miércoles, 22 de julio de 2015

De panaderías y pastelerías

Por Arturo Almandoz Marte*


Image result for Panaderias de CaracasImage result for Panaderias de Caracas
 
1. Para cualquier venezolano es familiar el emblemático anuncio, bien sea diseñado en vistosos materiales plásticos o metálicos, frecuentemente realzado con neones, que proclama la presencia de una “panadería y pastelería”, desde la más local en la urbanización o el barrio, hasta las más grandes en corredores metropolitanos y centros comerciales. En esa conjunción de nombres se entrevera mucho de la historia del país urbanizado de prisa en el siglo XX, con su profusa inmigración mediterránea y su americanizado consumismo, plasmados en el sinfín de productos que el venezolano ha llegado a adquirir diariamente en las ciudades grandes; desde el pan y los embutidos, pasando por los diablitos y la malta, hasta las pilas y tarjetas telefónicas, muchos de esos productos están disponibles, desde la madrugada hasta la noche, en esa suerte de abasto modernizado o pequeño supermercado que, sobre todo la así llamada panadería, ha llegado a ser. De ese híbrido conviene distinguir las peculiares historias que, si se me permite jugar con mis recuerdos familiares y referencias urbanas, ambas razones comerciales han tenido.

Recuerdo que en mi infancia papá traía a casa, como tratándose de manjar evocador de sus tiempos mozos en la Caracas de López Contreras y Medina Angarita, el “pan francés” de Las Gradillas o de Ferrenquín; eran éstas panaderías tradicionales, con algo de bodegas o abastos, situadas en las esquinas homónimas que visitaba yo con mamá, hasta comienzos de los años setenta, en nuestras excursiones al centro o La Candelaria. Aunque seguramente enraizado en el prolongado francesismo de la Bella Época novecentista, me incomodaba ese gentilicio galo otorgado al pan estilo baguette o canilla, el cual no encontraba yo cónsono ni justo con los españoles y portugueses que, según lo que veía, regentaban esos tradicionales negocios, o los más modestos que aparecían en las urbanizaciones caraqueñas. Tampoco tenía mucho de francés el gallego que, con su casco metálico calado y sus guantes de cuero burdo, en una motocicleta como sacada de la Segunda Guerra Mundial, con luengo compartimiento lateral, repartía el pan mañana y tarde en lo alto de San Bernardino; debo reconocer empero que, acaso por aquel galicismo, a la postre recordaría al panadero en las blanquinegras películas sobre la ocupación nazi de París y el régimen de Vichy, las cuales viera yo en la cinemateca de plaza Morelos.

2. Con el campesino y el gallego, las denominaciones de los panes se me hicieron más justas y representativas en los años siguientes, mientras proliferaban modernas panaderías y pastelerías hacia más dinámicos distritos caraqueños, como aquella famosa Selva, con su inmenso y curveado letrero que remata todavía la avenida Libertador, en el cruce hacia Chacaíto; o las panaderías El Carmen y 900, cuya fama fue amasada con el ajetreo comercial y la bohemia intelectual de Sabana Grande. Eran a la sazón amplios negocios con mostradores que tempranamente exhibieron los originales cachitos de jamón y de queso, con sus combinaciones y variantes posteriores, hasta sus hojaldrados equivalentes, que adoptarían el patronímico de pastelito. Al menos desde los prósperos años de la Gran Venezuela, recuerdo que los estantes de esas panaderías se atiborraron de cuanto enlatado y paquete nos acostumbráramos a destapar, desde los productos de la familia Del Monte hasta la Kellog’s, mientras las neveras se poblaban de jugos y refrescos, de quesos y embutidos. No podía faltar, alrededor de la máquina Gaggia o de otras marcas, el café expedido en tazas de losa o vasos de plástico, según todas sus advocaciones venezolanas: el marroncito y el negrito, el con leche y el guayoyo; como ya lo ilustraran algunas novelas de Ramón Bravo y Francisco Massiani primero, de José Balza y Eduardo Liendo después, esos cafés rutinarios han completado el poblado bodegón de consumo, ligero y apresurado en apariencia, pero sustancioso y vernáculo en el fondo, que la panadería venezolana exhibe a diario.

El tipismo caraqueño de ese cuadro secular se me hizo más patente en los años que viví en España, cuando no pude encontrar, en las más bien raras panaderías madrileñas, como tampoco en los forns de Barcelona, el pan caliente para las comidas, al que los venezolanos estamos tan acostumbrados. Ni qué decir de mis años en Londres, cuando cansado del yugo del pan de sándwich, buscaba las barras de tipo gallego o francés, que sólo hallaba, como una fría y endurecida exquisitez, en el bread department de Harrods, en cuyo frente vivía; y ello sólo porque el lema de la mirífica tienda proclama, desde su inauguración en el Londres victoriano, poseer una remesa de cuanto bien se produce en el orbe. Por no haber vivido en Francia, no me atrevo a juzgar la famosa baguette con la que he visto pasar a tantos parisinos bajo el brazo, pero sospecho que no siempre está tan fresca como las barras venezolanas, si se me permite en este caso el chovinismo de campanario, del que suelo ser receloso.

3. En el mutante y desmemoriado paisaje comercial caraqueño, proclive siempre a la invasión por talleres mecánicos y estacionamientos, superados ahora por los buhoneros y los mototaxis, la auténtica pastelería siempre me ha parecido un nostálgico refugio de delicadeza y primores. Acaso ello se deba a las que frecuenté desde mi infancia en San Bernardino, donde primero destacó La Suiza, que además de la galletería y pasta seca, desplegaba en rutilantes vitrinas y neveras las tortas de pastillaje y crema, decoradas en tonos suaves y motivos infantiles; al igual que otras doñitas del vecindario, mamá las buscaba en las tardes de piñata, para presidir la mesa de postre, flanqueada por el quesillo y la gelatina, y ribeteada con coloridos faralaos de papel crepé. Después apareció la pastelería Garber, en la avenida Los Próceres, regentada por aquella elegante señora hebrea que, peinada siempre de peluquería y envuelta en collares de perlas, más parecía una aristócrata centroeuropea, como predicara Elisa Lerner de la encargada de la cercana fuente de soda del Centro Médico, también en la próspera judería que San Bernardino fuera hasta los años ochenta.

