viernes, 1 de abril de 2011

La odisea de la orquídea en Venezuela

Rubén Monasterios*
El recolector checo Benedicto Roezl tuvo notoria actuación aquí durante el período histórico conocido como El Septenio, correspondiente al último mandato del tirano ilustrado Antonio Guzmán Blanco, entre 1870 y 1877. A Roezl, hombre de mundo familiarizado con la cultura francesa, le resultó fácil establecer vínculos con las cumbres del gobierno, en un país cuyo presidente era francófilo, gracias a cuya influencia todo cuanto tuviera algún perfume galo sentaba bien. Se relacionó con quien entonces desempeñaba el elevado cargo de Vicepresidente de la República, general Matías Salazar; lo sedujo revelándole los secretos afrodisíacos de la orquídea; este, en compensación, le dio la concesión exclusiva de cosechar orquídeas en toda la región norcentral del país, mediando una comisión, naturalmente.

Los asuntos de Roezl marchaban excelentemente bien, hasta que el general Salazar tuvo la mala idea de alzarse contra Guzmán (1871), con el peor resultado de ser derrotado en el enfrentamiento; lo apresan en Tinaquillo y un consejo de guerra dictamina su fusilamiento. Roezl resulta señalado por su amistad con Salazar, a lo cual se suman las canallescas falsas denuncias de varios competidores que lo involucran en la conspiración. El recolector cae preso y junto a otros implicados lo condenan a muerte; logra salvar la vida gracias a los buenos oficios del cónsul francés en Caracas; pero queda escarmentado: jamás vuelve a Venezuela.

Asimismo a principios de El Septenio operó en Venezuela un tal Francisco de Alfaro, aventurero español llamado Paquito: un truhán de la más pura tradición de la picaresca hispana; ideó un ardite para ahorrarse los miserables céntimos que se le pagaban a los campesinos e indios, recolectores de primera línea. Al mejor estilo medieval se disfrazó de cura y anduvo por esos campos de Dios proclamando que recolectaba orquídeas para llevarlas a Europa y ofrecerlas como tributo a la Virgen de los Siete Puñales; quienes colaboraran en su empresa recibirían del mismísimo Santo Padre indulgencias plenarias, destinadas a mitigar el sufrimiento de un alma en pena, y, según la cantidad, hasta lograr el absoluto perdón de los pecados de quien hiciera la ofrenda; llueven orquídeas sobre su cabeza llevadas por almas ingenuas. Paquito ha acumulado una cantidad considerable de flores que en Europa representan una fortuna, cuando estalla en Venezuela el conflicto religioso del guzmanato (26 de junio de 1870). Guzmán Blanco, librepensador y masón, aprovecha la circunstancia de que el Arzobispo Guevara y Lira se ha puesto exquisito ante su petición de oficiar un Te Deum de acción de gracias por su nueva entronización en el poder; declárase “ofendido” el Ilustre Americano y decreta la expropiación de los bienes de la Iglesia.

Ignorante de tan graves aconteceres, de Alfaro pretende salir por Choroní con su cargamento de orquídeas; pero, por una de esas fatalidades del destino, la noticia sobre la impasse del Gobierno y la Iglesia ha llegado a oídos del Jefe Civil de esa remota localidad marítima, gañán este ateo, de muy mala entraña y groseramente salvaje, de quien sólo se recuerda que era llamado Perrote. El sujeto interpreta el affaire de alta política de acuerdo a su limitado juicio; entiende que en solidaridad con su jefe, el general Antonio Guzmán Blanco, Presidente de la República, del cual se siente representante y en obligación de defender sus intereses, es de rigor apalear públicamente –en la Plaza Bolívar– al cura párroco, saquear la iglesia y la casa parroquial, arremeter contra las cofradías de fieles y dispersar a peinillazos una humilde comunidad de monjas dedicadas a hacer el bien radicada en el pueblo. Al encontrarse con el falso cura y su recua, lo pone preso bajo amenaza de ejecución, decomisa sus burros y cargamento, y ante la mayor angustia de Paquito, también se dispone a quemar las orquídeas. Perrote no logra comprender su acumulación por el recolector; para ese ignaro sólo son matas del monte. Paquito, hombre de buena labia, como suelen ser los pícaros, logra hacerle entender el valor de las orquídeas, amén de descubrir su auténtica identidad. Al Jefe Civil le resulta muy divertido que ese sujeto anduviera por ahí haciéndose pasar por cura, trampeando campesinos e indios, y simpatiza con él; accede participar en el negocio que le propone de Alfaro; el convenio consiste en que el Jefe Civil lo ayudaría a transportar el cargamento hasta Puerto Cabello, por lo cual recibiría la mitad de la ganancia lograda por el traficante al vender las orquídeas en Europa.

Perrote todavía espera su parte. Una leyenda de Choroní cuenta que su fantasma se deja ver de vez en cuando por el muelle; de frente al mar y mirando al remoto horizonte, pareciera gritar algo en un clamor lamentoso y amargado que apenas se entiende entre el fragor de las olas y el rugido del viento; quienes han tenido el coraje de ponerle cuidado, creen oírlo decir algo así como: “¡Paquito, hijo de puta!, ¿dónde está lo mío?”

Ilumina el sombrío panorama del país la Exposición Nacional de Orquídeas.
El territorio venezolano fue un paraíso de estas flores voluptuosas, de aquí que lo tomaran como un principal campo de acción los recolectores en los tiempos del orquidelirio, o furor por tales plantas de los aristócratas europeos victorianos. Nada de extraño tiene que literalmente arrasaran con ellas.

*Tema de la semana de su espacio radial en MÁGICA 99.1 FM. Jueves, 7 pm.

Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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