sábado, 16 de agosto de 2008

Elías Pino Iturrieta // El mito del indio


Todavía sigue un mandón proponiendo majaderías que nos remontan a Carlos V
Los indios han sido pasto de la política y de la tergiversación desde cuando su existencia fue advertida por los europeos. Usualmente en términos despectivos, como sucedió con la apreciación de Ginés de Sepúlveda ante el llamado de Carlos V para que explicara la índole de esos seres incomparables con quienes había topado Colón. No importaba de veras la suerte de los sujetos aparecidos en un territorio que se confundió con las Indias, sino el destino del mercantilismo imperial.
De allí que cayera entonces como anillo al dedo el dictamen del erudito, quien consideró que formaban una "raza" con un intelecto inferior al de las personas de tez blanca. Pero en la misma reunión alzó la voz Bartolomé de Las Casas, para asegurar que se trataba de seres semejantes a los individuos que vivían en la Corte o deambulaban en las calles de cualquier ciudad española, tan capaces como ellos aunque disminuidos temporalmente por su desconocimiento de la fe cristiana.
La apreciación de Sepúlveda alimentó una corriente que llega hasta nuestros días, según la cual conforman un género inferior que requiere la tutela del conquistador o sólo sirve como mano de obra bajo sus órdenes. La interpretación del padre Las Casas, apoyada después por voces esenciales de la Conquista como Juan de Zumárraga y Toribio de Benavente, también se prolonga con variantes hasta la actualidad después de multiplicarse en la demasía del "buen salvaje", divulgada por autores tan influyentes como Rousseau y Marmontel.
Desde entonces, las versiones negadas a mirar el asunto en términos realmente diversos, realmente creadores, no han pasado de machacar que no son sino un conjunto de caníbales sin remedio o una congregación de ángeles subestimados, según el prisma del cristal siempre obsoleto que los mire.
Los próceres de la Independencia trataron de remediar el entuerto, sin insistir en una solución cabal. Miranda los tomó como símbolos de una era dorada, mientras bautizaba a su territorio con el nombre de un navegante enviado por los reyes de Castilla y Aragón. Un decreto de San Martín, parecido a los de Bolívar en el mismo sentido, ilustra con elocuencia sobre el punto: "En adelante no se denominará a los aborígenes, indios o naturales. Ellos son hijos y ciudadanos del Perú, con el nombre de peruanos deben ser reconocidos".
Sólo adelanta la mudanza de una designación formal, o la liquidación pura y simple de una identidad, sin modificar la estructura de dominación que heredaron los criollos del antiguo régimen o retocaron como usufructuarios de un sistema pensado después a su imagen y semejanza. En consecuencia, especialmente en las comarcas cuyos censos dominaban los pobladores originarios, se mantuvo un sistema de explotación que dejó para el futuro el encuentro de una clave salvadora.
Por desdicha y a partir de las postrimerías del siglo XIX, el antídoto apareció en las arengas que propusieron a las culturas indígenas como esencia exclusiva de la sensibilidad hispanoamericana, como médula de una manera de ser frente a cuya magnificencia, o debido a los sacrificios que soportaron injustamente desde 1492, las demás -de origen peninsular, de procedencias negra y mestiza, de cuño europeo no español- eran únicamente accesorias.
De allí la confusión de sociedades nacionales con sociedades de inspiración indígena. De allí el subterfugio a través del cual, mientras se alimentaba el mito auspicioso de una raza indomable y estelar a la cual sojuzgaron poderes perversos, venidos todos del extranjero igualmente malévolo, se garantizaba una equidad de última hora.
Pero el mito capaz de sustentar esa equidad esconde pugnas feroces como las que pueden protagonizar, o han querido ciertos políticos e intelectuales que protagonicen "unos extraños seres de grandes orejas con cara de perro y otros sin deformidades", descritos en 1510 por una crónica del gobernador de Cuba; o Viracocha y el Niño Jesús, o un señor de apellido Pérez con otro de apellido Yupanqui, o Tenochtitlán y San Juan de Puerto Rico. Hasta los seguidores de Haya de La Torre, fundador del APRA y anunciador de Indoamérica, se han zafado de la prisión del mito redentor.
Ya desaparecieron los acólitos de Vasconcelos postrados ante las cualidades curativas de la "raza cósmica", ya los descalificó a todos sin reservas Mariátegui en sus ahora tan mentados Siete ensayos de interpretación, ya se ha calibrado en todas las latitudes del continente la trascendencia de la diversidad cultural, su invalorable aporte que nos ha hecho como somos por fortuna ahora, pero todavía sigue un mandón prehistórico proponiendo majaderías que nos remontan a discusiones que tal vez sólo tuvieran sentido cuando gobernaba Carlos V.
eliaspinoitu@hotmail.com

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