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lunes, 7 de septiembre de 2015

Cronista emérito con 56 años

Isaac Villamizar

 
Dr. José Joaquín Villamizar Molina 
Una ciudad es un conglomerado de personas, más o menos considerable, denso y permanente, con una estructura urbana dentro de una periferia, en el que existen diversos grados de organización social, y hacen vida activa relaciones sociales, económicas, políticas, laborales, culturales. Esa ciudad tiene un origen, un acto fundacional y sobre sus centros de poder se van orientando su crecimiento y su visión de futuro. En 1959, San Cristóbal ya era una ciudad importante del acontecer nacional. Se preparaba para celebrar su cuatricentenario. Ese año un joven médico provinciano, recién graduado, quien ya había manifestado públicamente sus inquietudes de estudio, fue insistentemente abordado por Don Luis Santander, Presidente de la Municipalidad de San Cristóbal para ofrecerle el cargo de Cronista de la Ciudad. Rafael María Rosales y Marco Figueroa ya habían estado en esas funciones. Humildemente el joven se excusó de aceptar tamaño compromiso y reiteradamente Don Luis le hizo ver que él era la persona indicada. El 1° de Agosto de 1959, ya convencido, fue designado por el Concejo Municipal y aceptó tan alta responsabilidad.
Desde esa fecha hasta el presente  han transcurrido 56 años. Estudiar, leer, investigar, divulgar y publicar lo que ha sido la historia de San Cristóbal en más de cuatro siglos y medio, entrevistando a personas, revisando archivos antiguos, estudiando obras de historiadores, hurgando en manuscritos, folios amarillentos y periódicos casi raídos, así como convertirse en el representante cultural del Ayuntamiento para exaltar todos esos elementos que configuran una ciudad, es lo que ha hecho mi padre J.J. Villamizar Molina, como Cronista de la Ciudad de San Cristóbal, quien recientemente presentó su solicitud de jubilación la cual, por cierto, le ayudé a redactar y transcribir. Mi hermana Ángela y yo, junto con nuestra madre, hemos sido testigos de primera fila de cómo él ha realizado toda esa historiografía, acompañada con el mayor amor a la ciudad. Sus hijos, incluso, desde niños, fuimos sus asistentes en esa obra exploratoria. Él conoce a la ciudad profundamente en sus raíces, en su desarrollo, en sus festejos, en sus tragedias, en sus expresiones comunitarias, en sus personajes. Y ha dejado marca indeleble de esa labor en incontables crónicas, ensayos, conferencias, discursos, artículos periodísticos y libros. Cualquier persona que quiera conocer la historia de esta urbe de indetenible crecimiento, debe recurrir a cuatro textos voluminosos que conservan los tesoros de la ciudad en todas sus facetas. “Páginas de Historia del Táchira”, “Instantes del Camino”, “Ciudad de San Cristóbal Viajera de los Siglos” y “Ciudad de San Cristóbal” constituyen el legado escrito que el Cronista Emérito J.J. Villamizar Molina nos deja a los citadinos, después de 56 años de investigación histórica oficial ininterrumpida. Él ha sido el funcionario municipal que más tiempo activo ha estado en un cargo público al servicio de la ciudad.
El Cronista Emérito, queriendo que esa obra continúe en magníficas manos, persuadido que hay otra persona con méritos resaltantes para asegurar la prosecución de ese análisis histórico y su publicidad, en su propio oficio de solicitud de jubilación a la Cámara Municipal, les propuso a los ilustres ediles que fuera Luis Hernández Contreras quien lo sustituyera en el cargo. Y los munícipes, muy acertadamente, atendieron esta respetuosa sugerencia y lo han designado como el nuevo Cronista de la Ciudad. El Dr. Luis Hernández Contreras es un reconocido historiador, quien se ha adentrado con igual densidad, curiosidad y acuciosa indagación  en los acontecimientos que han definido la evolución de la ciudad. Además, posee una aquilatada cultura para seguir representando a la ciudad como su Cronista, que la complementa como abogado y como músico. De tal manera que San Cristóbal gana inconmensurablemente tanto con su Cronista Emérito, quien sigue desarrollando su trabajo intelectual, como con su nuevo Cronista designado, quien acepta este reto que el Ayuntamiento le ha dispuesto. Ello nos llena de emoción y de mucha alegría. Ello, también, ya forma parte de la propia historia de San Cristóbal.
isaacvil@yahoo.com

sábado, 23 de mayo de 2015

APUNTES PARA LA GENEALOGÍA DEL GRAL. CIPRIANO CASTRO

  Por Oldman Botello
                                                     
                           
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        En 1856 se efectuó el matrimonio de don José del Carmen Castro, hijo de Melecio Contreras y Bernarda Castro y fallecido en 1915 y doña Pelagia Ruíz Becerra, ambos campesinos de Capacho Viejo, estado Táchira, residentes en Las Lomas o Lomas Altas, frente a Capacho, valle estrecho por medio. Las dos únicas fotos que se conocen de don Carmelito y que datan de principios del siglo XX presentan a un hombre corpulento, de enmarañada y larga barba  bíblica. 
                                         

                                                                    


        

