domingo, 9 de marzo de 2014

TEJAR A ROSARIO 105 / SEGUNDA REVISIÓN


JESÚS ALFARO GARANTON
En 1948 de Tejar a Rosario 105, en la parroquia Santa Rosalía vivía el profesor J.M. Alfaro Zamora, yo era el tercero de sus hijos. Caracas era una ciudad provinciana, evidentemente atrasada en su estructura arquitectónica en comparación a otras ciudades latino americanas. Buenos Aires ya tenía el sistema Metro de transporte conocido como el “subte”, el obelisco y la Plaza de Mayo estaban presentes en la capital argentina, en Ciudad de México las personas paseaban por Insurgentes y en Santiago los pololos se besaban en La Alameda. Mientras en la Caracas de ese entonces, el sonido más estridente de sus estrechas calles era el chirriar de los viejos tranvías que recorrían las vías.   
Una de las parroquias importantes de la ciudad era Santa Rosalía, zona que hospedaba la clase media, en ella vivían abogados, médicos, ingenieros, otros profesionales universitarios y comerciantes. Las casas de toda la parroquia guardaban similitud, su estrecho ancho, lo compensaba una extensa longitud. Las casas tenían un portón, zaguán, recibidor, sala, patio con las habitaciones alrededor, comedor, cocina, patio de fondo, traspatio y el cuarto de los trastos. En los patios crecían frondosos árboles frutales como nísperos, mangos y granadas. Las casas se distinguían por los números, aunque todo el mundo sabía los apellidos de sus ocupantes. La casa de las Arreaza, la casa de los Febres, la casa del coronel Galavís.
En una de esas casas vecinas había una llena de misterio, donde salía todas las mañanas un señor muy obeso muy bien vestido y cerraba el portón con llave, produciendo gran estruendo, en la noche regresaba el personaje con el mismo ruido, pero en sentido contrario. Lo misterioso era una voz de mujer que se dejaba colar por una enrejada ventana y que en las tardes me pedía el favor de comprarle cigarrillos en la bodega de la esquina. Nunca logré verle la cara y solo mostraba una larga y delicada mano que me dejaba de vez en cuando una locha de regalo. Era un gran tesoro que disfruté muy poco porque cuando mi mamá se enteró del asunto me hizo devolver todas las lochas y seguir haciendo la compra gratis; ya que según ella, la señora era una pobre víctima de un marido viejo y celoso que la tenía en estricta reclusión matrimonial. Este hecho produjo en mí una enorme angustia, porque me involucraba en algo sórdido que yo nunca me logré explicar.
La sala era la habitación principal de las casas y se comunicaba hacia la calle por dos ventanas enrejadas. Era una habitación cerrada la mayoría del tiempo y solo se abría en ocasiones muy importantes, tales como bautizos o matrimonios. Las ventanas de estas salas dejaba al abrirse una especie de apoyo para los codos que llamaban “poyo” y las muchachas se asomaban hacia la calle, para ver pasar a los paseantes y para dejarse ver por los posibles “pollos” del entorno. Es decir: LAS MUCHACHAS APOYABAN SUS CODOS EN EL POYO, PARA VER PASAR A LOS POLLOS.
La casa inmediata a la nuestra se llenaba de una extraña alegría vespertina, en ella vivían tres jovencitas casaderas y que se desvivían por la captura de un posible “pollo” que les ofreciera matrimonio. Una de ellas tocaba muy bien el piano y era frecuente que entre 5 y 6 de la tarde, interpretara la famosa polonesa N° 6 Heroica de Chopin. Coincidía la música con el paso de un médico recién graduado  de unos veinticinco años, que le había robado el corazón a la pianista. La música era el santo y seña de la aceptación amorosa, era el vínculo de unión de los dos seres. Esta hermosa historia de amor terminó en un casamiento que se celebró en la casa de al lado, al cual desde luego yo no fui invitado por ser demasiado chamo. Me ha quedado en el recuerdo esa melodía y ha sido una de las preferidas toda mi vida.
Las tardes en mi casa eran maravillosas, la mata de níspero atraía a grandes cantidades de pájaros y allí se encontraban reinitas, turpiales, cristofués y azulejos que con gran algarabía picoteaban la dulce fruta que le ofrecía la mata. Caían al suelo los nísperos maduros, desparramando en el cemento su líquido dulzor. A las cuatro de la tarde el ambiente se impregnaba de un delicioso olor a chocolate, que invadía todos los rincones, la razón era la existencia de la fábrica de chocolates La India en los linderos de mi casa. Ese chocolate y esos nísperos no han tenido parangón en mi archivo cerebral de olores y aún hoy les recomiendo un postre: níspero maduro rociado con sirope de chocolate. No hay nada mejor.