A diferencia de la torta seca de almendra y de los azucarados berlines rellenos con crema o mermelada; de las palmeras con canela y las caracolas con frutas confitadas, especialidades todas de la bollería y el hojaldre, más al estilo español, en que La Suiza destacaba no obstante su nombre, la Garber desplegaba una cremosa pastelería afrancesada, con esponjosos profiteroles y merengones de fresa o melocotón, los cuales resultaban novedosos y sofisticados, al menos para mi familia, acostumbrada a los almibarados dulces criollos y los ponqués de factura casera. Después de alguna torta ópera que mamá les obsequiara para un santo o cumpleaños, también mis tías venían desde La Florida a buscar encargos en la pastelería Garber, que aceptaba elaborar postres vieneses y bávaros, cuyo germanismo era disfrazado con denominaciones más neutrales. Y por sobre todas las ambrosías de aquel negocio que se me antojaba refinado salón, me engolosinaban las frutas de mazapán, rellenas con crema pastelera y trozos de chocolate, las cuales por años consumí a la salida del colegio, como para empeorar el acné que tanto asocio con la década de los setenta.

El que para mí fuera precursor estilo de la Garber lo encontré después en otras pastelerías de Caracas, como la Tívoli de Las Palmas, La Ducal de Sabana Grande y la Danubio de Campo Alegre, donde familias de la inmigración europea de posguerra cruzaron y enriquecieron las tradiciones francesa y vienesa con las dulcerías española, italiana y portuguesa. Mucho de la variedad de estos negocios recordé después en las mantequerías de Madrid, donde las emperifolladas regentas, con su pelo muy batido y sus uñas muy pintadas, comandaban el tren de empleadas tocadas de cofias, para ofrecer a la clientela una prodigiosa miríada del hojaldre y la bollería leonesas y el mazapán toledano. El recuerdo de la elegante dueña de la Garber me acompañó también en una visita, ya derribado el muro de Berlín, a un salón de té cercano a la puerta de Brandeburgo, que ofrecía pastelería francesa y vienesa no exenta de complacencia turística; esta vez envuelta no sólo en collares de perlas y camisero de seda, sino también en compases de operetas de Weber y de valses de los Strauss, la encargada sentada frente a la caja, extrañada quizás de mi mirada persistente, me actualizaba y completaba, como en un dejà-vu, la remembranza adolescente de la confitería de San Bernardino.

4. En la menguante vida pública de la Caracas roja y otras ciudades venezolanas, la panadería y pastelería se han acoplado con muchos locales que ahora también promocionan exquisiteces y delicatessen de variante ortografía; por sobre todo, ellas han devenido una familia de negocios que provee cotidiano refugio en la dinámica comercial de alcance zonal o metropolitano. Al ir a comprar el pan para las comidas, generalmente en la tardecita, me complace contemplar, sobre todo en las panaderías y pastelerías locales que hay en San Bernardino y tantas otras urbanizaciones, el incesante tráfago de cachitos y pastelitos, de cafés y jugos, de canillas y campesinos, con todas sus advocaciones lugareñas; es un ajetreo que los vecinos y habituales prolongan muchas veces en las mesas de las terrazas que, por fortuna reciente, varios negocios proveen frente a la fachada, como diminuta ágora para una concurrencia de todas las edades que van mudando a lo largo del día.

En vista de ese animado espectáculo diario, con el telón de fondo de los innúmeros productos que las panaderías y pastelerías ofrecen, se comprende mejor por qué, ahora que Venezuela ha devenido un país exportador de emigrantes, sobre todo profesionales de clase media, ese híbrido tan nuestro de la panadería y pastelería se ha convertido en un enclave venezolano en los países y ciudades receptores. Así ocurre desde la próspera España de la Unión Europea, hasta los pequeños pero pujantes vecinos centroamericanos como Costa Rica y Panamá, pasando por supuesto por Miami y otras ciudades norteamericanas, donde siempre hubo colonias criollas que ahora no hacen sino crecer, con venezolanos que buscan dónde comprar el pan caliente y tomarse un cafecito.
Tomado de:

martes, 21 de julio de 2015

LA CANDIDATURA DEL MOCHO VACHIO

JESUS ALFARO GARANTÓN
  
El mundo estuvo estático hasta que en 1610 un astrónomo italiano, nacido en Pisa y de nombre Galileo Galilei, lo puso a andar diciendo su famosa frase "Eppur si muove", desde ese día el mundo gira y gira en el espacio infinito, con amores que comienzan, con amores que terminan como dice la famosa canción de Jhonny Fontana IL MONDO. El mundo y la vida dan vueltas y muchas veces pasan por la misma esquina, lo que hay que estar es mosca para darse cuenta que esa vuelta ya había pasado por la esquina donde estábamos parados.
Esta remembranza la hago porque esta semana pasada sucedió algo que me hizo retroceder varias décadas. Llego a mi consultorio un antiguo paciente a quien había operado en los años 80 y requería de mis cuidados, a pesar de que habían pasados muchos años el paciente se mantenía fiel a mis capacidades quirúrgicas.
Esta historia es  necesaria relatarla desde el principio. Conocí a un personaje muy singular en condiciones muy especiales, yo era un joven cirujano plástico que trabajaba en el Hospital Pérez Carreño cuando mi presencia fue requerida en los quirófanos de emergencia para que interviniera en una operación de amputación de una pierna. Se trataba de un joven que había recibido varias heridas por armas de fuego en un enfrentamiento con la policía.  Me uní al grupo de cirujanos vasculares periféricos y traumatólogos que intentaron salvar la extremidad de un muchacho y decidieron ya incapacitados en que había que efectuar una amputación. Esta decisión es una derrota para todo el equipo quirúrgico, pero hay casos en que no queda otra alternativa. La intervención se realizó sin contratiempos y nos fuimos a dormir. Al día siguiente apareció el amputado en una de las camas de mi servicio quirúrgico. Allí comenzó una extraña relación médico-paciente, la afinidad de Gervasio González con su médico pana, el cirujano que le había salvado la vida, según palabras del paciente.  El muchacho estuvo algunas semanas hospitalizado y durante ese periodo me contó  mucho de su vida que no era más que una historia de amor y dolor como el de las telenovelas, salvo que en este caso era total realidad. Era la historia de miles de venezolanos que la vida los llevo por los destinos de la maldad, la razón era haber nacido en unos de los miles de ranchos que coronan nuestra ciudad capital. Fue el quinto hijo de una madre soltera que ya tenía 4 vástagos de padres distintos, ninguno de esos “hechores” se sintió responsable de velar por el bienestar de su hijo, de modo tal que los muchachos crecieron dando tumbos del timbo al tambo. Gervasio se hizo hombre a los 10 años, cuando mató a un policía en un atraco a la panadería. Allí comenzó su carrera delincuencial, su primer hijo le nació a los 14 y a los 17 ya tenía una moto y era conocido como EL CHAMO VACHIO, vivía con su jeva de 15 que estaba en su sexto mes de gestación, era especialista en robar joyerías del este de la ciudad y las joyas que sustraía las llevaba a un apartamento del 23, donde una señora que tenía un horno de fundición en su propia casa las convertía en pequeños lingotes de oro en cosa de minutos, así desaparecía rápidamente cualquiera evidencia. Eso me decía el chamo y yo asombrado lo oía en silencio. Yo intentaba buscarle la lengua y él me desmadejaba el rollo de su vida. Pasaron los días y el muchacho mejoró y fue dado de alta. Salió Gervasio contento y dando saltitos en su única pierna, listo para abrazarse nuevamente con la vida.
Meses después, estando en Margarita lo encontré en la piscina del Hotel Bellavista en Porlamar, cuando me mandó una ronda de cocteles de Piña Colada. Sorprendido me acerqué a él y en broma le pregunté si pensaba tirar algún atraquito en la isla y rápidamente me contestó: "nada de eso dóctor, yo estoy de vacaciones, además la jeva y la niñita se respetan". Me despedí no sin antes oír esta frase: “tranquilo mi galeno, que yo soy su pana, cualquier rollo yo se lo desenrrollo”. Pasaron los años y le perdí la senda a Gervasio.
El mundo siguió girando y girando, cuando el mes pasado y repentinamente el destino me puso al frente otra vez al famoso Vachio, entró a mi consultorio cargado en hombros de amigos porque tenía una fea herida en el muñón de su pierna mocha, su razonamiento era muy claro, si yo le había salvado la pierna, yo debía volver a salvarla en esta ocasión. Otra vez en quirófano volví a rotarle un colgajo muscular con singular éxito y en los días posteriores de su recuperación volvieron a aparecer las interesantes tertulias medico/paciente, en este caso cuentos de Jesús/Vachio, me contó haber perdido facultades y con la pérdida de su pierna también le cambiaron el nombre por la de EL MOCHO VACHIO, ahora ya pintando canas pasaba sus días  en los alrededores de la Plaza de La India, en La Vega, donde formaba parte de las milicias bolivarianas y se ganaba su sustento matraqueando a las mujeres que hacían horas de cola para comprar productos regulados en los Abastos Bicentenarios de la redoma.
Cansado de la rutina el mocho pensaba en un futuro mejor mientras libaba una botella de ron en una mesa de amigos, cuando llegó a la conclusión que el dinero estaba en la política. Si, LA POLITICA, ellos fieles militantes del proceso servían de carne de cañón mientras las grandes tajadas se las repartían los pesados, los que hablaban por micrófonos y tenían guarda espaldas. Eso estaba listo, había que montar un comando de campaña con los malandros que le acompañaban, conseguir un micrófono y ofrecer alguna prebenda, lo demás era darle a la sin hueso y puro bla blá. Quedaba un pequeño problema, ¿Cómo harían para reunir a la gente? La solución vino pronto, uno de los presentes manejaba un camión de PDVAL y todos los lunes lo llenaba de pollos congelados para distribuirlo en los Mercales. Dijo suave, basta con “desviar” la ruta del camión, llevarlo a un cruce de calles en La Vega arriba y ofrecer los pollos brasileños a precios solidarios en medio de la calle, eso sí a nombre del MOCHO VACHIO, PRECANDIDATO A LA ASAMBLEA NACIONAL y así comenzó la vida política de mi paciente.
El día del acto proselitista, el plan se llevó a efecto con la precisión de un reloj, pararon el camión cava en el cruce más importante, resonó el equipo de sonido que pidieron prestado y se desplegaron dos pancartas hechas con una sábana rota donde se leía EL MOCHO VACHIO P´A LA ASAMBLEA y la otra UH, AH EL MOCHO NO SE VA. Las mujeres acostumbradas a las colas, pronto comenzaron a arremolinarse alrededor del camión y comenzó la rebatiña. El mocho se montó en el techo de la cava y revoloteaba una bandera nacional y la multitud rugía: ¡¡Mocho, Mocho, Mocho!! Todo estaba saliendo como lo habían planeado, pero la alegría dura poco en la casa del pobre. El pollo se estaba acabando y la cola de coléricas mujeres empezó a agitarse, así comenzó el desastre. Tanta espera y con ese solazo en las sienes para nada, eso era una estafa, comenzaron los gritos y las amenazas, el Mocho intentaba hablar, pero nadie oía, una señora que había agarrado su pollo se dio cuenta que este destilaba un líquido nauseabundo y el color de su carne era entre verde y morado, los pollos nacidos en Sao Paulo y sacrificados hace 8 meses, reclamaban su sagrado derecho a podrirse en paz. La señora furiosa lanzó su pollo cual proyectil misilístico contra el candidato con tan buena puntería que le dio en medio del pecho e hizo que perdiera la verticalidad y se viniera estrepitosamente al suelo, esa fue la razón de la herida en el muñón de la pierna de mi paciente. El Mocho y sus amigos se refugiaron en la cabina del camión y bajo la premisa de “pescuezo no retoña” enfilaron el vehículo calle abajo y desaparecieron a gran velocidad. El Mocho vio por el retrovisor que las pancartas fueron incendiadas y lo último que leyó fue P´A LA ASAMBLEA. Ese fue el final de la carrera política de Gervasio.
Cuando terminó su narración, vi que unas lágrimas corrieron por las mejillas del Vachio y abrazándolo le dije cual Quijote errante: MAL ESTAN LAS COSAS SANCHO CUANDO VEAIS A LOS CIERVOS CORRER TRAS LOS PERROS.