          
De la unión Castro-Ruíz nacieron:
I)                  Celestino Castro Ruíz, nació en Capacho el 9 de abril de 1856 y murió exiliado en Cúcuta el 30 de agosto de 1924, meses antes de su hermano Cipriano; casó con doña Teresa Cárdenas Zambrano. Fue su hija doña Ana María Castro Cárdenas. En enero de 1922 doña Ana María estaba residenciada en Santurce, Puerto Rico mientras los padres se hallaban en Cúcuta exiliados. Don Celestino era enemigo personal irreconciliable del general Gómez desde que debió entregarle bajo protesta ante su hermano don Cipriano, la presidencia del estado Táchira en 1900.
II)               Nieves Castro Ruíz, que tomó estado con el general Evaristo Parra. Doña Nieves tenía cierta instrucción a juzgar por la letra y la buena ortografía en su correspondencia. Aprendió inglés mientras vivió en Puerto Rico. Con descendencia: Numa Pompilio Parra Castro, nacido en 1886; Caracciolo, Enriqueta, Vicente, Nicolás y otro varón Parra Castro.
III)            Laurencia (llamada Laura), casada con don Hilario Lázaro, con sucesión varias hijas
IV)           José Cipriano (Cipriano) Castro Ruíz, nació en Las Lomas el 12 de octubre de 1858, fue su padrino de bautizo don Antonio Depablos. Murió en Santurce, Puerto Rico, donde se hallaba residenciado, el 5 de diciembre de 1924. Sus restos fueron trasladados  en la década del setenta del siglo XX a un panteón que le fue construido en Capacho  y el 14 de febrero de 2003 al Panteón Nacional. El periodista español Eduardo Zamacois tuvo la oportunidad de entrevistarlo en Puerto Rico en 1920, y de lo que vio fijó la figura del defenestrado presidente venezolano: “… de color cobrizo  (…) las piernas descarnadas, menudos los pies, el tórax angosto, las manos nerviosas, amarillas y extraordinariamente locuaces. El cuello demasiado ancho, quizás, de su camisa, exagera la delgadez avellanada  del pescuezo. Lo más interesante de su figura es la cabeza macrocéfala y calva, en la que el rostro, de mejillas flacas y alargado por una barbilla rucia, parece aplastado, devorado por el frontal alto, imperioso y enorme. Lleva los escasos cabellos, casi blancos, cortados al rape. Las orejas son grandes, los ojos, negros y terriblemente vivaces; la boca, de labios gruesos , dura, amarga, despreciativa y sensual”. (cit.p.Amado, Anselmo. Gente del Táchira (II): 44-45) El general Castro tomó estado con doña Zoila Rosa Martínez, nacida en San José de Cúcuta el 24 de mayo de 1868, y fueron sus padrinos Narciso del Prado y Rosa Navarro (Libro 15 de bautismos. Cúcuta, folio 74) Falleció en Caracas en octubre de 1952. Supuestamente hija del general Juan MacPherson en doña Dolores Martínez. Casaron en Capacho Nuevo (hoy Independencia), el 11 de octubre de 1886; ofició la ceremonia el presbítero Fernando Contreras (tío del Gral. Eleazar López Contreras) y fueron testigos Francisco Pérez y doña Nieves Castro Ruíz, hermana del novio. Sin sucesión en el matrimonio. Fueron hijos naturales de don Cipriano Castro, que se conozca, el ingeniero Cipriano Domínguez, de Caracas, autor del Centro Simón Bolívar y el ingeniero Cipriano Jiménez Macías, de Valencia. (1)
V)              Clotilde, casada con el Dr. Antonio Quintero Rojas. Con descendencia
VI)           Josefa (llamada Josefita y Chepita). Casada con el general Simón Bello, tachirense.  Vivía en Puerto Rico mientras el esposo estuvo preso durante ocho años y cinco meses. (2) A él lo liberaron y ella continuó en Borinquen. El general Bello debió pedir autorización al general Gómez el 2 de febrero de 1925 (ya él tenía cinco años libre, desde diciembre de 1921)  para que regresara doña Josefita: “Después de saludarlo mui atentamente, vengo de nuevo a exigirle me conceda el permiso de traer a Josefita al país; como Ud. comprenderá , ya ella i yo estamos viejos i enfermos, i es nuestro deseo mui natural de reunirnos en nuestros últimos años; espero de su bondad este favor i me conteste favorablemente por lo que le quedaré eternamente agradecido”. (Archivo O. Botello) Doña Josefita solo pudo venir al país mucho después. En junio de 1922 parecía que todo estaba listo para el regreso y Bello pedía permiso al general para traer sus muebles y su ropa, pero no se concretó nada a juzgar por esta carta de 1925.
VII)        Florinda Castro Ruiz (nombrada Flora y Flor), nació en Capacho en 1854; tomó estado con Alberto Cárdenas y fueron padres de Elenita Cárdenas Castro, que residía en Cúcuta en 1921.
VIII)     Consuelo Castro Ruíz, fue casada con el general Jesús Velasco Bustamante, emparentado con el general Juan Vicente Gómez y hermano del general Rafael María Velasco Bustamante, que fue gobernador de Caracas y ministro; hijo de don Ángel Ignacio Velasco Casique y María de la Cruz Bustamante. Ambos eran originalmente educadores en el Táchira antes de ingresar a la Revolución Liberal Restauradora en 1899. Hijas: Delia, Amanda y Elba Velasco Castro. Las hijas vivían en 1921 en San Cristóbal. En 1922 permanecían solteras. Delia era pianista y muy díscola; su hermana Amanda sufría la ausencia de Puerto Rico, donde se acostumbró a vivir; padecía de episodios de depresión y llanto. Creemos que de una de estas damas desciende el destacado diplomático y ex-Canciller, ya fallecido, José Alberto Zambrano Velasco, de tendencia socialcristiana.
  Don Carmelito Castro, al enviudar de doña Pelagia Ruíz en 1873 casó con doña Gumersinda Moros, de Capacho, hija adoptiva de don Jesús Moros, quien la registró con su apellido. Su padre biológico fue Nicolás González, capachero también, quien no le quiso dar su apellido. Los Moros eran posiblemente colombianos de ancestros  barineses, que huyeron al vecino país durante la guerra federal. El matrimonio Castro-Moros se efectuó el 11 de febrero de 1874  y dejaron a Capacho para residenciarse en el vecindario La Victoria, al pie de la montaña de Los Indios. Fueron testigos del segundo matrimonio don Segundo Ramón Sayago y doña Julia Pacheco. (Libro de Matr. 1874, folio ilegible; Moros Manzo, 2009: 37). La novia era hermana del general Eulogio Moros, que fue uno de los sesenta hombres que cruzó el río Táchira el 23 de mayo de 1899 al comienzo de la Revolución Liberal Restauradora. Tuvo cargos militares en el castrismo y en el gomecismo. Después pasó a encargado del hato La Candelaria, que perteneció al general Castro, su cuñado y luego, desde 1914 al general Gómez por una transacción entre este y la Nación, representada por el Procurador General. (Botello, 2013) Fue su larga sucesión:
IX)           Trino Castro Moros
X)              Román Castro Moros
XI)           Carmelo Castro Moros (1875-1957). Con rango de general. Casó con doña María Cristina Pellicer y fueron sus hijos: Cipriano y Carmelo Castro Pellicer, casado este último con doña Lourdes Acosta, con sucesión Carmelo Castro Acosta, que nació en 1954
XII)        Hortensia Castro Moros, casada y con sucesión
XIII)     Benjamín Castro Moros
XIV)    José Antonio Castro Moros
XV)       María Mercedes (nombrada Mercedes) Castro Moros
XVI)    Miguel Ángel Castro Moros. Tenía jerarquía de general
XVII) Ramón Castro Moros
XVIII)         Rafael Castro Moros
XIX)    José Manuel Castro Moros
XX)       Víctor Manuel Castro Moros
XXI)    Judith Castro Moros
Veintiún hijos en los dos matrimonios engendró don Carmelito Castro. Fueron hermanos  de don Carmelito, don José Antonio Castro y don Florentino Pernía.