Las calles eran estrechas y permitía el paso de automóviles y una vía para estacionamiento. Aceras estrechas que permitían el tránsito peatonal y la vida de personajes tales como el escobillero, quien cargaba sobre sus hombros un enorme atado de escobas y larguísimos escobillones, que servían para limpiar de telas de arañas de las esquinas del techo de los salones, el vendedor de ponche quien montado en una bicicleta y ayudado por un gran embudo que hacía las veces de megáfono soltaba su estruendoso grito de POOOONNCCHE. Había también conocidos indigentes que vivían de la caridad pública. Uno de ellos era Sopa de Chicle quien simulaba un pesado andar que lo hacía arrastrar un pierna, mientras gritaba con voz lastimera  ¡¡no llego!! Cuando una persona se condolía  del clamor y le daba alguna moneda, el doliente personaje se curaba de inmediato y daba una veloz carrera hasta el barcito de la esquina para echarse un palito de ron.
Los policías no tenían que hacer y se entretenían fastidiando a los muchachos del barrio, esa era una guerra personal. Los muchachos y los policías eran enemigos irreconciliables. En una ocasión me pusieron preso por patinar en la acera y fui llevado a la jefatura por el mismo Pablote, el más temido de los policías. Los demás muchachos que escaparon a la persecución corrieron a mi casa a avisarle a mi abuela, quien tomó un paraguas y fue a rescatarme a la jefatura de policía. Al entrar fue directo contra Pablote y le asestó dos paraguazos por la cabeza, mientras preguntaba ¿Dónde está mi muchacho?  Inmediatamente me asió de la mano y nos marchamos, no sin antes detenerse en la puerta y soltar una última advertencia: “Si vuelves a tocarlo, te mato a palos”. Desde ese día Pablote comenzó a respetarme, evitaba encontrarse conmigo y si me veía a distancia, discretamente cruzaba a la acera de enfrente. La jerarquía que tenía entre mi grupo de amigos sufrió un cambio repentino, ya no era el más chiquito sino que era guapo y apoyado.
En la esquina de Tejar había un edificio moderno de tres pisos y quien tuviera la suerte de subir allí podía disfrutar de una vista panorámica de la Caracas de los techos rojos. En el primer piso estaba Radio Cultura y allí se presentaban los artistas del momento: Pedro Vargas, Pedro Infante, Benny Moré. En las tardes a las 5, tocaba la orquesta de Rafael Minaya con sus cantantes Nano León y un jovencísimo Rafa Galindo, la VOZ QUE ACARICIA.
Las seis de la tarde era una hora mágica, Caracas se paralizaba,  los pocos taxis de la ciudad se detenían en las esquinas y todos se dirigían hacia los aparatos de radio. Había llegado la hora de trasmisión de la radionovela EL DERECHO DE NACER, los personajes de Albertico Limonta, María Dolores, la nodriza  negra y del malvado Don Rafael del Junco, se apoderaban durante media hora de la imaginación de todos los venezolanos. Hasta Billo le sacó una guaracha “Ya Don Rafael habló”. Nunca jamás se ha repetido un éxito como ese.
A una cuadra de mi casa quedaba el Nuevo Circo, donde funcionaba un mercado los martes y jueves, los viernes había programas de lucha libre, los sábados boxeo  y los domingos se lidiaban corridas de toros. Ese ambiente taurino impregnaba toda la zona y muchos novilleros noveles buscaban trabajo en la vecindad. Mi hermano mayor montó un pequeño circo en el traspatio de nuestra  casa y allí simulaban tientas de vaquillas como entrenamiento. La “vaquilla” era un manubrio de bicicleta al cual le habían montado unos cachos y la muleta se paseaba por delante en maravillosos pases toreros. Todos mis amigos se las dieron de toreros y no tienen necesidad de preguntarse quién manejaba la vaquilla, pues el más chiquito del grupo. Por ese improvisado coso taurino pasó un muchacho flaco y orejón que era el repartidor de la Panadería de Curamichate y quien llevaba por nombre Cesar Girón. Tuve la oportunidad más de una vez de llevármelo entre los cachos.