jueves, 16 de julio de 2015

Una laguna entre bares y cantinas

FRANCISCO AGUANA MARTÍNEZ*, **
Image result for Laguna de Catia,Caracas
EN 1940 COMENZÓ EN CATIA UNA HISTORIA ESCRITA CON CAÑA, CON TINTA CAÑA DEL CORAZÓN. LAS CARICIAS, LA MERCANCÍA Y ALCOHOL SE DIERON LA MANO. ENTÉRESE AQUÍ DE LOS DETALLES
Cuando se inaugura la avenida Sucre, en 1922, el trayecto serpenteado de la estrecha vía comenzó a ser transitado por las damas de la noche, mujeres de la vida alegre o mujeres de la mala vida, que eran tres de los apelativos con que se designaban a las féminas que se dedicaban a la prostitución. Sus figuras espectrales le hacían compañía a los fantasmas y aparecidos, paridos por la imaginación de una población aún en penumbras por las deficiencias del alumbrado público. Así, envueltas entre las sombras, las chicas ofrecían su cárnica mercancía con su menú de tres platos y su típico ¡psss¡, ¡psss¡ para atraer clientes. Ya para 1931 dos bares marcan el principio y el fin de la vía: el bar Florido en Pagüita y el Tres Lunas, cerca de la plaza Juancho Gómez (hoy, plaza Sucre), donde se encontraban Los Cosacos y el Bar de Amigos. Hacia arriba, por la incipiente urbanización Nueva Caracas, estaba El Tabarán con su extraña promoción de cenas, jazz y boxeo. Cerca se hallaban los bares La Laguna y el Pulmonía. Estos son los de la primera época, o bares de ambiente familiar, de los que se hacía mención hasta en los avisos de la entrada de cada uno. Estos negocios eran complementados por lugares de recreación familiar esparcidos por la ciudad y que constituían una moda para la época: los clubes sociales. En Catia hubo tres de estos: el Altavista, La Rochela (en la carretera vieja a La Guaira) y El Moro (entre calles Bolívar y Washington).
A este bar de tipo familiar van agregándose otras ofertas de diversión nocturna como los night clubs, cabarés y dancings dispersos por toda la ciudad de Caracas; y bares de borrachitos o tugurios a los que llamaban despectivamente botiquines y a sus usuarios los descalificaban como botiquineros. En los años 40 se inauguran los cabarés Tropicalia y el Charlemos. Los dancings eran sitios para presentar artistas en vivo y tenían pistas de baile. En Catia se inauguran El Gran Botellón en 1951 (Av. Sucre) y El Canario en 1952 (La Cortada).
EL INVENTARIO DEL NEGOCIO
Cuando llega la década de los 40, Catia es una zona industrial y comercial de relevancia, donde circula mucho dinero pero en la que, en contraste, hay bastante pobreza. La población aumenta enormemente con la llegada de gente venida de todo el país, y parte de su componente femenino se dedica al ejercicio de la prostitución utilizando sus gentilicios como nombres de batalla (La Maracucha, La Llanera, etcétera). Le hacen compañía un contingente de damas europeas llegadas, aventadas por la tragedia de la guerra y sus consecuencias. Más adelante se incorporan al negocio cubanas y dominicanas camufladas como bailarinas exóticas del teatro burlesque, o mamboletes cuando se pone de moda el cine de rumberas y el país se prende en la fiebre del mambo. De Colombia nos llega una gran cantidad de mujeres que van a asumir como suyo el oficio de mesoneras. En 1941 se inauguran en Catia el principal cuartel de la ciudad (el Urdaneta) y la principal cárcel (la Modelo); se impone como una necesidad darle a los muchachos su complemento alimentario, así como proporcionar consuelo a los presos. Para completar este inventario hay que agregar a las muchachas provenientes de los 24 burdeles derribados en El Silencio.
Laguna de Catia.
EL ARCHIPIÉLAGO DE LA PUTERÍA
Con criterios estrictamente capitalistas, había que darle acomodo a quienes ejercían el oficio de la prostitución. Es así como va creciendo exponencialmente la cantidad de bares, burdeles y botiquines, quedando inaugurada la etapa del bar-burdel: mampara del negocio de las caricias, el alcohol y el novedoso vicio del consumo y tráfico de drogas que comienza a registrarse en esa cuarta década. Este tipo de bar, además de servir de refugio a los despechados y solitarios que buscaban compañía y consuelo en la semioscuridad maloliente, envueltos en el humo de esos establecimientos estéticamente uniformados con cortinas de pepitas, puertecitas de “película vaquera” y rocolas con su ración de guarachas, porros y boleros —alegría y tristeza, concupiscencia y dolor a ocho canciones por un “bolivita”—; servían también de centro de recepción y distribución de los clientes que traían de la calle las caminadoras