NOTAS:
(1)  A don Cipriano lo perdió su vida disoluta. Un ejemplo de ello es una carta que envía el 29 de noviembre de 1905 desde un lugar denominado La Montaña, seguramente en el Táchira, una persona que dice llamarse Natalio Hernández, amigo de juventud, quien se duele de una fallida visita del general Castro a su tierra natal y que habría dejado a su amigo y a todos “con los ojos claros y sin vista”  cuando esperaba […] la presencia de mi querido Cabito en Pedernales” y le pregunta a don Cipriano con toda confianza: “¿Qué haremos ahora? Sobre todo con las diez hermosas damas, conquistadas para el parrandeo en El Roble y Los Guayos, entre ellas una……de chupe y déjeme el cabo.
¿Ya no danzaremos con ellas?
El Gral. Castro era objeto de un seguimiento por los cónsules venezolanos en las ciudades por donde pasaba. Y no solo los cónsules, había espontáneos que metían baza para recibir después su paga. El 25 de noviembre de 1916 escribe desde San Juan de Puerto Rico el supuesto abogado y notario Cay Coll Cuchi al general Gómez, informándole: “Como usted sabe, desde hace algún tiempo llegó a San Juan Cipriano Castro. Hizo ostentación de que venía a pasar unos cuantos meses de descanso en nuestro excelente clima; pero la festinación que puso en llevar a su lado a casi todos los reporters de San Juan para que dijeran en los periódicos que por ahora no pensaba en la política de Venezuela, era lo suficiente para desconfiar de sus propósitos anunciados, aun cuando no supiéramos ninguno de sus antecedentes”. Le comunica que hasta ahora había invertido 1.200 dólares en su trabajo de investigación con la ayuda de un grupo de espías a su servicio. Si el general Gómez seguía interesado en la pesquisa le solicitaba 1.000 dólares mensuales que pedían los espías. El 9 de noviembre de 1916, el cónsul en Puerto España, Luis Felipe Calvani informa al general Gómez: “Alguien que es amigo de Carmelo Castro me dijo que éste le había informado confidencialmente  que se hacen gestiones en el sentido de que a don Cipriano le cedan un parque que hay en Haití oculto, el cual fue introducido clandestinamente por ciertos jefes haitianos cuando sus dificultades con los Estados Unidos y con el propósito de resistir a los americanos. No sé qué hay de cierto en esto. Trataré de indagar […] Dicho Carmelo continúa enemistado con don Cipriano y hablando horrores de él, y hace poco me mandó a decir que como su hermano no quiere pagarle el dinero que él gastó en Barbados para salvar el parque y pagar los dos primeros años de depósito, está dispuesto a vendérselo a Ud. barato. Él está en Cúcuta”. (AOB)  El 16 de octubre de 1917, el mismo cónsul Calvani escribe al general Gómez manifestándole que el gobierno trinitario notificó al general Castro que debía salir de esa isla y él estaba haciendo esfuerzos para conseguir que lo dejaran viviendo en Trinidad. Escribió al gobernador asegurando que su actitud  era pacífica y prometía no mezclarse en los asuntos políticos de Venezuela; antes había estado cerca de tres años residiendo en la isla sin haber dado el más leve motivo  para que se le juzgase como conspirador. El gobernador respondió que esperaba instrucciones del ministerio de Colonias inglés para proceder en consecuencia, pero que procediera a preparar su equipaje con calma. Castro aseguró se iría a Tenerife que era “la tierra donde mejor lo habían tratado”. En conversaciones con algunos amigos informó privadamente que era partidario de los aliados en la I Guerra Mundial y que al terminar ésta “vendrá la guerra civil en Venezuela, y que nuestro pueblo lo aclamará a él, porque ya se ha dado cuenta de lo que él vale y significa y lo que ha perdido con su separación del poder”.  (AOB)  El general Castro siempre tuvo esos arranques de megalomanía. Siendo Presidente, conversando con el general Gómez y don Antonio Pimentel en las escaleras de Miraflores, dijo “¡los ojos del mundo están fijados en mí!” y el indiscreto de don Antonio Pimentel lo atajó y replicó: “No, general. No esté creyendo eso. A usted le dan una patada por el culo y lo bajan de estas escaleras”, de lo cual se rieron todos y antes de que el general Castro dijera algo contra Pimentel, el general Gómez se lo llevó del brazo al interior del Palacio, recordando a un personaje del Táchira que mucho los hacía reír con sus salidas.  La anécdota fue relatada por el propio Pimentel a don Florencio Gómez quien la contó al autor de esta genealogía.
   Doña Zoila Martínez de Castro fue una honorable mujer que sufrió con estoicismo las faltas de su libidinoso esposo. A pesar de ello –al igual que doña Dominga Ortiz de Páez- lo defendió. Ella escribió a Antonio Reyes cuando este publicó su libro sobre “Presidentas” de Venezuela en 1949: “Tengo que decirle que ni yo fui tan buena  como Ud. asegura ni Cipriano tan nefasto como lo describe”. Se cuenta que siendo primera dama del país y el general Gómez vicepresidente, le escribió una nota a este último donde le decía lacónicamente: “Compadre, venga para que me cape un gato”, como en los viejos tiempos del campo tachirense o de Bella Vista en Cúcuta. Años más tarde cuando regresó doña Zoila al país surgió un comentario quejumbroso de ella y el general Gómez, Presidente de la República, sacó de su guerrera en un encuentro que tuvieron en Las Delicias, Maracay, el papelito que tenía guardado tanto tiempo y le replicó mostrándole la nota: “Comadre, yo era el vicepresidente de la República” y tenía razón. El general Gómez siempre estimó a su comadre Zoila, madrina de bautismo de José Vicente Gómez Bello. En el país cada vez que  visitaba al Presidente le entregaba un sobre con dinero y tenía una pensión suficiente, aparte de lo depositado en bancos por la venta de sus propiedades, la mayoría de las cuales fueron adquiridas por el general Gómez.  No estaba mal doña Zoila en el exilio. Una carta del 27 de enero de 1922, de Ana María Castro Cárdenas para don Celestino Castro le informa que doña Zoila estaba en Nueva York en compañía de Ana Feliza (¿?) y “que se divierten y gozan mucho”. Se habían ido desde agosto de 1921 y no tenían fecha de regreso. En la misma carta le comunica a don Celestino que su tío Cipriano “está bien de salud, pero un poco neurasténico, que ese mal es casi general” y le añade que su tío Simón Bello está en libertad. En una carta anterior, del 4 de enero le dice a su tío Celestino: “Tengo esperanzas de verlo pronto, pues parece que Dios va [a] hacernos un gran milagro y según últimas noticias bastante frescas, al cochinito ese gordo le llegó al fin su sábado”. Se refería indudablemente al general Gómez. Esa noticia corrió como pólvora porque a mediados de 1921 el general sufrió un grave ataque de uremia que lo puso a las puertas de la tumba pero se recuperó y de allí las esperanzas de la joven Ana María. Aún restaban al mandatario trece años de vida.
   Doña Zoila escribió una nota desde  Guaynabo, Puerto Rico, el 28 de julio de 1930 donde le recuerda el nombramiento de un cónsul, aparentemente aceptado de antemano por el general Gómez y que podría ser el de Trinidad, que necesitaba un cambio. También le recuerda un terreno cuya compra sugirió al general Gómez y propiedad de don Santiago Ibarra; con el dinero percibido, este último le cancelaría a doña Zoila unos dólares que le debía. (AOB)
(2) El general tachirense Simón  Bello estaba preso desde 1913 cuando fue capturado en una invasión antigomecista por tierras falconianas mediante una trampa que le montó el Gobierno del estado y en la cual participó el ejército. Entre ellos figuró el periodista y escritor villacurano Rafael Bolívar Coronado (1884-1924), al servicio del régimen. Escribió en sus Memorias de un semibárbaro que en el camarote del barco donde venía Simón Bello no encontraron armas sino unas botellas de buen brandy y unas cajas de condones. Así lo retrata Bolívar Coronado: “Hombrecito como de cincuenta años, obeso, de una vulgarísima obesidad; estatura bajita, afeitado el bigote, corto el pelo al rape, con blusa y pantalón amarillo…y tratando de asumir una actitud marcial”. (Botello, 1993: 51) Fue liberado en diciembre de 1921. Su cuñada Florinda Castro da cuenta el 5 de enero de 1922 a su hermana Consuelo  cómo fue la reacción de todos cuando se supo la libertad de don Simón en Puerto Rico: “…ustedes no tienen idea de cómo fue ese momento de locura, lloros y ahogazones, pues a Josefita le dio un mal que no respiraba” (AOB)  Ana María Castro Cárdenas le dice a su tío Celestino, que permanecía en Cúcuta que su tío Simón Bello “ha salido muy enfermo y gracias salió vivo”. (AOB)