En la esquina de San Roque y muy cerca estaba el cine América, donde pasaban matinés los domingos. En una ocasión presentaron a las Dolly Sisters, que eran una rumberas cubanas que movían su cintura al ritmo del novedoso mambo de Dámaso Pérez Prado, usaban muy poca ropa, pero se protegían de las miradas de los hombres con una malla color carne que las cubría desde su cuello hasta los pies; no obstante a las puertas del cine desplegaron unas fotos tamaño natural de ambas niñas. Este hecho provocó una reunión urgente de las adoratrices del santo rosario presidida por mi abuela y decidieron colocar un comité de vigilancia delante del cine, para resguardar las buenas costumbres. Mis hermanos y el grupito de la cuadra planificaron una visita relámpago al cine para ver las fotos y yo me colé con ellos. Fue la consagración del comité de resguardo de la decencia y las buenas costumbres, a los diez minutos ya el chisme había alcanzado mi casa, cumplimos castigo de unas dos semanas sin salir a la calle y tuvimos que comulgar unas tres veces por semana, para exculpar el pecado cometido.
En ese entonces, había en Caracas un famoso hotel de lujo, donde llegaban los “americanos”que manejaban el petróleo y donde se respiraba el lujo por doquier, el Hotel Majestic, un imponente edificio de 4 pisos, que ofrecía agua caliente directa de la grifería y contaba con ascensor en todos los pisos. El costo de sus servicios era astronómico, cobraban 28 bolívares por habitación doble, con desayuno y cena incluida. Hoy, marzo de 2014, con el billetico del Bs 2 (azul), que equivale a 2.000 de los antiguos bolivaritos, se podrían pagar  71 días de servicio hotelero y dejaríamos suculenta propina. Un buen día dieron la noticia que iba a ser derribado el Hotel Majestic y el 12 de Marzo de 1948, nos encontrábamos en primera fila para ver una maravilla de la tecnología moderna en pleno funcionamiento. Se trataba de una grúa muy alta de donde pendía una pesadísima bola de acero, que comenzó a balancearse hasta que la pesada bola alcanzara una gran altura y en un rápido viraje, este proyectil se estrelló contra la torre del hotel que cayó como un castillo de naipes, esparciendo una gran nube de polvo que cayó sobre las cabezas de miles de mirones. Regresé a mi casa sucio y asustado sin pensar que ese día había sido testigo del principio del fin de la vieja Caracas.  
La demolición del Hotel Majestic, es sin lugar a dudas el punto de quiebre de la Venezuela pobre y atrasada en la transformación a la nación opulenta y nueva rica. El dinero del petróleo había estallado ante la mirada atónita de los caraqueños y no se detendría hasta cambiarles la vida radicalmente. La aletargada ciudad recibía el impacto del siglo XX y con real en el bolsillo.
Estaba muy cercano el recuerdo de la segunda guerra mundial y las fotos del Blietzkrieg, la guerra relámpago de los alemanes y las de Guernica, donde se entrenaron los pilotos de la división Cóndor de la Lustwaffe para barrer pueblos enteros se repitieron en imágenes de Caracas, pero esta vez sin pólvora ni guerra y solo en nombre de la modernización. En pocos meses fueron arrasadas  más de 20 manzanas de la ciudad con la ayuda de tractores de cuchilla (payloaders), esta fue una puñalada en la yugular de la vieja Caracas, para dar paso a la Avenida Bolívar que se extendía desde El Silencio hasta el Parque Carabobo (unas cuatro cuadras) y que fue inaugurada el 1951 por la Junta Militar de Gobierno, era una obra enorme para un parque automotor de apenas 7.000 vehículos.
Poco después se inició el mismo procedimiento de arrase en trazado perpendicular a esta nueva vía, en sentido norte sur, para dar cabida a la avenida Fuerzas Armadas, completándose así la crucifixión de la ciudad. Allí cayó mi casa de Tejar a Rosario número 105.
He vuelto una o dos veces al puente donde está la comandancia de bomberos de Caracas, situado en la Avenida Lecuna y desde ese elevado contemplo el cruce de la Avenida Bolívar con Las Fuerzas Armadas y allí he derramado más de una lágrima, ante la avalancha de recuerdos, jamás imaginé que en el sitio del cuarto donde yo tejía mis sueños infantiles, hoy transitan miles de automóviles al día.
                                                                                                                      MARZO 2014

 

Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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