para “fichar”, para luego distribuirlos en los numerosos burdeles que llegaron a crearse en Catia de manera legal o clandestina (disfrazados de pensiones y casas de vecindad). Cuando el lenocinio funcionaba en el mismo bar, las habitaciones para el connubio se situaban, generalmente, al fondo: “Allá, detrás de las cajas de cerveza”. La Cueva del Humo, El Mantecón, El Mundial, El 17, El Canario, Villa Lourdes, La Mata de Plátano, El Caricari, El Puente, Costa Azul y La Casa de la Gata (burdel al que Salvador Garmendia en su cuento “El Inquieto Anacobero” llama Tibiritábara, y ubica como amo y señor al mismo a Daniel Santos) son unos pocos nombres de los numerosos burdeles regados por toda la parroquia.
Fue tal el impacto social de los bares y el negocio de la prostitución que, para 1941, las autoridades reconocen que había en la ciudad de Caracas más de 2.000 prostitutas: 90% infectadas y 45% menores de edad. Cifra que aumenta a 10.000 en 1966. Era de tal persistencia el negocio de los bares que las mismas autoridades se vieron en la obligación de crear una polícia especial, en 1952, para protegerlo de los borrachitos. Para 1956 ya existían más de 80 bares (legales) en la parroquia que, de acuerdo a una decisión de la Prefectura, debían pagar un servicio de vigilancia especial. La parroquia quedaba dividida en varias zonas de tolerancia: calles México, Perú, Bolivia; La Cortada, la urbanización Colón y La Laguna.
THE GUARRAPITAU IS MADE IN CATIA
A finales de los 50, enmascarado bajo el pseudónimo de un popular luchador (El Médico Asesino), emerge desde Catia el alquimista de la pea nacional: Ricardo Carvajal. Su elixir, sin pago de patente alguna ni registro de derecho de autor, va a ser incorporado a la curda del país entero: la Guarapita que, junto a un coctel del mismo autor (el Zamurito), preparaba en el bar Canaima. Guarapita es diminutivo de guarapo, pero no eran diminutas, para nada, las peas, rascas o curdas que provocaba su consumo. Sobre todo el primero, el del bautizo, que quedó asociado a ritos iniciáticos que marcaban el paso de la niñez a la adolescencia, que difería de épocas anteriores, cuando para dar el mismo salto había que “echarse los largos” —alargarse los pantalones. En esta ocasión se trataba de “echarse los palos”. Ambas bebidas se sumaron al aporte que hacían los catienses, con su laboriosidad, al paladar de los venezolanos, puesto que en sus predios se producían varios productos para la degustación: las mejores marcas de café, el chocolate más popular
—La India—, los helados EFE, los caramelos Fruna y la leche Silsa. Porque no crea, lector, que todo era caña y mujeres.
“TE VAS PORQUE YO QUIERO QUE TE VAYAS”
Lentamente se fue extinguiendo el negocio de los bares. Los descendientes de los portugueses —que monopolizaban ese tipo de comercio— montaron bebederos de caña al aire libre que dieron en llamar licorerías. La “pulitura de hebillas” y el rascabuche sexual, al son de la guaracha y el porro, se mudaron para otros lugares: cervecerías en el Centro Comercial Propatria; tascas como La Caneca, en la avenida Sucre; fuentes de soda, discotecas, etc. El dolor y la desesperanza de los despechados quedaron para la casa, porque quien prodigaba consuelo a los que padecían el mal de amores, la rocola, dejó de sonar y ha sido sustituida por el DJ y aparatos más, mucho más ruidosos. Ya ni el nombre de bar se usa. Son como cinco los locales que aún utilizan en Catia esa denominación. Las prostitutas ya no salen de las sombras: en su lugar están los malandros que, pistola en mano, salen para atracar a sus víctimas, no para ofrecerles placer. Además, ya no necesitan —las prostitutas— de la clandestinidad: pueden anunciarse en las páginas de cualquier periódico. Burdeles quedan alredecor de dos. A nadie le aplican la Ley de Vagos y Maleantes por andar con zoquetes —ahora les dicen transformistas. Desde los años 80 comenzó el desmantelamiento del vil negocio que reportó grandes ganancias a sus manejadores y nada para las mujeres que lo ejercían. Junto con el bar y el burdel se fueron los chulos, cabrones, vividores, mesoneras, madamas, policías y jefes civiles matraqueros, borrachitos, prostitutas y el señor cura a su misa. Definitivamente las cosas cambiaron: ahora se sigue bebiendo caña. ¡Saaalud¡, ¡jip¡
* Tomado de:
http://www.entornointeligente.com/articulo/6010574/VENEZUELA-MIRADAS-Una-laguna-entre-bares-y-cantinas-24052015
** Con autorización del autor.
Francisco Aguana <fcoaguana@gmail.com>  