Oldmanbotello@hotmail.com

domingo, 23 de noviembre de 2014

PARA UN GLOSARIO DEL HABLA TACHIRENSE



Guiomar Caminos


 Publicado por la Fundación Fondo Editorial NuevoTiempo. San Cristóbal, noviembre de 2005.


Para Paula, mi nieta, y
Antonio Ruiz Sánchez

El lugar y la posición en el espacio geográfico le otorgan al Táchira características especiales. Es aquí donde los Andes sudamericanos alcanzan su menor altitud, lo que permite que sea paso obligado de los movimientos migratorios y de bienes en el sistema de relaciones que se establecen particularmente entre Venezuela y Colombia. Es por ello que esta parte de la frontera entre los dos países, la del Táchira y el Norte de Santander, sea calificada como una de las más activas del continente.

Relieves de pendientes suaves y alturas medias -“la tierra de  las vegas risueñas” de Domingo Alberto Rangel - conforman el  ambiente propicio para el cultivo del cafeto. Así, en la segunda  mitad del siglo XIX, gracias a la exportación del café realizada fundamentalmente por empresas alemanas, el Táchira entra al  sistema capitalista, convirtiéndose en una de las entidades de mayor  importancia en el país. Si en los comienzos de la actividad la  explotación del café se basó en la pequeña propiedad familiar, con la  participación de casi todos sus miembros en las distintas etapas de la evolución del cultivo, a medida que la demanda europea crecía y surgían las medianas y grandes propiedades, también aumentaba la  demanda de mano de obra. Fue la proveniente de Colombia la fuerza  de trabajo que, periódica y particularmente para la “cogida” del  grano maduro, la que atravesó la frontera en un movimiento pendular que permitía al obrero colombiano aprovechar los ciclos del cultivo en ambos lados de la frontera. Estos, que podían durar  varias semanas, permitieron que muchos de ellos se establecieran  definitivamente en esta orilla, fortaleciendo el intercambio de experiencias culturales. Así, la música, la política, la cocina, la literatura, la sangre - por aquello de que los tachirenses la tienen  repartida entre Venezuela y Colombia, según el intelectual tovareño - entre otras manifestaciones, quedaron marcadas desde ese siglo por la impronta de la inmigración colombiana.

Debido a los cambios que ha experimentado la economía nacional y, en especial, la regional a lo largo del siglo XX, cuando el petróleo desplazó al café como principal producto de exportación, el Táchira, primer productor del grano, ha sido tierra expulsora de población hacia las zonas que más se han beneficiado con los ingresos provenientes de la explotación del petróleo. Al mismo tiempo, se convirtió en receptor de flujos migratorios provenientes de Colombia, las entidades vecinas y, en menor grado, de otros países. A pesar de ello, los saldos migratorios siempre han sido negativos para el estado; sin embargo, los intercambios de todo tipo han sido favorables.

De todos esos intercambios que se han establecido en el territorio, ninguno más importante que lo que ha sucedido con el habla. A la influencia y aportes lingüísticos de las naciones indígenas, los colonizadores españoles y la de los inmigrantes colombianos y de otras regiones del país, debe agregarse los cambios que introdujo la radio, el cine y, en especial, la televisión.

Puede afirmarse categóricamente que, en los últimos treinta años, la influencia de la televisión en el habla ha sido de una trascendencia tal que si los abuelos hablasen como lo hacían en los años cincuenta del pasado siglo, es decir, utilizando las palabras y expresiones de esa época, sus nietos casi no los entenderían.

A pesar del carácter regional y muchas veces local de esas palabras y expresiones utilizadas por los tachirenses, existe una deuda que debe ser saldada por los estudiosos, porque ellas son parte del patrimonio cultural del Táchira; de la memoria colectiva.

Sin el rigor que la investigación científica exige; sin los necesarios trabajos de campo; sin la obligatoria confrontación y comprobación, se presenta este pequeño trabajo a quienes están interesados en profundizar en el estudio de la lingüística regional y, sobre todo, a quienes han olvidado, por desuso, esas palabras y a las generaciones recientes quienes no las conocen.

Este aporte para un glosario del habla tachirense se basa casi exclusivamente en la memoria personal, en los recuerdos. Por ello, está preñado de errores de interpretación; de los sesgos que introduce el olvido; de haber pecado por defecto, porque se evitó, en la medida de lo posible, el uso de diccionarios, otros trabajos ya publicados sobre el tema, la consulta con contemporáneos que hubiesen aclarado dudas, confusiones. Se intentó poner ejemplos de palabras y expresiones que el autor utilizó y utiliza. De lo que se está seguro es que, cuando alguien lo lea, recordará otras palabras, otras expresiones y su significado. Con el concurso de muchos se podrá llegar al glosario del habla tachirense. ¿Verdad, ala?

 Guiomar Caminos

 San Cristóbal, junio de 2005.


GLOSARIO TACHIRENSE

A


Abanado. Dícese del tote (véase) que no explota. Aplícase también a las personas que han perdido energía o facultades mentales: “Celedonio está abanado”.

Adentro, la de. Muchacha, casi siempre “colocada” (véase), que realizaba las labores domésticas más difíciles: lavar, cocinar, planchar. Se decía “de adentro” pues en las viviendas cocina, lavadero, etc., quedaban en el fondo de aquellas.

