceso de restauración. En el XX, el general Juan Vicente Gómez nos tranquiliza durante veinte y siete años y luego, apenas tuvimos una revolucioncita de dos años llamada Revolución de Octubre, que depone al Presidente general Isaías Medina Angarita en 1945. A pesar de la brevedad de su gobierno, limpió la zona aledaña a El Calvario iniciando la construcción de El Silencio. Después de algunos desvaríos democráticos, el general Marcos Pérez Jiménez nos calma porque, con la consolidación de su dictadura, no nos dejaba inventar revoluciones. El 1 de Enero de 1958 El Calvario inicia su papel protagónico transformándose en el fantasma que nos acompaña en las luchas por el poder. Ese día, mientras los aviones de la Fuerza Área Venezolana sobrevolaban Miraflores, se ubicaron en su colina tiradores del ejército y opositores civiles a la dictadura de Pérez Jiménez. La misión era servir de frente de retaguardia para cerrar la retirada de los adeptos al régimen. El 25 de enero de 1959, El Calvario contempló en la urbanización El Silencio, la gigantesca manifestación de marxistas que aclamaban al héroe de la revolución cubana Fidel Castro. Ahora sonríe con malicia porque nos volvió a dar la picazón heroica y tenemos una nueva revolución, o sea la número trece, que se llama Revolución Bolivariana. En ésta vuelve a aparecer el barbudo cubano como inspirador y piensa en la estupidez humana de repetir los mismos errores sin ni siquiera darse cuenta. El fantasma de El Calvario ha retomado su labor original de vigilante de las inmediaciones del Palacio de Miraflores. Tuvo su momento cumbre en abril del 2002, cuando observó que un grupo de los manifestantes que se dirigían a la sede del gobierno a solicitar la renuncia del teniente coronel, tomó el atajo de El Silencio para llegar allá. Se estremeció de placer al escuchar los disparos que los dispersaban para ver a continuidad cómo las personas intentaban salvar sus vidas trepando por sus escalinatas olvidadas y denigradas por más de 50 años. Contempla la estatua erigida en Puente Llaguno como homenaje a la hazaña de la masacre que inició el fin a las marchas opositoras y el Palacio en donde no solo gobierna sino que mora el Presidente, hasta que se cumpla el lapso mínimo de treinta años que se ha impuesto como período de su régimen. Recuerda que Chávez inició su trayectoria hacia el poder a la sombra del samán de Güere el 17 de diciembre de 1983. Sintiéndose la reencarnación de Bolívar, escogió la fecha de la muerte del Libertador para hacer con su grupo de conspiradores del Ejército, el juramento solemne de no dar descanso a sus brazos, ni reposo a sus almas hasta no ver rotas las cadenas de la opresión. En memoria a Zamora, repitió como final del pacto su proclama: Tierra y hombres libres, elección popular, horror a la oligarquía, patria o muerte. Piensa que, al Presidente, se le olvidó que en esa misma fecha, 17 de diciembre, murió Gómez y con la sabiduría que le da el formar parte del más allá y tener el don de la inmortalidad, sabe que, si de reencarnaciones se trata, igual podía ser el espíritu del “taita” el que está en Miraflores. Tomando el estrecho camino que sube serpenteando hacia el paseo me llego en carro hasta allá. Me ubico en la glorieta al lado de la estatua de Bolívar. Con la copia de un plano de Caracas en mis manos y la ayuda de uno de los obreros de las excavaciones, visualizo la avenida Oeste, el Palacio Presidencial y las cuadras de Llaguno, Bolero y Miraflores. De repente noto un extraño silencio. Me asusto y dándome cuenta que ya no están los obreros ni los guardias, veo a mi lado a un hombre alto, de frente despejada y barba poblada. Está vestido con un uniforme militar rojo y negro en el cual resaltan las charreteras y la espada ceñida a su cintura. Se dirige a mí y me cuenta que por aquí cerca estuvo también la estatua de Guzmán que fue derribada cuando su derrocamiento. Me invita a caminar y nos paramos al lado de las excavaciones. Igual que el señor a quien conocí en la biblioteca, me ofrece su versión de la historia. Manifiesta que no se necesita ser muy “estudiado” para darse cuenta de que sobre la tierra venezolana lo que camina es el pasado vestido con los mismos uniformes militares de siempre. Se percata de que, aunque inventen grados militares y le agreguen soles a las charreteras, éstos no pueden disfrazar a los “chácharos” de montoneras que no atinan a despegarse de la tierra o cobijarse bajo los árboles para encontrar la muerte o, por ahora, el poder. Paseamos por las veredas y nos sentamos en una banca. Frunce el ceño, encorva su espalda y se queda mirando las lajas de piedra en una actitud que me parece melancólica. Le pregunto qué le entristece. Responde que recuerda la fuerza de Guzmán para transformar la ciudad tumbando las arquerías de los mercados para alzar, en 1881, el imponente teatro al cual le puso su nombre y que añora el reloj de sol que estuvo en San Jacinto desde 1803 hasta 1951 marcando el entonces tiempo lento de Caracas. Se levanta, se para frente a mí y adoptando una pose marcial posa su mano en la espada. Opina que no entiende por qué harán retroceder el afán modernizador de su creador al encaramar a los turistas en carretas para pasearlos por sus veredas y me increpa para que le dé una explicación. No sé qué contestarle y me le quedo viendo mientras se desvanece. Sola, empiezo a darme cuenta de que mi angustia obsesiva con este parque se relaciona con el interminable calvario político de mi país que difícilmente nos dejará en paz. Magali Rodríguez López. Julio 2006.

Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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