E L E S E Q U I B O

 Gonzalo Villamizar A*
                  En este  segundo siglo  de  batallar por  el Esequibo,  curiosidades de la historia  muestran  anécdotas y controversias oficiales que sugieren  la imposibilidad de llegar a un acuerdo. Venezuela, cumpliendo con legalidades que vienen desde nuestra condición de colonia española, con geografía propia desde 1777, vive una  crisis en 1899 por culpa de  límites, obra del imperio británico que por entonces devoraba patrimonios por doquier, en un afán de apoderarse hasta del río Orinoco.
              Entremos en la historia  para aliviar de momento el desagrado de este conflicto interminable, recordando  que el año 99 es significativo en nuestro devenir: 1499, Américo Vespucio nos bautiza con el nombre de Venezuela; 1599, se completa la formación de las ciudades coloniales, el famoso corsario  Walter Raleigh llega al país en su misión destructora, como maleante de los mares y como agente encubierto del imperialismo británico contra el imperio español, en  largo viaje por el interior tramonta el Orinoco hasta descubrir el brazo Casiquiare, impresionante obra de la naturaleza; 1699, en plena madurez del imperio colonial don Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyo, Caballero de la Orden de Calatraba, gobernador de la provincia de Venezuela, de pronto enferma su mente  y el cargo es adjudicado por la Municipalidad, primera vez frente a la omnipotencia del régimen desde Sevilla, germen de los acontecimientos del 19 de abril de 1810; 1799, ocho de mayo, ahorcamiento de José María España, mártir de la independencia, inicio de los sucesos que culminaron en Carabobo en 1821;  1899, Cipriano Castro llega a Caracas al frente de la invasión andina que cubrirá medio siglo gobernando, fecha coincidente con el Laudo Arbitral de París; 1999, otra invasión, destructora de Venezuela, cuya descripción y análisis habrá de corresponder a futuros historiadores.
             Continuamos con el drama Esequibo. Esta palabra tiene su origen en el apellido de un  lugarteniente de familiar de Cristóbal Colón, presente en esas tierras en misión descubridora para agregarla al patrimonio español allá por inicios del siglo XVI; el vocablo trascendió con acento aborigen y de otro idioma europeo para regresar con cambios fonéticos al castellano con ese nombre. Lo que primero  atrajo a aquellos navegantes fue una curiosa isla que nace en el río Cuyuní  ya casi al final de su trayecto, muy al norte, cuando se desprende  de su curso un caño, llamado Brazo Negro,  que contornea dejando aislada  una porción de tierra para más adelante volver al cauce del río; es la isla Anacoco, de 28 km2, el único sitio que por esos lares tiene vida venezolana con la presencia de militares y civiles desde 1966, el 12 de octubre; el 14 de octubre  el presidente de Guyana exigió la inmediata evacuación de la isla y destrucción de las instalaciones, el 18 del mismo mes el Canciller Ignacio Irribarren Borges le contestó “ el gobierno de Venezuela rechaza la propuesta por cuanto la isla de Anacoco es territorio venezolano en su integridad y la república de Venezuela siempre ha estado en posesión de ella”. El río Esequibo tiene un estuario  apenas superado por el de Río de la Plata, da nombre al territorio en disputa,  son 159.000 kilómetros, el 74% de la superficie de la república de Guyana, allí hay 200.000 habitantes, para una población total de 890.000 de la república de Guyana, en ninguna parte se habla castellano- apenas en la isla de Anacoco.    
                   Se conoce el declinar del imperio español, iniciado a raíz de la destrucción del ejército expedicionario de Morillo por obra y gracia de los ejércitos de Simón Bolívar, por eso le llaman Libertador de América Latina; nunca más intentó España  repetir aquella expedición, el siglo XIX fue   fácil  para Inglaterra en su propósito imperial, con vía libre para  la ampliación de sus territorios, trayendo hasta nosotros los intentos en la región de Guayana. Venezuela, bajo la eterna guerra civil, para 1899 vivía al borde de su extinción, momento cuando se produce el laudo Arbitral de París, el 3 de octubre de ese año, dando mañosamente al imperio británico la total soberanía del Esequibo, violando la Historia y el Derecho, para sesenta años después saberse la verdad mediante la denuncia escrita de uno de los dos norteamericanos que nos representaron, revelada después de su muerte. 
              Venezuela denuncia ante la ONU el Laudo de París, se acepta, se estudian los pormenores y se abren caminos para la solución pacífica  mediante el Acuerdo de Ginebra el 17-2-1966. El Secretario General asume la responsabilidad de promocionar soluciones mediante el nombramiento del Buen Oficiante, de fecha 31-3-1987, en 2014 murió el ciudadano asignado para tales funciones, desde entonces se espera nuevo funcionario.  El problema  ha adquirido recientemente conflictividad preocupante, lejos de los procedimientos pacíficos auspiciados por las Naciones Unidas. Los últimos  quince años han sido de absoluta negligencia en el manejo del problema, prácticamente Venezuela eliminó las conversaciones indicando total desinterés por boca del presidente Chávez en una visita a la capital de Guyana, durante sus seis años de canciller el presidente Maduro jamás mencionó el Esequibo mientras el gobierno  de Guyana violaba los compromisos adquiridos hasta llegar al presente donde un probable  conflicto bélico se menciona.   La experiencia centenaria revela que no hay forma de solución, un siglo más habrá que esperar para que la ONU, convertida en verdadero gobierno mundial, imponga sus criterios sin apelación, ya no hay oficiante ni recurso valedero, lo que ha llevado a la mención  de la fuerza, de un Goliat, Venezuela, contra el minúsculo David, agresión a un país treinta veces  menor que el nuestro aplastándolo con chatarra soviética. !Urgente!...   ¡Urgente!...impedir  a nuestras fuerzas armadas llegar a la mayor cobardía, manchando la bella historia de nuestro ejército libertador, que abatió la tiranía para  crear seis repúblicas. A los oficiales actuales, que mediten, respeten la gloria de Bolívar y su tropa.
                 Solución: administrar el Esequibo conjuntamente los dos países, soberanía compartida al 50%  explotando riquezas de suelo y subsuelo, fundar una colectividad  con equilibrio en lo económico, social y cultural, inédita forma de gobernar una región nacida para ser binacional, respetando la ecología de la región, dando paz y prosperidad ciudadana, devoción por los derechos humanos, una creación insólita como ejemplo al mundo, sueño de Miranda y de Bolívar en  hermandad de América.
 *Asociación de Médicos Escritores FMV, Círculo de Escritores de Venezuela, Cardiólogo.





miércoles, 15 de julio de 2015

MIRANDA: 200 AÑOS DESPÚES


Raúl Sanz Machado
Image result for Francisco de Miranda 
El 14 de julio de 1816, a la 1.05 de la madrugada, Pedro José Morán, fiel ayudante del Generalísimo Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez, comunicaba a los Señores Duncan Shaw, en Londres, la noticia de su muerte, tras una penosa agonía, en el Fuerte de las Cuatro Torres, del arsenal de La Carraca, cercano a San Fernando de Cádiz. Morán agregaba en su nota: “No se me ha permitido por los curas y frailes se le hagan exequias ninguna, de manera que en los términos que expiró, con colchón, sábanas y demás ropas de cama, lo agarraron y se lo llevaron para enterrarlo; de seguidas se llevaron todas sus ropas y cuanto era suyo para quemarlo”. Sus restos fueron depositados en fosa común. Triste ocaso para un venezolano de excepción cuyo leitmotiv, fue su apasionante obsesión por la emancipación hispanoamericana, a través de su trashumante deambular por tierras de Europa, Rusia y América durante cuarenta años.

 La víspera del bicentenario de su fallecimiento, el año próximo, es oportuna para conocer o rememorar, algunos de los aspectos más o menos relevantes de la fiel realidad de su vida, despojándolo de la reiterada manía de encumbrar en el Olimpo de la perfección, a los pro-hombres de la independencia según quiere la historiografía de aquellos y de estos  tiempos, dejando de lado que Francisco de Miranda fue un ser humano, de carne y hueso, con fortalezas, debilidades, aciertos, errores, virtudes, triunfos y derrotas, así como de diversos períodos de persecuciones y prisiones, a veces prolongadas, en España, en Francia bajo la garra cruenta del inmisericorde Robespierre, en la Revolución Francesa  y en la naciente Venezuela de 1812, con la capitulación de San Mateo, frente al aguerrido Domingo Monteverde, que implicó la perdida de la primera república con la privación de su libertad y su deportación a España, episodios entretejidos entre los azares de la buena o mala suerte. Aunque en suma, a Miranda, El Precursor”,  bien le caben las palabras del escritor francés Antoine Rivarol: “El hombre es el único ser capaz de encender el fuego y ello le ha dado el imperio del mundo”. 