Aguamiel. Bebida caliente producto de la cocción de la panela en agua. De alto valor energético y sin los efectos negativos del azúcar refinado, acompañó las comidas en la mesa tachirense. El café colado se hacía con aguamiel y, para los niños, una vez destetados, fue la base de sus teteros. Disuelta la panela en agua fría y mezclada con abundante jugo de limón, llámase aguapanela, el refresco de los pobres.

Ala. Voz de origen colombiano. Uno de los aportes lingüísticos de mayor significación en el habla popular tachirense. Aun cuando ha entrado en desuso, particularmente en los jóvenes urbanos, todavía una buena parte de la población se dirige a un familiar o amigo
iniciando la conversación con ese ala que hicimos nuestro: “Ala, contame qué fue lo que pasó en la esquina”, “Ala, juguemos a la pido”, “Ala, ¿hicites el mercado?” y ese inolvidable y sabroso “¡Quiubo, ala!”.

Aliado. Manjar de delicado sabor elaborado a base de la gelatina producida por larga cocción de la pata de res en agua. Una vez fría, se mezcla con melado grueso de panela y se somete a un proceso de estiramiento hasta que alcance el punto, es decir, que tenga la consistencia y color deseados. Se corta en pedazos rectangulares y se espolvorea abundantemente con leche en polvo o harina de trigo.

En el Táchira se le denomina también “templón”. De allí surge la expresión “Le doy un templón por la cuca”.

Este manjar es de origen colombiano, donde recibe diferentes nombres: “gelatina” en el Valle del Cauca o “arrastrado” en el Norte de Santander.

Ambilado. Un pobre diablo. Persona carente de recursos económicos, sin dinero. Dícese de alguien que no tiene oportunidades en la vida.

Apatusquero. Dícese de la persona que finge o exagera sentimientos o gestos. Así, por ejemplo, al saberse la noticia de la muerte de alguien importante en la comunidad, un “pesado” (véase), nunca falta un individuo que va a exclamar: “¡Ay! ¡Cómo va a ser!
¡Tan buena gente que era!”, a lo que otro responderá “Ala, no seas tan apatusquero, que vos ni lo conocites”.

Hacer “el apatusque” o “apatuste” de algo significa que lo que se va a realizar está previamente viciado, que el resultado es conocido. El apatuste sirve para engañar pendejos y a los que no lo son. Se usa también apatusquería: “Dejá la apatusquería”.

Apuntalar. Comer a media tarde. Reforzar mediante la ingesta las condiciones del cuerpo para evitar desmayos, vahídos, “escoyuntos” (véase).

 En el “puntal” se sirve, generalmente, pan blanco, acema o “cucas” (véase) con cuajada o queso, acompañados de aguamiel negra o café con leche. Los ingredientes varían de acuerdo al poder adquisitivo.

 Ya casi no se apuntala, en especial en el medio urbano, debido a la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, al acceso de los menores al sistema educativo y, sobre todo, al deterioro de las condiciones socio-económicas de la familia.

Aquel, aquella. El uso de estos pronombres demostrativos es muy particular en el estado. Cuando dos amigos se encuentran y uno de ellos le dice al otro “Aquella amaneció brava. Se me pone que se dio cuenta”, se está refiriendo exclusivamente a su esposa y supone que ella sospecha de algo quizás indebido que él está haciendo. La mujer, a una amiga le diría: “Aquel me cree pendeja, anoche llegó hediondo a pachulí”.

Arrinche. “Moza”, “querida” (véanse), amante. Tener arrinche significa poseer medios económicos por encima del promedio. “Fernando le puso casa al arrinche”.

Arrojar. Vomitar. “Francisco arrojó todo”, “El chofer del libre se piso muy bravo porque Teresa se arrojó en la butaca”.


B

Bastimento. Cosepán (Véase). Yuca, plátano o “chocheco” cocidos que acompañan la sopa y el seco.

Batatas. Las pantorrillas. Dícese que las sancristobalenses tienen muy buenas batatas de tanto subir cuestas.

Bebido. Borracho. Ver “pintón”, “tomado”. “Arcadio anda bebido, no le hagás caso”

Bizcocha. La parte exterior de los genitales femeninos. Ver “cuca”, “paloma”. Exagérase al hablarse de bizcochón o bizcochononón.

Bolera. Vaina, cualquier cosa. “Qué es esa bolera”. Dejar la bolera es dejar de molestar; dejar la molestadera, la joda, la “juña” (véase).

Ante un niño que estaba cansón con la molestadera, era común que la madre dijera: “Lucidio, dejá la bolera. Andá a ver si el gallo puso”.

Bombiado. Desmayado por efecto de un golpe, “totazo” o “tochazo” (Véanse). Aplícase también a quien está profundamente dormido. “Nona, Reinaldo no se quiere parar. Está como bombiao”.

Su uso proviene de la pesca con bomba, pues los peces quedaban, después de la explosión, en un estado tal que les impedía el movimiento y, así, permitir su fácil captura.

Buche. Porción de café negro, “miche” (véase) u otro licor que no se bebe de un solo golpe. Debe primero enjuagarse la boca con el líquido para que quede el sabor por largo tiempo. Acompáñase del sonido que produce “chasquear” la punta de la lengua con el paladar.

En cuestiones de medicina, indícanse buches de algún líquido para contrarrestar infecciones y otros malestares bucales. Así, el dentista recomienda al paciente al que le ha sacado una muela: “Alexis, echate unos buches de aguasal”.



C


Cacha. Cabeza. Ver “coca”, “porra”.

Cachicamo. Aguardiente de caña. Llámase cachicamero a quien lo produce y también al campesino, creyendo que estos son pingos.

Cachimbo. “Miche”, aguardiente de caña elaborado en alambiques clandestinos. “Vivas, conseguime un buen cachimbo pa’un calentao”.

En femenino, úsase para exagerar un golpe. “Cachimba de coñazo le dieron a Heliodoro”.

Cagajón. Excremento de equino. Por extensión, aplícase a personas despreciables. “Timoteo es un cagajón. No le pare”. Dícese también de los carros viejos, destartalados.

Cajuche (miedo). Miedo exagerado a algo o alguien. Cuando un muchacho era invitado a darse unos coñazos con otro y eludía el enfrentamiento, se decía que había tenido miedo cajuche.

Cangrejera. Facultad que tienen algunas mujeres como resultado de un poco común desarrollo de los músculos de la vagina, lo que les permite contraerlos a voluntad. Dícese que provoca grande placer a los hombres. La referencia al crustáceo tiene que ver con el fuerte agarre de sus pinzas.

En ciertos medios donde se paga el sexo, aquella que tenga la fama de poseer esa facultad se asegura ingresos extraordinarios.

Cantaleta. Regaño, reclamación de larguísima duración hecha generalmente por las mujeres a sus maridos pecadores, a veces mascullando; otras, elevando la voz para ser oídas. Comienza casi siempre desde muy temprano y puede durar hasta más allá del mediodía, dándole oportunidad al marido para salir de la casa, trabajar y volver. “¿Todavía con la cantaleta?”. Llámase también letanía.

Cantar. Defecar. Verbo utilizado en lugar del correcto. Éste ha sido considerado como vulgar. “¿Pa’ dónde va Ramón? Voy a cantar”.

Capino. Albino, persona muy catira. Ver “rucio”. “El Capino se fue a jugar billar”.

Chacarita. Monedero usado por los hombres. Elaborado en cuero, su nombre quizás proviene del popular barrio bonaerense, famoso por su marroquinería.

Chapa. Burla intensa. Ponerle la chapa a alguien expresa la mamadera de gallo a que lo someten si comete algún error.

Chicuca. Excremento humano. “No hablés tanta chicuca, Federico”.

Chiflar. Silbar. “Metele un chiflido pa’que salga”.

Chigüizas. Testículos. Ver “turmas”. Tener las chigüizas bien puestas significa tener valor, ser hombre de empuje.

Chocheco. Musácea que suele comerse cocida cuando verde o, al natural, ya madura. De consistencia fibrosa y sabor exquisito, es de las más utilizadas como “bastimento” o “cosepán” (véanse) en la cocina tachirense.

A mediados de la década de los años cincuenta del pasado siglo, se utilizó la expresión “Me lo tiene chocheco” para indicar que alguien se lo tenía a uno dedicado, molesto con un tema recurrente y, por lo tanto, cansón, odioso. Véase “Me lo tiene velado”.

Coca. La cabeza. Echarle coca a un asunto es estar pensando en él. Tener dolor de coca. Ver “cacha”, “molla”, “porra”.

Juguete compuesto de dos elementos unidos por una cuerda. Uno de ellos, de forma ovalada con un orificio en su parte más ancha; el otro, un palo que debe entrar en el orificio luego de movimientos pendulares que hace el jugador.

Colocada, colocado. Las familias pobres, generalmente las del campo, acostumbraban solicitar a las pudientes que les permitieran que una hija o hijo de corta edad viviese en ese hogar. Allí ayudarían en las labores domésticas a cambio de cama, comida y educación.

Catre, tenían; comida, las sobras; educación, para qué. Las matronas siempre afirmaron: Tengo una colocada a quien quiero como a una hija. Excepciones las hubo.

Coñazo. Golpe. De su raíz, de origen español y de amplio uso en el país ibérico y en el área del Caribe, derívase en el Táchira el exagerado superlativo “coñazononón”, que expresa que el golpe dado es de gran intensidad. “A Ramón Alí le dieron un coñazononón que lo dejó bombiado”, “Me le dieron un coñazononón al carrito”.

Corchado. Sucio, mugroso. Dícese de las partes del cuerpo y de la ropa que no están limpias.

Cosepán. Dados los altos costos que siempre ha tenido la harina de trigo –cereal no cultivado en el país-, para los pobres es casi imposible acompañar las comidas con pan. En su lugar, se come plátano, yuca o chocheco cocidos. Cosa de pan, significa sustituto del pan. Ver “bastimento”.

Cuadril. Caderas. Estar “descuadrilado” significa que esa parte del cuerpo, por efecto de un golpe o dolencia, se encuentra adolorida, con los huesos desencajados.

Cuca. Llámase así a la paledonia, torta de harina mezclada con panela y especies. Tiene forma generalmente redondeada.

Recipiente hecho de cacho de res que sirve para guardar el chimó.

Por cuestiones aún no explicadas por la lingüística, denomínase así a la vulva. Los tachirenses, exagerados como pocos en el uso de los superlativos, se refieren a ella con “cuconón” y “cuconononón”, imaginándose tamaños no existentes en la especie humana. Véase “bizcocha”, “paloma”, “mica”, “cuchumina”.

Cuchumina. Vulva. Ver palabra anterior.

Cunche. Pequeña cantidad de licor en las botellas o vasos. Dícese que es la de mejor sabor. Cuando no se quiere tomar grandes cantidades de licor se pide “un cunchito”.

Curas. Aguacates. Voz en desuso quizás porque los tachirenses ya no comen curas.

Curricán. Cuerda elaborada con hilos de algodón utilizada para hacer bailar un trompo y amarrar las cajas de cartón y maletas que acompañaban a los tachirenses en sus viajes a Caracas.

Cursos (tener). Tener diarrea. “Gregorio no puede ir a la escuela porque tiene cursos”. Tener “cursera”.


D


Descartuchar. Romper el himen mediante penetración, desflorar. Hacer perder la virginidad. “A Antonia le rompieron el cartucho”, “Ala, ¿vos nunca has descartuchado una mujer?”.


E


École. Así es, eso es, bien. De las expresiones de origen italiano, aparte de nono y nona, es esta de las más utilizadas. Su uso se remonta a principios del siglo pasado. Proviene de “eccole qua” (Helas acá, acá están).

Cuando se está realizando un trabajo cualquiera y se obtiene un buen resultado se exclama “école”.

Endenantes. Hace un rato. “Susana, ¿no has visto a Rebeca? Sí, endenantes vino”.

Enguayabado. Triste, melancólico. Tener guayabo significa sentimiento por pérdidas, abandonos. “Alfonso se fue con la otra. Estoy muy enguayabada”.

Ensopado. Mojado. “Miguelito llegó ensopadito. Es que ha llovido mucho y no llevó caucho”.

Entelerido. Con mucho frío. “Probecito Julito, está entelerido”.

Entrecasa, ropa de. Ropa vieja que se usa en la casa. “Quitate la camisa del domingo, ponete la de entrecasa”.

Errado. Que tiene mala suerte. A mediados del siglo pasado, vivió en San Cristóbal un francés de apellido Monroi, dueño de una hermosa perra. Se decía: “Mas errada que la perra de Monroi que quedó preñada de un perro capado”. Tener erradera es tener mala suerte.

Escacharse. Equivocarse, no dar pié con bola. En billar, no golpear correctamente la bola con el taco por falta de tiza.

Escoyunto (ecoyunto). Descoyunto. Estado físico o mental que indica flojedad, pereza extrema. “Tengo un escoyunto que no me hallo”.

Espitado (salir). Salir corriendo. “Salir mandado”, véase. “El caco salió espitao. A ese no lo alcanza nadie”.

Esta, este. Al igual de lo que sucede con los pronombres aquella y aquel, el uso de esta y este en el Táchira es muy particular. Es común que alguien se dirija a otra persona diciéndole “Mire, este”, “Oiga, esta”. Si se le agrega la palabra niña o niño da por resultado ese desagradable “Mire, esta niña” “Este niño, ¿pa’donde va usted?”. A nuestras mujeres les enfurece particularmente ese tratamiento y nos increpan: “¡A mi no me diga esta, que yo tengo nombre!”


F


Frasco (estar). Contento. Estar orgulloso de algo o alguien sin caer en la exageración. “Antonio está frasco: Su muchacho se ganó una beca”.