Francisco de Miranda,  Precursor de la Emancipación Americana, y Primer Venezolano Universal, suerte de embajador vitalicio y relacionista mundial de su lar nativo, supo encender  el fuego de la antorcha libertaria en su memoria, corazón y sangre, con su  perseverante y preocupada obsesión emancipadora, con la idea hecha fiebre por lograrla, sin conseguir, no obstante el fruto anhelado, en su andar trotamundos con incansable y sufrido empeño, aún en su patria venezolana, donde frente la amenaza inminente del canario Domingo de Monteverde al comando de las fuerzas realistas fue reconocido hasta por los mantuanos que humillaron a su familia, por considerarla gente blanca de “orilla”, como Dictador Plenipotenciario y Jefe Supremo de la naciente república de 1811-1812  cuyo elevado precio habría de costarle la vida. No obstante la Idea, habría de cobrar realidad gracias al procerato patriota que lo siguió en los siguientes lustros, con Bolívar y Sucre a la cabeza.

A los padres del Precursor, Sebastián de Miranda y Ravelo y Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza, oriundos de la modesta población de La Orotava, en Santa Cruz de Tenerife,  fueron tenidos por gente “distinguida e ilustre”,  aunque el mantuano Cabildo de Caracas, acusó a Don Sebastián, de “mulato, mercader, aventurero e indigno de desempeñar puestos de categoría” habiendo, sin embargo, recibido sus hijos educación universitaria, lo que demuestra que eran “blancos”. El primogénito de 9 hermanos, Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez, adquirió su formación educativa básica en latín e historia de los clásicos, como Cicerón y Virgilio, en la UCV y al parecer  obtuvo el título de médico a los 17 años, pero  ante el acoso racista a su padre, considerado de “segunda” por hacer fortuna como comerciante y hasta de alcanzar el rango de  Capitán del Batallón de Milicias de Blancos, de Caracas, su condición de isleño de Canarias le ocasionó un severo rechazo de la clase social mantuana.

El joven Miranda, opta entonces por viajar a Madrid con el apoyo económico de su padre, para completar su formación a fines de enero de 1771; estudia los idiomas inglés y francés, además de las matemáticas y la geografía y participa al servicio del Real Ejército Español, recibiendo su bautismo de sangre en la defensa de Melilla, en el norte de Africa, donde se hallaba de guardia, para continuar posteriormente su prolongado tránsito por Inglaterra, Francia, Rusia y otros países de Europa y Estados Unidos donde es ascendido a teniente coronel por su actuación en la toma y capitulación de Pensacola, ocupada  por los ingleses.  Allí surge en Miranda, la concepción de una gran patria libre, a la que llamaría Colombeia o Colombia y aun más, la emancipación hispanoamericana, una de las tres grandes pasiones que colmaron su vida, aunque la suerte no la tuvo consigo; las otras serían una insaciable sed por los libros, la cultura y los viajes e innumerables documentos y papeles de notable valor documental, recogidos con inquebrantable perseverancia, conservados en los 63 tomos del Diario de Miranda que hoy reposan en la Biblioteca Nacional. La tercera pasión fue la del Miranda íntimo de alcoba, por sus numerosos y variados sentimientos pasionales, aunque fue en Londres en su casa de Grafton Street, que hizo hogar junto a su fiel compañera Sara Andrews -¿esposa o amante?- con quien concibe a sus hijos Leandro y Francisco.

En 1785 emprende un dilatado viaje de conocedor e investigador por los principales países de Europa y de Asia Menor y a fines del siguiente año llega a Rusia, donde traba amistad con el Príncipe Potemkin, favorito de la Emperatriz Catalina a quien es presentado en Kiev. No tardó en ganarse el afecto de la soberana, quien lo distinguió autorizándolo a vestir el uniforme de coronel del ejército ruso. Luego visita a Finlandia y Estocolmo donde es recibido por el Rey Gustavo III. Después Alemania, Bélgica, Holanda,  Suiza, para culminar en Inglaterra.  

Durante su estadía en Londres establece relaciones de amistad con el Primer Ministro William Pitt y otras influyentes personalidades en la búsqueda incesante, terca, obstinada, esperanzada, de apoyo a sus planes de emancipación en Venezuela e Hispanoamérica, sin lograr resultados, sin repuestas, sin promesas, ni siquiera por cortesía. Prevalecían los intereses políticos entre Inglaterra y España. Cuando llega la hora de la Revolución francesa, Miranda, el obsesivo, sueña que ese  nuevo pueblo que proclama principios afines a la revolución  americana, puede ayudar a sus planes y se marcha a Francia, para incorporarse a sus luchas, siendo recompensado con el grado de General o Mariscal del Ejército Revolucionario, pero de nuevo la suerte le dio la espalda, siendo víctima de intrigas y acusado de infidente, hasta ser pasado al tribunal revolucionario, salvando la vida de la guillotina, gracias a la reposada serenidad de quien se siente libre de culpa y a su curtido talento para la defensa. Hasta el mismísimo Napoleón, con quien se relacionó, lo veía con suspicacia y recelo por considerarlo un agente-espía inglés, sin dejar de reconocerlo:   “Ese Quijote tiene fuego sagrado en el alma”, decía.

En Estados Unidos, se encuentra con los fundadores de la república:  George Washington, Alexander Hamilton, Benjamin Franklin, Samuel Adams, Thomas Jefferson, Henry Knox y a Thomas Paine notable promotor de la libertad y la democracia, gracias a lo cual pudo organizar su fracasada invasión por Ocumare de la Costa, el 28 de abril de 1806,  retirándose a Trinidad, reorganizando sus fuerzas para la invasión y desembarcando 4 meses después, el 3 de agosto en la Vela de Coro, donde toma el fortín e iza por primera vez la bandera, siguiendo después a Coro, donde la población con la que contaba, había huido. Resignado, días después, se refugia en las islas caribeñas donde transcurre un año sin que los auxilios llegaran. Cuatro años después, en diciembre de 1810, llega por fin a Venezuela. Investido  de Teniente General de los Ejércitos de Venezuela, impulsa la fundación de la Sociedad Patriótica, se incorpora, como diputado por El Pao -Barcelona- y proclama la necesidad de declarar la Independencia, de la cual fue firmante tras la declaración de 1811. Tras los azarientos meses siguientes, Miranda, investido con poderes institucionales, intenta en vano enfrentar las fuerzas españolas de Monteverde en Valencia y el 25 de julio propone y aprueba el convenio de capitulación, firmado en San Mateo.

Al siguiente día, se dirige a Caracas, encargando a su edecán Pedro Antonio Lelaux embarcar su valioso archivo y libros con destino a Curazao, incluyendo una supuesta suma de 200.000 pesos, presumiblemente del erario público.  El día 30, Miranda viaja de Caracas a la Guaira pero en la madrugada del 31, Bolívar con Miguel Peña y Tomas Montilla, apoyados por tropas del Comandante Manuel M. de las Casas lo hacen prisionero siendo conducido por el siniestro oficial español Fernando Xavier Cervériz  quien lo internó con cadenas, en las sombrías bóvedas del fortín de La Guaira. Comenzaba la hora final del Generalísimo. En acertada opinión de la historiadora y académica Inés Quintero, “La entrega de Miranda es uno de los episodios más controversiales de los inicios de nuestra historia republicana”. Con sus aciertos y fracasos, aún hoy El Precursor Francisco de Miranda, sigue siendo centro de apasionados disensos.



   

jueves, 9 de julio de 2015

Los Triunviratos en Venezuela-Poder Ejecutivo


Eumenes Fuguet Borregales (*)
Image result for Dr. Cristóbal Hurtado de Mendoza 
Dr. Cristóbal Hurtado de Mendoza
Un triunvirato es una designación de tres personas encargados del Poder Ejecutivo; En la antigua Roma, durante la época de la República, a veces surgían alianzas para controlar el escenario político. Los integrantes del primer triunvirato romano fueron: Cayo Julio César (100 A.C-44 A.C), Cneo Pompeyo Magno (106 A.C-48 A.C) y Marco Licinio Craso (115 A.C-53 A.C). En Venezuela el Poder Ejecutivo estuvo en dos ocasiones regido por triunviratos, caracterizados por cortos períodos en su ejercicio.
PRIMER TRIUNVIRATO. El 19 de abril de 1810 el Cabildo caraqueño  discutió sobre la realidad política de España a raíz de la invasión francesa en mayo de 1808; el protagonista del movimiento criollo fue sin duda el presbítero chileno José Cortes de Madariaga; el ideólogo fue el Dr. Juan Germán Roscio, destacado jurisconsulto, ciudadano virtuoso, patriota ilustrado y servidor público.
Depuesto y desterrado el capitán general Vicente de Emparan y Orbe con su equipo de gobierno hacia Filadelfia, se organizó el 25 de abril la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, para defender al monarca apresado en Valencey- Francia. Los integrantes de la Junta Suprema, con derecho de palabra y voto fueron: José de las Llamozas, Martín Tovar Ponte, Feliciano Palacios y Blanco; Nicolás de Castro, Juan Pablo Ayala, José Cortés de Madariaga, José Hilario Mora, Isidoro Antonio López Méndez, Francisco José Ribas, Rafael González, Valentín de Ribas, José Félix Sosa, Juan Germán Roscio, Juan de Ascanio Pablo Nicolás González, Francisco Javier de Ustáriz, Silvestre Tovar Liendo, Nicolás Anzola, José Félix Ribas, Fernando Key Muñoz; Lino de Clemente, José María Blanco y Dionisio Palacios. Como secretarios de la Junta son nombrados José Tomás Santana y Casiano Bezares.
La Junta Suprema convocó a elecciones en las siete provincias durante los meses de octubre y noviembre de 1810, son electos cuarenta y cuatro diputados. El Congreso se instala el  sábado 2 de marzo de 1811 en la casa del Conde de San Javier, hoy esquina El Conde; nombra el 5 de marzo un triunvirato para ejercer el Poder Ejecutivo, recayendo la alta responsabilidad en el Dr. Cristóbal Hurtado de Mendoza, don Juan Escalona y Baltazar Padrón (canario), y para suplir las ausencias, se nombraron a Manuel Moreno de Mendoza, Mauricio Ayala y Andrés Narvarte; la designación quedó registrada en la “Gaceta de Caracas” el 30 de abril. Se acordó que cada uno de  los principales, ejercería la presidencia cada semana. Por encontrarse en Barinas el Dr. Cristóbal Mendoza, fue suplido por Manuel Moreno de Mendoza, quien ocupó el cargo el 7 de marzo, el 17 de abril, el 9 de octubre, el 19 y 22 de diciembre de 1811 y el 7 de enero de 1812. El Dr. Cristóbal de Mendoza ejerció la Primera Magistratura el 22 y 29 de mayo y el primero de junio del año 11; es considerado como el primer Presidente de Venezuela.
SEGUNDO TRIUNVIRATO. Valencia es declarada por el Congreso “Ciudad Federal” el 1ro. de marzo de 1812, donde reanudó sus sesiones desde el 16 de marzo hasta el 6 de abril. El 21 de marzo el Congreso designa por elección a: Fernando Rodríguez del Toro, Francisco Javier Ustáriz y Francisco Espejo; como suplentes: Francisco Javier Mayz, Juan Germán Roscio y Cristóbal Mendoza. De los tres nombrados, sólo se juramentó  Francisco Espejo, pues Fernando Rodríguez del Toro, permanecía en Caracas convaleciendo de las heridas recibidas en agosto de 1811, durante las acciones militares de Miranda contra Valencia; Ustáriz se hallaba en Nueva Granada cumpliendo una misión del Congreso; el juramento se le tomó a Espejo el 3 de abril, junto con el de  Francisco Javier Mayz, suplente de Toro. Posteriormente se incorporó Juan Germán Roscio como suplente de Francisco Javier Ustáriz. Ante la inminente presencia del jefe realista Domingo  Monteverde proveniente de Coro, el Congreso le otorgó poderes especiales al Poder Ejecutivo el 4 de abril. Por la urgencia del caso, éste le otorga a Miranda  plenos poderes el 23 de abril, para salvar la patria. El 17 de mayo el presidente Espejo envía a Maracay a Juan Germán Roscio para coordinar con Miranda las acciones de emergencia por realizar. Este segundo triunvirato cesó en sus funciones el 25 de julio de 1812 a causa de la capitulación de nuestro “siempre Precursor” ante Monteverde.
(*) Gral. de Bgda.                                                                         churuguarero77@gmail.com
@eumenesfuguet

Bandera venezolana

Bandera venezolana

Automóviles de los 40

Automóviles de los 40