G


Galleta. Lío, embrollo. Llámase “galletero” al individuo que enturbia cualquier situación. “A Iván no lo dejaron jugar por galletero”. “Engalletado” se dice de alguien que no encuentra solución a un problema.

Gallinazos. Frijol de pequeño a mediano tamaño, redondo y de color blanco marfil. Se cultiva en ambientes de baja temperatura.

Puede afirmarse que la sopa de gallinazos es un plato típico de la cocina tachirense. Por razones no conocidas, hoy es difícil conseguir este sabroso grano en los mercados.

Garlar. Hablar. Garladera es hablar demasiado, casi sin interrupción. “Ala, dejá la garladera”.

Garosa. Dícese de la persona glotona o de aquella que espera demasiado de una cosa. “No sea garoso, carajo. Dejale arroz a Vicente”.

Garretes. Los talones. “Andá a lavate los garretes que los tenés corchados”.

Gorra. Prepucio. “A Nicomedes ya le bajaron la gorra”.

Guate. Llamábanse así a los nativos de Colombia. Ver “reinoso”.

Güino. Niño, pequeño. Aplícase también al perro sin raza definida.

I

Imbombo. Tonto, bobo, pendejo. “El imbombo del Gilberto perdió la chacarita”.

Imperioso. Prepotente, soberbio, petulante. Dícese de las personas que se creen superiores a las demás. Puede afirmarse que todo aquel que detenta algún tipo de poder es imperioso. “Me miró como a carne‘e cachete, el imperioso ese”.

Ir al fondo. Antes de la construcción de la red de cloacas, las letrinas estaban situadas en el solar, si lo había, o en la parte posterior de las viviendas. La expresión indica que se iba allí a hacer las necesidades fisiológicas.


J


Jícara. Recipiente hecho del fruto del totumo, generalmente de pequeño tamaño y que se emplea para tomar café negro. Una jicarada de café significa una buena cantidad de aquel.

Jueputa. Eso. Este aféresis debe pronunciarse dándole gran fuerza a la jota. Sirve para muchas situaciones, desde el tratamiento que se le da a una persona canalla, malvada, así como a la exclamación que se da después de golpearse con un martillo.

Juñir. Eufemismo por joder. Juñir es molestar, dañar una cosa. La juña se aplica a ciertos estados mentales: “Tengo una juña que no me hallo (jallo)”. Dícese también joña: “Deje la joña”. “Ahora sí nos juñimos, llegó la recluta”. “El radio no prende, está juñido”.





L


Lo mandaron o vino solo. Expresión que se le dice a los entrometidos, “sopones” (véase); a quienes interrumpen una conversación con comentarios fuera de tono o lugar. También a aquellos que apenas te ven, aún sin saludarte, emiten una opinión, siempre desfavorable e inoportuna, sobre algo que está pasando.

Hoy es muy común ese tipo de comportamiento entre rivales políticos, por lo que debe responderse con esa expresión, sobre todo si usted está reflexionando sobre la extinción del mono tití que vio en Animal Planet.

Lora. Llaga de gran tamaño, purulenta, producida por infección bacteriana que se localiza generalmente en la parte inferior de la pierna. Exhibir la lora en las puertas del Mercado Cubierto, permitía a ciertas personas solicitar limosna.


M


Machiro. Desconfiado, cauteloso. “¿Le entregates la plata al hombre?. No, está muy machiro”.

Malparido. Una de las groserías de mayor uso en el Táchira.

Mandado (salir). Salir corriendo a gran velocidad. Ver “espitado”.

Marranomiando. Hacerse el pendejo, el que no sabe la cosa. “Alberto pasó haciéndose el marranomiando. Ese está buscando algo”.

Masato. Bebida hecha a base de arroz, panela y especies. Debe tomarse antes de que fermente. También a mediados de los años cincuenta se utilizó la expresión “Me lo llenó de masato”. Se desconoce el porqué de su uso.

Mechas. Cabello. Estar “mechudo” es tener el cabello largo.

Mica. Vulva. Véase “bizcocha”, “cuca”, “paloma”. También se usan aumentativos tales como “miconón” y “micononón”.

Miche. Aguardiente de caña elaborado clandestinamente. Tomarse unos michitos. Se mezcla con plantas medicinales o aromáticas. Así, el consumidor no pide un miche con eneldo sino que solicita “un eneldo”, “con hinojos”, etc.

Micos. De los plátanos cocidos que sobraban del día anterior, una vez molidos, se obtiene una masa a la que se agrega queso y se le da una forma redondeada. Se asaban sobre el anafe (hablábase de anafre). Sustituían a la arepa o al maduro asado en el desayuno.

Miquingo. Miedoso, poca cosa, sin grandes aspiraciones. “No seas miquingo, decláratele a la Rosa”.

Molla. La cabeza. También se llama así un recipiente de gran tamaño elaborado con arcilla cocida y utilizado para fermentar guarapo o chicha.

Moza. Amante, barragana, “querida” (véase). La otra, casi siempre más joven que la esposa. “Leoncio tiene la moza en La Concordia”.

Muda. Ropa de recambio. “Arturo se llevó una muda”, “Pobrecito Luís, no tiene muda”.

Mute. Mondongo. Sopa elaborado a base de tripa de res, callo, libro, garbanzos, maíz pilado y abundantes verduras. De sabor exquisito, acostúmbrase tomarla los fines de semana.


N


Nacido. Hinchón, absceso. “Esta niña tiene un nacido en el sobaco”.

No arriscar. No lograr algo, no alcanzarlo, fallar. “Luis no arriscó a llegar”.

Nona, nono. Abuela, abuelo. Uno de los aportes lingüísticos más importantes que introdujo la inmigración italiana a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Por influencia de la televisión, pocas personas continúan llamando así a los padres de sus padres.

Novelero. Curioso, entrometido, fisgón. Dícese de aquellas personas que sienten un impulso irrefrenable por ser espectadoras de acontecimientos. “Doromilda, ¿dónde estaba? En la iglesia, ala, de novelera”. “Por estar de novelero, le dieron unos pescozones a Raúl”.


O


Ora. Exclamación que precede frases o expresiones. No tiene el significado de ahora. “Ala Tomás, ¿me terminates la silleta? ¡Ora carajo!, ni que tuviera cuatro manos”.

Otra vuelta. Otra vez. “¿Jugamos runche otra vuelta?”. A los cansones , cuando insisten en la molestadera, se les dice: “¿Otra vuelta?


P


Paloma. Contrariamente a lo que sucede en otros pueblos que asocian los pájaros con el pene, en el Táchira llámase así a la vulva. Sus aumentativos palomón y, especial, palomononón, son exageraciones de la gran imaginación masculina.

Pasito (hablar). Hablar en voz baja. “Hable pasito que ahí viene su mamá”. “Hablá pasito, que el sapo del José nos está oyendo”.

Pernicia. Jodedera, molestadera impertinente y con mala fe. Situación desagradable en la que uno o varios individuos, con ruidos, risas o comentarios fuera de lugar, interrumpen una conversación, concierto, discurso o película, lo que provoca rabia y rechazo. Llámase pernicioso a ese tipo de personas, recordándonos su mala crianza. Algunos, ya en la tercera o cuarta edad, persisten en el hecho.

Pesado. Rico, poderoso. No tiene nada que ver con personas con sobrepeso.

Pescozón. Golpe, “coñazo”, “totazo”, “tochazo” (véase).

Pingo. Tonto, bobo, pendejo. Voz que proviene de los santanderes colombianos. “Mijo sí es pingo, le cambió el trompo por tres metras al hijo del pesero”. Úsase también “pingadas” por tonterías, boberías. “Este sí tiene pingadas”, “No hablés tantas pingadas”.

Pintón (estar). Estar a medio palo, en estado angelical. Cuando se ingiere licor, es el momento de euforia y alegría que precede a la borrachera. “Tené cuidado con Gustavo que está pintón”.

Pira. Sopa espesa elaborada a base de arvejas (tiernas o no) o frijoles previamente ablandados por cocción, a las que se les agrega abundante papa, auyama, repollo, cebolla, chayota, etc., todo cortado en trozos pequeños, acompañada de huesos de res. Al final se añade un sofrito de cebolla junca, cilantro y ajo. Dícese que levanta el ánimo del más dormido.

Pisca. Caldo preparado a base de papa, cebolla junca, cilantro y huevos. Se toma en el desayuno acompañado de arepa. Es el alimento ideal para sacar un buen ratón.

Hembra del pavo. A las personas muy pecosas se les llamaba “huevo de pisca”. Pisco: pavo.

Pita. Pabilo. Sirve para amarrar hallacas y para el runche.

Porra. Cabeza. Ver “cacha”, “coca”, “molla”.

Puntal. Comida de la media tarde. Ver “apuntalar”.


Q


Querida. La amante. Ver “moza”.





R


Reinoso. Nativo de Colombia. Debido a que el territorio que hoy ocupa la República de Colombia fue, antes de su independencia, el espacio del Virreinato de la Nueva Granada, los oriundos de ese país fueron llamados así. Voz en desuso.

Repelente. Dícese de las personas antipáticas, cansonas, entrometidas, que provocan rechazo por su conversación, risas, gestos. Aplícase también a las manifestaciones humanas como la música. Así, el hard rock, el regatón y canciones como aquella que dice “la mesa que más aplauda...” son en extremo repelentes.

Úsase asimismo la voz “repelencia”. “Ahí viene aquel con la repelencia”.

Rucio. Llámase así a los catires. Díceles “catirrucios”.

Runche, runcho. Juguete elaborado con botones de gran tamaño o tapas de cerveza o refrescos. Estas se martillan hasta quedar completamente planas y se les abre dos agujeros por donde pasa una cuerda. Con movimientos circulares de las manos se logra enrollarla y, a continuación, estirando y encogiendo la cuerda hace que elemento principal gire. Los muchachos muérganos le sacan filo a la lata y, así, cortan la cuerda del adversario.


S


Sapa, sapo. Persona de baja estatura, robusta. “Rosaura tiene muy bonita cara, pero es muy sapa”. Llámase a esas personas “saporretas, saporretos”.

Dícese también de los delatores, acusetas, los correveidiles. Sapiar es, entonces, delatar. “Higinio fue el que nos sapió”.

Se me pone que. Supongo que, pienso que, sospecho que. Esta expresión es de uso común en el habla popular. “Se me pone que Julia se va a ir”, “Se me pone que Diógenes sabe algo”.

Seca, seco. Persona muy delgada. “La seca de la Juana cree que le quedan muy bonitas las naguas”.

Soco. Tonto, pendejo, idiota. “Belarmino es bien soco, lo juñeron con lo del paquete chileno”.

Sopón. Entrometido, indiscreto. Persona que se mete en los asuntos de otra; que da opinión de algo sin habérsele consultado.

“Soponería”. “Dejá la soponería”, “Hacete la pendeja, que llegó Leonardo y ese es muy sopón”. Úsase la palabra “sopas” con el mismo sentido. “Marlene no sea sopas”.

Surrucuco. Búho, lechuza. Esta hermosa palabra ha desaparecido del habla tachirense, quizás porque poco se ve a esta ave nocturna.


T


Tariolas. Bobo, tonto, pendejo. “El tariolas del Rigoberto todavía cree en la llorona”.

Toche. Voz proveniente de Colombia. En la costa atlántica llámase así al ave que en Venezuela denominamos arrendajo. Los versos del bullarengue del folklor tradicional costeño “Josefa Matía”, dicen:

“De los pájaros del monte, yo quisiera ser un toche para yo cantar contigo, en las horas de la noche”.

Tanto en Santander como en Norte de Santander, en Colombia, así como en el Táchira, por extraña analogía llámase así al pene. Como los pájaros, los hay de todos los colores y tamaños. De allí, “tochecito” y “tochononón”.

 Toche también se le dice al tonto, al bobo, al pendejo. “¿Usted me cree tan toche?”, “No sea toche”, “Parecés toche”, “Edecio es bien toche”.

 Dícese “tochazo” a un golpe y se emplea “tochito” para increpar a alguien que viene a molestar. “¿Sí, tochito?”.

Del gran aporte colombiano al habla tachirense, debe considerarse a toche como uno de los vocablos que ha perdurado por más tiempo y uno de los más utilizados por personas de todas las edades y, hoy, de los dos sexos.

Tomado. Que ha consumido licor. Ver “bebido”.

Tote. Pequeña bola elaborada con elementos químicos que explota al contacto con superficies duras. “Totazo”, golpe. “Daniel se dio un totazo”. También designa el ruido de una explosión.

Turmas. Testículos. Ver “chigüizas”.

Tusarse las mechas. Cortarse el cabello. “Andá a tusate que estás mechudo”, “Dominguito, decile a don Antonio Lozada que lo tuse. Yo después le pago”.


U


Unto. Manteca de cochino derretida, achotada -embijada-, salada, que en muchas ocasiones constituyó la única fuente de proteína de origen animal en la alimentación de los peones agrícolas tachirenses. Se acompañaba de abundante chocheco, el que era “untado” en esa preparación.


V


Velada (me la tiene). Expresión que se dice de una persona que se dedica a molestar a otra de manera recurrente. Es de origen colombiano. “Casimiro me la tiene velada porque me vio donde la Pava Cecilia”.

Velar a alguien. Utilizada por los niños cuando uno de ellos, que está comiendo algo, es observado por otro que codicia un pedazo o prueba de ese alimento o golosina. “Mamá, José María me está velando el maduro”, “Dejá de velar a tu hermano”.

Bandera venezolana

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Automóviles de los 40

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